CASA DE LEZAMA
Lezama, usted me mira y se ríe
con sus ojos achinados de criollo
que sabe que se ha salido con la suya,
aunque está decapitado en el marcador
de unas obras completas Aguilar[1] que le llegaron
a la casa vacía: usted se ríe
y me mira sin mirarme porque sabe
que ya esa condición no es necesaria:
usted se ríe, nos ríe
como un sabio mandarín
jugando el juego de las decapitaciones:
ahora soy una testa cortada
en el marcador de una obra
que no veré nunca, pero la conversación
no tiene por qué interrumpirse.
La benévola, el rocío,
no tienen por qué interrumpirse.
Entre lo más cercano y lo más lejano
su rostro pasa del aire a la hoja
que lo devuelve en la respiración
de la marea y las estrellas.
Estamos en el mismo sitio
donde nos sorprendió la vida,
los tres, los dos, o los cuatro,
siempre falta uno al que usted alude
con una bocanada de ironía indescifrable.
Se ve que le han quitado el pecho ansioso,
hundido como acordeón entre arrecifes,
que le han quitado hasta el tonel
donde nadaba con las manos atadas,
y se ha quedado ya cortado
de todo, sin jadeo, en el murmullo
que sale de una gruta submarina.
Pero esa gruta sigue siendo Trocadero
entre Industria y Consulado: sí, más cerca
del bastidor de Flora, inventora
suprema de las cosas, alejada
del sombrío canaleto de luces amarillas:
allí el sitio a donde calles
confusas no conducen, donde una
estrella recién cortada
va mojando sus puntas en otra estrella enemiga.[2]
Oh Dios, oh dioses, este es el sitio.
Las columnas graciosas nos esperan,
la ventana cerrada está temblando,
la puerta oculta, lateral, se entreabre.
Usted nos recibía con el peso
de toda pesadumbre que se alza
a bendecir al peregrino, con las puntas
de los dedos mojados en la sal, sudor marino
y soñada ceremonia de una voz
que sonreía desde lejos contemplando
el regreso de Orfeo hacia la luz.
Era la casa del análogo, al entrar
dejábamos de ser ese deseo errante,
ese furor desértico del yo, para bañarnos
en la brisita nupcial de la metáfora
y salir a pasear por la otra orilla.
Su secreto era un punto imprecisable
que lo tocaba todo, trastes de ámbar
por su sueño toca,[3] Tao del centro de La Habana,
el mejor té de La Habana Vieja ya llegaba
o el copón helado del risueño limoné.
Aquel punto volante, imán
de la mutua alegría del saber y el no saber,
en este dulce octubre de la reminiscencia.
Octubre está escalando sereno la ventana.
Usted se asoma a la ventana para vernos,
para entrar en la cámara oscura con nosotros
y salir los cuatro fijos en el punto inmóvil
mirando la luciérnaga muerta, pero no por eso
tiene que interrumpirse la conversación.
La ventana se cierra cortando los colores
de la vecinería como un mazapán que se rebana
y se sirve a la visita en la sala materna.
Tomado de Cintio Vitier: “Casa de Lezama” (El Caimán Barbudo, La Habana, marzo de 1986, p. 4), Nupcias (1979-1992), Obras 10. Poesía 3, prólogo, compilación y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2011, pp. 79-80; Antología poética, 1ra ed., selección y prólogo de Enrique Saínz, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2002, pp. 395-397.
Otros poemas de Cintio Vitier y Fina García Marruz dedicados a José Lezama Lima:
“Al lezámico modo”, Nupcias (1979-1992), Obras 10. Poesía 3, prólogo, compilación y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2011, p. 87; “Lezama”, “A nuestro Lezama”, “Casa de Lezama” y “Verso amigo”, Habana del centro (1997), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. II, pp. 52-53, 94-97, 99-101 y 294-297, respectivamente.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Referencia a las Obras completas de José Lezama Lima, cuyo primer tomo fue publicado en México por la Editorial Aguilar en 1975. Las Obras aparecen con una introducción de Cintio Vitier.
[2] José Lezama Lima: “Ah, que tú escapes”, Diez poetas cubanos. 1937-1947, antología, prólogo y notas de Cintio Vitier, La Habana, Ediciones Orígenes, Casa Úcar, García, s.a., 1948, p. 23.
[3] José Lezama Lima: “Su sueño toca”, Diez poetas cubanos. 1937-1947, ob. cit., p. 28.

