OTRA VEZ CON LEZAMA

Hace tiempo, mucho tiempo que tengo ganas de escribir sobre José Lezama Lima, y no sé por qué causa me he abstenido. Tal vez lo sepa y me guste callarlo, o me resuelva ahora a decirlo, ya que también me he lanzado a hablar de él, en esta tarde de sábado, gris y lluviosa como tarde cántabra. Cuando hablan los demás, a mí me gusta estar en silencio. Lo mío, ya yo lo sé, o lo intuyo en el correr de la sangre; pero lo de los demás lo ignoro totalmente, y es de ellos de los que debería alimentarme. No se trata de un caso de antropofagia, sino de un caso de cultura. La cultura es un collar de oro que nos colgamos al cuello y que, como buen talismán, influye en el líquido oculto y rojo de nuestra vida. Su fuerza magnética nutre de poten­cias ignotas nuestro ser hasta llevarnos más lejos de lo que nosotros solos podríamos. Y es, nada menos que a esto a lo que yo quiero referirme cuan­do hablo de alimentación, ya que no solo de pan vive el hombre. Lo mío no da ni para mí, mientras lo de los demás puede conducirme hasta la riqueza. Me callo para escuchar, ya que no me callaba cuando Lezama y su grupo de “Orígenes” estaban sin voces. Pero acontece que la mayor parte de los comentaristas pasan como sobre ascuas al comentar a Lezama y por lo tanto me quedo desnutrido en tan apresurada cocina. No es que yo tenga un Mediterráneo para descubrir, pero tengo mi mediterráneo, y por eso quiero escuchar sus olas una vez más, oírme a mí mismo, en la viva lección de la voz alta, lo que corre y me recorre por dentro. No es lo mismo pensar a retazos que pensar coordinadamente, en un grupo de oraciones sucesivas que al final deben morderse la cola de la última esperanza. No es lo mis­mo. El monólogo tiene su técnica, sus obligaciones, sus anhelos, su me­lancolía. Y aunque vivamos en Cuba, tierra de imprescindibles monólogos para desahuciar los gritos, de cuando en cuando es saludable volverse con­tra sí, aleccionarse con la propia voz en el propio oído remolón y cauto.

     En realidad, le debo al autor y me debo a mí mismo el comentario de sus últimos tres libros: Analecta del reloj,[1] La expresión americana,[2] y Trata­dos en La Habana,[3] aparecido recientemente. Es difícil, ahora, escoger por dónde debo comenzar entre tanta maravilla. El orden cronológico, como todo orden, es poéticamente una imposición absurda de la que huiremos va­lientemente por seguido. Hay un orden mayor, más profundo, más callado, aunque se nos quede algo por el sendero. La evolución hacia la claridad es en Lezama evidente. Mas ¿importa esto algo de cara a un escritor cuyas coordenadas se pierden alegre y vivazmente en la feroz manigua? Lezama es, senci­llamente, un mago, y a los magos no se les puede ni se les debe seguir letra por letra, sino aspirar su aire de triste o jubiloso encantamiento. Lo otro, y aunque parezca torpe paradoja, es gaznápira superchería. Quien no se goce en la espi­ral del viento, que no abra, jamás, un libro de Lezama. Para leerlo con devo­ción hay que creer en un más allá literario. El que no tenga puesta sobre los ojos la maravillosa venda de la fe, está incapacitado para el milagro. Que los ciegos del corazón —ojos por dentro— nunca verán a Dios.

Mas, por hoy, detengámonos en el escritor y no en su obra. Cuando se ha dejado a un lado el comentario de sus libros para encontrarse con él, personal­mente, por las plazas de la vida, el hombre importa mucho, su posible defini­ción poética nos fascina. La metáfora hay que tomarla por escudo. Pero no escudo de defensa, sino escudo heráldico sobre la puerta de entrada y de sali­da, advertencia de sangre y de linaje. Lezama no posee castillos ni siquiera mansión solariega. Vive, como otro ciudadano cualquiera en una calle de La Habana. Mas, si vais hasta su casa os podéis dar cuenta de que, por prodigio de Dios, el arquitecto quiso decorarla aunque fuera humildemente. A los dos lados de la puerta hay dos medias columnas salomónicas. Con dos medias se hace una y una columna basta. Es suficiente para soportar, y sostener, para sobrellevar y arrimarse. Pero hemos dicho columna salomónica, es decir, co­lumna en espiral, columna en tornillo. Columna movediza sobre su mismo eje, que lo mismo puede ascender que bajar, irse hacia las nubes para apear su transitoria solidez celeste, que acuñarse en la tierra para buscar la nutrición de la podredumbre. Una sola columna salomónica, desnuda de flores, de serpien­tes y frutas, en una limpieza total del fuste para la pureza de la superficie. Porque así es Lezama. Una columna que se eleva y desciende sin perder capi­tel ni base. Siempre en sí, crecida u ocultada, visión paradisíaca de dulces primitivos pintores con el mordiente infierno por el subsuelo, y allá arriba, dedo de Dios, la bandera del Espíritu Santo. Relación íntima entre lo eterno y lo caduco, evangelismo del arte, rebeldía angelical en el principio y fin de los tiempos, con la primera página del Apocalipsis de San Juan mostrándonos su verbo insondable: “Yo estaba en el Espíritu, un día del Señor, y oí detrás de mí una voz, como si fuese de trompeta”.

Yo sé que ahora Lezama no es el Lezama que yo conocí hace veintidós años al calor maquinista de la Imprenta de Fernando García Mora, en la vieja calle del Teniente Rey. Por aquel entonces, Lezama estaba de ida y ahora está de vuelta. Ha dejado de creer en muchas cosas, pero cree en otras más firmemente que nunca. La sencilla altivez de su vida, permanece intacta. Buen capitán de su navío, no ha tenido que rectificar el rumbo graciable de sus ambiciones literarias. Le han gritado los faros de la deses­peración, le han advertido los sesudos varones, pero él, ciego, sordo y mudo, ha continuado navegando, circundando su isla entrañable para que esta posea una dimensión de universalidad, a despecho de los tontilocos que tanto y tanto despreciaba Don Miguel de Unamuno. Ni un solo ¡ay!, romántico, ha salido de su boca firme. De espaldas a las frívolas gentes de su tiempo ha seguido trabajando en la dura cantera de sí mismo como si nada le importara su carne. “Ya llegará un cierto día” —me susurraba al oído. ¿Ha llegado ya? Parece que sí, pero no estamos seguros. El rosal ha crecido. La primavera se anuncia en el claro despeje del horizonte. Cada mañana, él y yo, sin saber uno del otro, nos asomamos a la ventana a ver si se realizó el milagro. La flor del milagro. “Un cierto día”, está ahí agazapa­do esperando el segundo definitivo y próximo.

Entretanto, la columna ha medrado. Tanto que a veces tememos haya perdido pie, mas la base está aún enterrada. Tan enterrada, que hemos po­dido darnos cuenta de que jamás saldrá a flote. Que no se trata de flotar, sino de darle nutrición al cielo, de establecer esa simbiosis creadora que une al hombre con su mágico destino.

Luis Amado-Blanco

Información, “Blancos”, La Habana, 21 de agosto de 1958.

Tomado de Juzgar a primera vista,[4] prólogo de Gustavo Pita Céspedes, La Habana, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello y Ediciones Boloña, 2003, pp. 51-53.

Textos de Luis Amado-Blanco o relacionados con él que aparecerán sucesivamente en Martí, el Maestro.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] José Lezama Lima: Analecta del reloj, La Habana, Ediciones Orígenes, 1953.

[2] José Lezama Lima: La expresión americana, La Habana, Instituto Nacional de Cultura, Ministerio de Educación, 1957.

[3] José Lezama Lima: Tratados en La Habana, Universidad Central de Las Villas, Departamento de Relaciones Culturales, 1958. (La Habana, Úcar, García, S. A., 1958).

[4] “Juzgar a primera vista, es cosa de mucha monta; presupone un entrenamiento constante del ánimo, una humildad permanente de la propia capacidad”. Luis Amado Blanco