El islam como memoria olvidada de occidente

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«Los hijos de Adán son miembros de un único
organismo; todos surgieron de la misma
esencia en la Creación. Y si uno de ellos sufre,
los demás no encontrarán paz. Si el dolor ajeno
no te conmueve, no mereces ser
llamado ser humano».

Sa’di.

     I.

No hay herejía más castigada por el espíritu de nuestro tiempo que la de afirmar que no entendemos algo. En el gran mercado de las ideas, confesar ignorancia es el único pecado que no tiene absolución. Preferimos la simulación al asombro, el titular a la pregunta. Y así, hablamos del Islam, de sus ramas, de sus líderes, de su doctrina, con la soltura de quien cree que nombrar es comprender. Sunnismo, chiísmo, Ayatolá, Hégira; todas palabras que caen en la conversación como monedas de un cuño que no acertamos a descifrar, pero cuyo valor de cambio nos parece suficiente.

     Frente al ruido de la actualidad, propongo una inmersión en la quietud de la historia, la geometría del arte y los misterios de la filosofía que este vasto mundo ha construido. Porque el Islam es más que una religión; es una mirada, un crisol donde se funden naciones, una estética que todavía hoy, sin que lo sepamos, palpita los pilares de nuestra propia cultura hispánica. Es, en definitiva, un mundo que nos habita, aunque nosotros hayamos olvidado su idioma.

     II.

     Para comprender el Islam desde sus fundamentos teológicos, conviene partir de la propia palabra que lo nombra. Islām deriva de la raíz árabe S-L-M, que remite a conceptos de paz, salvación y totalidad; aunque también, y fundamentalmente, a la idea de sumisión. Mas, no se trata, como a veces se malinterpreta, de una obediencia ciega y servil; es la aceptación consciente de que existe un orden superior al que el ser humano debe integrarse para alcanzar la paz auténtica. El creyente se somete a Dios porque tiene la seguridad de que así se pone a salvo. De la misma raíz, así, nacen islām y salām (paz); etimología que hoy olvidan tanto los poderes de occidente como muchos mahometanos.

     El núcleo de la doctrina islámica se articula en torno a la shahada o testimonio de fe: «No hay más dios que Alá (el Dios) y Mahoma es su profeta». Esta declaración, aparentemente simple, contiene una profunda carga teológica. Niega la existencia de poderes intermedios, de divinidades tutelares, de cualquier realidad que pueda competir con el Creador. Es un monoteísmo radical que, a diferencia del cristianismo, rechaza cualquier noción de encarnación o de hipóstasis divinas. Dios es absolutamente trascendente, inaprensible para los humanos, y solo puede ser conocido a través de la palabra revelada a su profeta.

     Esta concepción de Dios tiene consecuencias directas en la práctica religiosa. Los llamados «cinco pilares del Islam» (testimonio, oración, limosna, ayuno y peregrinación) son expresiones concretas de esa sumisión existencial. La oración (salat), realizada cinco veces al día orientada hacia La Meca, es un ejercicio constante de reorientación de la vida hacia su fundamento último. La limosna (zakat) purifica la riqueza y recuerda que todo pertenece a Dios. El ayuno de Ramadán inscribe en el cuerpo la experiencia de la dependencia y la gratuidad.

     Junto al Corán, la otra fuente fundamental es la Sunna, el conjunto de dichos y actos del profeta recogidos en los hadices. Mahoma no es, para los musulmanes, un ser divino, sino «el sello de los profetas», el último y definitivo mensajero de una larga tradición que incluye a Abraham, Moisés e incluso a Jesús. Esta concepción de la profecía como un hilo continuo sitúa al islam en la órbita de las religiones abrahámicas, pero con una diferencia crucial; lo que para judíos y cristianos es la Torá y la Biblia, para el Islam es preparación y anuncio de la revelación final y perfecta.

     III.

     La unidad esencial del mensaje islámico no ha impedido, sin embargo, el surgimiento de profundas divisiones internas. La más importante, la que separa suníes y chiíes, tiene su origen en una cuestión política que pronto adquirió dimensiones teológicas. Estamos en el 632 de la era cristiana y tras la muerte de Mahoma se debate su sucesión al frente de la umma, la comunidad de creyentes.

     Para los suníes, que hoy representan entre el 85 y el 90 por ciento de los musulmanes, el líder de la comunidad (califa) debía ser elegido entre los más capaces, siguiendo la costumbre tribal árabe. Para los chiíes (actualmente dominantes en Irán, Azerbaiyán, Irak, Baréin y el sur del Líbano), Mahoma había designado explícitamente a su primo y yerno Alí como sucesor, y el liderazgo debía permanecer en su descendencia. Lo que comenzó como una disputa sobre la legitimidad política se convirtió con el tiempo en dos concepciones diferentes de la autoridad religiosa. Para el chiísmo, los imames, que son descendientes de Alí, poseen una autoridad espiritual y un conocimiento esotérico que los sitúa más allá de la mera función política.

     Esta divergencia inicial se fue profundizando en aspectos teológicos y jurídicos. El chiísmo desarrolló una tradición de martirologio en torno a la figura de Husayn, el hijo de Alí, muerto en Karbala, que impregna su piedad de un pathos trágico ausente en el sunismo. También tendió a una interpretación más esotérica del Corán, buscando significados ocultos tras la letra. El sunismo, por su parte, enfatizó el consenso comunitario como fuente de autoridad y desarrolló cuatro escuelas jurídicas que, con diferencias menores, han regulado la vida de los musulmanes durante siglos.

     Es importante señalar que, más allá de estas diferencias, ambos grupos comparten los pilares fundamentales de la fe. Como suele decirse, los musulmanes son como los dedos de una mano, distintos pero unidos en la palma. Sin embargo, ignorar la especificidad de cada tradición conduce a esos análisis planos que la prensa suele ofrecer, donde «chií» y «suní» aparecen como etiquetas intercambiables de una misma realidad monolítica.

     IV.

     Reducir, no obstante, el Islam a una mera ortodoxia legalista sería un error. Su historia está atravesada por una veta de especulación filosófica que asombró a la Europa medieval. Si en Córdoba brillaba Averroes, en el Oriente persa la figura de Ibn Sina (Avicena) se alza como un coloso.

     Avicena es en sí mismo una aventura del pensamiento. En el siglo xi, este médico y filósofo se atrevió a conciliar la razón aristotélica con la teología islámica. Su argumento del «hombre volante», aquel experimento mental en el que pide a alguien imaginar que flota en el aire, sin sentidos, sin contacto con el mundo, es uno de los momentos más sutiles de la filosofía universal. Avicena demuestra que, incluso en esa soledad absoluta, el hombre seguiría teniendo certeza de su propio ser. El alma, nos dice, no necesita del cuerpo para saberse existente. Es una luz que se basta a sí misma.

     Esta defensa de la interioridad abre una puerta a la experiencia mística que poetas como Sa’di o Rumi transitarán después. Sa’di, enterrado en Shiraz, nos recuerda en su Gulistán (El jardín de las rosas) que la filosofía sin compasión es estéril. En sus versos, que tomamos como exergo, la ética se hace poesía. No es difícil escuchar en ella un eco del «prójimo» evangélico; lo que invita a pensar que las tradiciones religiosas, más allá de sus diferencias dogmáticas, confluyen en intuiciones morales comunes, y a recordar la fuerte influencia de las escrituras judías y la doctrina cristiana en la enseñanza Mahoma y sus sucesores.

     Sin embargo, también conviene recordar que esta tradición humanista no siempre fue la dominante. El pensamiento islámico, como toda obra humana, ha conocido épocas de apertura y períodos de cerrazón. La filosofía peripatética de Avicena fue combatida por teólogos como Al-Ghazali, quien en su «Incoherencia de los filósofos» defendía la primacía de la revelación sobre la razón. Este debate interno, que nunca se ha cerrado del todo, explica muchas de las tensiones que atraviesa el mundo islámico contemporáneo.

     V.

     Si la filosofía es el alma, la arquitectura es el rostro del Islam. Y pocos rostros son tan imponentes como el de las madrazas de Samarcanda. En la plaza del Registán, las escuelas coránicas de Ulugh Beg, Sher Dor y Tilla-Kari son libros escritos con azulejos. El azul turquesa que las cubre es una oración petrificada, un intento de traer el cielo a la tierra.

     En estas madrazas no solo se enseñaba el Corán. Se estudiaba matemáticas, astronomía, derecho. Eran universidades, faros de conocimiento en la Ruta de la Seda. Ulugh Beg, el nieto de Tamerlán, era más astrónomo que guerrero, y desde su observatorio midió el año estelar con una precisión que asombra a la ciencia moderna. Samarcanda nos recuerda que el islam fue durante siglos el puente entre la Antigüedad y el Renacimiento, el crisol donde se fundieron la razón griega y la sabiduría persa.

     Ese esplendor, sin embargo, se construyó sobre las ruinas de las culturas conquistadas y, a menudo, sobre la sangre de los disidentes; acciones tan comunes en la historia de la humanidad desde la dinastía Quin hasta Teotihuacán. Tamerlán, el mecenas de Ulugh Beg, fue uno de los conquistadores más brutales de la historia. La misma ciudad que albergaba la astronomía más avanzada acumulaba pirámides de calaveras de sus enemigos. Siempre, lamentablemente, el ser humano ha sido un ser de luces y sombras; que, como decía José Martí del sol, quema con la misma luz que calienta.

     VI.

     Para los hispanohablantes, la presencia del Islam no es algo lejano o exótico. Está inscrita en la piedra, en la lengua, en la música. La Alhambra es parte de nuestra memoria. Sus leones sostienen una fuente que ya no vierte agua, pero sus patios siguen siendo una lección de arquitectura, de cómo hacer del agua un elemento vivo.

     Durante ocho siglos, Al-Ándalus fue el escenario de una convivencia entre musulmanes, judíos y cristianos, a veces más tensa, a veces fructífera, nunca idílica. Allí, Averroes comentaba a Aristóteles mientras Maimónides escribía su «Guía de perplejos». La filosofía andalusí fue una reflexión original sobre el conflicto entre la fe y la razón.

     Esa presencia no desapareció en 1492. Los mudéjares siguieron imprimiendo su sello a palacios e incluso iglesias. Luego dejaron su huella en nuestras palabras (acequia, alcalde, azúcar, ojalá), en nuestros hábitos, en el mismo trazado de nuestros pueblos. El islam, en España e Hispanoamérica, no es un extraño; es un antepasado, un pariente del que no siempre nos acordarnos.

     VII.

     Hoy, cuando los titulares nos hablan de un choque de civilizaciones, de una irreconciliable diferencia entre el islam y occidente, conviene recordar esta herencia compartida. No para idealizar un pasado que también tuvo sus sombras, no para cerrar los ojos a los horrores del presente, sino para constatar que el diálogo es posible porque que ya ocurrió. La belleza de la Alhambra, la profundidad de Avicena, la luz de Samarcanda son prueba de que el islam no es la antítesis de nuestra civilización, es una de sus fuentes.

     Vivimos tiempos de definiciones férreas, de fronteras que se levantan entre naciones y entre corazones. Se nos dice que el islam es incompatible con «nuestros valores». Pero, ¿qué valores son esos si no incluyen la capacidad de comprender al que es diferente? El discurso que hoy alerta contra la presencia musulmana en occidente olvida que la historia es un tejido sin costuras, que no hay pureza cultural que no sea una ficción interesada.

     Esto no significa ignorar las dificultades reales. El mundo islámico contemporáneo enfrenta problemas graves, desde regímenes autoritarios que usan la religión para legitimarse e interpretaciones literalistas que niegan siglos de tradición hermenéutica hasta violencia y terrorismo ejercidos en nombre de Dios. Negar estas realidades sería tan poco serio como demonizar a más de mil millones de personas por las acciones de una minoría por muy poderosa e influyente que esta sea.

     El desafío no es asimilar al musulmán, es reconocer que su historia es también nuestra historia. Que Avicena nos pertenece tanto como Descartes. Que la poesía de Sa’di puede conmovernos tanto como la de San Juan de la Cruz. Que los mocárabes de Samarcanda son parte del patrimonio de la humanidad, y que la humanidad no es un club exclusivo, sino una mesa compartida donde todos tenemos algo que aprender, algo que perdonar y algo por lo cual pedir perdón.

     En una mezquita de Córdoba, convertida en catedral pero nunca derribada por quienes supieron ver belleza por encima de prejuicios, los turistas hacen cola para ver el bosque de columnas. Algunos miran al techo, otros al suelo. Pocos parecen preguntarse por el misterio de un lugar que fue dos veces sagrado y sigue siendo, sobre todo, un testimonio de que las culturas no se suceden unas a otras como olas que borran lo anterior, que más bien se superponen, se mezclan, se fecundan. El islam no necesita ser temido ni exaltado; necesita ser comprendido en su complejidad, con la misma atención con que se estudia un azulejo de la Alhambra, sabiendo que cada trazo es una palabra y que cada palabra encierra una historia que también es, de algún modo, nuestra.