[APÓSTOL]

Fue la intuición de este mensaje[1] lo que llevó a la clase obrera cubana a llamarlo “Apóstol”, palabra que sin excluir su condición de líder indiscutible de la nueva guerra, conllevaba un sentido distinto a cualquiera de esos dos términos, tal como se los entiende tradicionalmente, ya que este “Apóstol” no era pacífico como los otros, sino llamaba a una guerra de liberación política,[2] a la vez que este líder guerrero empezaba su alocución al pueblo con el insólito: “Yo abrazo a todos los que saben amar”,[3] creyendo solo enemigos, cualquiera que fuera su bando, o sus ideas, a aquellos cegados por el odio y a los que sería imposible “transformar”. Realmente era “nueva” la conjunción de estos elementos en un solo hombre, y nueva esta consigna:

En el corazón, el Evangelio; entre las cejas, la prudencia; los brazos a cuantos los quieran, y el arma desenvainada.[4]

Sobre todo, esta última conclusión, que habría de tener en cuenta aquel a quien asuste la palabra “evangelio” en un revolucionario. Y creo que el punto merece un aparte.

     Que Martí no haya pertenecido a ninguna confesión religiosa, católica o protestante, que denunciara con energía la utilización de la religión con fines políticos llegando a decir que el cristianismo había muerto a manos de sus propios hijos,[5] no invalida ni el respeto profundo que sintió ante la figura de Cristo, al que llamó “el hombre de mayor idealidad del Universo”[6] —y dice hombre porque no lo vio como hijo de Dios— ni mucho menos permite disminuir y ocultar —tampoco abultar o volver excluyente— la deuda de su pensamiento con el pensamiento cristiano, que consignó en tantísimos textos, no solo juveniles. Pecaría de falta de honradez intelectual, el revolucionario que no reconociese algo que se evidencia, de tal modo, en su obra y hasta en su lenguaje y que puede comprobar cualquiera que se acerque a ella. Mucho más útil sería determinar el alcance y tambié[7]n los límites de este influjo en el que dijo: “Yo vengo de todas partes […]” y se llamó a sí mismo “Cristo sin cruz”,[8] “Cristo roto”,[9] del mismo modo que, se identificó con Prometeo o con Orestes, el vengador de su padre, el Hamlet griego. Aliar estas dos corrientes, la griega y la cristiana, fue signo de su americanidad siempre integradora, en vida y arte.

     La síntesis que supone el tener a un tiempo “en el corazón, el Evangelio”, los brazos, como en cruz, abiertos a quien los quiera, pero no clavados, ya que tiene en las manos el arma desenvainada, hace pensar en que lo martiano fue una verdadera alianza entre el espíritu veterotestamentario de aquellos guías de pueblo que llevaban la espada en la mano y se disponían a su liberación, como Moisés, y el espíritu amoroso de Cristo. No es azarosa la admiración de Martí por esta figura de Moisés, al que dedicó uno de sus más notables discursos en Caracas —según recuerdan los que lo oyeron—,[10] la admiración por aquel guía religioso y político de su pueblo al que este debió su liberación de la esclavitud egipcia. Desde luego, que es este aspecto y el que seguramente destacaría de su figura en el discurso perdido, ya que igualmente exaltó a otros libertadores de pueblos en que no se da esta conjunción, como fueron San Martín o Bolívar. Pero la importancia que ya hemos visto que dio al hecho de llevar a la guerra un espíritu amoroso y no de odio al enemigo,[11] si es de una indubitable procedencia cristiana que también es honrado reconocer.

     El que se refirió a “los años primeros,—los 5 siglos puros—del cristianismo—”,[12] y ya son algunos siglos para pureza, flor que dura poco— acaso para distinguirlo de los otros que, sin duda, lo fueron menos, o que no lo fueron en absoluto, el que no temió llamarse “Cristiano, pura y simplemente cristiano—”,[13] dejó bien separado lo que tomó de aquella pureza y sencillez primeras y lo que rechazó de ellas, debiendo entender rectamente esta identificación no con ninguna forma de adoración o culto ritual externo, sino con aquella exigencia de amor que permitía en aquellos primeros siglos reconocer a un cristiano, no por llevar una cruz colgada al cuello ni por ninguna otra señal externa, sino por el hecho de que “todo lo tenían en común”, como dice textualmente el Evangelio, y no hubiera entre ellos celos ni rencillas.

     Que para Martí, Cristo no fue ni una figura histórica remitida al pasado ni tampoco un objeto de veneración religiosa de tipo ritual, sino un mandato íntimo, una exigencia cotidiana de amor y servicio al hombre, que pueden existir sin esta identificación consciente, pero que en él se dio como una consciente identificación, lo prueba su frase de que: “En la cruz murió el hombre en un día: pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días”,[14] como le dice a Quesada a un poco más de un mes de su muerte, y que las últimas palabras con las que arengó a la tropa cubana, según testimonio de los que las oyeron, fue: “Por Cuba, me dejo clavar en una cruz”.[15]

     La resistencia, entonces, a admitir esta procedencia cristiana, parte de un temor infundado a que ello pueda implicar una mutilación de su pensamiento revolucionario, o el empeño, por parte de algunos religiosos, de “cogerse” a Martí o presentarlo como un santo laico, apartándolo de otros contenidos más urgentes y necesarios a la aún no acabada lucha de liberación continental. Y decimos infundado, ya que en Martí se produce justamente esta alianza, que da a su pensamiento potencialidades imprevistas de más vasto alcance en la lucha de la izquierda cristiana revolucionaria latinoamericana de hoy. ¿Ni a qué temer la palabra “evangelio” que quiere decir “buena nueva”, cuando ya no aparece aliado —como en los tiempos de la Conquista— a la explotación ni al crimen, sino a la consecución de “toda la justicia”?[16] ¿A qué temerla cuando esta misma Revolución nuestra de hoy, se declara hija de aquella “buena nueva” que fuera anunciada en el Steck Hall, y procede legítimamente de este “júbilo evangélico”[17] del que habló en New York, a su regreso del enfervorizamiento revolucionario de los días de Tampa[18] y Cayo Hueso,[19] cuyo impulso no se detuvo hasta la fundación del Partido Revolucionario Cubano?[20] ¿No dijo a Collazo que si no sabía que las obreras cubanas —¡ciertamente!— le habían regalado una cruz?[21] Y la cruz no es el sufrimiento resignado. Lo de “la otra mejilla”,[22] es solo para la ofensa que nos hacen a nosotros y no a lo que es más que nosotros —para lo que ofende al Amor que es lo que entiende Cristo por el padre—, el látigo en la mano. La cruz no es símbolo del sufrimiento inútil, sino del sufrimiento por amor, o sea, del amor que necesariamente ha de padecer por la redención del hombre. ¿O se olvida que Martí llamó significativamente “amor de Jesús”[23] a su personaje Martino, el héroe revolucionario de Patria y Libertad,[24] su drama sobre la independencia guatemalteca?

     Que Martí no haya pertenecido a ninguna confesión religiosa, católica o protestante, no permite ignorar o invalidar su constante reconocimiento al que fue víctima de un imperio por su amor a los pobres, víctima también de una religiosidad aliada al oro y a todas las formas de medro y olvido de sus propios orígenes. Que en El presidio político está la huella de la lectura que hizo en Isla de Pinos de los profetas hebreos del Viejo Testamento, es cosa reconocida por los críticos, aunque más desde el punto de vista estilístico que del político, ya que estos profetas fueron siempre denunciadores de déspotas y mártires por serlo. Es, por eso, tan lamentable la pérdida de su discurso a Moisés del ‘81, ya que es el eslabón siguiente por el que se hubiera podido seguir el proceso de este influjo y también su progresiva radicalización. Ya Moisés no es solo el que denuncia —como lo haría el profeta Juan al asesino Herodes— ni el martirizado, como Juan, a causa de ello, sino el líder político que canalizó el fuego religioso de este pueblo en Yahvé, al invocarlo como el único Dios verdadero, por ser aquel que, a diferencia de los otros, que exigían sacrificio y culto, pedía ser sobre todo adorado “en espíritu y verdad”, con una fe comprobada por las obras de derecho y justicia. No cabe, entonces, entender este “monoteísmo” como un problema numérico frente al “politeísmo” griego, ya que sería una grave desviación que ignoraría su verdadero sentido y diferencia, residente toda en suponer que el que falta a la justicia debida al pobre, al huérfano, a la viuda, el que esclaviza por usura a otro, falta a ese espíritu de amor universal y único que es aquel al que realmente se identifica Yahvé.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] “[Martí] no habla solo de dirigirse hacia [el] bien, sino de contar con [el] bien para realizarlo”.

[2] “En artículos aislados, en ponencias inconsultas, empezó a propagarse la tesis de que llamar a Martí ‘Apóstol’ era iniciativa del mencionado biógrafo [Jorge Mañach], y no expresión consagrada por el pueblo de Cuba que hizo primero la guerra, e hizo después la revolución, era utilizar un término de exclusivo uso ‘religioso’, como si no se pudiera ser apóstol, esto es, propagandista del ateísmo, por ejemplo —el propio autor del libro [Martí, el Apóstol] carecía de fe religiosa—, o apóstol —como por cierto lo llama Roig en su libro sobre el tema del antimperialismo— como si el nombre, repetido con fervor por varias generaciones de maestros y de escolares cubanos, no hubiese procedido de la emigración obrera de la Florida, y como si el propio Martí no hubiese dicho de sí mismo, con evidente respeto hacia ese término: ‘No vivimos en paseos y en orgías, sino regando la sangre por la tierra, y con la transparencia y la humildad de los apóstoles’.

Lo que el pueblo captó, con su afinada intuición, fue que si en Martí había estatura de héroe mayor —condición que compartía con otros altos jefes como Gómez, Maceo, o Céspedes—había en él otra dimensión que le era propia, todo un apostolado ideológico laico que apuntaba más allá del objetivo inmediato de la guerra que estaba organizando. Ello fue confirmado por el hecho de que fuera ese el nombre que escogiera Fidel para nombrarlo, en su histórica defensa [La Historia me absolverá], subrayando justamente este aspecto de continuidad de su pensamiento revolucionario: ‘Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta!’” (Fina García Marruz: “Razón de ser de este trabajo”, El amor como energía revolucionaria, Albur, órgano de los estudiantes del ISA, año IV, La Habana, núm. especial, mayo de 1992, p. 60).

[3] “Yo abrazo a todos los que saben amar. Yo traigo la estrella, y traigo la paloma, en mi corazón”. (JM: “Con todos, y para el bien de todos”, discurso en el Liceo Cubano, Tampa, 26 de noviembre de 1891, p. 269).

[4] JM: “Carta a Teodoro Pérez”, [Nueva York, 2 de abril de 1892], EJM, t. III, p. 69.

[5] “El cristianismo ha muerto a manos del catolicismo. Para amar a Cristo, es necesario arrancarlo a las manos torpes de sus hijos”. (JM: “Boletín. Francisco de Paula Vigil”, Revista Universal, México, 26 de agosto de 1875, OCEC, t. 3, p. 93).

[6] “Desagrada (tener que) reconocer que el hombre de mayor idealidad del Universo, el Cristo, pueda tener el rostro deslustrado, cansado, caído, sin aquella beldad y aquella gloria que aun a los rostros sube de la inocencia y confianza del alma no probada, en la edad de la juventud, ignorante y fiera. Pero la verdad es que la vida come, y por donde pasa deja la huella de su diente; y en los que viven con más intensidad, ya por el amor de sí, o el de los demás, más la deja. La verdad es que los rostros de los hombres de más belleza moral decaen y pierden gran luz conforme viven, y los ojos se fatigan y se apagan y la piel se decolora, y el cráneo se despuebla de cabello, y la frente se enjuta, y las mejillas se ahuecan, y solo en las divinas horas de la acción o el discurso supremo les sale al rostro la gloria del alma”. [JM: “Cuaderno de apuntes no. 14” (1886-1887), OC, t. 21, pp. 344-345. (Las cursivas son del E. del sitio web].

[7] JM: “I”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 299.

[8] JM: “Isla famosa”, Versos libres, OCEC, t. 14, p. 144.

[9] JM: “[No, música tenaz, me hables del cielo]”, Versos libres, ob. cit., p. 218.

[10] “En una de aquellas sesiones oratorias sirvió de tema el pueblo de Israel, y con lenguaje expresivo y sublime narró el orador las maravillas de aquel pueblo excepcional. Creíamos que no era posible decir cosas más hermosas y poéticas, pero cuando el orador se considera en la cumbre del monte Nebo y presenta al pueblo israelita y a Moisés contemplando la tierra prometida, su elocuencia fue nueva, sorprendente, y lo sublime parecía poco ante aquel espíritu transfigurado por el poder cuasi divino de las ideas. Con cuánto dolor nos dijo que Moisés, a los noventa años de vida, joven sano, sin haber perdido uno solo de sus dientes, a presencia de la tierra de promisión, iba a morir, teniendo a la vista, casi al alcance de la mano, la felicidad acariciada en prolongados años de inconcebible peregrinación por arenales y desiertos llenos de peligros. Aquellas patéticas figuras conmovían el corazón, aparecían con vida y movimiento y llevaban al alma generosos y sublimes ideales”. (Juvenal Anzola: “José Martí” (1903), Revista Cubana, La Habana, Ministerio de Educación, Dirección de Cultura, julio 1951-diciembre 1952, vol. XXIX, p. 165).

[11] Véanse, al respecto, los capítulos “La fuerza divisora del odio: consecuencias históricas”, “Amor y fundación” y “La guerra sin odios” del libro de Fina García Marruz, El amor como energía revolucionaria en José Martí.

[12] JM: “Cuaderno de apuntes no. 7” [1881], OC, t. 21, pp. 207-208.

“Entre las numerosas religiones, la de Cristo ha ocupado más tiempo que otra alguna los pueblos y los siglos: esto se explica por la pureza de su doctrina moral, por el desprendimiento de sus evangelistas de los cinco primeros siglos, por la entereza de sus mártires, por la extraordinaria superioridad del hombre celestial que la fundó”. (“[Hay en el hombre…]”, OC, t. 19, p. 391).

[13] “Cristiano, pura y simplemente cristiano.—

Observancia rígida de la moral,—mejoramiento mío, ansia por el mejoramiento de todos, vida por el bien, mi sangre por la sangre de los demás;—he aquí la única religión, igual en todos los climas, igual en todas las sociedades, igual e innata en todos los corazones.

Cuando yo era niño, muy niño, la idea no adquirida de Dios se unía en mí a la idea adquirida de adoración.—Hoy, que se ha obrado en mí, por mí mismo, esta revolución que acato porque es natural, y me regocija porque deslinda y precisa, la idea de Dios ha sobrevivido a mis antiguas ideas,—la idea de adoración ha pasado para no volver jamás.—” (JM: “Cuaderno de apuntes no. 1”, OC, t. 21, p. 18). El énfasis es de JM.

[14] JM: “Carta a Gonzalo de Quesada”, Montecristi, 1° de abril de 1895, TEC, p. 34.

[15] “Quiero que conste que por la causa de Cuba me dejo clavar en cruz, y que iré al sacrificio sin exhalar una queja”. (José Miró Argenter: “Recuerdos del mes de mayo”, Archivo José Martí 15, al cuidado de Félix Lizaso, La Habana, enero-junio, 1950, p. 122).

[16] JM: “Desde New York. Fermín Valdés Domínguez”, La Lucha, La Habana, 9 de abril de 1887, OCEC, t. 25, p. 242; “Carta al general Antonio Maceo”, Nueva York, [16 de diciembre de] 1894, EJM, t. IV, pp. 382-383; “Carta a Juan Gualberto Gómez”, [Nueva York, 29 de enero de 1895], EJM, t. 5, p. 39; y Fragmentos, OC, t. 22, p. 142. (La cursiva es de FGM). Véase Luis Toledo Sande: “José Martí y Juan Gualberto: toda la justicia”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1985, no. 8, pp. 52-92.

[17] JM: “La oración de Tampa y Cayo Hueso”, ob. cit., p. 305.

[18] El 16 de noviembre de 1892, Martí es invitado por Néstor L. Carbonell Figueroa, presidente del club Ignacio Agramonte, de Tampa, a participar en una velada artístico-literaria, en beneficio de la organización revolucionaria. La visita tuvo lugar del 25 al 28 de noviembre del propio año. En las noches del 26 y 27, Martí pronunció sus dos memorables discursos: “Con todos, y para el bien de todos” y “Los pinos nuevos”.

[19]  Martí visita a Cayo Hueso por invitación de un Comité, promovido por Ángel Peláez, del 25 de diciembre de 1891 al 9 de enero de 1892. Durante su estancia redacta las “Bases del Partido Revolucionario” y sus “Estatutos secretos”, “que son aprobados en principio” por “los presidentes de la mayoría de los clubes y personalidades reconocidas de la emigración del Cayo, así como una delegación de los de Tampa”. (Ibrahim Hidalgo Paz: José Martí. Cronología 1853-1895, 4ta edic., La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2018, p. 121). Véase el capítulo “Los días fundadores” del libro El amor como energía revolucionaria en José Martí de Fina García Marruz, Albur, órgano de los estudiantes del ISA, año IV, núm. especial, La Habana, mayo de 1992, pp. 192-222.

[20] El 10 de abril de 1892, Martí proclamó la creación del Partido Revolucionario Cubano.

[21] JM: “Carta a Enrique Collazo”, Nueva York, 13 de enero de 1892, EJM, t. III, p. 13.

[22] “En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre”. (JM: “Con todos, y para el bien de todos”, ob. cit., p. 270).

[23] JM: “[Nota sobre Patria y libertad]”, OCEC, t. 5, p. 136.

[24] JM: Patria y libertad. (Drama indio), Guatemala, abril de 1877, OCEC, t. 5, pp. 111-135.