Julián Orbón de Soto (1925-1991)

Músico, compositor, profesor y ensayista hispano-cubano. Nació el 7 de agosto de 1925 en Avilés, Asturias, España, en el seno de una familia profundamente vinculada a la música. Su padre, Benjamín Orbón Corujedo (1879-1944) era un destacado pianista concertista y pedagogo, condecorado con la Orden Isabel la Católica y miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su madre, Ana de Soto, de origen cubano, también pianista, había sido discípula de Benjamín en La Habana. A los siete años, durante un viaje que realiza a capital cubana a visitar a su padre, quien años antes había fundado el Conservatorio Orbón, una prestigiosa institución que llegó a tener más de 200 filiales en todo el país, comienza su instrucción musical bajo la guía de su progenitor y el pianista Oscar Lorié. De regreso a su ciudad natal varios meses después, continúa sus estudios con su hermana Ana, profesora del Conservatorio Provincial de Oviedo, donde Julián matricula. Su infancia estuvo marcada por la pérdida de su madre, la lejanía de su padre y la Guerra Civil Española,[1] lo que lo llevó a vivir con su abuela paterna y su tío, el periodista Julián Orbón, muerto durante el conflicto.

     En 1939, Julián se traslada a vivir a La Habana. Dos años más tarde se gradúa de profesor de piano, y de teoría y solfeo. En 1942 se integra como profesor y en 1944, con 19 años, tras la muerte de su padre, asume la dirección del Conservatorio y sus escuelas en el interior del país, para proseguir la encomiable labor iniciada por su progenitor tres décadas atrás. Ese mismo año, en La Habana, se inicia como crítico musical en el diario Alerta, con reseñas y ensayos que reflejan su pensamiento estético y su compromiso con la renovación cultural.

     Orbón realizó estudios de composición en el Conservatorio Municipal de La Habana (hoy Amadeo Roldán) con el músico catalán nacionalizado cubano José Ardévol (1911-1981), quien lo incorporó al Grupo de Renovación Musical (1942-1948), junto a figuras como Harold Gramatges, Edgardo Martín, Hilario González, Argeliers León, Gisela Hernández, Serafín Pro y Virginia Fleites.

     La amistad de Julián con el director de orquesta austríaco Erich Kleiber (1890-1956), deja en él una huella perdurable: “fue el músico que más me enseñó”, se le escuchaba decir. En uno de sus programas en La Habana, Kleiber estrena la Sinfonía (1945) de Orbón, lo que da un impulso definitivo a la carrera del joven compositor y a su producción futura para la orquesta.

     En 1946, Orbón ganó una beca para estudiar en el Berkshire Music Center de Tanglewood, Estados Unidos, bajo la tutela de Aaron Copland, en su consideración, “el mejor dotado compositor de la nueva generación de Cuba”. Allí compartió estudios con compositores como Alberto Ginastera, Roque Cordero, Juan Orrego-Salas, Héctor Tosar y Antonio Estévez. El músico mexicano Eduardo Mata ha destacado la “influencia poderosísima” de Copland sobre Orbón, más evidente sobre todo “en la música compuesta entre 1950 y 1958”.[2] A lo largo de toda su vida, Orbón mantuvo con  Aaron Copland una relación personal entrañable.

     En 1954 obtuvo el segundo lugar en el Festival Latinoamericano de Música de Caracas con su obra Tres versiones sinfónicas, lo que consolidó su prestigio internacional. En 1958 adaptó la música de la conocida tonada campesina La Guantanamera a los Versos sencillos de José Martí.[3] A partir de 1962 fue popularizada por el reconocido músico y activista social norteamericano Pete Seeger, para convertir la bella melodía en un símbolo identitario de la música cubana.[4]

     Orbón fue miembro activo del Grupo Orígenes,[5] junto a José Lezama Lima, Fina García Marruz, Cintio Vitier, Ángel Gaztelu, Eliseo Diego y Gastón Baquero, entre otros, con los que compartió una profunda y delicada amistad y una visión estética del arte, culta y profundamente espiritual. En la revista Orígenes publicó varios ensayos y notas,[6] que dan cuenta del amplio registro de su cultura musical, pictórica y literaria. Mantuvo, además, una relación cercana con María Zambrano y Alejo Carpentier, quien le prodigó los más altos elogios, como músico y como persona,[7] y lo consideró “un compositor en perpetua evolución dentro de una trayectoria propia, sin paralelo, […] en la producción musical de nuestro continente”.[8]

     En 1960, Orbón viajó a México, invitado por Carlos Chávez para enseñar Composición en el Conservatorio Nacional de Música. Entre sus discípulos más destacados estuvieron Eduardo Mata y Julio Estrada.[9] En 1963 se trasladó a Estados Unidos, donde impartió clases en Princeton, Washington, Barnard College, Columbia University y la Universidad de Miami. Recibió la Beca Guggenheim en 1958 y 1969, y el Premio de las Artes y las Letras de Música en 1967.

     La producción musical de Julián Orbón puede cifrarse en su totalidad en un poco más de treinta composiciones, escritas entre 1942 y 1990: seis obras para orquesta, un concierto para piano y orquesta, cinco obras de cámara, cinco para instrumento solo, seis para voz e instrumentos, seis para coro y dos obras incidentales para el teatro.[10] Su obra abarca géneros diversos como la música de cámara, sinfónica, coral y para piano, guitarra, clavecín y órgano. Entre sus composiciones destacan Danzas sinfónicas (1955), Himnus ad galli cantum (1956), Concerto grosso (1958), Tres cantigas del rey (1960) y Partita no. 4 (1986). Como “discípulo libre y distinto de Manuel de Falla”,[11] al decir de Cintio Vitier, su estilo evolucionó desde el neoclasicismo hacia un lenguaje más expresivo y vanguardista, influenciado por Copland, Chávez y Villa-Lobos, sin menoscabo de sus raíces identitarias hispanoamericanas.

     A pesar de su simpatía inicial por el triunfo de la Revolución cubana en 1959, Orbón en poco tiempo se distanció de ella, por su vertiginosa centralización del poder y la radicalización de su proceso político —estimulado por las crecientes presiones de todo tipo del gobierno norteamericano—, en una indetenible derivación hacia la ideología marxista-leninista más ortodoxa, lo que entraba en conflicto con sus arraigadas convicciones religiosas y cívicas. En 1960 tomó la amarga y dolorosa decisión de abandonar Cuba, su segunda patria, rumbo a México, en compañía de su esposa santiaguera Mercedes Vecino, Tangui, y sus dos hijos pequeños, Andrés y Julián, ahijado este último de José Lezama Lima. Dejaba atrás el patrimonio familiar levantado en casi medio siglo de tesonero trabajo, su añorado hogar con sus libros, partituras, discos, obras de arte, manuscritos, literarios y musicales, y lo más preciado de todo, sus amistades más entrañables. Su exilio fue un punto de inflexión en su vida y en su obra, que lo marcó para siempre. Durante décadas en Cuba, un implacable manto de silencio cayó sobre la obra y el nombre no solo de uno nuestros más lúcidos y perspicaces compositores —“un peculiar caso de transculturación entre lo hispano y lo cubano, entre España y América”—,[12] sino del autor —triste paradoja— de la más célebre, tal vez, de todas nuestras canciones: La Guantanamera martiana.

     Julián Orbón falleció en Miami el 20 de mayo de 1991, víctima de un cáncer de pulmón. Sus restos, cumpliendo su última voluntad, fueron trasladados a Avilés, su ciudad natal.

     En la década de los 90, gracias al incansable empeño de Cintio Vitier y Fina García Marruz, origenistas fidelísimos a su obra y a su memoria, comenzó a difundirse, poco a poco, con la colaboración de intérpretes y escritores, la música de Julián Orbón y a reconocerse el valor primordial de su producción intelectual, en la que destacan singularmente los ensayos “Tarsis, Isaías, Colón”[13] y “José́ Martí́: poesía y realidad”,[14] considerado este último uno de los más bellos y sugerentes, jamás escritos, sobre nuestro Apóstol.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] “Un temprano sentimiento de desamparo le conduce a una precoz autonomía intelectual: en el ámbito excepcional de la biblioteca familiar —que con horror verá desaparecer entre las llamas durante los disturbios de 1934— se inicia en lecturas solitarias que harán de él un erudito en varios órdenes”. (Julio Estrada: “Prólogo”, En la esencia de los estilos y otros ensayos, Madrid, Editorial Colibrí́, 2000, p. 11).

[2] Eduardo Mata: “Julián Orbón” (II), Pauta. Cuadernos de teoría y crítica musical, México, D. F., octubre-diciembre de 1986, vol. V, no. 20, p. 40.

[3] Para Manuel Pedro González, Julián Orbón es “el creador musical que mejor conoce a Martí y mejor lo ha interpretado melódicamente”. (José Martí: Epistolario. Antología, introducción, selección, comentarios y notas por Manuel Pedro González, Biblioteca Románica, Editorial Gredos, s. a., Madrid, 1973, p. 25).

[4] “Ya los Versos sencillos, por obra y gracia de Julián Orbón, también mestizo cubano español, habían entrado en el insondable son de la Guantanamera, retornando al pueblo de donde surgieron en el pecho más que en la pluma de José Martí”. (Cintio Vitier: “Presentación de Teresita Fernández” (1968), Prosas leves (1993), Obras 11. Estudios y ensayos, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014, p. 289).

“[…] Lo que hemos querido señalar es el aire anónimo, popular, del arranque de los Versos sencillos, y su tono de concentración sentenciosa que tan bien se aviene con el molde musical de la tonada americana. Experiencia inolvidable, verdadera iluminación poética, la de oír a Julián Orbón cantar con la música de La Guantanamera, esas estrofas donde Martí alcanza, en su propio centro, las esencias del pueblo eterno”. (Cintio Vitier: “Séptima lección. El arribo a la plenitud del espíritu. La integración poética de Martí”, Lo cubano en la poesía (1958), en Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, prólogo de Abel Prieto, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998, p. 185).

[5] “Julián Orbón llegó a Orígenes como al hogar de su intemperie. Le dio la juglaría y el donaire cervantino. Le dio la música, su música. // […] En el Palacio Orbón, entre El Retablo de Maese Pedro, las tonadillas del XVIII, ‘Al alba venid’, ‘Ay, Palmarito’ y la ‘Guantanamera’ en el piano y la ‘voz de náufrago’ de Julián, estaba la Casa de Gobierno de Orígenes […]”. [Cintio Vitier: “Palabras de apertura” (Coloquio Internacional “Cincuentenario de Orígenes”, Casa de las Américas, junio de 1994), Credo, Cátedra de Estudios Cubanos del ISA, La Habana, octubre de 1994, pp. 5-8]. Véase José Lezama Lima: “De Orígenes a Julián Orbón”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, Úcar García, s.a., 1955, año XII, no. 37, pp. 59-62; y Cintio Vitier: “Orígenes en la música: tres notas sobre Julián Orbón”, Unión, La Habana, enero-marzo de 1995, pp. 53-57.

[6] Textos de Julián Orbón publicados en la revista Orígenes (1944-1956):

  • “Las tonadillas”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, verano de 1946, año III, no. 10, pp. 23-28.
  • “Y murió en Alta Gracia”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, invierno de 1946, año III, no. 12, pp. 14-18.
  • “De los estilos transcendentales en el postwagnerismo”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, verano de 1947, año IV, no. 14, pp. 31-40.
  • “Richard Strauss”y “José Clemente Orozco”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, verano de 1949, año VI, no. 22, pp. 42 y 43-44, respectivamente.
  • “En la esencia de los estilos”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1950, año VII, no. 25, pp. 54-60.
  • “Homenaje. Arístides Fernández (1904-1934)”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1950, año VII, no. 26, p. 63.

[7] “Julián Orbón es, decididamente, uno de los hombres más extraordinarios que yo haya conocido. Hay, en su mente, un horror instintivo por las soluciones fáciles, que maravilla. Toda cuestión es puesta en entredicho, siempre, por su espíritu. Sus observaciones acerca del cuarteto (Beethoven, Bartok), de ‘la salvación del artista por la fidelidad al estilo propio’ (relacionada con la Suma teológica), acerca del mito de ‘los temas humanos y universales’, puesto que estos son obra de la interpretación y de la ejecución (el ejemplo de Edipo Rey escrito por Vargas Vila), absolutamente extraordinarios”. [1º al 20 de abril de 1953].

[Alejo Carpentier: Diario (1951-1957), introducción de Armando Raggi, con notas de Armando Raggi y Rafael Rodríguez, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2013, p. 111].

[8] Alejo Carpentier: “Tres versiones sinfónicas de Julián Orbón” (1955), La música en Cuba. Temas de la lira y del bongó, prólogo de Graciela Pogolotti y selección de Radamés Giro, La Habana, Ediciones Museo de la Música, 2012, p. 637.

[9] Véase Eduardo Mata: “Himno al canto de gallo. Tres cantigas del rey: Julián Orbón” (III y última parte), Sofía González de León: “Testimonio sobre Julián Orbón: entrevista a Julio Estrada” y Julio Estrada: “Tres perspectivas de Julián Orbón”, Pauta. Cuadernos de teoría y crítica musical, México, D. F., enero-marzo de 1987, vol. VI, no. 21, pp. 31-39, 45-55 y 74-102, respectivamente.

[10] Julio Estrada: “Prólogo”, ob. cit., p. 14.

[11] “En el venero exquisito de lo popular, en los misterios comunicantes de la cultura musical y poética, en las transfiguraciones de la memoria creadora, hemos visto siempre a nuestro Julián Orbón, discípulo libre y distinto de Manuel de Falla: capaz de las angustias mayores de lo contemporáneo, pero al cabo señor de un claro castillo reminiscente donde está su salud hispánica y la salida voraz a su impulso americano”. [Cintio Vitier: “El Homenaje a la tonadilla de Julián Orbón” (Diario de la Marina, La Habana, 15 febrero de 1953, p. 4), Crítica 2. Obras 4, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001, p. 173].

[12] “Mientras vivió en la isla no faltaron polémicas con respecto a sus identidades personal y creativa. Muchos lo criticaron por su hispanidad y no vieron, por incapacidad o porque sencillamente no quisieron, la trascendencia de las obras de Orbón, primero para nuestra música y después para la música de América Latina. Julián fue un peculiar caso de transculturación entre lo hispano y lo cubano, entre España y América, y esto lo demuestran composiciones como Preludio y Danza para guitarra y su Cuarteto de cuerdas, ambas de 1951; además de sus Tres danzas sinfónicas, obra con la que obtuvo, como representante de Cuba, el Premio Landaeta en el Primer Festival y Concurso de Composición de Caracas en 1954. En todas esas creaciones están presentes, junto a su hispanidad, muchos rasgos de su otra mitad identitaria: la música folklórico-popular cubana, con especial presencia del son y la guaracha. // Con posterioridad empezó a aflorar en su creación la presencia de rasgos musicales de otras culturas americanas, como ocurrió, tras su visita a Venezuela, con las melodías de los llanos venezolanos, que inspiraron en particular el último movimiento de sus Danzas sinfónicas. Esta obra prueba la voluntad consciente del compositor de asimilar la cultura americana más allá de lo cubano”. (Ana V. Casanova: “Julián Orbón y el silencio del exilio”, Espacio Laical, La Habana, no. 2, 2016).

[13] Julián Orbón: “Tarsis, Isaías, Colón”, Islas, Universidad Central de Las Villas, septiembre-diciembre de 1958, no. 1, pp. 7-25. Véase la referencia de Cintio Vitier en Lo cubano en la poesía (1958), a este “bellísimo ensayo” y a la “deslumbrante exégesis” del versículo profético de Isaías, que “resuena siempre como un llamado misterioso: ‘Sí, ciertamente a mí esperarán las islas…’”. (60,9). (“Primera lección. Propósito del curso. Desarrollo y estratos de lo cubano. Primeros acercamientos a la naturaleza insular”, Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, prólogo de Abel Prieto, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998, pp. 29-30).

[14] Julián Orbón: “José Martí: poesía y realidad”, Exilio, Nueva York, primavera de 1971.