DON MIGUEL PEÑA
...continuación 4
Inicio
[1]
Así, con aquella palabra diestra y lisa, semejante a extendida llanura, cercada de altos montes, de los cuales cayera sobre el llano inesperadamente la hueste enemiga, el batallante Peña,―que trueca par la labor desembarazada del Congreso,[53]
ya en 1830, la sujeta y oscura de su ministerio,―confunde, con grande honra suya, que ha de tenérsele en cuenta, a los que quieren hurtar a aquella Nueva Granada, que él no ama, un retazo de tierra que de derecho a Nueva Granada pertenece: como si en aquel pecho agitado no debiera extinguirse por completo aquella alma fecunda, en Vulcano templada y hecha a Encélado! Niégase a la ignominia de imponer al Gobierno bogotano la expulsión de Bolívar de tierra de Colombia. Alza fusta crujiente sobre los que pretenden dar carta de ciudad en el nuevo pueblo a los que intentaron manchar con su sangre ilustre el pueblo vecino. Siéntase como presidente, al lado de Picón,[54]
que aún vive. Cerca de él bullen, Vargas,[55]
que lo auxilia; Yáñez,[56]
que observa; Gallegos,[57]
que calcula; Ayala,[58]
que condena; Ossio, a quien intrigas de gobierno arrebataron el palio arzobispal; Ángel Quintero, ávido de adueñarse del ánimo de Páez, y voceador famoso; Manuel Quintero, que había de amparar más tarde el honor de la República; Mariño, arrebatado y desprendido; y Tovar, respetado, y Michelena,[59]
íntegro.
Y firma luego, como en Cúcuta, la primera Constitución de Colombia, la primera de Venezuela en Valencia.[60]
¡Y también firma, rompiendo así el que venía a ser hermoso título suyo al póstumo respeto,―a trueque de un influjo que no vale jamás el decoro a cuya costa se le adquiere comúnmente,―la proscripción de Bolívar de Colombia, y la clausura de sus hogares para sus servidores,―aquellos dos decretos que él flageló con su palabra hermosa, y que suscribe ahora con tranquila mano, sacrificando al propio encumbramiento el placer fiero de amar a la desgracia, y respetar a los vencidos! ¡Oh! qué airosa figura, clavando entonces en el papel rebelde la pluma avergonzada: o en su pecho aquel elegante puñalito, de cabo y contera de bruñida plata, que fue siempre en aquellos días de lidia y susto, su compañero en el Senado!
Así se va extinguiendo, con su capacidad para la grandeza, aquella vida que comienza en monte y termina en llano. Para amoldarse a los tiempos tuvo siempre aptitud maravillosa, y era de aquellas raras naturalezas que tenían en igual suma la dote de destruir y la de cimentar. Ya para 1831, él es el Presidente del Senado, que no sabe cómo entenderse con la vecina Nueva Granada; esquiva a Páez, que de él se esquiva; declarada, después de formidable lucha con Ángel Quintero, capital a Caracas, acompaña a su jefe hasta las puertas de aquella Valencia que entrañablemente ama; y no va más allá, y Páez lo dice, “porque él es como el gato, que acompaña a su amo hasta la puerta de su casa”. Nuevos dueños va a tener Caracas; de Valencia, él es dueño. En su casa, allá en el barrio viejo de la Candelaria, al caer de la tarde, al amor de aquellas copiosas enredaderas que dan sombra a su comedor elegante y afamado, bosquéjanse ternas para puestos públicos, viértense noticias, recíbense inspiraciones, escúchansele cuentos incisivos, detiénense sus oyentes asombrados de la profundidad de su juicio, de la gracia de su frase, de su ciencia de los hombres y de la energía de su infatigable pensamiento. Vese en él cómo el vivir de prisa, y no rehuir los halagos de la vida, ni ordenar sus hábitos, merman presto el cuerpo. Del trabajo, su reposo es el trabajo. De hacer la historia, descansa en leerla. Era de verle en aquellas conventuales noches, cercado de veneradores contertulios, habituados a hallar en él, en casos arduos, remedio a los achaques públicos; sentado, en su cuarto de escribir, ante aquella amplia mesa, sobre la cual, en orden riguroso y en imagen fiel de su cerebro vasto, casa extensa de tanta idea precisa, campeaban entre escasos libros, abundantes papeles,―y acá un voto, y allá un manifiesto, y allá una carta, y por entre todo, esperando el tajo diestro de su mano firme, un haz de blancas plumas, esponjeadas y como orgullosas de quien había de manejarlas. Era de ver cómo leía, con claridad extrema y con su voz reposada y distinta, encumbramientos y derrumbes de hombres y de pueblos, y mudanzas y lides de naciones, y sucesos enormes y pequeños; en lo que habían placer muy grande sus oyentes, y mayor cuando dejaba el libro de las manos, y fijando en ellos su mirada ahondadora, y sacando de la tumultuosa época en que había vivido, y de la misma en que vivía, enseñanzas y símiles― vestía, con animado comentario, el relato huesoso; o esclarecía, con deslumbrante crítica, el viejo caso oscuro.
Era dado al fausto, y en su mesa, espléndido; y no había en las casas valencianas, ni más muelle sofá de negra cerda, ni sillas más costosas, ni más robusta mesa de su fanal colgante coronada: ni cuadros más valiosos que aquellos de la independencia norteamericana, que en sus trabajados marcos de oro eran adorno de su hermosa sala.
De sus adversarios muy temido; de los valencianos muy amado; de los amigos de las cosas viejas, visto como un atleta de las nuevas; dotado de áspera entereza en el carácter y de blandura sorprendente en el talento; nacido a dirigir, por ingénita valía,―y a gobernar, porque sabía plegarse; grande primero, pequeño algunas veces, hábil, apasionado y elocuente siempre,―murió al cabo, en el crepúsculo de aquella guerra fúlgida, que habrá de ser perpetua admiración de los humanos, aquel letrado brioso que se había rebelado contra un trono, dado vida y muerte a una República y cercenado de sus ruinas otra.
Revista Venezolana, Caracas, 1ro de julio de 1881.
Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2003, t. 8, pp. 59-76.[61]

