PRÓLOGO
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Para la defensa de nuestro deber ser histórico se escribió “Nuestra América”, que empieza conjugando ecuménicamente dos imágenes fabulosas: la de “los gigantes que llevan siete leguas en las botas” y la de “la pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos”,[39] ambas referidas a una situación muy concreta del tiempo de Martí y más aún del nuestro: el creciente abismo entre los países poderosos y los débiles, entre lo que hoy llamamos desarrollo y subdesarrollo. Situación clave de toda la historia contemporánea. La primera de esas imágenes alude a un personaje de cuentos para niños, como Pulgarcito (1697), de Charles Perrault, de factura europea y probable ascendencia oriental. Como respuesta a la mencionada situación de enorme desigualdad entre unos países y otros, y concretamente la América del Norte y la del Sur, ya en “Meñique”, en La Edad de Oro (julio de 1889), Martí había ilustrado para los niños de nuestra América, mediante el cuento de Laboulaye, la tesis de que “el saber vale más que la fuerza”;[40] y en su última carta a Manuel Mercado (Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895), recordando quizás un apunte suyo en que observó que “Davides han hecho más que Goliates”,[41] consagrará políticamente, a partir del relato bíblico (1 Samuel, 17), la imagen del pastorcillo David como vencedor del gigante Goliat: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas;—y mi honda es la de David”,[42] donde por cierto parece implicarse también la figura del profeta Jonás, que según otro relato bíblico vivió en el vientre de una ballena, “monstruo” de donde proviene el símbolo del Estado todopoderoso, el Leviatán,[43] en Thomas Hobbes (1588-1679), y el símbolo del Mal absoluto, la Ballena Blanca, en Moby Dick (1851), de Herman Melville (1819-1891), penetrado de calvinismo hasta la médula. En cuanto a “la pelea de los cometas en el cielo”, su origen es más críptico, pero el propio Martí, en su artículo “El hombre antiguo de América y sus artes primitivas” (La América, Nueva York, abril de 1884) nos da la pista al referirse a una creencia indígena, la de “los cometas orgullosos, que paseaban por entre el sol dormido y la montaña inmóvil el espíritu de las estrellas”.[44] Puestos a investigar estas metáforas mitológicas,[45] encontramos que Arístides Rojas, gran amigo venezolano de Martí, en sus Estudios indígenas (1878), informaba que: “Los macusíes, en la […] región de Orinoco, llaman al cometa copeeseima que quiere decir nube orgullosa; y también wocipnosa, que equivale a un sol castigando las luces que lo siguen”, mientras “el sol dormido”, en otros idiomas americanos, según Humboldt, es la luna (“sol de noche”, “sol que duerme”), y “la montaña inmóvil” para los quechuas era Sirio, al que consideraban centro del Universo. Toda la metáfora de los cometas que en su pelea “van por el aire dormidos [es decir, irresponsables] engullendo mundos”, debe relacionarse con el siguiente pasaje de la crónica titulada “Congreso Internacional de Washington” (La Nación, Buenos Aires, 19 y 20 de diciembre de 1889), donde se explicita políticamente su sentido: “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?”[46]
Este primer ejemplo nos muestra la riqueza de asociaciones metafóricas de que suele valerse Martí en la prosa política de su madurez, riqueza que puede llegar a ser críptica sin dejar de ser nunca plenamente comunicativa, milagro nunca visto antes ni después. No es indispensable haber leído en el profeta Isaías (18,3): “Vosotros, todos los moradores del mundo y habitantes de la tierra, cuando se levante bandera en los montes, mirad; y cuando se toque trompeta, escuchad”, para entender a Martí cuando dice: “Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados”, pues la alusión a la bandera del juicio final, a la que se atribuye todo el poder del espíritu frente a la fuerza bruta, subordinada en este caso a la idea política central, es asumida y clarificada por esta sin necesidad de más explicación, aunque sin duda el conocimiento cabal de lo aludido confiere a la lectura la máxima completez a que debemos siempre aspirar. El “escuadrón de acorazados”,[47] por lo demás, no ofrece dudas: ¿qué país de nuestra América podía contar con un escuadrón de acorazados? De este modo un sintagma común, sin aparente connotación simbólica, se trasmuta naturalmente, sin cambiarle una sílaba ni añadirle un adjetivo, en imagen del poderío injusto y agresor. Frente a él ha de flamear la idea justa e invencible; y para que en verdad lo sea —tema que musicalmente aquí se esboza como el toque de trompeta que volverá con redoblada fuerza al final— no hay otra táctica ni estrategia que la unión, para expresar la cual surge la imagen más espontánea, la que desde los comienzos de nuestra poesía se vino anunciando con el reclutamiento ferviente y minucioso, en verdaderos escuadrones arbóreos, de los palos del monte que ocuparán su sitio más alto en una página del Diario de campaña,[48] y aquí se tornan imagen de una resistencia histórica: “¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas!” Es el “no pasarán” de América Latina: el “no pasarán” de la bandera del espíritu, de la naturaleza alzada en historia, amparadora de “la marcha unida”, porque “hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”,[49] símil telúrico que resonará en la carta de despedida a Federico Henríquez y Carvajal de 25 de marzo de 1895, el mismo día de la última carta[50] a la madre y del Manifiesto de Montecristi:[51] “Hagamos por sobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino”.[52]
Qué bueno que lo doctrinario se trasfunda también en lo pintoresco, y que la caricatura de buena ley le salga al paso a la frivolidad que puede corroerlo todo: la frivolidad que es el fruto hueco del desarraigo, reverso del ya fustigado aldeanismo, y en definitiva otra forma o consecuencia de él. La pluma goyesca de pronto reaparece para esbozar este rápido capricho de los desarraigados o “sietemesinos”:[53] “No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol […] Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes”.[54] Y aquí no estaría de más saber que esos “faroles” son los de “farolear” o “fanfarronear” y que esos “sorbetes” parecen estar en su acepción mexicana de sombrero de seda, de copa alta, o sombrero de pelo, chistera, y que Tortoni era un famoso restaurante parisién. Qué falta nos haría una pluma semejante para satirizar a los que el propio Martí llamara “vaqueros perpetuos”,[55] hoy esparcidos por todo el planeta con sus calculados andrajos y pelambres de falsos pobres, hermafroditas electrónicos comiéndose el micrófono, gimoteando o aullando con su gangarria histérica entre las humaredas de un infierno de pacotilla.
Y si Martí los llamó, a los desarraigados de su tiempo, “‘increíbles’ del honor”, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las erres”,[56] qué diríamos hoy de los que prostituyen su español, con todo lo que este posesivo significa, al inglés o al yanqui o al slang, modulador de sus voces vacías. Pero si tal era el costado frívolo o indignante del desamor a lo propio —flaqueza más peligrosa hoy por el descomunal aumento de los medios de comunicación masiva en manos del Imperio—, yerro más grave era, dice Martí en “Madre América” que “por llevar el libro delante de los ojos, no viéramos, al nacer como pueblos libres, que el gobierno de una tierra híbrida y original […] debía comprender, para ser original y fecundo, los elementos todos que, en maravilloso tropel y por la política superior escrita en la Naturaleza, se levantaron a fundarla”,[57] verdad que ahora, en “Nuestra América”, resume en imágenes aforísticas: “Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyès no se desestanca la sangre cuajada de la raza india”.[58]
De Alexander Hamilton, nacido en la isla antillana de Nevis, uno de los principales colaboradores de Washington, había escrito, retratándolo, en su crónica sobre el “Centenario de la Constitución de los Estados Unidos”:
Allí, el impetuoso Hamilton, en quien la elegancia contenía el valor y la gracia el genio; sagaz, incansable, de talentos múltiples; cauto en obrar y hablar; hijo de escocés y de francesa; precoz, como nacido en zona cálida; fundador sensato de la hacienda; hombre de arriba, de brillo y de pompa; acusado de desear la monarquía; no limpio de culpa; muerto[59] luego de un balazo.[60]
¿Y Emmanuel-Joseph Sieyès? De este abate y político, famoso como teórico de la Revolución Francesa, autor de ¿Qué es el Tercer Estado?, fundador del club de los Jacobinos y otras etcéteras de indudable rango y mérito, no era de esperarse que ayudara a “desestancar la sangre cuajada de la raza india”, que debió ser para él estampa lejana, y muy poco o nada hubiera entendido del imperativo marcado por Martí en su discurso del Club de Comercio de Caracas: “hay que devolver al concierto humano interrumpido la voz americana, que se heló en hora triste en la garganta de Netzahualcóyotl y Chilam;[61] hay que deshelar, con el calor de amor, montañas de hombres”.[62]
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[39] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., p. 35.
[40] JM: “Meñique”, La Edad de Oro, Nueva York, julio de 1889, en La Edad de Oro. Edición facsimilar, ensayo y notas de Maia Barreda Sánchez, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Ediciones Boloña, 2013, p. 7.
[41] JM: “[Fragmento relacionado con la crónica ‘La República argentina en los Estados Unidos’, publicada en La Nación]”, OCEC, t. 27, p. 41; “México en los Estados Unidos. Sucesos referentes a México”, El Partido Liberal, México, 7 de julio de 1887, OCEC, t. 26, p. 43; y “La República argentina en los Estados Unidos. Un artículo del Harper’s Monthly”, La Nación, Buenos Aires, 4 de diciembre de 1887, OCEC, t. 27, p. 34.
[42] JM: “Carta a Manuel Mercado”, Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895, TEC, p. 73.
[43] Leviatán, o La materia, forma y poder de un estado eclesiástico y civil (1651).
[44] JM: “El hombre antiguo de América y sus artes primitivas”, La América, Nueva York, abril de 1884, OCEC, t. 19, p. 138.
[45] Véase el ensayo de Cintio Vitier: “Una fuente venezolana de José Martí” (1973), Temas martianos. Segunda serie (1982), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, pp. 81-108.
[46] JM: “Congreso Internacional de Washington”, La Nación, Buenos Aires, 20 de diciembre de 1889, OC, t. 6, p. 57.
[47] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., p. 35.
[48] “Arriba el curujeyal da al cielo azul, o a la palma nueva, o el dagame que da la flor más fina, amada de la abeja, o la guásima, o la jatía. Todo es festón y hojeo, y por entre los claros, a la derecha, se ve el verde del limpio, a la otra margen, abrigado y espeso. Veo allí el ateje, de copa alta y menuda, de parásitas y curujeyes: el cajueirán [caguairán], ‘el palo más fuerte de Cuba’, el grueso júcaro, el almácigo, de piel de seda, la jagua de hoja ancha, la preñada güira, el jigüe duro, de negro corazón, para bastones, y cáscara de curtir, el jubabán, de fronda leve, cuyas hojas, capa a capa, ‘vuelven raso al tabaco’, la caoba, de corteza brusca, la quiebra hacha de tronco estriado, y abierto en ramos recios cerca de las raíces (el caimitillo y el cupey y la picapica) y la yamagua, que estanca la sangre”. (Diarios de campaña. Edición anotada, ob. cit., p. 97).
[49] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., p. 36.
[50] JM: “Carta a la madre”, [Montecristi], 25 de marzo de 1895, TEC, ob. cit., pp. 15-16.
[51] JM: Manifiesto de Montecristi. El Partido Revolucionario a Cuba (25 de marzo de 1895), La Habana, Centro de Estudios Martianos y Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2008.
[52] JM: “Carta a Federico Henríquez y Carvajal”, Montecristi, 25 de marzo de 1895, TEC, ob. cit., p. 25.
[53] En La Opinión Nacional, Martí constataba: “París, fatigado ya de llamar gomosos a sus elegantes ha inventado un nuevo nombre para designarlos: ahora los llama gratin. […] el elegante desocupado y pulido, que obedece con femenil mansedumbre todas las exigencias de la moda, y se estrecha el talle, se riza el cabello, se acarmina orejas y labios, y posee un título, abono en los teatros y caballeriza. […] Nuestros hermanos de España son los que han dado a estos lindos galanes su nombre verdadero: los llaman sietemesinos”. (“[Sietemesinos]”, “Sección constante”, La Opinión Nacional, Caracas, 15 de noviembre de 1881, OCEC, t. 12, p. 40). En El Economista Americano (Nueva York, octubre de 1888), volvía a referirse a este asunto: “Los muchachos de la calle silban por estos Estados Unidos a esa especie infeliz de la humanidad que llaman en España sietemesino, y en Francia gomoso, y dude en inglés, y en todas partes es causa justísima de risa […] Pero donde los llaman como deben es en Uruguay: les llaman fetos”. (“Los ‘dudes’”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1979, no. 2, p. 30).
[54] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., pp. 36-37.
[55] JM: “Los secretarios del presidente. La política de acometimiento”, La Nación, Buenos Aires, 4 de octubre de 1885, OCEC, t. 22, p. 226.
[56] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., pp. 37-38.
[57] “Madre América”, ob. cit., p. 138.
[58] Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., p. 38.
[59] Hamilton murió en un duelo contra Aaron Burr, el 11 de julio de 1804.
[60] JM: “Centenario de la Constitución de los Estados Unidos”, La Nación, de Buenos Aires, 13 de noviembre de 1887, OCEC, t. 26, p. 187.
[61] Libros de Chilam Balam.
[62] “[Fragmentos del discurso pronunciado en el Club del Comercio. Primera y segunda versiones]”, ob. cit., pp. 26 y pp. 41-42, respectivamente.

