BAUDELAIRE, RIMBAUD O MARTÍ…
Baudelaire, Rimbaud[1] o Martí, parecían como si anclaran en acecho en medio de las ruinas, o se acercaran, con las precauciones de quien tiene que aislar el ramaje del silencio, a la casa sumergida. En las últimas líneas de Martí, en el acudimiento a la cita donde se le prepara un final a la suntuosa y sombría manera etrusca, parece como si para acompañar la galopada, en lo que fija para cada día, le siguieran los enigmáticos deshielos, la turbamulta girona sin imanes: la frase que se afina para rechazar por la varonía las leyes del agradecimiento, “el bello mozo de pierna larga y suelta”,[2] la sortija, el caballo moro, los pañuelos de cuadros azules, la mesa coja, los polvos del asma, las seis matas de flores, las ceibas inicialadas de balas, los presagios donde se mezclan las lanzas y las estrellas, la miel de limón para las pócimas, los retratos de Goethe, las antologías griegas, el barbero guapetón, la cuarteta con la ordenanza para el amor, los proverbios haitianos donde se ríen los perros de la sabiduría napoleónica, siguen su capa y su corcel como endemoniadas abejas que le hundiesen un clavo. El paredón de la ceiba va descorriendo sus planchas para hinchar la gárgola de los destinos. En la historia de la gravitación por la imagen, cuando decimos el diario de José Martí, el único equivalente que se le puede encontrar es “la casa de los duques”.[3] El espacio ha sido hechizado, se le ha hecho hablar a una dimensión, a una cantidad de paisaje. Vio, dice Cervantes, que eran cazadores de altanería, los que rodaban en la introducción de la casa de los duques, es decir, que el fragmento del encantamiento existía antes de la asombrada llegada del más original de los castellanos. Pero Martí llega como en el acecho silencioso de la sobrevivencia a la casa que lo espera, aunque está vacía, y que después se cierra, ya no espera a más nadie. A pesar de su asombro minucioso, narra las vicisitudes de la fundación, que le pide que penetre, que le ruega, como un mandoble de la costumbre, que pase y ponga su sombrero en los candelabros del antílope. Anota, “hay una casa como pompeyana, mas sin el color, de un piso corrido, bien levantado sobre el suelo, con las cinco puertas, de ancho marco tallado, al espacioso colgadizo, y la entrada a un recodo, por la verja rica, que de un lado lleva por la escalinata a todo el frente, y del fondo, por una puerta de agraciado medio punto, lleva al jardín, de rosas y cayucos: el cayuco es el cactus:—las columnas, blancas y finas, del portal, sustentan el friso, combo y airoso”. Parece entonces irse apoderando de la visión que le entregará las equivalencias y los prodigios de las leyes secretas de la imaginación, el rotar de la sustancia de lo inexistente, y corporaliza la gravitación de que veinte años de ausencia equivalen, en esa sagrada sustancia de lo inexistente, a un remolino en la muerte, de la misma manera que un artesano de orquéstica precisa que una trompeta equivale o suena como veinte violines. Los recuerdos de esos diarios nos sorprenden, como si Martí buscase también en él mismo una equivalencia donde lo sagrado, su misterio como potens, engendrador de lo posible, tuviese un asidero risueño, una compañía de paseo matinal, pues parece intuir que como eco de la nobleza sagrada de la inmolación, que es la etruria que ya señalé en Góngora, no podrá ser descifrado. Por eso después de describirnos la casa pompeyana, donde vemos con terror su penetración en la casa sumergida, alude a los gigantes y andruejos del fiesteo, y nos trae con gracia una comprobación tranquilizadora cuando nos previene: el gigante trae la corbata en las manos.
José Lezama Lima: “[Baudelaire, Rimbaud o Martí…]”, “La dignidad de la poesía”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, 1956, año XIII, no. 40, pp. 61-62; Tratados en La Habana (1958), La Habana, Letras Cubanas, 2014, pp. 541-543; Obras completas, introducción de Cintio Vitier, México, Aguilar, 1975-1977, 2 t, t. II, pp. 780-782; Martí en Lezama, compilación de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos, pp. 39-41.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Jean Nicolas Arthur Rimbaud; Arthur Rimbaud (1854-1891).
[2] “El que habla es bello mozo, de pierna larga y suelta, y pies descalzos, con el machete siempre en puño, y al cinto el buen cuchillo, y en el rostro terroso y febril los ojos sanos y angustiados. Es Arturo, que se acaba de casar, y la mujer salió a tener el hijo donde su gente de Santiago”. (JM: Diarios de campaña. Edición anotada, investigación y apéndices de Mayra Beatriz Martínez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2014, p. 20).
pie [3] Miguel de Cervantes y Saavedra: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Barcelona, Editorial CREDSA, 1970, p, 324.
[4] Diarios de campaña. Edición anotada, ob. cit., p. 24.
[5] “Me llevan, aún en traje de camino, al ‘Centro de Recreo’, a la sociedad de los jóvenes. Rogué que desistiesen de la fiesta pública y ceremoniosa con que me querían recibir, y la casa está como de gala, pero íntima y sencilla. La buena juventud aguarda, repartida por las mesas. El gentío se agolpa a las puertas. El estante está lleno de libros nuevos. Me recibe la charanga, con un vals del país, fácil y como velado, a piano y flauta, con güiro y pandereta. Los ‘mamarrachos’ entran, y su música con ellos: las máscaras, que salen aquí de noche, cuando ya anda cerca el carnaval:—sale la tarasca, tragándose muchachos, con los gigantones. El gigante iba de guantes, y Máximo, el niño de Ramírez, de dos años y medio, dice que—[‘]el gigante trae la corbata en las manos’”. (Ibíd., p. 26).

