[APÓSTOL]

...continuación

     Este origen político de la tradición religiosa de la Pascua, que era la celebración del día en que el pueblo hebreo, guiado por Moisés, se liberó de la esclavitud egipcia, no ha sido solo olvidado por los que nada más tienen una fe política y la creen ausente del sentimiento religioso, sino por la línea más conservadora de la Iglesia —que como todo cuerpo, tiene su izquierda y su derecha— al reducir lo “espiritual” a algo desentendido de la materia —herencia del idealismo griego—, apoyándose para ello en la verdad (no menos evidente) de la trascendencia del término, ya que si la Pascua estuvo aliada a esta liberación política, no lo es menos que va más allá de ella al implicar no solo la liberación de las propias pasiones sino, sobre todo, de la peor y más general dominación, que es la de la muerte. La actual Teología de la Liberación que, como toda aparente “reforma”, como lo fue la carmelitana, es solo una vuelta a la pureza de los orígenes, ha recordado estas verdades, y con ello ha rescatado este espíritu de desprendimiento, y amor que caracterizó a Jesús, y el espíritu mosaico de lucha por la liberación de los pueblos. Espíritu de denuncia, que arranca, no solo de Moisés o Cristo, sino de toda la tradición profética veterotestamentaria.

     La acentuación de este doble contenido, solo al parecer contradictorio, vuelve a Martí un verdadero precursor de esta renovación cristiano-revolucionaria que atraviesa hoy la lucha latinoamericana, lo que no supone ni una identificación con sus creencias ni con sus fuentes. La posición de sacerdotes como Hidalgo o Morelos, que Martí admira por libertadores más que como sacerdotes, sin que parezca distinguir el problema de su investidura al situarlos al lado de los otros héroes, como San Martín o Bolívar, pero que desde la perspectiva eclesial eran vistos poco menos que como herejes, es hoy día apreciada por esta corriente más que como desviación de su ministerio pastoral, como ejemplo y modo de poner en práctica los principios evangélicos. Es así como fue entendida no solo por sacerdotes cono Camilo Torres,[25] sino por la izquierda cristiana revolucionaria de hoy. Todo ello vuelve atrasada la posición —fundada en otro tiempo, pero hoy irrelevante— del “anticlericalismo decimonónico”, que solo podría ser útil a los empeñados, en un campo u otro, en abrir estas zanjas que hoy más que nunca necesitan obviarse. Una vez más, y contra el enemigo imperialista común, “Juntarse: esta es la palabra del mundo”,[26] y alcanza vigencia la previsión martiana que aconsejaba, “en cuanto se pudiese”,[27] unir los antiguos elementos de choque y transformarlos en elementos de “amalgama”.

     Hallamos un eco de esta necesidad de fundir elementos anteriormente enfrentados, no solo en el marco de las luchas sociales o ideológicas, sino en su modo de encarar el tradicional enfrentamiento de “militares” y “civiles”, así como sus mutuos (motivados o inmotivados) recelos. Ya hemos visto que Martí no temió a los “militares” en la República, sino solo a su afán de predominio o hegemonía exclusiva sobre los otros elementos del país, que habían de estar representados equitativamente en él, y esto, ya desde el inicio de la guerra, que debía ir adquiriendo hábitos de república, sin que por ello mermase el mando que, en asuntos propiamente militares, habrían de tener los jefes militares mismos. Volvemos a la idea de los “círculos” que habían de ser a un tiempo independientes y “relacionados” entre sí. A esta estructura familiará todo su pensamiento, fundados en principios de autorregulación amorosa y de crecimiento ascendente. ¿De dónde podía venir el temor, justificado en Hispanoamérica, de que las jefaturas, necesarias en la guerra, deviniesen en la paz dictaduras políticas? No podía venir de los “civiles” que no tomaron parte en la lucha, ya que ello, en ningún caso, podía constituirse en mérito y menos en condición de supremacía moral. En cuanto a los militares, las heridas del ‘68 estaban todavía demasiado frescas, para no ver con recelo este “republicanismo” anticipado, que les restaba movimiento y rapidez a la dirección de la guerra. Sin duda, existía un problema, pero no estaba ciertamente en la condición misma de ser militar o civil. Los civiles habían de “militar”, en caso de peligro para la patria; los “militares” habían sido antes civiles. Y los “civiles” solo podrían tener frente a ellos algún derecho de haber dejado de serlo. Como siempre, Martí va a las raíces de este falso enfrentamiento, que no lo era de dos “estados” distintos, sino que solo podía originarse de la falta de cumplimiento (en cualquiera de los dos) del deber de acudir al llamado de la patria, a un tiempo que de no valerse después de este servicio para alzarse sobre ella. Los “civiles” solo podrían impedir este riesgo y hacer respetar sus razones a los que sabían morir[28] de militar ellos mismos y no de erigirse en jueces permanentes de sus actos. Por eso, dice que no eran

los admiradores ciegos del prestigio militar los enemigos más temibles de la república; si no los que, en la hora de ser soldados, se niegan a ser soldados.[29]

     Estas palabras cobran su valor más ejemplar por no provenir del campo de los que solo sabían guerrear, sino justamente de un verdadero y profundo pensador, de un poeta que jamás devaluó o desconoció que las guerras también iban “por caminos de papeles”[30] y que un principio justo, esgrimido a tiempo, valía más que un ejército.[31]  Cobran un valor más heroico justamente por provenir de un hombre que no solo poseyó el don de pensar y servir, en su más alto grado, si no que tuvo la comprensión más generosa para aquellos, más débiles o menos aptos, que no pudieron seguir su alto ejemplo. Que “la razón” tenía que “entrar en la caballería”, para que la respetasen “los que saben morir”,[32] suponía que la caballería había de entrar en razón también, para que la respetasen los que sabían, además, pensar. Lo suyo fue consejo, no orden, mucho menos excusa para la incomprensión o desdén ante la compleja diversidad de méritos y funciones del espíritu del hombre. De ello, dimana su potencialidad mayor: “Hermanar es nuestro oficio”.[33]

Fina García Marruz

Tomado de Fina García Marruz: “Los días fundadores”, El amor como energía revolucionaria en José Martí, Albur, órgano de los estudiantes del ISA, año IV, núm. especial, La Habana, mayo de 1992, pp. 213-217. (Centro de Estudios Martianos, 2003).


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[25] Camilo Torres Restrepo (1929-1966).

[26] JM: “Cayetano Soria”, Patria, Nueva York, 28 de mayo de 1894, no. 12, p. 2; OC, t. 5, p. 415.

[27] JM: “Discurso en conmemoración del 10 de Octubre”, Hardman Hall, Nueva York, 10 de octubre de 1890, OC, t. 4, p. 249. (Las cursivas son de FGM).

[28] Ibíd., p. 252.

[29] Ídem.

[30] JM: “Carta a Ángel Peláez”, [Nueva York, 19 de enero de 1892], EJM, t. III, p. 21.

[31] JM: “El día de Juárez”, Patria, Nueva York, 14 de julio de 1894, no. 120, p. 2; OC, t. 8, p. 256.

[32] JM: “Discurso en conmemoración del 10 de Octubre” (10 de octubre de 1890), ob. cit., p. 252.

[33] JM: “Patria”, Patria, Nueva York, 11 de junio de 1892, no. 14, p. 3; OC, t. 5, pp. 52-53.