I.
En la primavera de 1226, un hombre de cuarenta y cuatro años yacía en una choza de barro junto a la Porciúncula. Había renunciado a la herencia de su padre comerciante, había predicado ante el sultán de Egipto, había recibido los estigmas en el monte Alverna y había compuesto un cántico que llamaba hermanos al sol, a la luna… y a la muerte.
Cuando dictó su Testamento, lo hizo con una frase que condensa su biografía y su programa: «El Señor me dio de esta manera el comenzar». Ocho siglos después, esa frase sigue vibrando con una actualidad que desborda los límites de la hagiografía.
La conmemoración de los 800 años de su tránsito invita a algo más que la piedad conmemorativa. Invita a un ejercicio de inteligencia histórica. Francisco de Asís constituye el punto de articulación más nítido entre el mundo medieval y el mundo moderno, y esa posición de bisagra le confiere una contemporaneidad que muy pocos hombres han conservado con semejante intensidad.
Cierto que Jacques Le Goff advirtió contra la tentación de exagerar su modernidad, recordando que Francisco fue un producto de su tiempo. Era la Italia comunal del siglo xiii, el ascenso de los laicos, la economía monetaria y la lucha de clanes y ciudades-estado.
Pero, precisamente ahí reside su grandeza. Fue tan radicalmente hijo de su época que se convirtió en padre de todas las épocas posteriores.
II.
El siglo xii europeo fue un laboratorio de transformaciones. La población creció, las ciudades se expandieron, el comercio reactivó circuitos monetarios que el feudalismo había adormecido. En ese paisaje emergente, Asís era una ciudad en ebullición. Francesco Bernardone creció en el seno de una familia de comerciantes de paños, inmerso en lo que un historiador ha llamado «la cultura del burgués».
Su educación lo preparó para el mundo del comercio, para el cálculo, para la negociación, para el viaje. Cuando en 1202 fue hecho prisionero en la guerra entre su ciudad y Perugia, su biografía parecía encaminada hacia la consolidación de una posición social ventajosa.
La conversión invirtió esa trayectoria. Francisco abandonó la casa paterna, renunció a la herencia y, en un gesto que tuvo tanto de ruptura como de fundación, se despojó de sus vestiduras ante el obispo. Ese gesto ha sido leído como un rechazo del dinero, del poder familiar y de la lógica mercantil. Es una lectura correcta pero incompleta.
Francisco rechazó las estructuras de poder que el dinero sostenía, al tiempo que asumía la movilidad, el desarraigo y la libertad que la ciudad y el comercio habían hecho posibles. Su pobreza fue una pobreza urbana, ejercida en las plazas, en los caminos, en los leprosarios que las ciudades administraban. El desierto al que se retiró era un desierto poblado de hombres.
La sociología del franciscanismo primitivo revela esta paradoja. Los primeros hermanos provenían en su mayoría de las ciudades, no del campo. La Tercera Orden, que se expandió por toda Europa, reclutó a laicos urbanos (artesanos, comerciantes, incluso notarios). Francisco ofreció a esa nueva clase social una forma de vida religiosa que exigía la inserción en el mundo desde una lógica distinta. Ponía la fraternidad en lugar del lucro, el servicio en lugar del dominio, la minoridad en lugar de la jerarquía.
La repercusión de Francisco en el arte ofrece también un testimonio elocuente de su papel como umbral. Hacia 1296, Giotto recibió el encargo de pintar en la Basílica Superior de Asís el ciclo de las «Historias de San Francisco». Lo que hizo allí transformó la pintura occidental.
Abandonó la rigidez hierática del estilo bizantino y dotó a las figuras de volumen, de expresión, de humanidad. Los gestos se volvieron naturales, los rostros reconocibles, los cuerpos habitantes de un espacio real.
Cennino Cennini escribió que Giotto «transformó el arte de la pintura, pasando del griego al latín», y la historiografía posterior ha visto en ese desplazamiento el inicio de la revolución pictórica que culminaría en el Renacimiento.
La conexión entre Francisco y esa revolución es más profunda que la simple coincidencia temática. La espiritualidad franciscana puso el acento en la humanidad de Cristo, en la Encarnación como abajamiento de Dios, en la corporalidad de la salvación. Francisco contempló el misterio de Belén con una intensidad tal que inventó el pesebre viviente en Greccio; meditó la Pasión con una cercanía física que culminó en los estigmas.
Esa teología de la Encarnación, donde el Verbo que se hace carne asume la materia y habita la historia, constituyó el fundamento espiritual de un arte que comenzó a mirar el mundo con ojos nuevos. El realismo de Giotto es hijo de la convicción franciscana de que lo divino se manifiesta en lo concreto.
Liz Lev ha propuesto, en una lectura provocadora, que el Renacimiento artístico no nació tanto del redescubrimiento de la Antigüedad clásica cuanto de las órdenes mendicantes que enfatizaron los elementos humanos del relato evangélico. Francisco, cuya biografía se difundió con una velocidad que hoy llamaríamos viral, proporcionó a los artistas un repertorio de escenas donde lo sagrado se entrelazaba con lo cotidiano. Así, eran comunes las representaciones del santo predicando a los pájaros, del santo abrazando al leproso, del santo renunciando a los bienes paternos. La pintura aprendió a contar historias porque Francisco había enseñado a habitarlas.
Por otra parte, la teología franciscana de la Encarnación tiene consecuencias que desbordan la estética. Si Dios se hizo hombre, si asumió la materia, entonces la materia es capaz de Dios. Francisco extrajo de esta premisa una conclusión que la teología posterior tardaría siglos en formular con precisión: la creación es el primer sacramento.
El «Cántico de las Criaturas», compuesto hacia 1225, es una profesión de fe en la sacramentalidad del cosmos. El sol es hermano porque es criatura y porque en su belleza se transparenta el Creador. El agua, el fuego, la tierra, el viento son hermanos y hermanas porque comparten con el hombre la condición de creaturas llamadas a la alabanza.
Esta intuición tiene una genealogía teológica precisa. La tradición patrística había desarrollado una teología de los vestigia Dei, las huellas de Dios en la creación. Francisco la radicalizó. Para él, las criaturas no son huellas distantes de un Dios ausente; son hermanos que comparten la misma casa y que, en su diversidad, forman una fraternidad cósmica.
III.
La figura de Francisco ha sido invocada por movimientos sociales, por corrientes ecologistas, por defensores de la paz, por reformadores eclesiales. El riesgo de esta ubicuidad es la domesticación. Cada época tiende a proyectar sobre él sus propias aspiraciones.
Los románticos vieron en él un poeta de la naturaleza; los socialistas del siglo xix, un precursor de la crítica a la propiedad; los ecologistas contemporáneos, un patrono del cuidado de la casa común. Ninguna de estas lecturas es enteramente falsa, y todas son parciales.
Leonardo Boff señala que su visión realiza plenamente el proyecto humano de armonía con la creación, y que en Francisco encontramos una síntesis entre ecología interior y ecología exterior. La «ecología integral» que el papa Francisco propuso en «Laudato si’» es, en rigor, una explicitación doctrinal de lo que Francisco vivió con una radicalidad que solo la poesía podía expresar.
El diálogo interreligioso constituye otra dimensión de esa contemporaneidad. En 1219, en plena Quinta Cruzada, Francisco viajó a Egipto y se entrevistó con el sultán al-Malik al-Kamil. El encuentro ha sido objeto de numerosas interpretaciones, algunas legendarias. Lo que los documentos permiten afirmar es que Francisco cruzó las líneas enemigas sin armas, que dialogó con el sultán durante varios días y que regresó sin haber obtenido conversiones ni concesiones políticas.
Su gesto inauguró una modalidad de relación con el Islam que la Iglesia tardaría siete siglos en institucionalizar. El Concilio Vaticano II, en «Nostra aetate», reconoció que los musulmanes adoran al Dios único y que con ellos la Iglesia «mira con estima» la fe que profesan. Francisco había llegado a esa conclusión por la vía de la experiencia y de la caridad.
La actualidad de este episodio se ha acrecentado en el siglo xxi. En un mundo donde el diálogo interreligioso oscila entre la ingenuidad irenista y el conflicto abierto, la figura de Francisco ofrece un modelo de encuentro que no renuncia a la propia identidad ni instrumentaliza la diferencia. El cardenal Spengler ha subrayado que Francisco trasciende las fronteras no solo del mundo franciscano, sino de la propia Iglesia católica, y que su condición de arquetipo humano lo convierte en un hombre universal.
La economía es el terreno donde la contemporaneidad de Francisco se manifiesta con mayor urgencia. El papa Francisco convocó en Asís, en 2020, un encuentro de jóvenes economistas bajo el título «La economía de Francisco». La elección del nombre no fue accidental.
El santo de Asís había vivido el nacimiento de la economía de mercado, había visto cómo el dinero transformaba las relaciones humanas en relaciones de intercambio, había presenciado la progresiva abstracción de la riqueza. Su respuesta fue una economía fraterna donde los bienes materiales estuvieran al servicio de los bienes relacionales.
La «Regla no bulada» de 1221 contiene un capítulo que muchos historiadores señalan como un texto esencial: Francisco coloca en el mismo plano a todos los grupos de su tiempo, sin preocuparse por las jerarquías sociales. Esa nivelación procede de la convicción de que todos los hombres son hermanos porque todos son hijos del mismo Padre.
La fraternidad, en Francisco, es anterior a cualquier sistema económico y lo juzga desde fuera. Propone, más que un modelo alternativo de producción, una lógica alternativa de relación. Es una propuesta modesta en su formulación y revolucionaria en sus consecuencias.
Francisco, sin embargo, resiste esas apropiaciones porque su figura posee una densidad que excede cualquier interpretación unilateral. Es contemporáneo nuestro precisamente porque no se agota en ninguna de las causas que lo reclaman. Su pobreza trasciende la ideología económica; su amor a la naturaleza no es una cosmología panteísta; su diálogo con el sultán no es un programa de relaciones internacionales. Cada una de estas dimensiones brota de una raíz única: la sequela Christi, el seguimiento de Cristo pobre y crucificado.
IV.
El 3 de octubre de 1226, Francisco pidió que lo trasladaran a la Porciúncula. Quiso morir en el lugar donde había comenzado, junto a la capilla que había reparado con sus manos. Dictó el «Cántico de las Criaturas» para que lo cantaran sus hermanos y añadió una estrofa final que celebraba a «nuestra hermana la muerte corporal». Murió al atardecer, desnudo sobre la tierra desnuda.
Ocho siglos después, su figura ejerce una fascinación universal. Los historiadores discuten sobre la autenticidad de las fuentes, los teólogos debaten sobre la ortodoxia de sus intuiciones, los sociólogos analizan la estructura de la orden que fundó, los artistas continúan representándolo.
Y, sin embargo, en el centro de todas esas aproximaciones permanece un hombre que hizo de su vida una parábola del Evangelio. Un hombre de su tiempo que se convirtió en el hombre de todos los tiempos. Un santo medieval que habla el lenguaje de la modernidad porque su modernidad era una consecuencia de su santidad.
Francisco es nuestro contemporáneo porque sigue planteando la pregunta que ninguna época puede eludir: ¿qué significa vivir el Evangelio sin reducirlo a doctrina, sin disolverlo en moralismo, sin convertirlo en instrumento de poder? Su respuesta fue una vida. Esa vida, ocho siglos después, continúa interpelando.

