Para Silvio Rodríguez
En el prólogo a El poema del Niágara del venezolano Juan Antonio Pérez-Bonalde, encontramos esta frase de José Martí:
“¿Quién no sabe que la lengua es jinete del pensamiento, y no su caballo?”
Esta pregunta suya, sea retórica o no, data de 1882, con lo cual se anticipa varias décadas a la hipótesis de Sapir y Whorf, que fueron oficialmente los primeros en postular que la lengua moldea al pensamiento, y que determina (o influye sobre) la cualidad de sus creaciones. De modo que es probable que estemos en presencia de uno de esos generosos quién-no-sabe, con que Martí trasegaba revelaciones que en su época sólo sabía él.
No podríamos soñar con adentrarnos en los meandros del relativismo lingüístico. Para bien o mal hemos olvidado casi todo lo que aprendimos en la universidad. Sólo subrayaremos que no es casual que tantos pensadores, del siglo xx en adelante, hayan hecho de la lengua el tema central de sus investigaciones; como tampoco es fortuito que el cubano de pensamiento más universal sea aquel que más hondo caló en las limitaciones de la palabra. En el mencionado prólogo, Martí llega a decir que “La imperfección de la lengua humana para expresar cabalmente los juicios, afectos y designios del hombre es una prueba perfecta y absoluta de la necesidad de una existencia venidera”.
No mucho después Miguel de Unamuno escribiría, también precursoramente, que: “La lengua no es la envoltura del pensamiento, sino el pensamiento mismo”.
La ciencia, en efecto, ha confirmado que la lengua configura nuestro cerebro –activa de un cierto modo sus regiones– y nos induce a mirar y entender el mundo con arreglo a ella. Eso que llaman el “genio de la lengua” posee un poder vasto y silencioso; es una influencia irresistible que llega a permearlo y a moldearlo todo. Las bóvedas románicas se dirían diseñadas para que en ellas resuene mejor el latín (magnam gloriam tuam). La rectilínea arquitectura de los mexicas parece reproducir sus aristas consonánticas (tlaticpac). La espiritualidad hindú está cifrada en los fascinantes trazos de su alfabeto común (devanágari), cuyo nombre significa “de la ciudad divina”.
El lenguaje condiciona la imaginación y la expresión. El idioma inglés, por ejemplo, es en principio más preciso que el español, pues está equipado de un vocabulario bastante más extenso, y por ello algunas de nuestras ambigüedades resultan intraducibles al inglés. Mas precisión no es lo mismo que sutileza, como viene a ilustrar el siguiente ejemplo: un alemán me dijo cierta vez que el español era muy sencillo, y la prueba era que él mismo había logrado aprenderlo con notable rapidez. Yo le contesté jovialmente que en alemán la palabra “sencillo” ni siquiera existía, pues en esa lengua, pese a su riqueza lexical, sólo podía decirse que algo era “simple”, o sea, que carecía de complejidad; mientras que en español “simple” puede llegar a ser lo contrario de sencillo. Véase esta peculiaridad en “Breve cacería de distingos”.
El arsenal de vocablos del español es mucho menos exhaustivo que el de las lenguas germánicas, pero pienso que justo por ello favorece un empleo más osado y sutil de sus recursos, resultando en una herramienta sorprendentemente adecuada para abordar aquello que parece difícil o imposible de expresar. La poesía, por lo general, es la encargada de hacerlo. Tomemos a dos poetas del siglo xix, Lord Byron y José Martí, como representantes del inglés y del español, a manera de ejemplo.
Byron, al inicio de un célebre soneto, escribe:
“She walks in beauty, like the night”
Y sería inútil buscar en español poderío y concisión equivalentes. Sentimos que no hay mejor modo de evocar a esa dama atemporal, que parece salida de la fiebre serena de Edgar Allan Poe. Algo quedó magistralmente expresado en ese verso, pero sin pedir nada nuevo o inusual al idioma. En otras palabras: la imagen evocada se hallaba en el terreno de lo expresable.
Veamos ahora unos versos del poema “Marzo” de Martí, donde ocurre lo opuesto y es la idea –la idea-imagen– lo que va creando, como un río de lava, el cauce de su propia expresión:
“Se oye a lo lejos galopar la nieve.
Batalla es el espacio. Perseguida
por el viento brutal, a mis ventanas
temblando llama y trémula, la lluvia”.
En nuestro acercamiento a las letras inglesas, hallamos una abundancia de joyas bienamadas, de cosas dichas con “las mejores palabras en el mejor orden posible”, según la definición de poesía que da Samuel T. Coleridge. Pero en la poesía en español hallamos algo que es acaso mejor: voces que se aventuran con entera naturalidad a expresar conceptos y emociones que no tienen nombre, misterios que parecían, a priori, no caber en palabras. Un ejemplo cercano sería esta canción de Silvio, tan honda y tan “sencilla”:
“Ya te estoy recordando, Rosana,
aunque no te hayas ido.
El lucero que brilla mañana,
es lo que te he querido”.
Es peligroso hacer generalizaciones (como esta), pues tienden a ser falsas. Pero pudiéramos sugerir que el inglés puede abordar con eficacia cualquier asunto bajo el sol, y nuestro español hispanoamericano resulta excelente para “hablar de cosas imposibles”, como diría Silvio, o para “la impulsión alegre hacia lo que desconocemos”, como dirían Cintio Vitier o Lezama.
Tuve ocasión de leer, por ejemplo, la conferencia de Lorca “Teoría y juego del duende” en una estupenda traducción inglesa. Intenté imaginar las resonancias que despertaría en un literato o lector anglófono, el descubrir aquel impensado mundo, aquel texto exuberante, lleno de deslumbramiento, de “cantidad hechizada”. Y una vez más pensé en cuán tremendamente subvalorada está la función de los traductores. ¿Nadie vé que a ellos corresponde el permitir al pensamiento cambiar de jinete, de abrevar a la cabalgadura innominada, de dar agua bendita al dominó de la literatura universal?
Cuando leí, deslumbrado, la novela Little, Big, de John Crowley, un clásico vivo del género fantástico, tuve la sospecha de que el autor de aquella saga familiar y feérica tuvo que haber leído, probablemente en inglés, Cien años de soledad. Por su parte, Gabriel García Márquez, contó en una entrevista que una de sus mayores influencias había sido Kafka (traducido). Porque al leer que Gregorio Samsa “despertó una mañana después de un sueño agitado, convertido en un monstruoso insecto”, se quedó estupefacto y se dijo: “Ah, ¿pero esto se puede hacer?” Y el resto, como suele decirse, es historia.
En contra de lo que han sugerido ciertos críticos, no nos parece angustiosa la dinámica de las influencias. Cuando los propios creadores hablan de esto, expresan más bien gratitud y entusiasmo. También es noble y delicioso descubrir cuando un autor rinde un delicado homenaje a sus lecturas más profundas. Como cuando Michael Ende conduce a un personaje, un trotamundos, a conversar sobre la naturaleza del destino “con el caballero ciego de la Biblioteca de Buenos Aires”.
La lengua es materia huidiza, pero materia al fin. Como tal se degrada, se desgasta, se rompe, y por las razones que sean, se corrompe; como también evoluciona, se renueva, resucita. En la actualidad, los oficios vinculados a ella se encuentran comparativamente deprimidos. Los frutos de la palabra mueven una fracción de la energía que antes movieran. El mundo de hoy afirma que una imagen vale más que mil palabras; y no es una mera frase: se concede literalmente mucho más valor a lo visual. No digo que lo visual carezca de ventajas específicas; la inmediatez, por ejemplo. Pero en una época en que la lengua (que es el jinete) está tan devaluada, ¿cuán lejos podrá llegar el pensamiento?
El tema principal de estas líneas –la relación entre la lengua, la expresión, y el pensar– resulta demasiado vasto. Válganos el refrán chino de que una sola cucharada contiene el sabor de la sopa. Mejor será callar discretamente, “viendo que aparece la mañana”, y dejarlo estar hasta la siguiente noche; quiero decir, artículo.

