MOZART
Sí, he pasado estos días últimos oyendo a Mozart, leyendo sobre su vida y su tiempo, empapándome de aquel extraño destino que le caía sobre las manos hacia el corazón y desde la cabeza hasta sus pies diminutos. De vez en cuando conviene sumergirse en el pasado, revolcarse en la historia, volver los ojos asombrados hacia las vicisitudes, desengaños y glorias de aquellos que se entregaron por entero al ciego amor de la creación con un soplo de Dios sobre la frente. Por fortuna los músicos dejan oír aún sus palabras trémulas, sus notas vírgenes por el sendero de nuestra existencia actual. Es como si los tuviéramos delante y los viéramos sufrir y gozar, la mirada vuelta hacia el infinito. Nada menos que Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theofhilus Mozart, nieto de un encuadernador e hijo de un abogado músico desvelado por la suerte de su pequeño en cuyos oídos había dejado el cielo un arrebato musical para la alegría de sus semejantes.
Mozart. El milagroso Mozart, desde niño con la imaginación entera en los sonidos de las cosas, en el murmullo de los ríos y en el soplo insinuante de los bosques por los instantes del atardecer. Bien. Algo extraordinariamente interesante digno de atención por el rastro de sus peripecias. Pero acaso más interesante aún el tropezarse en las páginas de sus biógrafos y de sus estudiosos, estas palabras claves, esta definición un tanto contradictoria y sin embargo certera: “Fresca elegancia”. Quizás no haya otra manera de expresarlo correctamente cuando todos, absolutamente todos acuden, en idiomas diversos a las mismas palabras, salvando claro está la diferencia original de las lenguas. Fresca elegancia. ¿Pero es que se puede ser fresco y elegante a la vez, que podemos unir esos dos adjetivos de sentidos tan lejano a primera vista?
“Fresco, del antiguo alto-alemán, frise, reciente crudo, moderadamente frío. Acabado de hacer, de coger. El que es abultado de carnes y es blando y colorado y no de facciones delicadas. Personas que disimulan los años por sus buenas carnes y tez brillante. El que no se inmuta en los peligros y contradicciones. Impavidus, fortis, constans”. ¿Para qué más? Es decir, lo que brota espontáneamente; lo que surge sin artificio; lo que se entrega sin mistificaciones; lo que nos alegra las manos por su mediana temperatura; el que se ríe de los años como si los años hubieran extraviado para él su lápiz de arrugas. El que sonríe ante los peligros un tanto de vuelta de las bravuconerías de los semejantes. Fresco, el manantial que corre rumoroso entre los campos. Fresca la manzana que cogemos en el árbol, una tarde de verano. Fresca y pura la mozuela que apacienta los rebaños con la mirada virgen perdida en el horizonte, acaso con un sueño de amor bañándose en sus pupilas. Está bien. Así es la música de Mozart desde sus primeras composiciones hasta el natural patetismo de su Réquiem. Fuerza de gravedad hacia la maravilla sin gritos ni tropiezos, germen rumbo a su exacto destino; ordenación sutil de lo que no puede ser compuesto de otra manera. Pero…
“Elegancia, cosa bien elegida o escogida. Hermosura que resulta al estilo, de la pura propiedad, buena elección y colocación de las palabras cuando se habla o escribe. Hermosura, gentileza, adorno, cultus”. No es preciso discutir ahora la razón o sin razón o razón a medias de los diccionarios, pero el caso es que una cosa reciente, cruda o moderadamente fría no es elegante. Ni lo es tampoco el abultado de carnes y facciones no delicadas. Ni la persona que disimula los años por sus tersas mejillas, ni el que permanece impávido ante los peligros, como si con él no fueran. La elegancia y la cultura andan juntas por el mundo, y hay que convenir que la cultura como la elegancia suponen cierto artificio, cierto sentido de operación consabida, clave, santo y seña para la adquisición de nuestras intenciones. Un conjunto de frescas manzanas no puede, jamás, ser elegante, ni lo es tampoco la muchacha campesina que pastorea sus rebaños con una aureola de sencillez sobre su mata de pelo. En la elegancia hay siempre modo y manera, estilo, “sabidurencia” como dice la vieja copla popular. Lo fresco está en íntimo contacto con la naturaleza y por lo tanto es invariable, mientras la elegancia, el concepto de lo elegante cambia con las épocas, se transforma con los devenires históricos.
El milagro de Mozart es haber unido esas dos distantes y complementarias razones del ser, hacia un hallazgo donde se funde la divinidad misma. El habernos entregado el pecado original envuelto en la filosofía sin nombre del génesis. El ser niño siempre a pesar de lo mucho que le dolía el corazón; el poner su sonrisa de gozoso triunfo en cada partitura, como si la hubiese recogido en el campo por el tiempo del estío, cuando ya madura la fruta espera la boca que sepa saborearla. “Fresca elegancia”, sí, Mozart entero desde sus minuetos infantiles hasta su Réquiem, pasó a la oscura muerte, como advirtiéndonos de la necesidad del dolor y de la inutilidad de los grandes miedos sin la elegancia de la sombra.
Información, “Blancos”, La Habana, 26 de marzo de 1952.
Tomado de Luis Amado-Blanco: Juzgar a primera vista, prólogo de Gustavo Pita Céspedes, La Habana, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello y Ediciones Boloña, 2003, pp. 279-280.
Textos de Luis Amado-Blanco o relacionados con él que aparecerán sucesivamente en Martí, el Maestro.

