ELISEO DIEGO
Ya dijimos la otra mañana que Eliseo Diego, el afortunado poeta de En la Calzada de Jesús del Monte,[1] es de los que tiemblan y de los que se agarran a su mundo como todos los buenos náufragos al único tronco posible de salvación.[2] ¿Al único? La tormenta puede ser distinta, en distinto mar, con diversas olas y espumas y aún en distantes horas, con el sol sobre la mojada cabeza o la estrella vigilante en los ojos trémulos de lágrimas saladas, lágrimas de peces para la escama del alma. Pero el tronco, el verdadero tronco suele ser siempre el mismo, aunque la madera de su entraña se llame con nombres distantes unos de otros. Allí el carpintero no importa. Lo interesante es que flote y por eso cualquier árbol en el océano de los hundimientos es, por debajo de su raíz, un elemento de sujeción, un mástil horizontal para nuestro escalamiento de oxígeno. Lo curioso es que ese flotante tronco —poéticamente hablando— es el árbol del bien y del mal, en consecuencia, del amor y, por lo tanto, de la muerte. No hay otro que sirva y que sustente. Semeja triste y malvada paradoja, pero es así. La muerte es la que nutre la vida de su hálito poético, la razón de su justicia, el vuelo de su libertad. Ella, que se acuesta, que es tierra sobre el rostro, es la que nos da vida, nos permite ir flotando por el tiempo, frente al puerto último donde debemos dejar nuestras húmedas ropas y entrar, desnudos, entre la multitud de los que nos precedieron. Puerto de salvación, desde luego, ya que solo llegan, arriban y desembarcan los que han vivido en función de muerte, los que se han sentido perennemente náufragos, al garete de la vida. Los poetas, los verdaderos poetas, los primeros con su fatiga de tanto bregar, de tanta desazón en el caos de la tormenta.
El caos. He aquí la palabra. Porque lo interesante de la poesía es que nos entregue este caos, pero en un orden de maravilla, donde cada cosa esté en su sitio y haya un sitio para cada cosa. El poeta actúa así como un dios, un dios que sabe lo que tiene en su armario de cielos y va cogiendo, según las necesidades del poema, las constelaciones necesarias para su brillo y razón. Lo mismo las constelaciones inmensas del abierto cielo que rigen sobre nuestras cabezas, que las que se anidan en la intimidad, como los átomos en la formación de la materia. Al fin y a la postre la misma astronomía. De lo diminuto y de lo inmenso, pero idéntica. Lo malo es que esta posición mitológica, este supremo ordenamiento del caos, invita a la serenidad primero, a la frialdad después, privándolo del temblor aquel que juzgamos preciso para el engendro. Hay que reconocer, que esta poseía de Dios, es demasiado para el hombre, no lo sacude, no lo preña, le quita la sensación de riesgo entregándole un conformismo ciego que mata sus aspiraciones. Por otra parte, ese endiosamiento, esa presencia divina lo envuelve, sin querer o queriendo demasiado, en un paisaje de nubes sin circunstancia adversa y tremante. Nubes claras u oscuras, pero sin rayos ni truenos ni abismos para la lluvia. Deja al poeta aislado y al lector al margen, lejos, únicamente cogidos por el hilo sutil de la adivinación, siempre inconsistente y, por demás, ilusorio.
Eliseo Diego se sitúa en su Calzada rumbo a la nada y el todo de la vida, rumbo al presente que se va, se fue y se enrolla en las columnas de los viejos soportales realizando el milagro de transformar su clásica línea en la retorcida y atormentada del salomónico por donde trepan frutas y serpientes del paraíso. Se le ve pasar con las manos atrás, el gesto sereno pero atormentado por el polvo y la distancia de las cosas de este mundo, sin redención ni espera. Allí está toda su existencia y, sin embargo, no hay huellas de su paso, rastro de su corretear alegre cuando la infancia llenaba la órbita entera de la tierra. Solo él, él solo como testigo único, como estela única, cada paso más vacío y más acompañado por los recuerdos. ¿Por los recuerdos? No por los recuerdos, sino por el recuerdo, recuerdo personal que va y viene como una marea ansiosa de sombras y de luces vagas y concretas perspectivas. Se mete en él, dentro de sí y hasta cierra la puerta para que no se le oiga suspirar, pero sabemos que suspira por el modo de apretarse las manos y subírselas a la frente. No hay dramatismo, pero hay drama. En el personaje central, en el poeta y también en las piedras venerables, que se sienten algo en el hombre que pasa. He dicho el hombre, y lo he dicho por algo. El hombre entero, sin regateos ni temores. Todo él sudando su agonía de presunta muerte en la muerte experimentada de su fuga por aquellos ya santos lugares. Y no solo eso; el hombre con su angustia y, también en el ámbito, la atmósfera hasta el preciso paisaje de su desventura. Volvamos a repetirlo, no decoración sino paraje auténtico, tan compenetrado con el poeta, que no se sabe, en los instantes propicios, lo que es dolor de ahumada viga y lo que es palpitar de pecho comprimido.
Destacamos el hecho y le concedemos la mayor importancia, porque aparte de su alto valor intrínseco, anida en las páginas de En la Calzada de Jesús del Monte el insigne atrevimiento de salir a la calle poética sin embozos ni miedos, despreciando el lóbrego emplazamiento de sus compañeros de ruta. “Por ahí le duele”, podría decir el pícaro. Pero no un pícaro cualquiera, sino el pícaro retornado ya de muchos viajes y al tanto, muy al tanto de lo que pasa hoy en nuestro mapamundi, y de lo que anhelan las jóvenes generaciones.
Información, “Blancos”, La Habana, 15 de septiembre de 1950.
Tomado de Luis Amado-Blanco: Juzgar a primera vista, prólogo de Gustavo Pita Céspedes, La Habana, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello y Ediciones Boloña, 2003, pp. 33-34.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Eliseo Diego: En la Calzada de Jesús del Monte, La Habana, Ediciones Orígenes, 1949.
[2] Luis Amado-Blanco: “En la Calzada”, Información, “Blancos”, La Habana, 12 de septiembre de 1950, Juzgar a primera vista, La Habana, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello y Ediciones Boloña, prólogo de Gustavo Pita Céspedes, 2003, pp. 31-32.

