Sal y luz

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«Vos estis sal terrae. Quod si sal evanuerit, in quo salietur? ad nihilum valet ultra, nisi ut mittatur foras, et conculcetur ab hominibus.

Vos estis lux mundi. Non potest civitas abscondi supra montem posita, neque accendunt lucernam, et ponunt eam sub modio, sed super candelabrum, ut luceat omnibus qui in domo sunt».

(Mt. 5, 13-14)

En la penumbra histórica, las palabras más perdurables son aquellas que trascienden su tiempo y espacio, transformándose en claves para descifrar épocas distantes. La parábola del Sermón de la Montaña, un llamado a la esencia transformadora de la persona concreta dentro de la comunidad, resuena hoy en la realidad cubana como un principio de acción, como un marco hermenéutico para analizar el colapso y la posible regeneración de lo social. Cuando la sal pierde su sabor y la luz se oculta bajo el celemín, toda la masa se corrompe y la casa queda en tinieblas. Esta imagen, de una potencia metafísica, ilumina la Cuba actual; un lugar donde la insipidez y la oscuridad han dejado de ser metáforas para convertirse en diagnósticos cotidianos de una realidad material y espiritual.

     La función de la sal es, ante todo, preservar. En un entorno donde las estructuras estatales han visto mermada (cuando no anulada) su capacidad de garantizar el bienestar básico, la sociedad civil asume este rol conservante. Las iglesias ejercen históricamente una labor de mediación y preservación de un espacio de autonomía relativa. Los proyectos de desarrollo local y las microempresas registradas son, además de agentes económicos, redes que preservan comunidades del desarraigo total, generando nichos de subsistencia, oportunidades laborales y cooperación. El empresariado incipiente, en su lucha por importar recursos o generar empleo, actúa como un agente de conservación del tejido productivo frente a la entropía. Esta preservación no es pasiva; es activa y crea los sustratos materiales para cualquier futuro.

     Sin embargo, la sal que solo preserva puede volverse amarga. Su segunda cualidad es dar sabor, es decir, generar valor, significado y alegría donde predomina la desazón. Este es el dominio primordial del artista, del creador cultural, del maestro, del artesano. En un espacio público oficial desgastado por una retórica que ya no convoca, ellos sazonan el imaginario colectivo. Lo hacen no con discursos (sean épicos o cansinos), sino con la exploración de la memoria, la complejidad de la identidad y la belleza en la precariedad. Son los que impiden que el paladar de la Nación se acostumbre definitivamente al sinsabor de la resignación y la desesperanza. Su trabajo mantiene viva la capacidad de discernir sabores, de anhelar una comida más nutritiva para el espíritu colectivo.

     La metáfora de la luz introduce la dimensión de la visibilidad y la guía. «Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder». La crisis ha forzado una suerte de desestatalización no decretada, donde la luz ya no proviene de un solo faro dirigido. Las comunidades de vecinos que se organizan para resolver un problema de abasto de agua iluminan, con su acción, una vía práctica de gestión. Los proyectos cívicos encienden una lámpara de pensamiento proyectivo, colocándola sobre el candelero del debate público para alumbrar escenarios más allá de la inmediatez de la contingencia catastrófica. Esta luz es policéntrica y su efecto es revelador: muestra caminos, hace visibles soluciones y, sobre todo, hace patente que la capacidad de iniciativa no se ha extinguido.

     El riesgo, señalado en la parábola, es que la sal se vuelva insípida y la luz se esconda bajo un almud. En términos sociales, la insipidez es el conformismo, la asimilación acrítica, la pérdida de la propiedad distintiva que permite el efecto transformador. La luz bajo el almud es el retraimiento por miedo, la censura y represión, o la commodificación de los proyectos en meros mecanismos de supervivencia sin horizonte. La sociedad civil cubana debe navegar entre estos escollos. Su desafío es mantener su salinidad específica; o sea, una autonomía de acción sustentada en la eficacia concreta y en la lealtad a comunidades inmediatas, antes que a consignas abstractas.

     La potencia de este actuar se multiplica en la sinergia transdisciplinaria. El empresario que financia un taller de reparación de bicicletas, el artista que diseña su logo con sentido comunitario, la iglesia que cede un espacio y la vecindad que lo usa, constituyen un ecosistema de resiliencia. Es en estos nodos donde se rearticula, de facto, una esfera pública post-ideológica. No es la esfera pública de la polémica política abstracta; es la de la solución colaborativa a problemas concretos: el alumbrado, el parque, la guardería, la conexión a internet.

     La dimensión espiritual, evocada por el origen mismo de la metáfora, es fundamental. Las iglesias proveen un capital social y un marco ético que trasciende la lógica transaccional del mercado o del Estado. Ofrecen un lenguaje para el duelo, la esperanza y la reconciliación que será vital en cualquier futuro. En un contexto de desesperanza generalizada y migración masiva de jóvenes, esta sociedad civil actúa como retenedora de sentido, anclando a las personas en un proyecto comunitario que va más allá de la mera subsistencia. Es custodia de una luz que no se apaga con los apagones.

     El capital de la diáspora es parte integral de esta luz descentralizada. Más allá de las remesas, representan el flujo de ideas, prácticas y conexiones. Este capital humano variopinto, formado en otros contextos, ilumina posibilidades y modelos alternativos. Proyecta una luz lateral sobre la Nación, mostrando que otros modos de organización son posibles. El desafío futuro será integrar esta luz externa con la interna de modo que, en vez de generar destellos de deslumbre o resentimiento, produzca una iluminación más rica y completa.

     El futuro inmediato, independiente de los vaivenes geopolíticos, será moldeado por la tensión entre esta luz policéntrica y la oscuridad de la parálisis y el éxodo. El protagonismo está pasando, de manera inexorable, a quienes están construyendo, preservando e iluminando en el día a día. El riesgo mayor es que este proceso se fragmente y pierda conciencia de sí mismo. De ahí la importancia crucial de los nuevos imaginarios, de los proyectos que buscan generar narrativas que doten de coherencia y propósito a este mosaico de acciones. La luz de una lámpara aislada puede ser apagada; la de una ciudad en la colina, no.

     Esta reconstrucción desde la sociedad civil no es idílica. Está atravesada por las profundas desigualdades que ha generado la economía asfixiada, y puede reproducir viejas jerarquías raciales y sociales. La sal puede corromperse si su fin deja de ser la preservación de la comunidad para ser solo el enriquecimiento individual o la subordinación a la lógica del poder. La ética de la responsabilidad comunitaria debe ser, por tanto, un principio rector conscientemente cultivado.

     La Cuba que emerge en el futuro inmediato será, en gran medida, la que ya está siendo imaginada y prefigurada por esta red de agentes sociales. Su victoria no se medirá en términos de triunfos políticos convencionales. Su éxito está en evitar que la Nación se vuelva definitivamente insípida y en mantener encendidas suficientes lámparas como para que, cuando llegue la noche institucional más profunda, nadie pueda decir que está completamente a oscuras.

     La parábola del Sermón contiene una advertencia final: la sal insípida «no sirve más para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres». Esta es la urgencia última. La sociedad civil cubana tiene ante sí la tarea histórica de demostrar, con hechos, que conserva su salinidad distintiva; esa mezcla de creatividad, solidaridad y tenacidad que ha definido lo mejor de la cultura nacional. De ella depende que el cuerpo social no sea descartado por la historia o por sus propios hijos.

     Por ello, el llamado a ser sal y luz es hoy, para Cuba, un imperativo sociológico y un desafío de implementación. No es un mandato dogmático; es la descripción de la única vía viable, la de la regeneración molecular, desde las profundidades de la comunidad, donde el sabor de la vida y la claridad del camino se reconstruyen, día a día, en el taller, en la iglesia, en la plaza del barrio y en el sueño colectivo de un porvenir que ya se está sembrando en los intersticios del presente.