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     …Y los Siglos. El corazón llagado por la prostitución del número. Los Sueños.

     Qué Espada de Fatiga, qué indescriptible Manto de Amor—incluso el barandal grotesco sobre el río.

     Y yo escancio la pregunta con una frialdad que enriquece a mi breve familia inmemorial: ¿Quién está junto a mí, qué deseo cuando adoro una garganta y la expedición irónica del placer?

*  *  *

     Hijo: déjame hundir mis ojos en toda sorpresa!

     Déjame hundir mis ojos en una palabra de pronto sombría por el anhelante rumor de las aguas. Hijo!

 

     Tengo sed.

 

*  *  *

     Oh Paloma, tengo sed.

     He aquí la sed ascética y la sed voluptuosa. El fondo del mundo ha sido frotado con la sal más pura.

     La sed del alma y la sequedad dcl cuerpo, como dos grandes Ángeles!

*  *  *

3

     —¿Por qué un amor sencillo y poderoso se mantiene inmóvil (como una llama en una noche inmóvil del estío azul) en el centro de mi crimen?

     …He ascendido, sin embargo. Los troncos me demoran en lo justo, y me alimentan de una fugacidad altivamente refrescante. Puedo discernir a la Condesa de Noailles (¿su poesía cada vez te gusta más?) de los pasos discernibles del recuerdo.

     Aparece un tema nuevo de la sangre, de los troncos: el misterio de la Acción,

     Ya esta tarde es otra. Otro el heraldo que la hereda. Quiero hojear algunos. Versos ácidos de pudor y fríos de azul espiritual (entonces yo no lo sabía) que se enterraban en mis ojos hasta hacerme caminar por la tierra única. En ella estamos; y el mundo que llegó a tener la aguda forma de mi fanatismo puede ser borrado.

     Si alguien lo miraba desde lejos, palidecía de vergüenza (y de ternura). Sin embargo, en él se abrieron las frescuras esenciales. Hoy puede ser borrado—ese perverso enemigo de mi Nombre.

     Aparece un tema nuevo de la sangre, de los troncos. Vuelve la tierra, pero nada vuelve: una ambición de Acto me domina. En el Acto yo sé quién soy.

     Y a su sombra yo puedo discernir—oh, qué dulzura, qué dureza de escarcha santa!—, y puedo ver los troncos y volver a la lectura de Montaigne

*  *  *

     Deja el azul.

     Deja el verde.

     Vamos a hojear también esa hojarasca húmeda, y ese viento, y esa Idea.

     ¿Y tendrás fuerza—oh sobrehumano amigo!—para llegar al mundo?

     Deja el azul, deja el mundo.

     Estréchalo sin fin contra tu pecho virgen.

*  *  *

     …Paseos, lámparas.

     Todo lo que toco es costa. Mi paseo siempre marino. Esa flor escarlata, una playa salvaje; aquel día, un herbazal de oro. El tacto, costas.

     Lo que se une a mi tacto—anhelo. Sagrados malecones, henchidos arrecifes. Arenas, memoria, frenesí! ¿A quién voy a entregar mi deslumbrante vida? Paseo siempre marino.

*  *  *

     La luz graba su escalinata.

     Oh, ceniza, indiferencia.

*  *  *

     …Entre tanto (a espaldas de la Casa y de la brisa) deseo mostrar escenas de hombre fabuloso y hombre claro: la sala como un mercader abre sus paños, elogia sus guitarras, alumbra sus ojos. He aquí (en la amistad nocturna), por ejemplo, La Juventud, y junto a los tapices medievales, el mercader actual: colores lúcidos ocupan la sala como ahorcados. ¡Déjate herir, acuchillear, niévate dolorosamente, huye!

 

     —¿Cómo explicarlo de otro modo? Estoy buscando ardientemente un sitio. Me visten de felicidad y crueldad, me muevo como una nube y como un carro, hundo las manos en la irreprimible fantasía o santidad del agua. Camino, sobre todo. Papel, humo, fincas. También sabremos quedar inmóviles. ¡Oíd!

 

     —Una dulce reunión de monstruos y yo digo: Soy yo, señor, miraba aquella ingratitud de sus zapatos. ¿Está solo (calma) en un paraje desolado y le agradan esos versos que nos hablan de lentiscos?

     Deliro. Mi vanidad es excesiva. La calavera y la Balanza miran.

 

     —Oh, pero qué ferocidad y qué avidez, qué Coherencia. Cada paso y cada salto, cada objeto y cada azar es un eslabón idéntico y una soledad distinta.

     Ebrios. ¿Cómo explicarlo de otro modo?

     Un espacio de vida y un tiempo dc virginidad.

     Y en mi casa, un instante de orgullo cristalino.

     En el fuego, una luz que se adelanta.

 

     —¿Cómo explicarlo de otro modo y cómo dejar de abrirle el pecho al mago en plena calle? La variedad es dulce, crece dignamente: garrafas, abejas, lazos. El mago calla como un dios, pero no es un dios y salta como un comediante punzador. He aquí algo. El comerciante y el comediante se juntan dulcemente.

     Llueve.

 

     —¿Qué significan para ti las noches estrelladas y el golpe—oh dicha!—de la pelota roja en la pared aquella?

*  *  *

     …Tú y yo lo hemos elegido en otro mundo, hemos de olvidarlo en otro mundo. Abre los textos…

*  *  *

     —Pero, además (en la tarde oscura el Ángel inaudible canta), es preciso abstenerse y es preciso no abstenerse:

     Si tu cuerpo alumbra un defecto vergonzoso ¿por qué intentar medirlo, ya que él es tu inspiración, y por qué no intentar medirlo, ya que él es tu salud?—Ah, pero existe una ley, la sombra de nostalgia de una ley, superior a la sombra de todos los árboles y techos del mundo, y cae sobre mí como la luz de un velo santo.

     Es preciso disfrazarse de atroz simplicidad para tañer las semejanzas y ese tema de la sombra de la ley, palma escogida,

     En la penumbra venenosa de tus libros, en la penumbra fresca y fabulosa de tus libros es indispensable una revelación para gozar de la revelación, una imposible gracia para merecer la gracia. Y es tan bello lo posible!, y el futuro más pequeño es tan resplandeciente para mí como la tempestad de lo imposible que me arranca de mi hogar! Oh sombra de los Ángeles, velo segundo, tela de la dicha y del espanto!

     ¿Quién soy, y cuando busco la caprichosa penumbra de lo verde húmedo quién soy, y qué es lo que encuentro cuando la raza de los libros y la raza de los naranjos me deja absorto en la Ciudad, te deja absorto en la Ciudad, a la entrada del silencio, ay, sorprendido

por la ninfa, verazmente enriquecido por la dulzura desgarrante del león, protegido por la nieve de las vírgenes?

     ¿Quién soy y qué me hago?

*  *  *

Sombra de los Días,

sombra de los Ángeles,

sombra de la Ley: escúchame!

Cintio Vitier

Cintio Vitier: “Noche intacta. Hojas”, Diez poetas cubanos. 1937-1947, antología, prólogo y notas de Cintio Vitier, La Habana, Ediciones Orígenes, 1948, pp. 186-194.

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