II

EL TÍO Pedro trae a su nieto Pedro de la mano. Lo fue a buscar a la escuela y ha sido un amargo camino, porque al pequeño Pedro se le rompió la pizarra y, con insospechada fuerza de pulmones, no cesa de proclamarlo al mundo entero. Ya viene más tranquilo, ya se seca los ojos con el dorso de la mano.

     Pero a la entrada de la casa una vecina los ha sorprendido. Con el niño en brazos descubre regocijada que es igualito al Tío Pedro, quien procura sonreír como puede. El otro Pedro empieza a patalear y hay que bajarlo.

     Ya en la sala el Tío Pedro se sienta al nieto, que llora a grito tendido, en las piernas. Le cuenta cómo a él también se le rompió cierta vez la pizarra. Un grandullón tropezó con él y la pizarra se vino al suelo. El nieto lo mira incrédulo, porque el Tío Pedro piensa en otra cosa. Piensa en que a la verdad él es igualito a su nieto. “Y los pedazos negros estaban dentro del charco como otras tantas islas. Y en una había una hormiga que no sabía que hacerse, en aquella isla desierta. Yo tenía los zapatos rotos, el agua fría entró y me mojó las medias. Empecé a estornudar”. El Tío Pedro se sorprende dando detalles innecesarios. Pero el niño, más tranquilo, le dice sonriendo: “¿Tú lo viste?”. El Tío Pedro aparta los ojos a la ventana, donde comienza a llover de nuevo. Comprende asombrado que no estaba inventando nada. “Sí —dice, estremeciéndose con el frío del agua, que le cala las media a la vuelta de los años—, yo lo he visto”.

Eliseo Diego

Tomado de Divertimentos, dibujos de Roberto Diago, La Habana, Ediciones Orígenes, 1946, pp. 82-83.