Aguja de marear
EL LENTO NACIMIENTO DE MARTÍ
Mañana, día natal de Martí, llegamos al ciento cuatro aniversario. En términos humanos, es casi la duración de una vida bien vivida. Aún respiran muchos que le conocieron. No es posible, pues, en valores de historia, de fusión de edades, generaciones y tiempos, que tengamos nacido de veras al Martí de leyenda entera, al pleno y completo Martí que se sueña. El Apóstol es una anticipación, un programa. Será un día, pero no puede ser todavía. Con lentitud va naciendo, penosísimamente, entre caídas y resurrecciones, sumergiéndose en sombras o irisando bajo la luz, va y viene por el cuerpo de la férvida, fea, humana historia de todos los días. A veces no se adivina por ningún trazo que esta tierra fuera la cuna de un sol como él. Pero entre la urdimbre de los episodios, entre la maraña de fragmentos que no permiten reconocer la historia como un todo, rastrea con su fuerte y hundida uña de luz el espíritu de Martí. Como si un prisionero, en el fondo de su cueva, incrustase en la piedra, con el dedo de diamante un trillo por donde puedan buscarle quienes quieran hallarle y llevarle a la luz, Martí trabaja en lo hondo, en la materia misma de la tela histórica que vamos tejiendo y que nos va haciendo y deshaciendo. Está en lo interior, no aflora, no se le ve, pero se le presiente en vela, en juicio silencioso, hecho una conciencia tácita, un tribunal perpetuo. Pide cuentas en silencio, examina todo, asiste al dolor y al triunfo, recrimina o aplaude, y espera. En esta presencia soterrada, que a nadie engaña, aunque de ella se vuelvan los ojos como en fuga de un juez inexorable, está la semilla de su nacimiento. Ya a Martí no se le puede apartar de la conciencia cubana —de la conciencia lúcida o irracional del cubano— y más presente y vivo, flagelador y ardiente está cuanto mayor es el descarrío y más turbada la corriente de su ensueño. Si la República cabecea y descabalga de la grandeza, echándose a beber en lo turbio, el Maestro se recoge a mayor oscuridad, pero desborda en dureza, en admonición callada, en grito audible solo para la desnuda soledad y la sincera confesión. Cuando uno de los suyos triunfa, él está presente; cuando fracasa y sufre, él le asiste; se llena de fatigas para salvarle el rumbo a la patria si zozobra; si no cae más bajo al echarse a rodar la obra de su alma, es porque él con sus manos de acero y seda la contiene al borde del abismo; si de entre sus dolores y tropiezos se reincorpora y sigue, es porque él, como Cristo a Lázaro, le dicta a tiempo la palabra de resurrección. Que se le vea de cuerpo entero, evidente y total en los actos y en las ideas, será su nacimiento; que solo se le adivine como un misterio detrás de todo hecho, como una profundidad debajo de toda superficie, es su lento nacer… Martí es la anticipación de la grandeza. El programa de una maravillosa y casi sobrehumana realidad.
Tomado del Diario de la Marina, La Habana, domingo, 27 de enero de 1957, p. 2-D.

