BÉCQUER O LA LEVE BRUMA

(Fragmento)

... continuación 2

     Recuerdo de niña una libreta de pasta española, que aún conservo, donde tenía copiadas mi madre, con cuidadosa letra morada, las Rimas de Bécquer. “Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía…” Recuerdo que antes de comprender del todo de qué se trataba, me seducía aquella cadencia larga, interminable. Bécquer abría el arpegio al punto de cubrir todo el teclado (“cadencias que el aire dilata en las sombras”). Hablaba de un himno “gigante y extraño” que luego uno no oía, o el himno era la promesa enorme que no llegaba, cuyo dador se ocultaba en las sombras. Algunos versos aislados eran como fragmentos de otro poema que no era el que leíamos, adivinaciones superiores a él, hallazgo de acento y alma:

¿Será verdad que, huésped de las nieblas…

     Recordaría las palabras que prologan su obra al leer, años más tarde, el Gaspar de la noche de Aloysius Bertrand.[6] En la misma libreta mi madre había copiado “Doloras” de Campoamor, humoradas de Bartrina,[7] versos de Rueda,[8] pensamientos de Núñez de Arce. Pero Bécquer descollaba solitario con sus versos hechos de materias fluidas: aromas, ondas, ráfagas, centellas de luz. Bécquer, “muerto en pie”, “huésped de las nieblas”, no acertaba todavía a mostrársenos del todo a través de sus humildes, inmortales Rimas. Fue Juan Ramón Jiménez el que nos dio años después otro Bécquer, otra manera de leerlo. Hasta las Pastorales de Juan Ramón no se nos iluminaría ese Bécquer casi machadiano:

Sobre el corazón la mano
he puesto porque no suene
su latido y de la noche
turbe la calma solemne

     Volvíamos a ver el balcón, sin golondrinas viudas, de Bécquer, en los romances idílicos de Juan Ramón:

En el balcón un momento
nos quedamos los dos solos…

     Juan Ramón, al decantar a Bécquer, nos descubrió lo esencial de él, lo que tenían sus versos de esbeltez plata, de piedra y fuente andaluzas. El último romántico ya se nos aparecía como el primero de ellos. Bécquer surge cuando el romanticismo estaba de capa caída, pero con esa misma capa se cubre, y lo echa a andar.

     Su vida, la más real, es la que está en sus versos. Si nos ponemos a consultar libros van a aparecer hechos ciertos pero innecesarios, va a resultar que se llamaba Gustavo Adolfo Domínguez y no Gustavo Adolfo Bécquer. Gran error de la realidad. Porque desde luego que Bécquer y no Domínguez, que este es su primer apellido y no el segundo. Los biógrafos nos dirán que la familia Bécquer era de procedencia flamenca, desilusionándonos en nuestra esperanza de encontrarle ancestros árabes. Andaluz por varias generaciones, no era necesario que tuviese ancestros árabes para estar penetrado de esta cultura que allí se respira en el aire. Pero ¿cómo evitar que la imaginación se nos vaya a Abú-Bécquer, yerno de Mahoma, que reinó dos años a su muerte y compiló el Corán, código de leyes y costumbres musulmanas, en amplios versículos? Cuando Bécquer nos confiesa cómo buscaba ante todo la virginidad de los sentimientos y las cosas ¿cómo no recordar al que era llamado Padre de la Virgen, a Abú-Bécquer, por ser Aixa, su hija, la única esposa de Mahoma que lo era antes de su matrimonio con el Profeta? ¿No parece este rey árabe más relacionado con el mundo de Bécquer que esa noble, pero oscura familia flamenca? Para reconstruir la verdadera biografía de Bécquer habría que partir de realidades improbables, de atisbos incompletos, de deseos y fantasmagorías, ya que en ellos vivió más intensamente que en la casa de hospedaje madrileño de doña Soledad, del mismo modo que para contar la vida de Don Quijote hay que partir, más que del ama o la sobrina, de la imaginaria Melisenda o del encantador Merlín.

     Pero hay datos esenciales, como el saber que fue huérfano de padre y madre de sus cinco a sus seis años, pues este sentimiento de orfandad sí es fundamental para entenderlo. Bécquer surge de este desgarrón inicial, de esta ausencia de la mediación paterna y materna con el mundo, que oscurece sus inicios y hace incierto su sentimiento del fin. Miguel Ángel decía que su escultura había nacido de los fragmentos desenterrados de las estatuas griegas. Por esta rotura se introdujo nada menos que el tiempo en la apacible eternidad toda presente de la estatuaria griega. Por esos miembros desgarrados se filtró la sangre del tiempo. En algún Descendimiento o Piedad últimos de Miguel Ángel se deja ver el cuerpo de Cristo casi como el de un centauro dislocado de hombre y Dios, y la galería de esclavos que precede al David libérrimo está todavía como a medio salir del génesis de la piedra, contando la hazaña de ese tránsito, de ese parto del hombre, dificilísimo, hazaña del dolor. Bécquer, no obstante ser un artista que en apariencia nada tiene en común con Miguel Ángel, parte igualmente de lo fragmentario, su poesía está rodeada de no sé qué atmósfera trágica, dolorosa, de no se sabe qué cataclismo inicial, qué pérdida.

     Sus mismas Rimas, las que conocemos, son los “poemas que se recuerdan de un libro perdido”. El original se perdió. Lo que quedó de “El libro de los gorriones”, lindo título humilde, fue poco, Bécquer lo perdió todo, sus padres, sus versos, la herencia de que pudo haber gozado, de haber permanecido a la sombra del hogar sevillano de su madrina, doña Mariana Monahay, para ir, siguiendo a sus compañeros de bohemia, a Madrid.  Allá, por último, perdedor también en amores, acabó por perder la salud, de la que cuidaba tan poco como de todo lo demás. Se conserva, de su puño y letra, una cuenta donde distribuye los ilusorios dineros que pensaba sacar de la edición de sus poesías en Madrid. En la línea superior se lee: “60 000 reales. Obras de caridad”. En su cuarto pobre de Madrid, donde solo tenía un catre, unas sillas de Vitoria, un baúl, y una mesita la clásica palmatoria macilenta, piensa, más que en comer, en esbozar su magno proyecto de la Historia de los templos de España, que realizó solo fragmentariamente. Sus paisajes son siempre de ruinas, pero en ellas crece siempre alguna enredadora con humilde sol andaluz. Él fue así también, altivo y modesto. Murió joven.

     ¿Qué es lo que añade Bécquer a la poesía española? Si el verso neoclásico resultaba formal, frío, académico, el romántico pecaba por todo lo contrario, era excesivo y difuso. El hallazgo de Bécquer fue el equilibrio de una gran vaguedad y una gran precisión. Al sacudimiento extraño acerraba en su mejor fórmula: “cadencia y número”. La sonoridad becqueriana se da como dentro de una bóveda cerrada, cámara de ecos, nave húmeda y vacía. No es la declamatoria, hinchada sonoridad romántica. La frase no deja oír aislada su sola línea melódica, sino que se funde a su propia resonancia, a su propio eco innumerablemente repetido. Zorrilla era altisonante; Bécquer, resonante. El eco nos descubre la amplitud de la bóveda. Ya vimos cómo invierte casi siempre el orden lógico de la frase, cómo el complemento circunstancial precede, acorrala. El arpa no está en el ángulo oscuro del salón sino “Del salón en el ángulo oscuro…” (Oigamos sus graves de violonchelo: “De la casa en hombros lleváronla al templo.”

     ¿Cuántos giros, como de grandes aves, de las palabras, de llegar a fijarse en su asunto central, antes de escribir una figura o apoderarse de un tema! En “La rosa de pasión”, primero nos describirá el dédalo de las calles, la torre morisca, la habitación miserable, y solo por último al protagonista, al judío Daniel Leví, lívido chispazo entre las sombras, como en algún cuadro de Rembrandt. Y aún más al fondo estará la mujer, estará la hermosura, siempre detrás de las nieblas. Y la imagen huidiza se desvanecerá al tratar de asirla: este tema reaparecerá mil veces en las leyendas de Bécquer, donde nunca se describe entera a la figura femenina: son unos ojos que lo miran a través de la persiana entreabierta y luego desaparecen (“Tres fechas”), una voz de no se sabe dónde que lo llama (“La voz del silencio”), una mano de mujer que esconde una venganza (“La promesa”), rostros apenas entrevistos, velados como los rostros de las moras, mujer fantasma, mitad realidad y mitad sueño, que siempre preferirá a la verdadera (“Yo soy un sueño, un imposible…” “Oh, ven, ven tú”).

     Es como si la posesión para él entrañase la muerte y por eso buscase dilatar infinitamente el deseo, situar su objeto en un más allá incesante. Es así como se relaciona el tema de la incompletez de lo real y el de la infinitud de la búsqueda. Si lo primero evoca, en su rechazo de las formas cerradas, el mundo del arabesco, si se puede hablar de la frase-arabesco en Bécquer; lo segundo nos remite al mundo microtonal de la música árabe, a esa gama infinita de modulaciones que se tiende entre los tonos enteros, angustiosamente, como un separador abismo. Las nupcias con el presente se han roto, y las Rimas son la historia de ese idilio roto, oscilan entre el pasado y el futuro, entre el “volverán” y el “no volverán”. Bécquer huye del presente, de su luz dolorosa, y, como el ladrón de Las mil y una noches, con su palabra talismán golpea la roca, nos hace entrar en la cueva enjoyada, la caverna interior donde la realidad ya no lo hiere y solo esplenden las riquezas subterráneas, “los extravagantes hijos de mi fantasía”. Allí están los “tenebrosos rincones” pero también el mundo de los sueños. Bécquer nos lleva hacia ese recinto sin luz o con luz de mina, saltándose el presente, yendo de lo futuro a lo pasado, de afuera a adentro como el espejo, de derecha a izquierda como la escritura árabe.

     “Hay por Sevilla [escribe Juan Ramón Jiménez], un jirón de niebla que el sol más claro no acierta a disipar. Se va de un lado a otro, pero nunca se quita; algo así como esas estrellas que ven ante sí los ojos confusos. Es Bécquer. ¿Es Bécquer? ¡Es Bécquer!”[9]

Fina García Marruz

[Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, enero-abril de 1971, pp. 87-143. Publicado en Separata].

Tomado de Fina García Marruz: Hablar de la poesía, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1986, pp. 9-17.


 

Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[6] Aloysius Bertrand (1807-1841).

[7] Joaquín Bartrina (1850-1880).

[8] Salvador Rueda (1857-1933).

[9] Juan Ramón Jiménez: Por el cristal amarillo, Madrid, Aguilar, 1961, p. 324.