SAGASTA[1]

(Traducción)

En Madrid es el león del día.—El cable acaba de transmitir el último torneo oratorio librado en las Cortes entre un gobierno hábil, que se sabe apoyado por grandes intereses europeos,—y una oposición febril, que ve todos los caminos que llevan al poder completamente cortados.—En ese torneo de palabras, que son algo así como esas gruesas gotas de agua que caen en los primeros momentos de la tormenta,—todos los honores han correspondido al nervioso Sagasta, hombre de risa volteriana, de verbo a veces varonil,—siempre agudo, cáustico y mordaz—su lengua es como una suave fusta de acero: donde da, hiere.

     Es un hombre curioso Sagasta. Es un producto genuino de estos tiempos tormentosos, de estos tiempos de transición, de trastorno, de cambio. Por la superioridad de su inteligencia mira hacia las altas esferas; por su humilde cuna las odia. Quisiera desligarse de ellas: pero no podría. Empezó por lanzar, en los periódicos clandestinos, dardos hirientes contra los grandes del día: había en él un poco del temple de Rochefort: pero su varonil inteligencia, su suprema habilidad, su insaciable ambición—que tiene derecho a tener puesto que ha sabido justificarla,—sus sólidos estudios lo apartaron pronto de los hombres del pueblo, a quienes había empezado a deslumbrar y que lo habían ayudado a ascender. En los magníficos días de la revolución que derrocó el trono de los Borbones,—Sagasta, que era orador, no lo fue más que para servir su febril ambición de poder. No era todavía ese hombre serio que comienza a ser hoy.—No era, como hoy, el defensor de la libertad, sino su apóstata. Despreciaba al pueblo, del que procedía: pero los Borbones, al no aceptarlo a pesar de su cortesanía, de sus insinuaciones y sus amenazas, le hicieron sentir una vez más su modesto origen, y él se irguió audaz y soberbiamente frente al que le echaba despiadadamente en cara su origen plebeyo.—Es el mismo fenómeno que se observa de cerca en todos los pueblos en que hay negros:—los mestizos, nacidos de los negros y de los blancos, odian a los blancos en cuyo seno no serían admitidos,—y a los negros que les impiden el acceso hasta aquellos. Viven en ese odio perpetuo, cual ánimas en el vacío. En estos tiempos en que el prestigio de la nobleza no ha cesado aún,—y en que no se puede ya vivir sin el pueblo convertido en rey—los políticos revolotean,—sin saber dónde detenerse, cual si fueran locas mariposas.—Pero hay almas templadas en el verdadero fuego, en el amor oculto pero ferviente de la pura libertad. Sería un error el creer que Sagasta esté exento de ese cálido amor.—El culto de las ideas, aunque interesado, ennoblece. La santa indignación que los prejuicios de viejos regímenes provocan en las almas juveniles, y las exigencias inoportunas de los reyes apegados a tronos podridos,—lanzan a los hombres inteligentes a la vía pública Alentados por la admiración y el agradecimiento del pueblo, —el amor de una fácil fama, y la esperanza de llegar al poder, los detienen en esa vía:—algunos ponen en ello toda la sinceridad de su alma; mas en su mayoría no son más que mercaderes de las grandes ideas. Especulan en la Bolsa de los sentimientos públicos. Son filipenses de la conciencia. Pero, igual que como algunos tutores se empeñan en defender, ya tarde, los restos de la fortuna que les han dilapidado a sus pupilos,—inducidos por amor a las criaturas a quienes han despojado,—esos agiotistas de la libertad, al sentir la influencia decisiva y generosa de los primeros amores, vuelven en sí,—y quieren salvar lo que han comprometido.—Esa es, en síntesis, la historia, la obra presente y la obra futura de Práxedes Mateo Sagasta, ese hombre del pueblo que sonríe de manera tan acariciadora a los porteros del Teatro de Oriente cuando lo llaman—siempre respetuosamente aunque esté fuera del poder,—“Vuestra Excelencia”.—

     Hay siempre un parecido entre los hombres de la política española y los hombres de la política francesa. Castelar, por ejemplo, sueña con Gambetta. El mariscal Serrano sueña con el mariscal Mac-Mahon. Martos es quizás el más original. Sagasta sueña con Thiers.—No tiene, desde luego, la elevación, la profundidad, el gran corazón, el inmenso saber del gran hombrecito; no ha escrito ni escribirá quizás nunca,—indolente y perezoso como es—la Historia del Consulado y el Imperio. No emplea, en las luchas del Parlamento, esa alegría natural y comunicativa y ese ardor delicioso y brillante que caracterizaron siempre al “Salvador del Territorio”. Sagasta no salvaría nunca el territorio.—Pero tiene siempre la palabra fina, la intención maliciosa, la frase oportuna, el erguimiento altanero, el lenguaje incisivo y dispuesto del ministro de Luis Felipe.—Con tal de que un medio lo lleve a lograr su propósito, no se ocupa del medio de hacerlo. Retrocedería quizás ante el crimen;—pero ha demostrado que no retrocede ante el escándalo.—Entre sus conciudadanos pasa por ser el organizador de una banda de rompecabezas que repartían garrotazos a los que en los periódicos y en los teatros se burlaban del rey Amadeo, el buen rey italiano que tuvo el buen juicio de abandonar una tierra donde sin dudas era útil, pero donde sabía que no lo querían.—Se denominaba a esa compañía, que llegó a ser famosa a causa de sus escaramuzas y sus ruidosas hazañas, la Compañía de la Porra.[2]—Porra[3] es un gran garrote propio para romper el cráneo a cualquiera.—La banda existió: perseguía a los enemigos del gobierno; el gobierno no perseguía a la banda: Sagasta estaba en el poder; se daba por jefe de la compañía[4] a un amigo de Sagasta, que tenía el genio bullicioso de los viejos estudiantes de Salamanca: ¡eso podría haber sido!—

     Lo que sí es cierto y está reconocido, es la exquisita habilidad de Sagasta y de sus amigos para hacer girar en su favor el resultado de las elecciones. Los enemigos de Sagasta le permitirán todo; pero no es aventurado el afirmar que de las más serias batallas libradas en el Parlamento español no son las menos serias aquellas que han tenido por objeto el impedir a Sagasta seguir en el poder durante las elecciones, o ascender a él. De antemano se sabe: él no pierde nunca las elecciones que dirige. Tiene amigos personales, ligados a él por los favores que concede, aunque no lo hace con su peculio, sino con el peculio de la nación; y—además—por la confianza que inspiran su astucia y sus hábitos de hombre de gobierno. Cuando el gobierno es difícil de tomar—es Sagasta quien lo obtendrá primero: es también el último que lo abandonará.—Se agarra a él;—sabe caer siempre como los gladiadores romanos, en buena postura, como dispuesto a recuperarlo.—

     Hay dos cosas que Sagasta odia y desdeña: la aristocracia ignorante y pretenciosa; y la democracia demasiado populachera. Es demócrata, aunque esté siempre algo dispuesto a sacrificar la doctrina en pro de sus intereses políticos, con tal de que el abuso pueda, sin embargo, estar disfrazado bajo su capa doctrinal. Sirvió a la revolución: sirvió al rey Amadeo: sirvió a la república, cuando no pudo impedirla; fingió ayudar algo a la restauración de los Borbones, y ahora que han vuelto trata de servirlos.—Pero, en el poder o fuera de él, no servirá más que a la causa de la revolución.

     Esa es la verdadera lucha que se libra en los actuales momentos en España.—Si Sagasta sube al poder, la monarquía española,—que está irrevocablemente perdida, lo estará más pronto. Bajo su gobierno, sin que él lo quisiera, pero sin que tratase de impedirlo, la revolución democrática sería un hecho consumado. Sin él, se retardará. El rey lo sabe bien,—y si se decide,—forzado por la opinión republicana, que se disfraza para mejor lograr su objetivo—a llevar a Sagasta al poder, no será por mucho tiempo,—puesto que Cánovas es, por su política francamente monárquica, el protegido de los gobiernos de la Europa reaccionaria, y el verdadero sostén—odiado pero sincero—de la monarquía de don Alfonso. Martínez de Campos, de la madera del pueblo, proclamó al rey: él mismo lo derrocará. Sagasta sabrá aprovecharse de su descontento y de su ambición:—y su último discurso, calurosamente aplaudido, acaba de despejar el porvenir de la política española. Tiene un partido esencialmente revolucionario, que por apego al poder fácil, finge no serlo. Ese partido, el de Sagasta, será siempre la revolución: si se le llama al poder, prestará a la monarquía el servicio de retrasar su caída, y a la república el de favorecer su afianzamiento. Si no lo llaman, ayudará a hacer la revolución.

     En cuanto a Sagasta, a pesar de su última y brillante defensa de la libertad burlada, es él quien se define:—o Presidente del Consejo con el rey,—o revolucionario contra el rey. Ese golpe es mucho más hábil, dirigido a la revolución que viene andando, que si estuviera dirigido al rey para inspirarle confianza.—

    Es de sentir que el interés personal se revele siempre en las palabras de ese combatiente del Congreso de Madrid, que es realmente un fuerte luchador.—

    Es de mediana estatura, delgado, nervioso. Una expresión burlona anima siempre su fisonomía; sus ojos, pequeños, son brillantes; su sonrisa, socarrona, es más elocuente que su mejor discurso; sobre su frente, huesuda pero vulgar,—un mechón de pelo, indomable igual que su amo, se yergue altanero. Su gran boca es de expresión burlona.—Habla corrientemente, sin perdonar a nadie, cuando ha hablado,—es algo así como un tanteo de los cuerpos: ¡habría que averiguar si alguien no ha sido herido! A veces es incorrecto, pero siempre agudo. Va a su objetivo: su utilidad. Ama a la libertad,—pero no lo bastante para sacrificarse por ella.—Cuando se incomoda; cuando le hieren el corazón; cuando el poder lo abandona; la sonrisa se convierte en rayo;—y como un loco ardiente, inicia una flagelación incansable. Cuando se apodera de él la cólera se torna imprudente, pero elocuente. Como hombre de mundo está perfecto.—En habilidad política, solo Cánovas podría vencerlo.—Como viste muy bien su frac, se diría, al verlo reír burlonamente, que es un Mefistófeles de salón. Y no se estaría equivocado.

[José Martí]

Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2009, t. 7, pp. 316-320.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] Manuscrito en hojas tamaño 15 por 23 cm. Tachado este título. Este breve escrito en francés parece ser la base del fragmento dedicado a Sagasta dentro del artículo “El volcán español” (OCEC, t. 7, pp. 299-310), dadas las similitudes de ambos textos al caracterizar al político español. Véase en OCEC, t. 7, pp. 311-316.

[2] En español en el manuscrito.

[3] Ídem.

[4] Ídem.