«En mitad del invierno, aprendía por fin que había en mí un verano invencible».
(Retorno a Tipasa)
I.
Esta sentencia de Camus resuena hoy como una provocación casi obscena. El invierno del que hablamos no es ya metáfora; es el corte de luz que dura catorce horas, es la imposibilidad de imaginar el futuro, son las bombas cayendo en tres continentes, es la intemperie real y simbólica que padecen millones. En Cuba, en gran parte del mundo, la precariedad no es una categoría abstracta, filosófica; es una experiencia cotidiana que carcome los huesos. Y entonces alguien se atreve a preguntar, ¿qué sentido tiene el arte aquí? ¿Quién busca la belleza en este paisaje de escombros?
Las preguntas mismas delatan una falacia. El arte entendido como lujo, como adorno, como actividad para tiempos sobrados. Este prejuicio tiene nombre propio y figura mitológica. Es la torre de marfil, esa construcción imaginaria donde el creador, y por extensión también el espectador, se refugia para no ver. Fue el poeta decadentista Théophile Gautier quien acuñó la expresión l’art pour l’art, el arte por el arte, como si la creación pudiera sustraerse del mundo, como si la belleza fuera una burbuja impenetrable al dolor. La historia se ha encargado de mostrar la ironía. Cuando las torres de marfil se derrumban (y siempre se derrumban) dentro no hay más que esqueletos.
Mas el error simétrico es igualmente peligroso. Creer que el arte debe limitarse a reflejar la desolación, que toda belleza es una mentira piadosa, que la única estética legítima en tiempos de crisis es la del grito, la herida, el documento. Esta posición, que podríamos llamar inmanentismo estético, confunde lucidez con nihilismo y termina por clausurar cualquier posibilidad de trascendencia. No se trata de elegir entre la torre y el lodo. Se trata de preguntarnos si la belleza puede y debe ser una forma de estar en el mundo, sin huida, transformando la mirada.
II.
Para pensar esta cuestión, evoco a Perséfone, esa diosa que no pudo elegir entre el mundo de arriba y el mundo de abajo porque su destino era habitar ambos. Hija de Deméter, diosa de la agricultura y la fertilidad, la Proserpina romana fue raptada por Hades y llevada al inframundo. Desde entonces, pasa una tercera parte del año con los muertos y dos tercios con los vivos. Cuando regresa, la tierra florece; cuando desciende, todo se marchita.
Perséfone es la única divinidad que conoce ambos reinos. No es una diosa del escape ni del olvido; es la que lleva en sus ojos la memoria de la oscuridad mientras camina entre las flores. Su belleza no es ingenua pues sabe de qué está hecha la sombra. Tampoco es una belleza desesperanzada porque cuando emerge, la primavera regresa porque ella quiere que regrese.
Esta es, propongo, la imagen del arte que necesitamos. Más que un refugio contra el inframundo, una mirada que viene del infierno y decide ver la luz sin negar la herida. El arte como Perséfone ha de habitar ambos mundos, ser el puente, recordar que lo bello no es lo que ignora la muerte, es lo que la contempla y, aun así, florece.
III.
Sabemos que el arte puede ser opio, puede ser esa película escapista que nos hace olvidar por dos horas que el mundo se quema. Eso es la torre de marfil revisitada. No ya un lugar físico, sino una operación que separa la experiencia estética de la experiencia vital, que convierte el museo en un recinto sagrado donde no entra el polvo de la calle.
Pero la alienación no se combate simplemente renunciando a la belleza. Se combate manteniendo la tensión. Ni belleza que ignore el horror, ni el horror que cancele toda posibilidad de belleza. Por eso Adorno pudo escribir, después de Auschwitz, que la única poesía posible era aquella que incorporaba el sufrimiento sin disolverlo en consuelo fácil. Y, sin embargo, no renunció a la poesía.
El arte no alienante, el arte que necesitamos en nuestra Cuba y en cualquier intemperie, es aquel que amplía nuestra percepción de lo real en lugar de reducirla. El ojo estético es un ojo que no se cierra. Mira la herida sí, pero también mira lo que la herida no ha podido matar. No es un ojo ingenuo; sabe que la herida duele. Pero tampoco es un ojo paralizado; sabe que, al mirar, ya está transformando.
IV.
Hay una palabra griega que designa el viaje al inframundo: katábasis. Todos los héroes clásicos, en algún momento, debieron descender. Odiseo baja a los infiernos para consultar a Tiresias; Eneas desciende guiado por la Sibila; Orfeo baja a buscar a Eurídice. Ninguno entra para quedarse. Bajan para volver, y el camino los transforma.
La búsqueda de la belleza verdadera es siempre una katábasis. Nos obliga a rebajarnos, a mirar lo que no queremos mirar, a reconocer la muerte, la pérdida, la precariedad. Pero si el arte fuera solo eso, sería equivalente al parte de guerra o al parte del apagón. Lo que distingue a la katábasis estética es que baja con los ojos abiertos y vuelve con una luz distinta.
En nuestra Cuba, eso significa asumir la escasez, no pintar realidades edulcoradas, no convertir la creación en propaganda, no hacer del arte un escape. Pero tampoco rendirse a la estética del colapso, y mucho menos exaltarlo a categoría mítica o heroica, a esa fascinación por la ruina que a veces confundimos con lucidez. Significa hacer obras que denuncien la escasez sin ser aplastadas por ella. Que miren el deterioro y, al mirarlo, encuentren algún resquicio por donde la vida todavía respira.
V.
Resulta urgente construir el oximorón necesario: la contemplación activa. La expresión es deliberadamente paradójica. Porque la tradición nos ha enseñado a separar. Contemplar sería pasivo, activo sería intervenir. Pero esta separación es falsa y además inútil. La contemplación estética genuina es la del que mira con tal intensidad que ya está actuando.
Contemplación activa es no ignorar la guerra, pero recordar que hay algo por lo que vale la pena no rendirse. Recordemos que el poder —cualquier poder, también el de la desesperanza— necesita que olvidemos que la vida puede ser digna. El arte que nos recuerda la dignidad de lo pequeño, la posibilidad de la ternura, la resistencia de la belleza cotidiana es un arte que sostiene y esto es la antítesis del arte evasivo.
VI.
¡Pero cuidado! Todo esto puede degenerar rápidamente en cursilería. Lo cursi es, precisamente, la belleza que se afirma negando el dolor, el sol que brilla sobre un paisaje que sabemos en llamas. Lo cursi es el final feliz impuesto, el consuelo barato, la imagen edulcorada.
La belleza que necesitamos no puede ser cursi porque no puede mentir. Debe llevar incorporada su propia negación, debe ser una belleza trágica en el sentido clásico, aquella que sabe de la muerte y aun así afirma la vida. Como las korés griegas, esas estatuas de muchachas que miran con una sonrisa leve que no es alegría ni tristeza, sino aceptación serena del misterio. Como la poesía de Vallejo, que habla del dolor con tal hondura que el dolor mismo se vuelve forma y, al volverse forma, se vuelve también pregunta y posibilidad.
En una conferencia de 1935, Walter Benjamin escribió que el fascismo estetizaba la política y que la respuesta debía ser politizar el arte. La formulación es brillante pero incompleta. No se trata de sustituir una estetización por otra. Se trata de entender que el arte tiene su propia política; esa que debe huir del manifiesto y del panfleto como de la peste, y cuyo fin esencial debe ser ampliar lo visible.
VII.
Orfeo, el poeta por excelencia, baja a los infiernos a buscar a Eurídice. Los dioses le permiten sacarla con una condición, no debe mirarla hasta haber salido completamente. Pero Orfeo mira. Y la pierde para siempre.
La tradición ha leído este mito como advertencia sobre la desobediencia o sobre los límites del amor. Pero hay otra lectura posible. Orfeo mira porque no puede no mirar. Es poeta, su oficio es la mirada. Si no mira, no es él. La tragedia no es que haya mirado, sino que su mirada, la mirada del arte, es siempre peligrosa. Puede petrificar, puede perder, puede destruir.
También puede salvar. Porque hay una manera de mirar que no es posesión ni control. Esa mirada que reconoce al otro en su alteridad, que no pretende atraparlo sino simplemente contemplarlo. Esa mirada es la que puede, tal vez, traer algo de luz al inframundo.
En nuestra Cuba y en cualquier intemperie, el arte tiene esa doble naturaleza. Puede ser, sí, la mirada que petrifica, que convierte el dolor en espectáculo, que nos acostumbra a la ruina, que naturaliza la desesperanza; pero, debe ser la mirada que ve sin aniquilar. La que sostiene en su complejidad el cansancio y la dignidad, la necesidad y la solución, la derrota y la esperanza.
VIII.
La frase acuñada por Dostoievski: «la belleza salvará al mundo», ha sido tantas veces repetida que hemos olvidado su verdad incómoda. El genio ruso no era un esteta. Sabía del mal, del dolor, de la degradación. Sus personajes son seres así, desgarrados, violentos, miserables. Y, sin embargo, en algún lugar de sus novelas, asoma esa posibilidad. Que la belleza entendida como forma verdadera pueda ser redención.
No se trata, entonces, de buscar consuelo en el arte. La palabra consuelo es demasiado pequeña. Se trata de entender que el arte es una forma de conocimiento. No solo de lo que somos, sino de lo que podríamos llegar a ser. En medio de la precariedad, el arte nos recuerda que la precariedad no es todo lo que somos. En medio de la desesperanza, nos da herramientas para imaginar otra cosa sin negar lo que duele.
Esto no es inmanentismo, no es quedarse en el barro; tampoco es escapismo, no es encerrarnos en la torre de marfil. Es trascendencia desde dentro de la historia, no fuera de ella. Es la posibilidad de mirar el mundo y, al mirarlo, encontrar en él (en sus grietas, en sus resistencias, en sus gestos mínimos) algo que merece ser afirmado. Algo por lo que vale la pena seguir.
IX.
Volvamos al principio. La pregunta era: ¿qué sentido tiene el arte y la búsqueda de la belleza en medio de una realidad tan hostil?
La respuesta, incómoda y necesaria, es que el arte tiene sentido precisamente porque la realidad es hostil. Si todo estuviera bien, si la vida fuera fácil, si no hubiera dolor, el arte sería efectivamente un lujo, un adorno, una actividad para ociosos. Pero porque hay herida, porque hay pérdida, porque hay muerte, necesitamos del arte. No para olvidar. Para recordar de otro modo. Para sostener lo que vale la pena sostener. Para ver lo que la desesperanza nos impide ver. Perséfone vuelve cada primavera. Lleva en sus ojos la penumbra del inframundo. Su mirada es la del arte verdadero. Ese que viene de la oscuridad y, aun así, florece.
El arte no nos salva de la realidad. Nos salva en la realidad. Nos enseña a mirar. Y tal vez, solo tal vez, esa mirada nueva sea el principio de toda transformación posible.

