CASA DE LEZAMA
Amigo, he recibido hoy todas sus cartas.
No ya como respuesta de un poema ofrecido
como cuando buscaba entre mi noche
las palabras de la confirmación. Recojo su “Recuérdeme”,
“Ya que usted, esencialmente, nos obliga a responder”,[1]
palabras que le convienen a usted más que a mí misma.
¿Su “usted” como la cara del trompetero negro al mediodía,
fina merienda, Cuba. Familiar, solemne.
Maestro, cómo es posible. Dispénseme. Estuvo, ya no está.
Todo rocío se evapora, es decir, vuelve. Su altivez siento.
“Dispénseme esa simetría de mis caprichos”.[2]
En mi barrio alguien pregona “Flores, flores!” mientras le escribo. Mientras usted me escribía, “En la casa de al lado, pobres,
caen abiertas las latas de salmón rosado de Alaska”.
Y ese alguien que se acerca, “pobre”, a la lata, “la voltea,
observa como los gatos, viaja”,[3] se vuelve el mensajero
de estos días remotos que se acercan,
descifrando la hora en que no sabemos que esperamos
alguna cosa enorme que no acaba de llegar,
una constelación, un viaje. Ah, su casa,
Lezama, que fue la casa de la poesía,
hoy vive ya solo en nuestra imaginación,
le aseguro que bien guardada, bien cuidada.
Todos los cerrajeros resultarían toscos
para velar por la barca de los sabios chinos,
su sillón mariscal, el retrato de su padre.
Todo lo que desmesura con la ausencia su hechizo.
Las muchachas aquellas de la sombrilla malva
en un parque como de Víctor, que yo pensaba siempre
que podíamos ser mi hermana[4] y yo, cuando
“el balcón de Neptuno”[5] ¿de veras, arrumbadas,
en otro sitio están? Tan justo aquel pasillo
con los libreros, aquel sillón enorme con su pecho anhelante,
el abanico del ventilador, y las raras, modestas,
estatuillas cubanas, tan gentiles.
En algún sitio imprecisable,
allí donde la espuma estalla, hasta romper
en el coro de las Ninfas, como en los versos de Keats,
su casa habrá de estar. En el valle de Viñales que une, cariñoso,
la tarde cubana y el esplendor de una majestad perdida.
En los diálogos de la mesa de los amigos ¿no habrá
de estar? En las tiendas de un Obispo lluvioso
que no cesa en su costumbre de quedar, en nosotros,
su casa, Lezama, sigue, intacta aún. Dejemos a los anticuarios
la joya vieja, reconstruida,
de un pasado que no alcanza a reconstruir su esplendor.
Usted nos enseñó a quedar de otra manera,
solo con el impulso del deseo, golpeados
por las metamorfosis del mar, como los corales.
Me dijo “Lo que queremos siempre es reproducir
la casa completa, en el valle de Osiris,
el de la muerte”.[6] O sea, en el valle
de la resurrección.
Ayer estuvimos
en su casa vacía, Lezama. Estuvimos
—y qué propio de usted— en un lugar que ya no existe.
Usted que nos leyó en la salita su poema
a las “brisas del noroeste”, y pidió por nosotros.
Sepa que al fin aprendimos también a buscar
los fragmentos de la noche. Ah melodía
discontinua, relámpago, su cacería, su constelación.
Discontinua lectura de las estrellas. En la salita
abrí un número prestado de Orígenes
que alguien trajo. Octavio[7] susurraba en un poema
que toda casa sería hollada por el viento.
Silenciosa, pasé las páginas del “linaje disperso”,
y encontré sus “Pensamientos en La Habana”[8]
soplando, como brisa, sus sentencias preferidas:
“Solo lo desnudo provoca la caridad
de los dioses fecundadores”. Allí no estaba usted,
y sí algunos de sus arrepentidos enemigos.
Virgilio[9] se detenía, dolorido, en el umbral,
ya que solo usted sabía pasar de la muerte a la vida,
sin percibir el cambio. Un visitante me silbó en el oído
con su risita frívola, una frase literaria
que se deshizo en un friecito de muerte.
Pero usted, padre, de nuevo, me trajo
su poderoso amparo. Conversaba el retrato de Mariano,[10]
torcido su mohín de desdeñoso adolescente,
con el gallo japonés. Sí, decía el canario,
la ramita de perejil, la buena risa
baritonal, dimensionándolo todo de nuevo
hacia la lejanía, con su “Recuérdeme” sin fin,
en que, todavía, crezco.
15 de mayo de 1984
Tomado de Habana del centro (1997), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. II, pp. 99-101.
Otros poemas de Fina García Marruz y Cintio Vitier dedicados a José Lezama Lima:
“Lezama”, “A nuestro Lezama” y “Verso amigo”, Habana del centro (1997), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. II, pp. 52-53, 94-97 y 294-297; “Casa de Lezama” y “Al lezámico modo”, Nupcias (1979-1992), Obras 10. Poesía 3, prólogo, compilación y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2011, pp. 79-80 y 87, respectivamente.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] José Lezama Lima: “Carta a Fina García Marruz”, La Habana, mayo de 1947, La amistad que se prueba, estudio introductorio, transcripción, notas, cronología y bibliografía de Amauri Gutiérrez Coto, Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2010, p. 56. (Cartas cruzadas entre José Lezama Lima, Fina García Marruz, Medardo Vitier y Cintio Vitier).
[2] Ibíd., p. 55.
[3] Ibíd., p. 54.
[4] Bella García-Marruz Badía (1921-2006).
[5] En Neptuno no.308 entre Águila y Galiano, en el 2do piso, vivía la familia García-Marruz Badía.
[6] José Lezama Lima: “Carta a Fina García Marruz”, La Habana, junio de 1961, La amistad que se prueba, ob. cit., p. 94.
[7] Octavio Smith (1921-1987).
[8] José Lezama Lima: “Pensamientos en La Habana”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, octubre de 1944, a. III, no. 3, pp. 24-30.
[9] Virgilio Piñera (1912-1979).
[10] Mariano Rodríguez (1912-1930).

