Es mucho ya lo que se trabaja en toda la América que habla español Todo lo demuestra: la consideración que inspira a sus visitantes; el éxito serio de nuestros pabellones en la Exposición de París,[2] tanto por las riquezas de nuestras tierras como por nuestra manera de aprovecharlas; el espíritu y novedad de la prensa de los países hermanos; una mera ojeada a un periódico. Allá, al Sur, se vive mucho, por el río de la Plata. Bolivia misma se sacude, con su presidente[3] de empuje a la cabeza. Y del Uruguay y la Argentina, de Chile y el Perú, del Paraguay que nace, de toda aquella familia del mediodía que se siente mal con el poco de odio que han puesto en ella los intereses y los celos, basta, para saber lo que hacen, hojear los números últimos del periódico ilustrado de Buenos Aires: El Sudamericano.
Lo primero que se nota, es que les estorba el odio, que se tienen cariño a pesar de las rozaduras de la vecindad, que el chileno Alberto del Solar no quiere que Buenos Aires pida los restos de su héroe Las Heras;[4] que tiene Chile un monumento “a la inmortal Buenos Aires”: Chile ha encontrado petróleo en las lomas fúnebres y lodosas de la tierra del Fuego: Buenos Aires no le va a quitar el petróleo que encontró, si no se pone en sus lomas a buscarlo. Son sueños de sangre estas guerras entre pueblos hermanos. ¿Qué celo de hermano pequeño, qué desagrado entre vecinos, qué envidia de aldea se resiste a la cordialidad y a la razón?
Pero lo que desde la cubierta se nota en El Sudamericano es el espíritu nuevo, y el predominio presente de lo industrial en las tierras del Plata.
Ya no es aquel grabado de título en que está una diosa de carcaj, coronada con una torre, entre trozos de ruedas y paletas de pintura, con fondo de academias y de catedrales. En la primera página, se ven las catedrales al fondo, pero vuela un cóndor por sobre todas ellas, como para ver de alto lo que hace el mundo, y traerle el recado a su nación: de horizonte, los Andes. Y en la cubierta, el medallón del título es el sello de la “Compañía Sudamericana de Billetes de Banco”. Las letras son entre góticas e inglesas, como yendo a lo moderno sin abjurar de lo que le sirvió de raíz. Y el adorno, es la copia de un frontón de hierro.
Un Shoolbred, nombre inglés, es su director general: un Bosco, nombre italiano, es su director “técnico”.
Se abre el número de Julio, y se ve bien que estamos en América, que es lo que no se ve en muchas cosas americanas, como si lleváramos debajo del chaleco francés, la faja española. Es una alegoría propia y hermosa la portada. Julio es mes de heroicos aniversarios para la República, en Europa y en América. El 4 de Julio de 1776 se declararon libres, cuando ya lo eran por su buena educación política, los trece Estados Unidos del Norte;[5] el 9 de Julio de 1816 en la casa de tejas de Tucumán, intimaron su independencia de España las Provincias Unidas del Río de la Plata; el 14 de Julio de 1789 el hombre francés echó abajo la puerta de la Bastilla;[6] el día 18 de Julio de 1830 promulgó su Constitución de pueblo nuevo el Estado Oriental del Uruguay, el de los treinta y tres héroes; el 20 de Julio de 1810 se proclamó dueño de sí el Virreinato de Bogotá; el 28 de Julio de 1821 celebró su primer Congreso Nacional la tierra dolorosa de los Incas, con los hijos de los Pizarros[8] y los hijos de los Huaynas[1] sentados en las mismas bancas. Todo es gloria en Julio, y en la alegoría están en grupo los escudos de las seis naciones: un ángel, sin alas ni corona, destacándose dichoso en lo alto de un fondo de laurel, escribe en piedra las fechas ilustres: a lo lejos, con letras de luz, dice “Libertas”. ¿Por qué no “libertad” en español? “Libertad” es palabra tan bella y entera que Walt Whitman, el poeta patriarcal del Norte, nunca la dice en inglés, sino como la aprendió a decir de los mexicanos.
No vive principalmente El Sudamericano de Buenos Aires, de reproducciones estériles, si no dañinas, de los diarios europeos, ni de imitaciones disimuladas y paráfrasis, sino de estudios de arte, de historia, de descubrimientos, de industria, de literaturas patrias, sin faltarle respeto vehemente por todo lo contemporáneo y vivo, y lo bello de veras, del resto del mundo. Y en sus grabados es lo mismo. Las fiestas que pinta en su plana de honor, son las del país; y del país los monumentos que graba, porque no hay pueblo rico ni seguro sin raíces en el corazón y en la fantasía. Todavía anda horrible en una página, y un Tipo Romano en otra; pero lo más es de la tierra. De la tierra es todo; de la Banda Oriental del Uruguay y de la del otro lado del Plata, en la Argentina.
Allí están los trabajos de las aguas corrientes de Montevideo, que son recios y como para siglos; la Oficina Meteorológica de Córdoba; un paisaje de los Andes, con los vapores del Damujo en la hondonada que no cede en majestad a los soberbios Cáucasos de nieve del pintor Vereschagin; y rodeada de palmas, la casa en que murió Sarmiento en la Asunción. Está allí su cuna solemne, ya ceñida de caseríos, el río salvaje de Mocoretá, y luego, como la silla de montar que le echa el jinete al potro cerril, el puente de hierro en que se pasa el río, y de jinete, la locomotora.
Un grabado representa el “Bon Marché Argentino”, más suntuoso que el de París, y más vasto que los Macy y los Altman de New York: otro el Club Uruguayo, con su arquitectura de arco de triunfo, donde ya impera, por dicha, sobre lo románico, de arcadas recias y murallones, el renacimiento de columnas leves y esquinas airosas: otro el palacio que le ha mandado levantar a las escuelas, para que les haga de Biblioteca y Museo, una rica que lo es de veras, puesto que tiene la bolsa del lado del corazón, Petronila Rodríguez: otro es la estancia de la Merced, con su techo de mansión señorial francesa y sus paredes de piedra rústica que da a las casas de campo tanta gracia y alegría, y todo con cortinas y cristales para vivir en ella, como los hombres, y no de ella solamente como los parásitos: otro grabado es el Hotel de Inmigrantes de la Plata, el hotel provisorio, porque el definitivo va a ser casa de príncipes, como debe ser en verdad, porque son de casa real los que vienen a un pueblo a vivir honradamente, con el arado al hombro, y porque es bueno que desde su llegada tengan en el país adonde vienen algo que admirar y agradecer.
Si hay retratos, son de los gobernadores de las provincias, que es casi toda gente joven, y con ojos de impaciencia y poder; o de los abuelos santos, los de la guerra de la primera libertad, cuando los generales iban de botas y tricornio, y llevaba morrión la caballería de Maipú; o de Francisco Bilbao,[9] el pobre muerto chileno, con sus ojos de Bécquer y su frente de Mazzini, y su cabellera ostentosa de estudiante, siempre inquieta con el fuego de adentro, que mandaba propagar por el mundo la verdad racionalista, o de Mármol, el de la épica Amalia; con su rostro de señor y sus ojos abrasadores, como los que nuestros padres le vieron a Heredia. Y los otros grabados son: la visita que hizo el presidente argentino al de Uruguay, para gloriarse juntos de los trabajos de unión del Congreso Internacional de Sudamérica que hubo en Montevideo; y los bailes y amistades con que en las fiestas mayas de la Independencia recibió Buenos Aires al Presidente uruguayo, y un rancho de indios miserable, con el “puesto” de casas que levantan junto a él, y un explorador que sube por cuerdas del despeñadero, con una momia en los brazos y dos cráneos al cinto, y el desierto, por donde va a pasar el ferrocarril.
Pero no hay en todos estos números de El Sudamericano lámina más bella que la que pinta el paseo glorioso de los veteranos el 9 de Julio. Algo en América manda que despierte, y no duerma, el alma del país. Hay que andar con el mundo y que temer al mundo. Negársele, es provocarlo.
Está la salvación en el derecho al respeto, que da e impone el adelanto real; en el arte del silencio, y en el equilibrio de las amistades. Este año fue fiesta de hijos la del 9 de Julio en Buenos Aires. Todos los soberbios y los humildes, los poetas y los corredores de tierras, los militares y los negociantes, salieron a ver pasar en su carroza de honor al general de la Independencia, al nonagenario Eustaquio Frías. Por la mañana el Club de Esgrima le había llevado una corona. Los estudiantes, de brazo todos, habían recorrido la ciudad vitoreándolo. De los alrededores vino a la gran ciudad el gentío a ver “el coche de los viejos”, el coche de las barbas blancas. “¡En nuestros héroes vivimos!” dijo en su discurso de atleta Lucio Mansilla, nieto de héroe. La juventud y la ancianidad aclamaban juntas. Aquel hombre de cara amarillenta, con la cabeza hundida entre los hombros metía el brazo tan adentro en los batallas de la guerra de la Independencia, que nunca lo sacó sin una mordida de sable, o de bala, o de lanza: él estuvo en Pasto y lo dice su escudo “yo soy de los vencedores de Pasto”,—en Río Bamba, y lo dice otro escudo azul: “el Perú al heroico valor en Río Bamba, en Junín”, y está bordado en su pecho, “gloria a los vencedores de Junín”;—en Chunchanga, y las letras de plata lo dicen: “la patria a los vencedores de Chunchanga” en la campaña toda del Perú, y lo dice la medalla de la cinta roja: “Yo fui del ejército libertador”. A su lado, en la carroza, iba Clemente Zárraga, el general de Venezuela, que a los catorce años sentó plaza con la libertad, y ayudó a Páez a tomar por el agua a Puerto Cabello, a caballo.
El Partido Liberal, México [27 de septiembre de 1889].
Tomado de José Martí: Obras completas, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1991, t. 7, pp. 349-353.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Existen dos artículos más con ese título. Fueron publicados en La Revista Ilustrada de Nueva York, el 1ro de enero de 1891 (Nuestra América. Edición crítica, prólogo y notas de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2006, pp. 35-69); y en Patria, en Nueva York, el 4 de febrero de 1895, no. 147, p. 1 (no aparece en OC). La primera ocasión en que José Martí utiliza la expresión “nuestra América” es en el artículo “Hasta el cielo. Por José Peón Contreras” (Revista Universal, México, 15 de enero de 1876, OCEC, t. 3, p. 158). El apelativo “nuestra América” se localiza en más de cien textos martianos y “América nuestra” en la carta a Pío Víquez, [San José de Costa Rica, 8 de julio de 1893], EJM, t. III, p. 370. Martí utilizó también en centenares de ocasiones, con propósitos similares, otras expresiones más o menos equivalentes: “nuestras tierras de América”, “nuestros países de América”, “nuestras tierras americanas”, “nuestras tierras nuevas”, “nuestros pueblos americanos”, “nuestros países americanos”, “nuestros pueblos suramericanos”, “nuestros países hispanoamericanos”, “nuestros pueblos queridos de América”, “tierras de mi Madre América”, “nuestra Madre América”, “nuestras repúblicas dolorosas de América”, “la virgen madre América”, “mi gran madre América”, “mi inmensa madre América”, “la gran madre América”, etc.
[2] Véase JM: “La Exposición de París”, La Edad de Oro, Nueva York, septiembre de 1889, en La Edad de Oro. Edición facsimilar, edición de Maia Barreda Sánchez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2013, pp. 66-82.
[3] Aniceto Arce Ruiz (1824-1906).
[4] Juan Gualberto Gregorio de las Heras (1780-1866).
[5] Véase JM: “El 4 de Julio”, El Partido Liberal, México, 25 de julio de 1886, OCEC, t. 24, pp. 96-102; y “En los Estados Unidos. El 4 de Julio”, La Nación, Buenos Aires, 16 de agosto de 1889, OC, t. 12, pp. 255-267.
[6] Véase Paul Estrade: “José Martí y la Revolución francesa”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1988, no. 11, pp. 175-186; Martí en su siglo y en el nuestro, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2008, pp. 89-104.
[7] Referencia al conquistador español Francisco de Pizarro (1475-1541).
[8] Referencia a Huayna Cápac, undécimo y penúltimo gobernante del imperio inca.
[9] Francisco Bilbao Barquín (1823-1865).

