La leí, por primera vez, algún día de noviembre (que no consigo recordar) de 2004; en algún lugar entre La Habana y Aguacate. En el vagón de un tren. Rumbo a Santa Clara. Hasta cuando las tres luces que nos iluminaban se apagaron y nos envolvió la oscuridad y el cubaneo floreció: “Increíble, asere, pero cierto: todavía no hemos salido de la provincia de La Habana”, “Dentro de un ratico, con paciencia, multiplicado por cien”, “Es una cortina de humo”, “Los trenes están locos pal carajo”, “Ya viene…ya viene un camión que va a buscarnos ahora. Nos vamos en camión”, “¿Y dónde está el camello?” … Una extraña entre las piedras, su primer libro de cuentos.
Estuvo en Colombia, en el 2007, cuando se hizo el primer Bogotá 39. Era una de las autoras que más me interesaba ver/conocer. Las voces, entre familiares, extrañas y delirantes de sus historias se quedan en la memoria del lector como si fueran un dibujo en la pared. Desde cualquier ángulo que lo mires verás algo distinto. Y cuándo te preguntes de dónde viene, cómo llegó ahí, no podrás responderlo. Lamentablemente no fue posible. La altura de Bogotá hizo de las suyas con ella.
Los años pasaron y seguí leyéndola. Sus libros, llegando uno a uno, sin prisa. Como si fueran la gota de la tortura china que cae sobre tu cabeza: abriéndola sin piedad.
La primera vez que hablamos, por teléfono, fue hace tres años. Gracias a la complicidad de Zurelys López Amaya conversamos un momento. “Como suena de bonito el habla colombiana”, me dijo entre otras cosas.
Lo volvió a repetir hace unos días cuando, por la intercesión y gestión de Senel Paz, volvimos a conversar. Esta vez sobre la posibilidad de publicar un libro suyo en Ediciones Isla de Libros.
Nos encontramos una mañana, después de un recital de Luis Lorente. A las 11:30 en punto llegué a la esquina donde está esa casa verde en cuyo segundo piso vive. Puntual como Jurjen Derwig, el protagonista de su cuento “Alguna enfermedad muy grave”. O como Virgilio Piñera y Domingo Alfonso.
Fue un encuentro hermoso, largo, donde no dejamos de conversar y de reírnos. La discusión del proyecto editorial transcurrió sin problemas. Una duda se aclaró de inmediato. Sentados uno frente al otro, en dos sillones, el tiempo fue transcurriendo con un calor no tan agobiante. Vi en una pared una foto de un escritor español a quien he leído. A su lado, la de una mujer hermosa que mira el tiempo.
– ¿Ese no es Juan Goytisolo?
-Sí. Mi mamá y él fueron novios.
Después de firmar el contrato me preguntó si en mi librería vendía libros usados o nuevos. Cuando le respondí que usados (y algunos nuevos, entre ellos los de Isla de Libros) y, antes de que nos fuéramos por las ramas, le propuse que conversáramos, Ena Lucía Portela, sobre las librerías, los libros, la lectura.
“Mi experiencia con los libros de uso ha sido maravillosa… Se remonta a mi infancia, porque en las librerías de uso yo encontraba cualquier cosa, una sorpresa, no tenía que estar el libro en caliente, acabado de ser impreso. Y aparecían libros viejos… Pero maravillas… Cosas que yo no conocía. Montón de novelas de aventuras. Todo Salgari, todo Verne, James Curnwood, Jack London, Dumas… Todos esos autores. Yo fui completando mis colecciones en librerías de viejo. Y aparte, tesoros, cosas que nunca había visto. Era toda una aventura.
– ¿Qué librerías de viejo recuerdas visitar en La Habana?
-Yo no me sé los nombres de las librerías. Recuerdo dos por la ubicación. Una que está en Reina, muy cerca de la iglesia que es la única catedral gótica que tenemos en Cuba. Por eso me acuerdo de ella. Al lado está la librería, pequeñita. Atractiva. Y recuerdo otra, aquí en el Vedado (donde yo vivo), que está a una cuadra de la Facultad de Biología de la universidad.
-La primera se llama La Avellaneda (o el Canelo). La segunda, Cuba Científica.
-Sabes más que yo… Exactamente, esos dos lugares. Y también recuerdo a libreros que ponían sus libros en parques, en portales… En la Plaza de Armas, en La Habana Vieja, y aquí en el Vedado, en el parque del Quijote. Y en las mismas casas… Ahí encontré El último puritano, de Santayana, por ejemplo. Encontré Las mil y una noches, no completa. Algunos tomos. Y así, es toda una aventura.
– ¿Qué ha sido la lectura para ti?
-Mira… Yo no he tenido una vida especialmente desgraciada. No puedo decir eso. Me han pasado cosas buenas y cosas malas. Pero sí te digo, honradamente, que lo mejor que me ha pasado en la vida ha sido leyendo. Lo que más me gusta es la narración. La narrativa de ficción. Aunque leo poesía, teatro, ensayo y todo eso. Yo me aíslo completamente del mundo y entro en esta historia y he vivido, con los personajes, las historias más fabulosas. Eso ha sido motivo de felicidad. E incluso desgracia, porque a veces las cosas no salen bien en la narración. Es una desgracia que me gusta, que me complace.
– ¿Y ser escritora?
-Antes de ser escritora fui lectora. Entonces, lo que soñaba era tener la posibilidad de proporcionar a otro el placer que me daba, a mí, la lectura. No creo que escribiera muy bien ni nada, pero bueno, siempre lo disfruté mucho. Cuando no lo he disfrutado, no lo he hecho y ya. Porque para mí el disfrute del autor es importante. Creo que de algún modo eso se transmite a la obra, llega, y el lector disfruta también. Eso es lo que hay…
– ¿Y has tenido muchos libros a lo largo de tu vida? ¿Tus bibliotecas?
-Yo tengo ahora como la milésima parte de los que tenido. Mis bibliotecas se han vaciado varias veces. Huracanes, mudanzas, problemas… Azarosamente recupero algunos… O llegan otros nuevos… Es algo muy movible. Imagínate tú…
– ¿Cuál es tu libro más valioso? ¿El más importante?
-Eso es como la pregunta: ¿cuál salvarías si hay un incendio? Se la respondí a un amigo mío. Sí hay un incendio yo me quemo con todo. Como pasó en El nombre de la rosa. Bencio, un bibliófilo empedernido, así como yo. Un monje sueco, de Upsala. Ese hombre amaba los libros, se metió al incendio, no pudo elegir, parece, y el techo le cayó arriba.
-O como el profesor Kien, de Auto de fe, que terminó incinerándose con su biblioteca…”.
Mientras nos despedíamos miró, con atención, mis muñecas llenas de pulsos:
-Cómo tienes de pulsitos… Yo tenía también.
Me quité uno azul.
– Que nos veamos pronto.
– Que así sea, Álvaro. No te olvides de cerrar bien la puerta.
Ánimas, La Habana, 12 de marzo de 2026

