Si es cierto, como dice el refrán, que obras son amores y no buenas razones, en esta ocasión habría que añadir: pero sí buenas canciones. Porque las canciones de Teresita Fernández son en verdad obras de amor, saturadas de esas razones del corazón que la razón no conoce, como decía el preUnamuno francés,[2] y que debiera conocer para ser menos racionalista y más razonable, o más soñadora de la verdad, como diría el Pascal de Salamanca.[3] No por casualidad, cuando nos acercamos a ella con las palabras, nos vienen a la boca reminiscencias de la razón de la sinrazón del caballero de los molinos y de Sierra Morena, nuevamente biografiado por Don Miguel de Unamuno y Jugo[4] (que alguien dijo de la raza), o bien regustos de la lengua de la impetuosa y andariega santa de Ávila. Esa es su familia espiritual, reforzada en la savia genealógica por el padre asturiano, jardinero gustoso, como lo llamaría Juan Ramón,[5] y la madre valenciana, organista católica en esa extraña Villaclara de donde vino también, por la vía protestante, el descomunal Samuel Feijóo,[6] pareja suya en el lirismo andante y la desaforada energía verbal.
Pero no es sin duda el mejor modo de acercarnos a ella el de las palabras sino el del silencio participante. Conversadora sin fin, Teresita puede parlar o fablar o parlotear sin descanso de claro en claro y de turbio en turbio; y en sus palabras hallaremos siempre la locura de la rectitud, esa varonía teresiana que también tuvo la Mistral,[7] aunque veteada en la chilena de desganas ancestrales. En Teresita, de desganas, nada. Toda ella tiene ganas incesantes de vivir, con risa o llanto o rabia; y de hablar la vida, de verbalizar el tiempo en una infatigable encarnación oral llena de rotundo apostolado, proclamaciones heráldicas y carcajadas de luna llena. Luna siempre encendida por un sol alarmantemente próximo y del que ella siempre habla con hermosa temeridad, lo mismo en la soturna cueva de los trasnochadores, que es donde más falta hace hablar de ese sol, que en la radiante, aunque no pocas veces maledicente cola del pan, que es donde más natural debiera ser hablar de ese sol. Pero después de todo llega un momento en que Teresita se calla, carraspea un poco y se pone a ajustar la cejilla de su guitarra. En ese momento el caballero y el escudero, que eran los únicos que en realidad estaban hablando dentro y fuera de ella, se callan también y se disponen a escuchar. En ese momento empezamos a acercarnos a ella, y ella a nosotros, no con las palabras, que siempre dejan tantas cosas por decir, sino con el silencio participante que es la clave de su voz y su guitarra.
¿Cómo es esa voz, esa guitarra? ¿Cómo son sus canciones? Muchas veces he pensado en ellas del siguiente modo: imaginando que no existen, que en su lugar no hay nada, y que de pronto, en esa nada, vuelven a estallar. Estallar es la palabra, en el sentido en que decimos que la ola estalla en el acantilado: ola salada y furiosa de amor, puño de lágrimas golpeando la roca de lo inexorable. O bien mata arrancada de cuajo, con las raíces al aire y el grito de la flor mitológica, el jacinto, el ay de la copla española y americana que en ella se humedece con el rocío del alba cubana, o se yergue con la justicia del mediodía cubano, o se sobrepasa en el vasto playón del ocaso cubano. Porque si hay un mestizaje tan rico y profundo de África y Cuba, del cual ha salido la médula de nuestra música, también hay un mestizaje de España (esa África de Europa, al decir de Bolívar) y Cuba, del cual fue arquetipo José Martí, mestizo no de las sangres sino de las culturas, de las teluricidades y los espíritus que en él se fundieron. De ahí le viene a Teresita Fernández, mestiza pura cubano española, su más honda filiación martiana: de ese injerto que se diría imposible del severo olivo y la radiosa palma, de la sacra uva y la barroca piña, y que sin embargo se resuelve con gracia y asombro en una vehemente evaporación, en un producto humano y estético basado, como toda América, en una nueva naturaleza del espíritu. Esa hibridez fundamental que fulmina en su rayo la poesía de Martí, donde la mezcla desaparece para ofrecer nueva naturaleza, es el reino hacia el que iban naturalmente la voz y la guitarra de Teresita, después de pasar por la mulatez vascoaraucana de Gabriela; después de pasar, arrasada, por los ríos cantantes de su propio corazón.
Hela, pues, llegada al colmenar de fuego de José Martí, allí donde las abejas del dolor paterno labran la más blanca cera y la más fina miel para el hijo ausente. País diminuto y enorme de la filigrana del dolor. No se trata de “musicalizar” esos poemas, que ya desbordan de música como de luz, sino de poner la música de esos poemas, con cristalino respeto para sus textos, en una voz que sale de una guitarra. La voz de Teresita (esa voz entrañable que de pronto parece que rompe la tela del alba), como la de Sindo Garay, como la de Pablito Milanés en el milagro de su “guajira” isabelina, de diferente modo, es una voz que sale de una guitarra, que es como salir del pecho mismo del pueblo de España y América. La guitarra es el instrumento unitivo, maternal, sagrado, de España y América. La guitarra es un misterio hispanoamericano. Ya los Versos sencillos, por obra y gracia de Julián Orbón, también mestizo cubano español, habían entrado en el insondable son de la Guantanamera, retornando al pueblo de donde surgió en el pecho más que en la pluma de José Martí. Ahora el Ismaelillo, más personal y agónico, quiere también entrar en la voz de la guitarra, en el ruedo de la juglaresa que, aunque la veamos aquí o en otra sala fingiendo que da un recital, va por plazas y ferias, o por granjas y surcos de café, cantando las desdichas y alegrías del corazón humano. En esa perenne medievalidad de los juglares y trovadores se sitúa bien el Ismaelillo, por lo que tiene, en efecto, de fiesta “para un príncipe enano”,[8] como si asistiéramos, en lo íntimo, a una fantástica kermese[9] de la ternura. Teresita viene entonces revestida de heraldo de ese príncipe y de ese rey del amor que será para siempre el monarca de Cuba. En el pulso de su guitarra se funden la “guajira” esencial de su paisaje y las modulaciones litúrgicas de su madre, órgano al fondo de las cuerdas. El padre jardinero, saboreando la hoja de Manicaragua y el olor de los geranios, está en la honradez radical de la canción. Y Teresita, íntegra, con Martí, en cada sílaba de fuego.
Apretémonos, pues, en torno de la hoguera. La fiesta va a empezar.
Septiembre de 1968.
Tomado de Prosas leves (1993), Obras 11. Estudios y ensayos, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014, pp. 287-289.
Otro texto relacionado
- Fina García Marruz: “El Ismaelillo de Teresita Fernández”, Bohemia, La Habana, 24 de enero de 1969, pp. 18-20.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[1] Una versión fragmentaria con el título “El Ismaelillo de Teresita Fernández” fue publicada en el Anuario Martiano, La Habana, Sala Martí de la Biblioteca Nacional, 1970, no. 2, pp. 573-575.
[2] Referencia a Blaise Pascal (1623-1662).
[3] Referencia a Miguel Unamuno y Jugo (1864-1936).
[4] Véase Miguel de Unamuno: Vida de Don Quijote y Sancho (1905).
[5] Juan Ramón Jiménez (1881-1958). Véase Juan Ramón Jiménez en Cuba, compilación, prólogo y notas de Cintio Vitier, La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1981.
[6] Samuel Feijóo (1914-1992). Véase Cintio Vitier: “Orgullo por Samuel Feijóo”, El Mundo, La Habana, 21 de octubre de 1956, p. D-4. (Aparece con el título “Faz”, en alusión a su poemario homónimo, en Obras 4. Crítica 2, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001, pp. 240-243).
[7] Gabriela Mistral (1789-1957). Véase Cintio Vitier: La voz de Gabriela Mistral, Universidad Central de Las Villas, 1957; Crítica sucesiva, La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1971; Obras 4. Crítica 2, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2001, pp. 92-113.
[8] “Para un príncipe enano
Se hace esta fiesta”.
(JM: “Príncipe enano”, Ismaelillo, Nueva York, 1882, OCEC, t. 14, p. 18).
[9] Feria o festival popular de naturaleza festiva que se realiza al aire libre, con bailes, juegos, concursos, etc. En ciertas ocasiones suele tener carácter benéfico.

