El último filósofo de Frankfurt

En este momento estás viendo El último filósofo de Frankfurt

La muerte de Jürgen Habermas, acaecida hoy a los noventa y seis años, cierra con la solemnidad discreta de los finales de época el capítulo más fecundo de la filosofía alemana contemporánea. Habermas era el último superviviente de esa constelación intelectual que, con justicia, llamamos Escuela de Frankfurt, y su desaparición nos obliga a contemplar, de una vez, el edificio completo: desde los cimientos levantados por Horkheimer y Adorno en los años sombríos del exilio, hasta esta última planta, luminosa y ambiciosa, que él mismo construyó durante más de siete décadas de trabajo ininterrumpido.

     Pensar la Escuela de Frankfurt es pensar el siglo xx en toda su densidad trágica. Nacida al calor de la República de Weimar y madurada en la resistencia al nazismo, supo diagnosticar las patologías de la modernidad: la conversión de la razón en instrumento de dominación, la industria cultural como fábrica de conciencias dóciles, el positivismo como nueva servidumbre voluntaria. Pero lo que distingue a esta tradición es su tenaz negativa a la desesperación. Porque si Horkheimer y Adorno, en la «Dialéctica de la Ilustración», nos mostraron cómo la razón podía envenenarse a sí misma, Habermas dedicó su vida a demostrar que ese mismo veneno contenía también su antídoto.

     La jugada de Habermas consistió en desplazar el eje de la filosofía. De la conciencia solitaria del sujeto cartesiano, ese yo que piensa encerrado en su gabinete, pasó al espacio abierto y frágil del diálogo entre personas. No hay verdad, vino a decirnos, que pueda constituirse en la soledad. La razón no es un patrimonio individual, sino un acontecimiento que ocurre entre nosotros, en el tejido vivo de la comunicación. De esta intuición germinal brota su ética del discurso. Una propuesta tan sobria como exigente que sostiene que una norma solo puede considerarse válida cuando todos los posibles afectados por ella podrían prestarle su asentimiento en condiciones de libre discusión. Es la democracia llevada a su entraña más íntima. Aquella que vive de la conversación incesante donde solo vence la fuerza del mejor argumento, nunca la del poder.

     Pero ningún edificio teórico de esta envergadura se levanta sin sombras, sin juntas ciegas, sin espacios que la crítica posterior se encargará de señalar. El pensamiento de Habermas, tan atento al consenso y a las condiciones ideales del diálogo, ha recibido objeciones sustantivas que merecen ser mencionadas como prueba de su fecundidad, pues un pensamiento que no genera réplicas es un pensamiento muerto. Quizá la crítica más incisiva provenga de quienes, desde dentro de la propia tradición frankfurtiana, consideran que su arquitectura conceptual descansa en dicotomías demasiado rígidas.

     Su discípulo y sucesor Axel Honneth ha señalado que la tajante separación entre «sistema» (v.gr. los ámbitos regidos por el dinero y el poder, como la economía y la administración) y «mundo de la vida» (v.gr. el espacio de las relaciones cotidianas y la comunicación) impide comprender cómo las experiencias de reconocimiento, o su negación, atraviesan ambas esferas. Otra objeción de calado procede de la filósofa Adela Cortina, quien, sin abandonar el horizonte dialógico, advierte que el procedimentalismo habermasiano, esa confianza en que las reglas del debate bastan para garantizar la corrección moral, descuida la dimensión afectiva y corporal del encuentro con el otro.

     Además, vivimos tiempos que parecen diseñados para refutar su esperanza. El espacio público, esa ágora virtual donde Habermas depositó tantas expectativas, se ha fragmentado en cámaras de eco donde cada cual escucha solamente la confirmación de sus propios prejuicios. El diálogo cede ante el grito; el argumento, ante el algoritmo. La democracia, que él concibió como la forma política adecuada para una sociedad de ciudadanos libres e iguales, se resquebraja bajo el embate de nuevos autoritarismos que hablan el viejo lenguaje de la sangre y la tierra. En este paisaje de ruinas comunicativas, su filosofía adquiere una actualidad paradójica y urgente. Es necesario superar la descripción de lo que somos, para abordar la memoria de lo que podríamos llegar a ser.

     Por eso, escribir hoy sobre Habermas no puede ser un mero ejercicio necrológico. Es, más bien, un acto de resistencia. Su pensamiento nos recuerda que la verdad es un hallazgo compartido; que la libertad consiste en participar en las decisiones que configuran nuestra vida común; que la política, cuando abdica de la argumentación, degenera en mera administración de la violencia. En un mundo que premia la velocidad sobre la reflexión, la certeza sobre la duda, la afirmación estridente sobre la pregunta cautelosa, Habermas sigue siendo esa voz pausada que nos invita a sentarnos a la mesa y hablar.

     Ahora que la muerte lo ha incorporado a la historia de la filosofía que él mismo contribuyó a escribir, podemos ver con mayor nitidez la silueta de su legado. Habermas fue, sí, el último de Frankfurt. Pero los últimos, en ocasiones, tienen el privilegio de señalar el camino. Nos deja un instrumental teórico para diagnosticar nuestras enfermedades colectivas y, sobre todo, una confianza inquebrantable en la capacidad humana para entenderse mediante la palabra. En tiempos de sordociegos voluntarios, esa confianza tiene algo de luz. Nos toca a nosotros decidir si queremos seguir habitándola o si preferimos, por comodidad o por hastío, apagarla definitivamente.