Ontología de la necesidad en la concepción bélica de José Martí

En este momento estás viendo Ontología de la necesidad en la concepción bélica de José Martí

     I

Cuando José Martí escribe, en el Manifiesto de Montecristi, que Cuba entra en guerra «no para ensangrentarse sin razón, ni sin justa esperanza de triunfo», está formulando algo más que una declaración política. Inscribe la insurrección cubana en una tradición milenaria de reflexión sobre la legitimidad de la fuerza, pero al mismo tiempo opera una transmutación radical de esa tradición. Porque la guerra necesaria en Martí es aquella que lleva en sus propias entrañas los gérmenes de su superación; es el conflicto armado que se concibe a sí mismo como tránsito hacia una forma de comunidad política donde la violencia y el odio hayan quedado definitivamente clausurados.

     Esta paradoja, una guerra que trabaja contra la guerra, constituye parte del núcleo filosófico más original del pensamiento martiano. Se trata de concebir la beligerancia como un acto pedagógico, como una escuela de virtud cívica cuyo currículo oculto es la superación de toda pedagogía violenta. La guerra necesaria es, en Martí, una guerra que se vuelve innecesaria a medida que se libra; donde cada combate debe acercar un poco más el día en que los conflictos se resuelvan «por los modos equitativos de ajustar los intereses».

     II

     La primera originalidad del planteo martiano reside en su concepción de lo que la guerra debe producir. No se lucha simplemente por expulsar al colonizador, esa «independencia más temible que útil» que menciona el Manifiesto; se lucha para constituir una república dotada de densidad ética. La independencia es condición necesaria pero no suficiente; el verdadero objetivo es la creación de un espacio donde sea posible «el reconocimiento cordial del decoro de cada cubano». Esta distinción sitúa a Martí en una posición única dentro del pensamiento independentista americano.

     Mientras que las guerras de emancipación del continente habían operado sobre la base de un sujeto nacional preexistente (el criollo que reclamaba derechos que consideraba propios), Martí sabe que Cuba debe inventar su nación en el mismo acto de conquistarla. La guerra es entonces el crisol donde esa voluntad ha de forjarse. De ahí la insistencia en que la guerra debe ser «escuela» y no simplemente «campo de batalla». Esta función pedagógica explica la peculiar densidad ética que Martí le exige. Se debe luchar desde la ética y la rectitud porque la manera misma de guerrear prefigura y determina el tipo de república que emergerá del conflicto. Una guerra librada con odio producirá una república del odio; una guerra que humille al adversario producirá instituciones humilladas; una guerra que divida a los hombres producirá una nación fracturada. La guerra necesaria es, en este sentido, una guerra que se libra ya bajo la forma de la república futura.

     III

     La frase del Manifiesto: «en el pecho antillano no hay odio», que pudiera ser considerada como una declaración ingenua; constituye, por el contrario, una de las tesis filosóficas más audaces de todo el discurso independentista. Para comprender su radicalidad conviene situarla en diálogo con la tradición de la guerra justa. Tomás de Aquino, establece al respecto tres condiciones para que una guerra sea moralmente admisible: autoridad legítima, causa justa y rectitud de intención. Esta última condición exige que quienes combaten lo hagan con el propósito de promover el bien y evitar el mal, no movidos por pasiones como la venganza o el odio.

     Martí asume y radicaliza esta exigencia. Parte de que cada soldado debe de combatir sin odio, pero a su vez concibe que la contienda misma, como fenómeno colectivo, sea una guerra sin odio. Esto implica una transformación profunda de la subjetividad bélica: el enemigo no es el español, sino el sistema opresivo. De ahí la posibilidad, tan sorprendente para la mentalidad revolucionaria convencional, de distinguir entre el soldado que cumple un deber impuesto y el gobernante que perpetúa la injusticia. Se combate contra instituciones, no contra personas; contra estructuras, no contra almas. Esta distinción permite a Martí concebir la posibilidad de que los españoles «de trabajo y honor» y de que el «grupo equivocado de cubanos» encuentren en la república futura un hogar, porque lo que se combate es al régimen que los deshumaniza a ellos también.

     IV

     Quizás la tesis más provocadora que puede sostenerse sobre el pensamiento martiano es que en él la guerra necesaria constituye un momento dialéctico hacia su propia negación. No se trata todavía de la no-violencia gandhiana, pero se trata inequívocamente de una guerra que trabaja contra los presupuestos psicológicos y morales que hacen posibles las guerras. Gandhi reconocería en Martí a un precursor, aunque sus métodos difieran. Ambos comparten la convicción de que los medios prefiguran los fines, de que una independencia conquistada mediante la violencia del odio sería un mero cambio de manos en la cadena de la opresión. Ambos creen que el adversario debe ser respetado como ser humano incluso mientras se combate su injusticia. Ambos conciben la lucha como un proceso de purificación colectiva que debe transformar tanto al oprimido como al opresor.

     La diferencia, justificada por la distancia temporal que los separa, reside en que Martí aún confía en la posibilidad de que la violencia pueda ser ejercida de manera tal que no engendre las pasiones que normalmente la acompañan. Cree posible una guerra higiénica, una guerra que sea puro acto de afirmación de la dignidad y no manifestación de resentimiento. Esta confianza puede parecer ingenua desde nuestra perspectiva posterior a las guerras totales del siglo XX, pero constituye un esfuerzo heroico por salvar la violencia de sí misma, por redimir el instrumento maldito mediante la pureza de la intención. Gandhi dará un paso más allá al renunciar a la violencia misma, convencido de que ningún fin es tan puro que no lo pueda corromper el instrumento con que se lo busca. Pero el paso de Martí hacia Gandhi es precisamente la guerra necesaria, llevada a su límite de autoexigencia ética, revela su propia insuficiencia. Cuando se exige a la guerra que sea escuela de virtud, que sea ejercicio de respeto, que sea manifestación de fraternidad sobre todo con el adversario, se está pidiendo a la guerra que deje de ser guerra.

     V

     Llegamos así al núcleo de la cuestión: ¿en qué sentido es «necesaria» esta guerra para Martí? La respuesta convencional (necesaria porque no hay otro medio de obtener la independencia) es correcta pero insuficiente. La guerra es necesaria, más profundamente, porque sólo a través de ella puede producirse la transformación subjetiva que la república demanda. Se trata simplemente, más que de un medio para lograr un fin, de un proceso formativo sin el cual el fin mismo carecería de contenido. La guerra necesaria es necesaria, paradójicamente, para que los cubanos aprendan a no necesitar la guerra. En ella deben adquirir las virtudes de la concordia, la tolerancia, el respeto al contrincante y la capacidad de sacrificio que harán posible una república estable y justa.

     Por eso, en el Manifiesto, la guerra aparece como un paréntesis entre dos paces: la paz indigna de la colonia y la paz digna de la república. Este paréntesis, sin embargo, es el tiempo de la fundación, el momento en que se forja el carácter nacional. Esta concepción del tiempo bélico como tiempo pedagógico tiene implicaciones profundas. Significa que la duración de la guerra no es indiferente, una guerra demasiado larga podría engendrar los vicios que pretende erradicar. La guerra debe durar exactamente lo necesario para que los cubanos aprendan a ser cubanos, pero no un día más. Una guerra prolongada engendra odios, consolida rencores, hace más difícil esa «fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas» que debe ser la patria.

     VI

     Quizás sea esta la paradoja final del pensamiento martiano, que la guerra más necesaria sea la que menos se parece a una guerra, la que menos tiempo dura, la que menos huellas deja. Una guerra que aspire a ser necesaria debe aspirar también a hacerse innecesaria, debe trabajar incansablemente por su propia abolición. Porque nosotros, habitantes de un siglo que ha conocido llamados al combate sin necesidad y paces sin justicia, seguimos necesitando aprender la lección de Montecristi. Aquella que proclama que la fuerza, cuando es inevitable, debe ejercerse de tal manera que no engendre las pasiones que la hicieron necesaria; que la guerra, si ha de librarse, debe librarse ya bajo el signo de la paz que pretende instaurar; que el enemigo de hoy puede y debe ser el conciudadano de mañana; y que la única victoria digna de ese nombre es la que no humilla al vencido porque sabe que todos estamos llamados a construir juntos el mundo nuevo.