Julio Girona desde la forma y el sentimiento

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La curaduría, realizada además con la participación de niños y adolescentes preparados por los especialistas de la Casa.

Entrar en la Casa Vitier García Marruz para recorrer «Un hombre sincero» es cruzar el linde de una conciencia pictórica labrada en el fuego del siglo pasado. Por el tipo de exposición, el espectador podría sugestionarse por la frialdad documental que suele acompañar a lo retrospectivo; sin embargo, una vez que se vence ese prejuicio se descubre una inmersión existencial. La curaduría, realizada además con la participación de niños y adolescentes preparados por los especialistas de la Casa, renuncia al dictado cronológico para abrazar un criterio estilístico y espiritual. Se nos ofrece, antes que una línea de tiempo, un mapa de sensaciones. Este viaje ordenado por afinidades formales y climas emocionales es el primer acierto, pues convierte el recorrido en una experiencia de comprensión íntima, en la que el espectador reconstruye la biografía interior del artista.

     La planta baja, consagrada casi en su totalidad al motivo de la mujer, actúa como un prólogo poliédrico. Aquí, la obra de Girona se revela a través de un diálogo constante con los lenguajes de la modernidad. La secuencia es magistral. A la izquierda del retrato de 1945, de una elegancia lítica que hunde sus raíces en un expresionismo tamizado, se contrapone el rostro picassiano de 1947. El primero resalta por el contraste exquisito entre la pose tradicional de la modelo, al más puro estilo renacentista; y lo vanguardista de la representación cuando la luz proyecta sombras a partir de las líneas angulosas de la nariz y el cuello de la blusa y las curvilíneas de los pómulos, los senos y el pelo. El segundo es una digestión violenta y gozosa donde el verde del rostro, el amarillo del vestido y el rojo del fondo chocan con la ferocidad de lo primitivo, demostrando que Girona aprendió la lección cubista para desarticular la apariencia, no para repetir fórmulas.

     La serie de gouaches y dibujos, donde destacan obras como «Olga», representa un tercer estadio en este coro de voces femeninas. Aquí, el dibujo se reduce a su esencia caligráfica, un trazo negro, seguro y sintético que delimita siluetas. El espacio se fragmenta en planos de color suave (grises, blancos, azules pálidos) creando una arquitectura de fondos que enmarcan la figura como una joya en su estuche. Es una poética de la contención, donde la quietud del perfil contrasta con la complejidad geométrica del escenario, una suerte de «obra dentro de la obra» que reflexiona sobre los límites del cuadro mismo.

     Un disruptivo felino irrumpe en esta unidad temática: «El gato en la alfombra» (1947). Esta pieza, sin abandonar la solidez constructiva de las mujeres cercanas, explota en un festival cromático. El gato, en una gama de grises y negros de una sencillez casi japonesa, se proyecta como una sombra zen en un tapete de ritmos y colores vibrantes. La aparente inocencia del motivo es una trampa; la obra es un ejercicio de contrapunto absoluto entre la figura sintética y el fondo ornamental, entre la quietud y el estruendo, demostrando el dominio de Girona para orquestar el orden dentro del caos.

     Una reproducción de su «Soldado yugoslavo», entre catálogos y manuscritos, sirve de ensamble con las obras que abren el ascenso. Así, el recorrido por la escalera inicia el viaje hacia las tinieblas. El primer tramo alberga los «Recuerdos de la guerra», pintados décadas después del conflicto mundial. Lejos de cualquier épica, aquí habla la cicatriz. La paleta se reduce a un lúgubre binomio: figuras negras, espectrales, recortadas sobre fondos terrosos, verdes sucios, marrones de trinchera. No hay soldados heroicos. No hay escenas bélicas. Hay sí, prisioneros, mendigos, prostitutas. Es llamativo, y profundamente revelador, el rostro eslavo, dostoyevskiano, de estos hombres, una trasposición psicológica que sugiere que Girona no pintaba la guerra que vivió, ya que sus acciones se limitaron al frente occidental; sino la desolación universal que ésta siembra. La angustia se traduce aquí en una sobriedad ascética y desgarradora totalmente alejada del patetismo.

Un disruptivo felino irrumpe en esta unidad temática: «El gato en la alfombra» (1947).

     En el breve descanso de la escalera, como una pausa visual entre tanta desdicha, se produce una interrupción que resulta tanto reparadora como inquietante. Dos gouaches, estéticamente disruptivos, evocan conceptos bucólicos. Animales de granja pintados con una simplicidad casi infantil y una gama de pasteles tiernos sobre un fondo azul sereno. Esta aparente incoherencia es una trampa conceptual. Tras el desgarro humano del tramo anterior, los animales, ajenos a la historia, emergen como símbolos de una vida elemental y pacífica. Su presencia no mitiga el horror, lo subraya por contraste; planteando una pregunta incómoda sobre los mundos paralelos que coexisten con el sufrimiento humano. Son un paréntesis de quietud que, en su placidez misma, se vuelve profundamente melancólico.

     El segundo tramo de escalera nos confronta de nuevo con el abismo y su contrario. Tres monumentales ejemplos de su etapa de expresionismo abstracto norteamericano. La primera es un campo de batalla cromático. Rojos ígneos y ocres terrosos luchan contra azules fríos y grises de acero, mientras la luz parece desvanecerse de izquierda a derecha, sumiendo la composición en un crepúsculo asfixiante. Es el caos gestual, la energía pura. La segunda evoca el ámbito de la dualidad. Rojo y negro se miran mutuamente, no se intercalan solo se contemplan. La tercera obra, sin embargo, es un remanso de sensualidad. Predominan las curvas orgánicas y un verde profundo, líquido, que evoca más un paisaje submarino o un cuerpo que un concepto. Esta yuxtaposición es un testimonio elocuente. El abstraccionismo de Girona nunca fue dogma, sino un lenguaje para expresar desde el frenesí hasta la serenidad más táctil.

La primera es un campo de batalla cromático.

     Al alcanzar la planta alta, el espíritu parece emerger de las profundidades hacia la luz de la razón. Nos recibe la etapa de abstracción geométrica espacial. Pero he aquí otro signo de independencia. Su geometría es antidoctrinal. Los cuadrados y rectángulos se respiran, sus lados se ondulan levemente, se convierten en trapecios irregulares, rehuyendo con elegancia la tiranía del ángulo recto mondrianesco. El color es el verdadero protagonista aquí. Desde los diálogos sobrios de un bicromatismo elegante hasta las sinfonías de azules ultramar y amarillos solares que vibran con una energía casi mediterránea.

     En una de estas obras finales aparece un elemento disruptivo y fascinante: la caligrafía. Líneas de texto al develar un poema trunco, «se llama soledad», se integran en la trama pictórica más como ritmo visual, que como mensaje literario explícito. Es la etapa menos representada y, a mi juicio, la de ejecución más desigual. En sus mejores ejemplos, la palabra se hace forma y la forma sugiere un sentimiento, logrando una simbiosis poderosa. En otros, el gesto parece más anecdótico que orgánico. No obstante, incluso aquí su firma, siempre ubicada con una precisión de orfebre, se erige en un elemento compositivo fundamental, el sello final que equilibra el conjunto.

Su geometría es antidoctrinal.

     La museografía, al servicio de esta visión curatorial, es discreta y eficaz. El espacio íntimo de la Casa, templo habanero de la belleza y la virtud, se aprovecha con inteligencia; guiando el flujo emocional del recorrido. El montaje evita la saturación, permitiendo que cada obra, incluso las de menor formato, respire y establezca su propio campo de fuerza. La decisión de intercalar, en la planta baja, el busto de Martí de José Sicre y una vitrina con documentos, opera como un puente sutil entre el mundo del artista y sus referentes, sin caer en la tentación de lo ilustrativo.

     La calidad artística de este conjunto es un contraste perenne entre una coherencia férrea dentro de la más absoluta libertad estilística. Girona fue un nómada de las formas, pero nunca un ecléctico superficial. Su viaje de lo figurativo a lo abstracto y su regreso a una figuración esencializada fue una espiral de investigación. Cada etapa, cada «estilo», fue abordado con una entrega técnica total y una pregunta pictórica genuina. La ejecución es siempre impecable. Sea el dibujo preciso de una tinta, sea en la materia densa de un óleo abstracto, sea en la transparencia atmosférica de sus gouaches. Se percibe la mano de un maestro que dominaba su oficio para ponerlo al servicio de una búsqueda interior.

     Contextualizar a Girona es hablar de un artista fronterizo. Nacido en Cuba, formado en la Academia San Alejandro, su experiencia vital lo llevó a talleres del muralismo mexicano, a los frentes de la Segunda Guerra Mundial, a los clubes de pintura de la posguerra norteamericana y finalmente a un regreso a la isla. Esta biografía atípica lo liberó de pertenecer a una «escuela» nacional concreta. Su obra bebe del cubismo, del expresionismo (tanto el alemán como el abstracto), de la abstracción geométrica y hasta del arte caligráfico oriental, pero el resultado es siempre personalísimo. Es un moderno que asimiló las vanguardias históricas para construir un lenguaje propio, alejado de modas e ismos posteriores.

     Su evolución es un manual de rigor. En sus inicios, la construcción sólida del volumen, el uso del color como elemento estructural y la síntesis de la forma. En su etapa abstracta, el dominio de la línea filigranezca, la textura y el gesto como vehículos de emociones puras. En su madurez final, la integración de todos estos recursos. La lección constructiva, la expresividad del color y la economía del trazo se funden en obras que son a la vez cerebrales y sensoriales. No hay en él pirueta técnica vacía; cada recurso está justificado por la necesidad de la obra.

     Estamos ante una exposición necesaria y logradísima. «Un hombre sincero» reivindica a un pintor esencial en la plástica cubana, injustamente ausente del relato canónico de una manera más visible; y lo hace a través de un discurso expositivo que es en sí mismo una obra de inteligencia. La curaduría logra que el espectador vea las obras y comprenda un proceso, una ética del trabajo pictórico. Al concluir ese viaje, la sensación es de haber conocido a un pensador que usó los pinceles para filosofar sobre la figura humana, la guerra, la soledad y la belleza.

     Es, sí, un viaje sensorial intenso y completo. Que inicia en la contemplación serena (aunque intelectualmente compleja) de los retratos, se desciende a la desolación íntima de los recuerdos de guerra, se transita por la tormenta y la calma de la abstracción y se culmina en la claridad meditativa de las geometrías libres. Es un arco dramático perfectamente orquestado que deja una huella profunda, alejada de la frivolidad y el simple deleite retinal.

     Esta exposición es una oportunidad excepcional, incluso (o tal vez, sobre todo) para el neófito. Ofrece una lección de historia del arte del siglo xx filtrada por una sensibilidad única, y lo hace en un entorno que invita a la demora y la reflexión. Es una muestra para ver con tiempo, para permitir que el cambio de atmósfera entre salas calibre en nuestro propio ánimo. No es una exposición fácil; exige una mirada atenta y dispuesta a seguir el ritmo de sus silencios y sus estallidos.

     En definitiva, «Un hombre sincero» cumple con el supremo deber de una retrospectiva. Ilumina la coherencia profunda de una trayectoria que en superficie parece diversa, y restituye a Julio Girona su lugar como un pintor imprescindible. Un artista que, en su peregrinaje a través de las formas, nos legó un testimonio poderoso sobre la condición humana, pintado con la mano de un maestro y el corazón de un poeta que nunca renunció a buscar, en el lienzo, un poco de verdad. La Casa Vitier García Marruz ha acertado al albergar este diálogo íntimo y monumental, que permanece hasta el 28 de enero como un regalo para los sentidos.