IX
DEL MUERTO
“SE ACABA de morir un hombre ahí detrás” —dijo el vecino señalando el muro medio derruido de una casa desierta. El Tío Pedro se detuvo para mirar, con nuevo interés, el muro de ladrillos sobre el que asomaba -la fronda incendiada de un framboyán. “Estaba sentado en ese banco —dijo el vecino señalando con su paraguas en el parque— y parece que se sintió mal. Se levantó entonces, tambaleándose como un borracho, cruzó la calle —el paraguas negro indicaba el camino, riguroso, a través del aire apaciblemente dorado de la tarde—, abrió la verja y se tumbó ahí detrás, a morirse. Es lo que yo llamo el colmo de la discreción”. El Tío Pedro miró el banco abandonado, la calle de tierra, la verja aun entreabierta. De modo que estas cosas habían alcanzado hoy su sentido oculto y terrible, habían representado ya sus partes en la comedia para la que fueron, con exacta previsión, creadas y dispuestas: el banco de un parque, una calle, la puerta de un cercado, y reuniéndolos en asombrosa unidad los últimos pasos de un agonizante. “Así es —murmuró el Tío Pedro, con un vago movimiento de la mano— que para iluminar todo esto como un relámpago nació y se emborrachó de muerte hasta no poder más”. “¡Qué mona la que estará durmiendo!” —comentó el vecino. “Pero usted —dijo el Tío Pedro— lo habrá visto”. “No —dijo el vecino—, a mí me lo contaron. Aunque el muerto estará todavía ahí dentro”. Y con paso decidido cruzó la calle, abrió brusco la verja y se coló en el patio seguido del Tío Pedro.
“Je, je —rió el vecino literalmente—, ya se lo llevaron”. Se habían detenido frente a un ángulo del patio que cerraban los altos muros de ladrillos crecidos de rastrojos. En las yerbas estaba aún marcado el sitio que ocupara el cuerpo y junto al tronco del árbol en llamas, dispuestos con una nitidez absurda, aparecían un par de zapatos y un saco remendado. El vecino, apoyado en su paraguas, los contemplaba visiblemente molesto.
“Aquí no pasó nada —anunció pateando una lata vacía, que resonó furiosa contra el muro—. Es más, y ya que dicen que nadie lo conocía en el barrio, estoy por creer que no se ha muerto nadie”. “Así es” —dijo el Tío Pedro. Con la punta de su bastón removió el saco de lana, desarregló la simetría de los zapatos, cuyos adentros bañó un instante el sol grave del atardecer —todas aquellas ruinas, en fin, desesperadamente salvadas. A sus espaldas, mientras marchaban, el viento, soplando fuerte de pronto, animaba los paños olvidados.
Tomado de Divertimentos, dibujos de Roberto Diago, La Habana, Ediciones Orígenes, 1946, pp. 73-75.

