VIII

DE LAS DIFERENTES SUERTES DE LOS DEDOS

AL TÍO Pedro le han cortado este dedo, porque tenía gangrena. No sabemos, en verdad, qué tenía el dedo, solo que se había puesto negro y se negaba a que el Tío Pedro lo moviese.

     Uno dice, por costumbre, “mover la pierna”, “mover el brazo”, como si se tratase de los viejos zapatos roídos de arrugas a nuestro servicio, que aun siendo parte de nosotros mismos es posible quitar, dejar, olvidar. Pero de su brazo debiera uno decir “moverme el brazo” o, más exactamente, “moverme”, sin decir qué se mueve. ¡Con qué espantado asombro descubre uno que al fin era lo justo “mover el dedo”!

     Pues que al fin el dedo está ahí sobre la mesa. Renegrido y tirado sobre el dorso, solo un gusano que no acierta a levantarse, pesando en el cristal con un peso que es suyo propio, en absoluto independiente del Tío Pedro. Sin embargo, la situación es extraña, es regocijante y amarga a un tiempo como un brebaje en que mezclan vino y vinagre.

     Por una parte, el Tío Pedro contempla su mano mutilada —precisa cerrar los ojos— y siente que allí hay un dedo, no el rebelde, sino un dedo libre, desembarazado, ideal, que se pliega deliciosamente a cuanto quiere el Tío Pedro. Es, en efecto, la misma sensación descansada de cuando el Tío Pedro se quita los zapatos. Por esta parte la cosa sobre la mesa parece en realidad superflua.

     Por la otra, los dedos que restan se animan en dolorosas contorsiones, en una danza destinada a convocar al ausente, que solo hace corpóreo su vacío. Si cuando muere alguien a quien amamos es que nos cortan un miembro, en el caso del Tío Pedro es que se le ha muerto alguien.

     ¿Será —piensa por último el Tío Pedro, en una reflexión que reconoce, con legítimo orgullo, como de orden metafísico— que mi forma es realmente indestructible, que mi espíritu tiene él también brazos y piernas, que no es uno de esos globos incandescentes de los ocultistas? Entonces, ¡qué aéreo dolor el de las espirituales muelas! Porque habiendo muelas espirituales habrá, por alado que se quiera, también el necesario dolor. Y hasta puede que haya que cortar ese dócil dedo invisible, dejando sitio a quién sabe qué estilo de dedos. El Tío Pedro cierra los ojos mareado por el infinito que ha entrevisto.

     Luego, desechando sus problemas, abre otra vez los ojos a su forma indestructible —que aparece en el hueco de su mano.

Eliseo Diego

Tomado de Divertimentos, dibujos de Roberto Diago, La Habana, Ediciones Orígenes, 1946, pp. 70-72.