I

El Tío Pedro está sentado en su mecedora del portal. Calvo, barrigón, el calor le ha abierto la camisa y le ha puesto una penca en las manos. De mala gana se abanica el Tío Pedro. Cansado como está y el calor no lo deja quieto. ¡Ah, pues! El Tío Pedro se echa fresco y se mece y mira.

     ¿Qué mira? Mira la calle nocturna y puede que la compare con la otra que hizo la tarde.  Piensa que habrá que reparar la verja, que de mohosa se cae a un lado como con reuma. En la calle, callada, no pasa más que la noche, lenta, tensa.

     De pronto, en la verja, aparece una forma blanca. Es una mujer pequeña, encogida, que se apoya en un bastón. Lleva la cabeza cubierta con una toca blanca. La cara negra se le confunde en la noche y apenas se distingue.

     “¿Aquí vive el señor Pedro Pérez?” —dice con su voz cascada, en su idioma lento, tierno, de negra vieja.

     “Yo soy” —responde el Tío Pedro, retórico. Se levanta trabajosamente y, bamboleando el vientre enorme, se acerca a la verja.

     La anciana lo mira detenidamente, entornando los ojos. “¿Tú? —dice—. ¿Tú, mi niño Perico? Mi niño Perico no tiene barriga y le sobra pelo. ¿Dónde está mi niño?”.

“¡Vieja! —le grita el Tío Pedro a su aya—. ¡Aquí no vive, aquí no vive nadie!”.

Eliseo Diego

Tomado de Divertimentos, dibujos de Roberto Diago, La Habana, Ediciones Orígenes, 1946, pp. 80-81.