Silencio, poesía y expectación en la noche umbral de la Navidad cubana

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Cleva Solís

     I

La fiesta que en diciembre coagula su misterio supera, con mucho, la anécdota del pesebre. Su sentido más hondo yace en la conjunción de dos movimientos cósmicos irreductibles; por un lado, la irrupción de lo absoluto en lo contingente y, por otro, la respuesta de lo contingente bajo la forma de lo sensorial y anecdótico.

     La Navidad es, antes que un natalicio histórico, la instauración de una gramática simbólica donde lo divino se hace legible en el idioma de la fragilidad. El frío, el desamparo, la promesa en estado latente son aquí los caracteres que narran la verdad profunda. Es el triunfo de la encarnación sobre la trascendencia pura, un misterio que la cultura secular ha transmutado en arquetipo de la esperanza contra el invierno del mundo. Es, en esencia, la fiesta del tránsito, el momento en que el tiempo profano se quiebra y admite la posibilidad de un nuevo y radical comienzo; que se manifiesta, paradójicamente, en el silencio.

     Este silencio, sin embargo, no significa la ausencia de ruidos; es, antes bien, una sustancia activa, el humus primordial donde germina lo sagrado. En el contexto navideño, este silencio adopta la cualidad de un umbral acústico, el instante suspendido entre la última palabra de la profecía y el primer aliento del Verbo hecho carne.

     La tradición cubana, con su sincretismo de solemnidad católica y reserva criolla, ha cultivado una relación particular con este estadio de quietud expectante. Un silencio tropical, ajeno a la nevada nórdica, cargado de presencias. Una noche cálida que parece contener en su sopor el zumbido de lo posible, el de la espera familiar ante un horizonte históricamente incierto. En esta latitud, la Nochebuena se vive como una pausa dilatada, una cesura en el ritmo de la necesidad donde el tiempo parece descomprimirse para escuchar su propia entraña.

     Este silencio navideño-cubano es, por tanto, un silencio cualificado y contrastante. Es plenitud contenida, no vacío; es lenguaje en estado de gestación, no sordera. Encarna la tensión entre la celebración íntima, reducida a menudo al reducto doméstico, y la elisión de su resonancia pública en el espacio oficial durante décadas. Esta dialéctica ha forjado un silencio con textura de coral, un callar colectivo sobre ciertas ausencias, pero también el rumor bajo de los manteles puestos a pesar de todo, del arrullo aprendido, del villancico entonado a media voz. Es el silencio que envuelve el misterio del nacimiento divino y la memoria de otras navidades, de otros encuentros y diásporas, volviéndose así un receptáculo de historias personales y colectivas soterradas.

     Es en este humus silencioso, denso de significación suspendida, donde la palabra poética encuentra su más alta vocación: la de romper el silencio sin estridencia, la de traducir su musicalidad latente. La poesía se convierte entonces en el instrumento afinado para captar las vibraciones de ese umbral, para dar forma sonora a la expectación. El salto del silencio experiencial al poema es una consagración, una cartografía sutil de esta noche plena, el documento donde el silencio, al fin, declara su sonoridad.

     II

     En el corpus poético hispano, Ángel Gaztelu, sacerdote y núcleo espiritual del grupo Orígenes, forjó una lírica donde lo sacro y lo telúrico cubano dialogan con una tensión ascética. Su soneto «De cómo el silencio fue sonoro la noche del nacimiento» opera una transustanciación estética del misterio navideño, desplazando la narrativa evangélica hacia una ontología del callar y el sonar. La calidad artística del poema es excelsa, residiendo en su capacidad para convertir el silencio en potencia acústica, en instrumento afinado a la espera del «fiat» lumínico. La estructura petrarquista, lejos de ser mero formalismo, disciplina la epifanía en catorce versos de una precisión geométrica, donde cada cuarteto y terceto corresponde a un estadio de la revelación.

     El poema emerge de la Cuba de mediados del siglo xx, del afán origenista de fundar una tradición cultural desde lo católico (en su sentido semántico de universalidad) y lo cubano (es decir, lo autóctono). Sin embargo, Gaztelu evita todo color local explícito; su Cuba es una condición espiritual, un «firmamento» interior que se pesa en el cogollo de una azucena, imagen que sublima lo criollo en símbolo mariano. Se inscribe en la corriente de la poesía pura y el neogongorismo, donde el conceptismo se expresa mediante una sintaxis barroca depurada. El «rabel», instrumento medieval muy extendido en la península ibérica, establece el leitmotiv: el silencio como cuerda tensa, el viento como espíritu que la hace vibrar, el hielo resuelto en «lenguas de alta plata» que repiten la música callada.

     El juicio valorativo debe destacar cómo Gaztelu logra una teofanía auditiva. La noche es descrita como partitura en estado de preludio. El silencio «sonoro» del título es una paradoja que sustenta el edificio del poema: «al filo del feliz alumbramiento» sugiere el instante anterior al llanto del niño, ese límite donde lo eterno toca lo temporal sin perturbarlo aún. La «mejor estrella» que cae «asombrando la esfera en manso vuelo» es el descenso mismo de la gracia. Más que un astro físico, es un evento que conmueve la esfera celeste sin violentarla.

     La Doncella que «adormecía en su regazo cielo» cierra el círculo. El cielo ya no es espacio exterior, sino el regazo materno que lo contiene. La técnica es, pues, la de una inversión cósmica; lo macro en lo micro, el firmamento en un cogollo, el cielo en un regazo. Para el lector, este soneto ofrece un acceso metafísico al misterio navideño, elevando el tema a una contemplación de la belleza como vestigio de lo divino.

     III

     La Cuba de 2025, en la penumbra de su propio invierno más social que meteorológico, puede leerse a través del prisma de los relatos evangélicos filtrados por Gaztelu. Funciona como una macrometáfora de la expectativa suspendida. El país es esa «noche plena» de silencio aparente, pero que en sus profundidades contiene el rumor de un posible alumbramiento. Un silencio que no es mudez, sino tensión de rabel, cuerda social afinada —o destemplada— por los vientos de la historia, a la espera de una música nueva. La búsqueda de un nuevo «nacimiento» nacional, de una identidad reconciliada consigo misma, es el feliz alumbramiento que siempre está «al filo», en el horizonte de lo posible, pero que se resiste a concretarse en formas definitivas.

     El pesebre, entonces, se transforma en la condición de precariedad que, paradójicamente, puede devenir espacio de revelación. La «Azucena» que vela es la cultura, ese Rocío de tradición y resistencia, que sigue «pesando en su cogollo el firmamento», es decir, sosteniendo en su esencia frágil la totalidad de un sueño de nación y dignidad. Su cogollo es a la vez protección y encierro, germen y límite.

     La estrella que desciende «en manso vuelo» podría ser el lento, a veces imperceptible, proceso de regeneración desde las bases sociales olvidadas, el arte incómodo, la fe que sobrevive a las intransigencias palaciegas. No es un meteoro deslumbrante; es una caída mansamente asombrosa, un destello que ilumina sin estruendo. El «hielo resuelto en lenguas de alta plata» alude a la rigidez que, al contacto con un amor más hondo, por la patria y por el prójimo, se deshace en palabra pura, en diálogo posible, en poesía capaz de nombrar de nuevo lo real.

     La esperanza, por tanto, no surge de la promesa de un mesías que no acaba de llegar; brota de la capacidad de reconocer el «regazo» que ya existe. Esa Cuba íntima, familiar, comunitaria, que adormece en su seno un cielo entero de potencialidades; es la estrella que miramos en el horizonte y que debe ponernos en camino. El cielo está aquí, no allá arriba; está en el cuidado frágil de lo que se ama. La Navidad cubana, así entendida, es el tiempo litúrgico de una espera activa, donde el silencio escapa del vacío y se instala en una plenitud preñada de futuros posibles. Donde el nacimiento deja de ser un evento consumado, para convertirse en un verbo conjugado en gerundio, un siempre naciendo desde las entrañas de un pueblo que, como la Doncella del poema, vela y pesa el firmamento en su cogollo, a la espera de que el silencio, al fin, devenga en canto claro.