[FRAGMENTOS DEL DISCURSO
PRONUNCIADO EN EL CLUB DEL
DEL COMERCIO]
Segunda versión
...continuación 2
Pues para qué quisiera yo, haciendo abstracción absoluta, porque por mí no cuentan, de esas razones viles de odio que empequeñecen todo lo que engendran; para qué quisiera yo, sobre esa natural vivacidad con que se sienten los pesares domésticos, sobre esa invitación a la actividad que surge de los dolores ajenos;—para qué quisiera yo ver a mi patria libre, sino para que rematare nuestra obra, y acelerare, con los destinos suyos los destinos nuestros—para que saliere, como navecilla elegante y mensajera de nuestras glorias al paso de los fatigados europeos a decirles que para sus conquistas venerandas, nosotros tenemos colosal cima fragante;—que sus dolores estos grandes padres, solo pueden fructificar en nuestra tierra, esta gran tierra;—que nosotros tenemos, como ellos los del arte, los monumentos de la naturaleza; como ellos catedrales de piedra, nosotros catedrales de verdor; y cúpulas de árboles más vastas que sus cúpulas, y palmeras tan altas como sus torres, y mujeres tan bellas como sus estatuas, y un sol de fuego y un amor de fuego que fecundan y doran y levantan los senos juveniles de la tierra:—véola ya; estrecha y larga, tendida con aquel suave verdor, sombreado a trechos y a trechos atenuado por el sol,—serpear por el sereno golfo, con su velamen de ligeras nubes, flotando atadas a aquellos altos mástiles que se llaman; ¡montes de montañas a nuestros![26] Pan de Matanzas, y el Cobre y el Turquino! Véola ya, cargado el seno de los hibleos frutos del pueblo colombiano,—ir a cambiarlos por las serenas ciencias y afanosas industrias del pueblo de Jafet,[27] adelantando por sobre el agua blanda, con indígena gracia al encuentro de los hombres de tierras fatigadas que vienen a nosotros enamorados del ardiente sol!—Y véola ya, en aquella zona que parece por mano superior aderezada para celebrar la fiesta de los pueblos,—como redondeando espiritualmente la tierra, celebrar sobre su puente pintoresco, colgado de plátanos, salpicado de naranjas, alfombrado de flores, la comunión portentosa venidera, en el seno de la naturaleza rejuvenecida de los pueblos más viejos y probados en la radiante historia de los hombres:—Inmenso[28] y grave beso de los mundos; ciclópeo tálamo, de donde ha de surgir, asombrosa como hija de cíclopes, la verdadera y definitiva gloria americana!—[29]
Oh! cómo estas ideas nos halagaban a los esclavos antillanos, allá en los días perpetuos de la infancia, en aquellas horas de dulce ceguedad en que se cree en todo, y a nadie se odia, y parece escasa toda la sangre de las venas para verterla en beneficio de los hombres! Cómo nos predicábamos, pálidos y entusiastas como mártires, en aquella Isla florida, el evangelio que nos venía del continente grandioso: ¡cómo, mal ocultos entre el Nebrija, el Balmes y el Vallejo,[30] leíamos amorosamente los volcánicos versos de Lozano!—Los periódicos que de estas tierras, escondidos como crímenes, llegaban a nosotros, cómo eran buscados con afán, y leídos a coro, y guardados en la fantasía maravillada! La miel del plátano, a par que en los cálices de oro que le creó Plácido, vino a nt. labios en esas majestuosas y sonoras urnas en que la encerró Bello!—Y cuando, no con menos estrépito que a la voz de Mariño en Güiria,[31] cayeron con fragor alegre sobre los yugos rotos de las bestias echadas a los montes a ser sustento de los bravos, los yugos rotos de los hombres,—como que reanimado nuestro gran muerto estremecía, seguro ya de su final victoria, su cárcel de oro y gualda;—como ese coloso que descansa con los brazos tendidos, cual si quisiera aún protegerlos y acariciarlos, sobre las cordilleras del Oeste y los ríos del Este, reclínase al fin, como en almohada de hierro digna de ella, en nuestras trabas rotas la espléndida cabeza.—
Oh! no! yo no tengo nada que fingir—nada que exaltar—antes tengo que acallar para que no parezcan lisonjas, que más que a quien las dice, a quien las oye ofenden—este concierto de voces amorosas que, en presencia de tanta heroicidad pasada, beldad presente, y gloria posible por venir, golpean, ganosas de hallar salida mis labios temerosos y rebeldes.—Brotan, brotan, por sobre esas estrechas convenciones la etiqueta del país nuevo y la primera voz;—brota, fundida al calor de tantos ojos fulgurantes, y tanto espíritu de hombre generoso, esta brida de acero que hubiera yo querido imponer esta noche a mi palabra—brotan audaces e impacientes estos tributos de amor, que durante toda mi vida aglomerados, se me echan en esta noche en desbordado tropel fuera del pecho. Parece que este era el sol que convenía a mi espíritu—y que, echado en estos senos en busca de mí propio—¿quién en su propia busca no viaja—me había al fin hallado.—Cuando huésped de extraño bajel, en que venía asombrado de tanta alma sola y pequeñez vestida de grandeza que en la Rep. del Norte, de donde hice a esta viaje, había observado,—no oía yo hablar más que esas lenguas frías, riscosas e inflexibles; y vi surgir en sonora mañana, aquella costa serena de Pto. Cabello,[32] con aquel bosquecillo hospitalario, y sus palmas gallardas, y sus limoneros amorosos, que como símbolo de la naturaleza que los cría, rompían con su ramaje exuberante la tierra que los ciñe; cuando vi que como alegre enviado de la gentil naturaleza, se echaba al mar con su perfumado aire que nutre, con su regazo, henchido de árboles, como dándose prisa a consolar a los viajeros de las tierras frías de la soledad que los carcome, sentí como olas de amor que se me agigantaban y ascendían dentro del pecho, y mis nervios ateridos se tornaron ágiles, y ante la vida hermosa renació mi amor a la vida y tuve alegría febril de novio como si en aquella luciente mañana me desposara con la tierra. Me parecía el aire cargado de excitaciones; tendía la mano en el vacío, como para estrechar manos queridas,—y hablaba luengas cosas con seres que no oyen.—
Si mis ojos inquietos se posaban, en su incesante busca, sobre un cerro, veíame ya, en noche clara, como este admirable día nocturno, veíame ya escalando, como los ágiles caracas,[33] el áspero Calvario,[34] hoy joya rica,—peña fecundada, como aquella bíblica,—regaladísimo retrete;—e imaginaba que seguía la huella del iracundo Terepaima, y que oía clamar, asaeteado por los magueyes inclementes, a aquel fiero y hercúleo Macarao.[35] Si tropezaba al andar con un granado, veíame yo a la sombra de aquellos que en alas del buen aire del mar enviaban sus mieles delicadas a los clásicos labios de Andrés Bello: si caía en mis manos una hoja impresa, a pesar del saludable—en todos sentidos saludable, olor a imprenta nueva—luego de ver y celebrar el adelanto diario, que ya en la tierra de Venezuela sigue la marcha audaz del potro que embellece sus llanuras,—forjábame que tenía en mis manos una copia amarilla de aquel Publicista benemérito: si, más que envueltos en sus ropas, envueltos en sombras, salían de oscura puerta algunos retrasados visitantes, era a mis ojos que salían de casa de aquella ilustre dama de Padrón los Ustáriz, los Toro,[36] los Montilla.[37] Buscaba la mano inquieta, espoleada por la loca mente, espada y lanza, sin encontrar en sus últimas heridas más que amargura y desconsuelo:—y transportado por alas ignoradas, y roído por águilas coléricas, vivía en tiempos ilustres de grandeza extraña, y me parecía que eran los montes, no espaldas arrugadas de la anciana tierra, sino pliegues del manto que debía en su hora de descanso, cubrir a aquellos colosales hombres.—
Y luego, cuando del puerto a acá venía, dejando atrás a la animada Guaira,—salvando en vulgar cochecillo montes que otros más felices de más gloriosa manera habían salvado ¡qué ruidos apagaban los comunes ruidos! Como interiores aves, aleteaban mis caros recuerdos; despertaban mis sueños de niño; hallábame al fin enfrente de mis amores perpetuos, y crecía; agitada por tantos combatientes la batalla de mi alma. Ya oía discutir, en la capilla de San Francisco,[38] al imponente Miranda, al enérgico Roscio, al temible Peña, a Domínguez, a Yanes.—Ya, al iluminar masas de luz de sol que iban y venían al capricho de las nubes, no eran mares de sol, sino pliegues, ondeando al viento de aquellas venturosas banderas que anunciaron en la plaza de Caracas la alborada de la vida nueva. Deslumbrados los ojos por el fulgor de fiesta de mi espíritu,—parecíame ver surgir de entre los pardos montes a aquel bravo canónigo del 19 de abril—y lo veía radiante y magnífico, con la cabeza más alta que las cúspides, tender la mano, como tomando posesión de pueblos y de valles—y decir, iluminado por nunca visto fuego el rostro altivo: Sí! la pido! la pido—en nombre de la justicia y de la patria. Imposibles ya a mi mente las imágenes diarias de la vida—no bien desaparecía la nube de polvo que es en los caminos más que estorbo al viandante—señal de vida de la tierra porque anda,—fingíame ver a un hombre joven que con ademán resuelto echaba sobre el cuello del corcel cubierto de espuma las riendas inútiles, y tocaba a las puertas del Ejecutivo para anunciarles, con el amanecer del día, el amanecer de la victoria. Y como el polvo en olas encrespadas acrecía, placíame yo en dibujar en sus revueltos aquellos vengadores jinetes de Araure[39] donde caen, sobre los desbandados enemigos que van a dar muertos de espanto y de fatiga en Cabudare,[40] y aquellos otros caballos que descargaron en San Carlos[41] su dorso de hombres entre las aterradas filas del tenaz Izquierdo. Parecíame de súbito aquel polvo el de la horrenda ruina y veía desplomarse a la señorial Caracas, a la gentil Barquisimeto, a aquella Guaira que dejaba a la espalda a Mérida florida,—lamentos, como con alas, salían de entre las piedras de San Jacinto[42] que se abrían; mis versos de fuego por entre las grietas de la tierra rota—teñido en sangre veía un pilar enhiesto—y rastreando por aquellos muros, cual si se propusiese desde lo más alto de la catástrofe retar a la Naturaleza veía al fin a nuestro padre común, enjuto el rostro de ira, crispada la elegante mano, como para empuñar con ella el fuego de la tierra;—que no parece sino que para que tan alta criatura fuera dada a luz,[43] hubiera sido necesario que la tierra toda sufriere extraor[dinario][44]
Parecíame respirar embriagante aire de batalla, como si todavía no hubieran llegado a sus cuarteles de descanso los jinetes de Bolívar, o como si aquellas olas espesas y flotantes de amarillos átomos, fueran la natural nube de polvo que debió levantar al caer al suelo nuestro terrible manto de cadenas[46]
Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2009, t. 8, pp. 36-49. JM: “[Fragmentos del discurso pronunciado en el Club del Comercio]. Segunda versión”, Caracas, 21 de marzo de 1881, OCEC, t. 8, pp. 36-49.
Otro textos relacionados.
- Pedro Pablo Rodríguez: “El poema de 1810”, Bohemia, La Habana, 18 de enero de 2008. Reflexiona sobre dos piezas oratorias: “Asuntos cubanos. Lectura en Steck Hall”(Nueva York, 24 de enero de 1880), y el discurso leído en el Club de Comercio de Caracas (21 de marzo de 1881).
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[26] A continuación, dos palabras ininteligibles.
[27] Personaje bíblico. Tercer hijo de Noé, hermano de Sem y Cam. Es considerado el progenitor de la raza blanca.
[28] Mayúscula en el manuscrito.
[29] La idea expresada en este párrafo acerca del significado de Cuba como puente entre América Latina y Europa, es repetida por Martí más de una vez en textos posteriores, y le servirá para fundamentar la necesidad de la independencia de la Isla. Véase “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, texto publicado en Patria, el 17 de abril de 1894.
[30] Martí se refiere a la Gramática de la lengua castellana de Elio Antonio de Nebrija, y probablemente a La filosofía fundamental de Jaime Luciano Balmes y a la Aritmética de José Mariano Vallejo.
[31] Población del estado de Sucre, Venezuela.
[32] El 17 o el 18 de enero de 1881, Martí arribó en el vapor Felicia a Puerto Cabello, procedente de Nueva York.
[33] La tribu de los caracas, probablemente de origen caribe, habitaba el valle que ocupa actualmente la capital venezolana y se extendía hacia el centro del país.
[34] Lugar situado en la cercanía de Caracas, camino a La Guaira.
[35] Cacique sudamericano del territorio situado en el actual municipio que lleva su nombre, en los alrededores de Caracas.
[36] Los hermanos Francisco, Fernando y Juan José Rodríguez del Toro Ibarra.
[37] Los hermanos Mariano y Tomás Montilla.
[38] Se refiere a las sesiones del Congreso que se efectuaron del 1ro al 5 de julio de 1811 en el Seminario Tridentino Santa Rosa de Lima en Caracas. Allí tuvo lugar la proclamación de la denominada Primera República de Venezuela, y la declaración de los derechos populares y la independencia.
[39] Ciudad del estado de Lara, Venezuela.
[40] Ciudad del estado de Lara, Venezuela.
[41] Capital del estado de Cojedes, Venezuela.
[42] Iglesia de san Jacinto. Formó parte del convento dominico creado en Caracas en 1595. Pasó a ser administrado por el gobierno colonial en 1660, al ser obligada la Orden a abandonar Venezuela. Quedó casi destruida por el terremoto del 26 de marzo de 1812 y solo la torre se mantuvo en pie, hasta el presente. (OCEC, t. 17, p. 459).
[43] Esta idea se reitera en varios textos de Martí de forma más o menos similar:
“[…] y lamentos—como con alas salían de entre las piedras de San Jacinto—que se abrían—y teñido en sangre veía un pilar enhiesto, y por entre las grietas de la hambrienta tierra, veía senos de fuego, y rastreando por aquellos muros, cual si se propusiese retar desde lo más alto de la catástrofe tremenda a la naturaleza; veía al fin a nuestro Padre común, enjuto de ira el rostro, crispando la elegante mano, como para empuñar en ella el fuego de la tierra;—que no parece sino que para que tan alta criatura fuese dada a luz, hubiera sido necesario que la tierra toda sufriere extraordinario dolor de alumbramiento”. (JM: “[Fragmentos del discurso pronunciado en el Club del Comercio]. Primera versión”, Caracas, el 21 de marzo de 1881, OCEC, t. 8, p. 34).
“¿Quién que le ve surgir, en la hora espantosa del terremoto de Caracas, de entre las grietas humeantes de la Iglesia desmoronada de San Jacinto, resplandeciéndole en el rostro el Sol que en aquella hora faltó en el cielo,—desnudo el pecho endeble, enseñando a la Naturaleza, sacudida en daño de la República sus puños cerrados, olvida al mancebo radioso que, silencioso como todos los nativos, aparecía a modo de pedestal, sobre las ruinas, como si hubiera sido necesario, para un hijo tal de la tierra, que se abrieran los senos materiales de tan tremendo y fragoroso modo? (JM: “[Fragmentos relacionados con el discurso sobre Bolívar, el 24 de julio de 1883]”, OCEC, t. 17, p. 298).
“[…] Hidalgo, de un vuelo de la sotana, y Bolívar, de un rayo de los ojos, y San Martín, de un puñetazo en los Andes, sacudían, del Bravo al Quinto, el continente que despertó llamando a guerra con el terremoto, y cuajó el aire en lanzas, y a los potros de las llanuras les puso alas en los ijares”. (JM: “Antonio Bachiller y Morales”, El Avisador Hispanoamericano, Nueva York, 24 de enero de 1889, OC, t. 5, p. 144).
“[…] en Venezuela, donde acababa de enseñarse al mundo, desmelenado y en pie sobre las ruinas del templo de San Jacinto, el creador, Bolívar. Reventaba la cólera de América, y daba a luz, entre escombros encendidos, al que había de vengarla”. (JM: “Heredia”, El Avisador Hispanoamericano, suplemento al no. 176, Nueva York, 3 de diciembre de 1889, OC, t. 5, p. 167).
“Surge Bolívar, con su cohorte de astros. Los volcanes, sacudiendo los flancos con estruendo, lo aclaman y publican”. (JM: “Madre América”, discurso en la velada artístico-literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, Nueva York, 19 de diciembre de 1889 OC, t. 6, p. 138).
[44] Tachado a continuación, al dorso de la hoja: “dinario dolor de alumbramiento”.
[45] Aquí se interrumpe el manuscrito. En el Cuaderno de Apuntes no. 7 aparece el siguiente texto, obviamente un esquema de los temas del discurso:
Am:—surge potentísima: toda se abre: ¡qué concierto! qué fragor! qué hervor! qué seno de alba! qué júbilo! Gran canto brillante a la Naturaleza!—A quien espera: al trabajo:—su esposo.—Pintar el consorcio. Luego abiertos los ojos: que Miro?—La Am. de hoy.—Fin del disc.
Véase, además, esta expresión para aludir a la dominación colonial española en América, en Guatemala, México, 1878, OCEC, t. 5, p. 254; “[Apuntes para las conferencias sobre América]”, La Habana, 1879, OCEC, t. 6, p. 87; “[Fragmentos del discurso pronunciado en el Club del Comercio]”. Primera versión, ob. cit., p. 35; y “La América Central” (traducción), OCEC, t. 13, p. 178. (N. del E. del sitio web).
[46] Puede consultarse también en De la historia a las letras. Bolívar por Martí. Antología crítica, introducción, selección y notas de Lourdes Ocampo Andina, La Habana, Centro de Estudios Martianos, y Ediciones Boloña, 2012, pp. 34-50. Según la autora el texto “ha sido sometido a un posterior cotejo, por lo que las notas varían y se han añadido algunas”. (N. del E. del sitio web).

