FELIPE II [1]

Y Felipe ii fue rey de España. Muchas cosas se han dicho de este príncipe, pero lo cierto es que edificó El Escorial. Un gran patio, cuya blancura y sequedad son bien extensas, rodea el vasto desierto pétreo, la gran roca horadada por millones de galerías y salas, en algunas de las cuales pasó el sombrío monarca la cuenta de sus horas.

     Cuando la fiebre ha ocupado nuestra casa y uno pide a los demás que anden con cuidado, a fin de no despertar la cólera de nuestro huésped, y no se espera mucho de los otros y se conoce de una vez el temor de Dios, recuerdo tu despiadado retrato, Felipe ii, allá en el oscuro, melancólico reino de papel que son los libros o memorias. El duro óvalo del rostro se aparta extrañamente de la sombra que lo envuelve. Los ojos parecen muy lejanos y tristes como la lámpara de un farero en la costa, en un libro que vi de niño. Dicen que no sonreía jamás y no hablaba sino para dar órdenes, que en vez de corazón llevaba una pequeña cruz de hierro en la cavidad del pecho. La verdad es que opuso a la isla su propia isla, y separó a su corte con su propia medida de piedra y sombra, la que, al fin, no es mejor ni peor que la otra, alegre o transparente, del aire.

     Si vistió siempre de negro, desde las calzas a la gola, y en su piadosa crueldad no halló nunca quietud ni la consintió a nadie, no fue porque el Atlántico devorase sus barcos, o el fuego del Norte abrasara sus espejos. Quizás tuvo alguna visión cuando jugaba a la pelota, de muchacho, con el Duque de Medina-Sidonia, en un “patio como un prado” que tenía el palacio. Es probable que fuese una vez que, de niño pedía al aya otro dulce, y como tuviese un poco de dificultad en pronunciar la palabra, no le entendió el aya, no le hizo caso, y recogió el huso y volvió a hilar como antes. Entonces se apagó el fuego que lo comía, se apretaron sus labios, se alzó a su alrededor la fortaleza de su silencio. En el prado había algunas palomas y un pequeño viento agitaba las hierbas verdes y largas. Pero ya no miraría las palomas del Señor sino cuando estuviesen muy altas, como pequeñas cruces en la esfera. De su propia mano alzaría una muralla de piedra.

     De sobra sabían que no les dabas otra cosa a esperar que el hierro y el fuego. No querías sino que te dejaran en paz. Eso es lo que querías. Habías jurado cuando niño, al mismo San Isidro de Sevilla, que no hablarías una palabra, o puede que no hubieses jurado a nadie puesto que eras el Rey de España. Pero como lo eras estaba por supuesto que harías alguna cosa, de modo que fueron a buscarte. Entonces les diste su propia sangre.

     Desde el Polo a lo más hondo de América las llamas encontraron todos los colores del mundo como fondo: el blanco de la nieve, el verde de la selva. Enviaste a los buenos, barbudos campesinos de Castilla, que te amaban, a la muerte. Era lo mejor, sin embargo, puesto que los querías a tu modo, enviarlos a la guerra; para ti habías escogido no abrir la boca y eran los dos únicos caminos que te importaban.

     Una mañana de invierno, cuando todo El Escorial estaba metido en un vaso de hielo, se le acercaron dos caballeros, vestidos de luto, a la salida de la misa.

     —Tu flota —dijeron— ha desaparecido entre tormentas.

     Los miró en silencio, pues no van a retorcer y a manchar entre sus manos el reflejo de su pena.

     —Mandé mis barcos contra la Reina de Inglaterra, no contra los elementos.

     Pega, pega duro pobre Don Felipe ii de España, pega al aire. Por todas las encrucijadas el Rey y los elementos van buscándose.

     Habían pasado setenta años, unos detrás de los otros como es natural que pasen. Entraban por la puerta del fondo, pequeña, entre los guardias con sus morriones, y salían por la gran puerta del frente, empujando a los cortesanos, y siempre, se llevaban alguna cosa. Entretanto habías opuesto a los montes de Dios, frescos y verdes, el tuyo, recio y seco. A las aguas de su cielo, con todos los buenos astros que fulgen en ellas, habías opuesto los techos de tus salas, con los retorcidos dibujos de la piedra, que te entretenías en mirar cuando cruzabas las largas tardes.

     Habías buscado la realidad de Dios y le temías, o puede que no buscases nada y sencillamente te fastidiasen, como venía yo creyendo hasta ahora. Pero decía que buscabas la realidad porque pareces el vivo ejemplo de lo que el pueblo muerto dice de la obra de Dios. Como si un maestro, en una playa, se arrollidase junto a su niño, y levantando un castillo de arena, le fuese diciendo: esta la plaza de Caláis y este el ejército del buen rey Eduardo i. Así tú, en tu vigilante conciencia o en tu rencor, parecías la torrecilla de arena para hablar de la soledad y de la lejanía de cada hombre.

     No se hable más del asunto, y volvamos a tu pequeño cuarto de fiebre en la memoria.

     En el año postrero de su vida, sintiendo que había alguien que le buscaba por todo el monasterio sin acabar de encontrarlo, y al cual no podrían detener los guardias, el rey hizo uso del secreto de su laberinto. Salió al campo, una tarde, y los cortesanos solo encontraron su abrigo de armiño junto al fuego, y las llamas hacían dibujos de mapas y tierras extrañas sobre la piel.

     En el campo la enfermedad se apoyaba sobre el rey como en un báculo. Fue a refugiarse en casa de unos campesinos y la ternura de una castellana fuerte y saludable le salvó aún por unas horas. Con la cabeza en su regazo, el rey señalaba las estrellas, una a una, como un niño. “Mira —parecía decir—, es como una osa, es la Osa Mayor. Y aquella, la estrella Polar”. Luego quiso decirle alguna cosa a la mujer que le cuidaba sus últimos momentos, como a pequeños animales que es preciso calentar para que no mueran. Pero su boca era una puerta vieja y recia, que no abrieron en cientos de años. Solo le permitió decir su propio nombre:

     —Felipe.

Eliseo Diego

Clavileño: Cuaderno mensual de poesía, no.2, La Habana, septiembre de 1942.

Tomado de Clavileño: Cuaderno mensual de poesía, números 1-7, La Habana, 1942-1943, edición de Amauri F. Gutiérrez Coto, Junta de Andalucía, Editorial Renacimiento, 2009, pp. 84 y 127-128.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] El texto se ha recogido con posterioridad sin ninguna variación. (Véase Eliseo Diego: Cuentos, prólogo de Mayerín Bello, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2004, pp. 227-229). El dibujo de fondo pertenece a René Portocarrero.

En octubre de 1948, Octavio Smith a su regreso de España pronunció una conferencia en el Ateneo de La Habana acerca del estado de la literatura peninsular de entonces. A ella asistieron entre otros familiares y amigos, los poetas creyentes origenistas José Lezama Lima y Eliseo Diego. En ese contexto, precisa el autor de Crónicas la función de este Rey de España para las letras hispánicas:

“Fray Luis, Felipe ii, el Greco, Cervantes. ¿No estaban ellos mil veces repetidos y distribuidos entre los españoles que yo iba topando y descifrando con avidez de buen afecto?

¿No iba una grande y precisa diferencia de uno a otro? ¿No era cierto que instintivamente prefería yo el rostro, el gesto y el alma en que me parecía ver reproduciendo aquel modo cervantino tierno e irónico a la par? ¿No era también cierto que al interrogarme a mí mismo sobre mi rechazo total de la actitud básica de alguien me venía la silueta sombría y empecinada de Felipe ii?

No era ilusión libresca. Justamente por ser España un país de cultura, de estilo de vida secularmente fraguado, esos cuatro arquetipos son modos concretos de ser español que nos encontramos encarnados a cada paso, afluyendo por los gestos, el continente y las opiniones de este o aquel interlocutor nuestro. Y evidentemente tanto los cuatro arquetipos como los ejemplos suyos en carne y hueso que me iba encontrando, eran todos españoles. La sustancia era siempre la misma. Siempre el temperamento del hombre a quien no interesa inventar aparatitos útiles para el confort cotidiano o forjar grandes imperios industriales; sino acometer grandes hazañas, darse a arrebatos místicos, extasiarse ante la perennidad de los cielos y lo deleznable de la tierra, trabar guerras espantosas para sostener o imponer una creencia. En otras palabras, siempre constaba la presencia de un sentido cristiano. Aquellos hombres que, al manifestarse sobre la vida, sobre la política, sobre la poesía, sobre la mujer, me atraían o fastidiaban, tenían todos muy bien apretadas dentro de sí y traslucían en cada gesto la convicción de la vanidad del mundo, de que no es imperdonable llegar tarde a la oficina, pero sí lo es perder una discusión. Y, además, la grandeza, la cualidad inherente a todo lo definidamente español, estaba presente en grado sumo en la piedra majestuosa y sobrecogedora de El Escorial y aún más en la persona de aquel monarca, a la orilla de cuya inmutabilidad venían a apagarse los ecos de las catástrofes del reino.

¿Por qué, pues, no simpatizar con la modalidad filipense o escurialense, tan española como las otras? Porque en este caso los matices de diferenciación aplicados a la sustancia común, provocaban en esta, por recargamiento, una torsión o desfiguración. Porque a pesar de su imponente grandeza, en Felipe ii, o por lo menos en las consecuencias de su actitud, latía el germen de una cualidad totalmente opuesta: la mezquindad.

Mezquindad de incomprensión, o sea, no por avaricia de lo propio, sino por desprecio de lo ajeno. Felipe ii se da todo él, fibra por fibra, a la realización de su magno proyecto político-religioso; pero Felipe ii también se enclaustra en El Escorial, se enluta tozudamente. Felipe ii no ríe nunca. Felipe II no puede comprender que el Greco tuerza la figura humana en sus cuadros. Felipe ii, el mesurado, el parsimonioso, es ¿quién lo diría? un gran impaciente. Impaciencia y rasero implacable para salvar por exclusión, a vastos y secos tajos, separando y no convocando, desechando y no rescatando. ¿No queda de todo esto el frío regusto de una sistemática relegación de la caridad? Sombrío afín de una sombría pureza, taciturna soberbia que al generalizarse estrechará nuestra vida y llamará sobre sí, si no la sustancia, por lo menos sí el marcado y específico reflejo de una mezquindad. Nos convertimos en recelosos espectadores de nosotros mismos. Caeremos en la mueca desdeñosa para con todo el que vaya lozanamente a la poesía como hacia un juego cuya función y cuya fruición están precisamente en la violácea dispersión azarosa y anhelante de su flora. No probamos fidelidad a nuestra persona salvaguardándola entre muros del contacto del aire, sino dejándola libre para que, en un dominado y sucesivo festejo, vaya imprimiendo su huella a cada cosa que la sorprenda al paso. De la silueta de pétrea barbilla helada de Felipe ii escapa un rumor de temeroso orgullo, de sequedad alucinada, de desconfianza que se abroquela. No hay edificio en el mundo con aristas de tanta y tan voluntariosa limpidez, de tanta incisividad iracunda y muda como la del Escorial. A su vista nos estalla el sordo crescendo de una palpitación, de una desazón atónita; pero después va sentando plaza un herido y sereno rechazo de todo aquello. ¡Cuánto desdén, qué lástima, cuánta dureza imperdonable!… ¡Cuánta tristeza! …”. (Conferencia inédita mecanuscrita, cedida gracias a la cortesía de Anita y Georgina Smith, se citan las páginas 4 a la 8).