Juana Borrero (1877-1896)
Poeta y pintora cubana. Juana de Dios de la Santísima Trinidad Borrero y Agüero y Pierra fue la tercera hija de una numerosa familia de doce hermanos. Nació en La Habana, el 17 de mayo de 1877 y murió en Key West, Estados Unidos —a donde su familia había emigrado por causa de la guerra— el 9 de marzo de 1896. Recibió una esmerada y ecuménica educación familiar. Su madre, Consuelo de Pierra de Agüero (1852-1906), también escribía versos, era hija de la poetisa Martina Pierra y Agüero de Poo (1833-1900) y estaba emparentada, además, con Joaquín de Agüero y Agüero y Gertrudis Gómez de Avellaneda. Su padre, Esteban Borrero Echeverría (1849-1906) se desempeñó como maestro, médico y escritor; alcanzó los grados de coronel del Ejército Libertador en la Guerra del 68.
Hizo estudios de pintura, pero lamentablemente “casi nada se conserva […], apenas veintidós piezas en lápiz, tinta papel u óleo madera”.[1] Según Lezama Lima, Pilluelos (Cayo Hueso, 1896), es “la única pintura genial del siglo xix nuestro” porque “las vivencias profundas que produce la contemplación de los Negritos, son semejantes a las que produce La Gioconda”.[2] Fina García Marruz al comentar este óleo, “que parece pintado desde su conocimiento abisal”, se pregunta asombrada: “¿Cuándo, cómo pudo saber esa jovencita criada en la casa, todo lo que refleja un cuadro como ese de sufrimiento y simpatía arrasadoras?”[3]
Precoz en el cultivo de las letras, a pesar de su corta vida su producción literaria presenta gran interés.[4] En 1895 se publicaron sus Rimas. En su Epistolario —recopilado póstumamente y editado entre 1966 y 1967— encontramos muestras de su ardiente temperamento, muy visible en las cartas[5] que dirige a su novio Carlos Pío Uhrbach,[6] también poeta que muere al año siguiente, cuando estaba incorporado a la lucha independentista.
Ligada por motivos literarios y personales a Julián Casal, a veces su poesía roza el modernismo,[7] pero generalmente se le considera una romántica tardía. Sin embargo, para Pedro Henríquez Ureña “dos o tres estrofas de esta extraordinaria soñadora cuentan entre las más intensas y sugestivas escritas en castellano”.[8]
[Tomado de Poesía cubana de la colonia. Antología, selección, prólogo y notas de Salvador Arias, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2002, p. 223. (Nota modificada por el E. del sitio web)].
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Elizabeth Mirabal Llorens: “Juana Borrero en el país de las sombras”, Los pintores escriben, prólogo de Mario Coyula, La Habana, Ediciones Boloña y Fundación Alejo Carpentier, 2012, p. 210.
[2] José Lezama Lima: “Paralelos. La pintura y la poesía en Cuba (siglos XVIII y XIX)” (1966), La cantidad hechizada, La Habana, Letras Cubanas, 2014, pp. 192 y 220, respectivamente.
[3] Fina García Marruz: “Juana Borrero”, en Juana Borrero: Poesías, ensayo introductorio y compilación de FGM, La Habana, Instituto de Literatura y Lingüística, 1966, pp. 31-32.
[4] “Más que una poetisa, más que una pintora, Juana llegó a ser, con todas sus ingenuidades, una de las grandes amantes de la humanidad, que lo sacrificó todo, arte, salud, patria y vida, en arrebatado despojamiento, al frenesí de la pasión. […] // El absoluto que Casal situó en el arte y Martí en la patria, Juana lo vivió en el amor: el amor como arte, como patria y como único Dios. Respondía así al linaje de su nombre, sellado por el Apóstol San Juan, Apóstol del amor. Si pensamos que ese nombre fue también el de Cuba y que, en el sentido amoroso, por encima de todo azar histórico, en él encerrado, es el mismo que Martí veía en nuestra isla, nos parece que un plano profundo las contradicciones se disuelven, y que Carlos Pío, muriendo por Cuba, murió por Juana, y que ella, muriendo en su delirio de amor absoluto, se daba a la patria enriqueciéndola con el misterio de su destino sobrecogedor”. [Cintio Vitier: “Las cartas de amor de Juana Borrero” (1964), prólogo a su Epistolario, publicado por el Instituto de Literatura y Lingüística en dos tomos, 1966-67, Obras 3. Crítica 1, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2000, pp. 183 y 205, respectivamente].
[5] “La oposición paterna, apoyada en el alarmante estado de salud de Juana y en la insolvencia económica de Carlos Pío, hizo el papel de obstáculo dentro de la estructura […] del ‘amor imposible’; y provocó el epistolario más extenso, intenso y obsesivo de nuestras letras, quizás de las letras latinoamericanas, quizás de las letras mundiales. Descomunal epistolario […]; cerca de mil páginas escritas en menos de dos años como una infinita y clandestina declaración de amor, en la que hay un autorretrato psicológico lleno de matices, contradicciones, monotonías y sorpresas, y una radiografía del ‘fin de siècle’ cubano-colonial en el momento mismo en que la Isla, sacudida otra vez desde Oriente, comienza a erguirse de nuevo en demanda de su derecho a la libertad”. [Cintio Vitier: “En el centenario de Juana Borrero” (1977), Prosas leves (1993), en Obras 11. Estudios y ensayos, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014, pp. 186-187].
[6] Véase Fina García Marruz: “Carlos Pío Uhrbach”, en Juana Borrero: Poesías, ensayo introductorio y compilación de Fina García Marruz, La Habana, Instituto de Literatura y Lingüística, 1966, pp. 38-50; José Antonio Portuondo: “Apuntes sobre los Uhrbach”, Revista de la Universidad de La Habana, La Habana, no. 100-103, diciembre de 1952, pp. 39-72; y Salvador Arias: “La revista Gris y Azul y los hermanos Uhrbach y Juana Borrero”, Revista Universidad de la Habana, La Habana, 1997.
[7] “Una estampa de la moda elegante surge a nuestros ojos, toda florecida de sombrillas de colores y niños jugando al aro. Ya la nombré de pasada; pero no puedo por menos de volver a ella, a la poetisa Juana Borrero, esa jovencita pálida y morena que pasa como un amor fantasma por la poesía de Julián del Casal. Voy a atreverme a decir que, de no haber muerto esta niña como murió, a los dieciocho años, y casi al mismo tiempo que aquel, hubiera constituido ella sola acaso el mejor aporte de la poesía cubana al Modernismo. Y acaso, acaso, hasta de la poesía americana. Hay que darse cuenta de lo que significa escribir a los catorce, a los quince años, las cosas que ella escribía. Imaginarlas era ya un enigma; expresarlas, una revelación. Nada de balbuceos infantiles, o de insípidas ñoñadas, o de arrullamiento de lecturas, a semejanza de lo que suele verse en la adolescencia de los poetas, aun cuando sean después geniales.
Audaz, más en el fondo que en la forma, hace versos nuevos con palabras viejas; dice cosas que ninguna otra poetisa de su tiempo se atrevía a decir. Soñaba con un ‘beso imposible’, que no podía darle ninguna criatura viva; ‘un beso que le dejara una estrella en la boca y un tenue perfume de nardo en el alma’ … Cuando los ojos leen un soneto como su ‘Apolo’, que, aun con sus lunares, requeriría años de dedicación, de concentración para cuajarlo, se hace imposible pensar que lo trazara una mano que apenas había soltado su última muñeca… Y hay que pensar también con nostalgia irreparable en lo que ella hubiera sido capaz de escribir si la muerte la hubiera esperado siquiera un año más.
Este es un bello soneto en cualquier tiempo y en cualquier poetisa; pero hecho por una niña, es extraordinario; y, hecho cuando casi no se sabía lo que era Modernismo, es modernista”.[Dulce María Loynaz: “Influencia de los poetas cubanos en el Modernismo” (1953), Ensayos literarios, Ediciones Universidad de Salamanca, 1993, pp. 27-28].
[8] Pedro Henríquez Ureña. “El modernismo en la poesía cubana”, Obra crítica, México, Fondo de Cultura Económica, 1950.

