DE MI PROVINCIA
¿Por qué la vida ha de ser hoy y mañana: ayer, como hoy, una terrible cárcel en la que nos debatimos? ¿A veces, una dorada cárcel que no queremos abandonar, pero que, sin embargo, sabemos encierro, mediatización de nuestra voluntad, presidio de nuestras perennes ansias de infinito? ¡Quién lo sabe! Las religiones y las filosofías amansan nuestros corazones inquietos, calman, de momento, nuestra agónica desazón, pero a pesar de ellas, a pesar de sus dulces o inteligentes bálsamos, la herida no se cierra, esa honda, sangrante abertura espiritual, permanece de par en par, los labios trémulos deseando acercarse a la fuente inefable de lo eterno. Por eso hay, a pesar de las religiones, de fe y de inteligencia, poetas y poesía. Por eso el hombre, sin saber por qué, por gusto y regusto levanta en el aire su canción amarga, diciéndole a quien quiera escuchar, de la soledad y abandono de su alma prisionera de esa aventura, sin aventura, que es la vida. No supone esta raíz, escuela literaria alguna. No se piense en el romanticismo. La poesía es una constante expedición en pos de ese algo que nunca llegaremos a tocar, pero cuya cercanía, cuya aproximación nos alegra casi definitivamente. Es, al fin y a la postre, un reconocimiento intuitivo de que únicamente en la belleza, en la armonía, está nuestra salvación. De que sin estética ni la ética puede realizarse.
Pero hasta hace poco tiempo, la poesía era, como dijimos, canto. De una u otra manera levantaba la voz, para que como un polen maravilloso, se fuera con la brisa hasta horizontes más o menos remotos. Ahora, la poesía, por el contrario, es sólo murmullo, palabras de intimidad, concierto de exquisiteces para oídos hermanos. Y ha sucedido esto, ha acontecido este trágico suceso, no por el poeta, sino por el mundo. No, por la garganta, sino por la atención de las gentes. Parecería lógico que el poeta, instalado en una trepidante atmósfera levantara cada vez más el tono, para hacerse oír a pesar de las disonancias callejeras. Pero, como no se trata de competencias sino de inmanencias, como no se trata de mercancías sino de armonías, el poeta, después de una tremenda batalla en la que quiso y no pudo incorporarse al maquinismo, encontrar en las ruedas, tornillos y revoluciones, la razón de un nuevo equilibrio, se redujo pensando que no era justo ni honrado ni aún práctico —¡oh la excelsa practicidad de la poesía!— derrochar su caudal en terrenos estériles. Que sólo era posible dar, al que hubiera menester, y que el que lo hubiera, el que se siente secar y tiene sed, sabe los recónditos caminos que llevan hacia la ninfa.
Desde un punto de vista social, estamos conformes con que ha sido una incalculable pérdida: con aquella teoría del imprescindible contagio estético que un día lejano nos atrevimos a esbozar. Pero, también es justo decir que el poeta no podía hacer otra cosa, que no es posible sembrar margaritas para que nadie se alegre con el anuncio primaveral de sus interrogantes corolas. El poeta y, por lo tanto, la poesía, anduvieron el oscuro sendero del preciosismo interior. Un día y otro día, en una exacta postura, noble postura de inadaptado social, de rebelde contra la materialidad de la vida, el poeta fue cazando, ordenando, reordenando, las consciencias de su subconsciente, en difíciles pero extraordinarias estrofas. El público, entonces, sin darse cuenta de que aquello no era principio, sino consecuencia de que no era el poeta el que se había vuelto de espaldas, sino el sumergido en la vertiginosidad de sus faenas sin consuelo y sin reposo, tachó a la poesía de arrebato, de locura, de fraseología, en clave, para pedantes, solo pedantes del idioma. Quedó establecido el divorcio. Y, por lo tanto, perfectamente justificado que el artista cavase cada vez más hondo el rectángulo movedizo de su sombra.
Sin embargo, la angustia, el tirante desequilibrio que la humanidad ha vivido durante los años de guerra, y aún vive en estos de guerrera paz, ha hecho que busque, nuevamente, que eche de menos aquel asidero maravilloso de lo poético que antes, en los momentos de tortura, la antigüedad se aplicaba sobre el estremecido pecho. La música no es suficiente. Si el tiempo nos alcanzase sería muy interesante analizar la razón de este predominio, de esta difusión de la música en los últimos tiempos, y aún su cojera al no ir aparejada con la poesía; la trabazón de esta necesidad que ahora se experimenta de la poesía por la música. Pero sería demasiado largo. Apuntémoslo nada más y pensemos que por todas estas razones, en un acto de reconciliación, la poesía, retornada de su individual túnel, va saliendo sin merma y sin traiciones a otear lo que en la calle común de la vida va aconteciendo. No es necesario, para ello, volver a la voz en cuello. La poesía para las dóciles curas de reposo, para los fines de semana en el campo, acaso para los insomnios cuando la garganta del día próximo se nos cierra de presentimientos.
Una poesía del poeta y de los demás, no del poeta solo, o solo acompañado de almas poéticas. Tratado de urbanismo metafísico para aquellos que sufren, que no se hallan, sin que —otra vez debemos advertirlo— por eso haya que ir hacia un post-romanticismo.
Cintio Vitier —con su libro último De mi provincia[1]— sensible como pocos, seguro, estoy por decir que, como ninguno, nos da una admirable prueba de ese cambio de la poética actual. Nada ha dejado atrás, sino todo lo contrario. Nada ha perdido, sino ganado. Se le ve, y, sobre todo, se le aprecia mejor, con el rostro curtido de sol y con las manos encallecidas de faenas milenarias. Hay que fijarse bien, que su salida no ha sido en la ciudad sino en el campo. Que busca lo eterno allí donde solo es posible hallarlo y que, por lo tanto, su rezo tiene aquella perenne emoción del sencillo pan nuestro de cada día. Pan, alimento fundamental, para la floja carne y para el vacilante espíritu, en cuanto alguien, como un Dios o como un poeta, sabe poner sobre él sus manos en consagración de lo eterno.
Información, “Blancos”, La Habana, 27 de enero de 1946.
Tomado de Luis Amado-Blanco: Juzgar a primera vista,[2] prólogo de Gustavo Pita Céspedes, La Habana, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello y Ediciones Boloña, 2003, pp. 21-23.
Textos de Luis Amado-Blanco o relacionados con él que aparecerán sucesivamente en Martí, el Maestro.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Cintio Vitier: De mi provincia, La Habana, Ediciones Orígenes, 1945; Obras 8. Poesía 3, prólogo, compilación y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2011.
[2] “Juzgar a primera vista, es cosa de mucha monta; presupone un entrenamiento constante del ánimo, una humildad permanente de la propia capacidad”. Luis Amado Blanco

