MOVILIZACIÓN DE LA CONCIENCIA CIUDADANA

Se movilizan los demócratas puros, se movilizan los católicos, se movilizan los comunistas; se movilizan estudiantes y profesores; intelectuales y artistas; trabajadores y patronos; obreros y campesinos… ¡toda Cuba se moviliza! El país entero semeja un inmenso hormiguero o un enjambre de abejas en constante ajetreo. Si algo de profundamente alentador y constructivo hay en esta agitada etapa posrevolucionaria, y hay muchas cosas grandes en medio de algunos errores al parecer irremediables, es esa movilización ciudadana formidable en todos los campos y aspectos de la vida nacional. Salida esta de un marasmo que la mantuvo aletargada durante años, septenio de silencio en que la acción tenía que ir callada, se agita ahora la población cubana en verdadero vértigo.

     Como de un tronco seco y desnudo surgen, al conjuro de la primavera, cientos de nuevos brotes restallantes, del árbol de la patria revitalizada se abren por doquier yemas prometedoras del más lozano vigor. El espectáculo, con todo lo que tiene de aluvión, es hermoso y hay que aprovechar este repentino florecimiento, en el fondo no tan repentino porque, como sucede con el árbol durante el invierno, el cuerpo de la patria estaba vivo y solo esperaba la estación propicia para retoñar. Porque no son solo los brotes visibles, esos más verdes que nos deslumbran, heridos por el sol radiante de lo inmediato. Son, además, las raíces profundas, hinchadas de nueva savia vivificadora. La Nación se levanta sostenida sobre ellas.

     El pasado cuenta tanto como el presente y no hay que retrotraerse al tan decantado glorioso siglo xix cubano. Nuestro pasado inmediato, el menos conocido a veces por ser precisamente el más próximo, ha rendido opimos frutos a la integración del alma nacional. Hace cuatro años lo destacábamos en un artículo que titulamos “Afirmación nacional”, en el que explicábamos como en todos los órdenes de la vida cultural nos habíamos ido “autodescubriendo” los cubanos; como geógrafos, historiadores y sociólogos y demás hombres de ciencia, habían estudiado nuestro mundo físico y social; arquitectos, pintores, escultores y artistas en general, buscaban y habían encontrado muchos de ellos soluciones cubanas al problema de la plástica; pensadores y escritores ahondaban en nuestra problemática vital… Porque es importante destacar que la juventud cubana no solo se mueve, exhibe una conducta externa dinámica, sino que buena parte de la juventud cubana, como lo mejor de nuestras generaciones de más edad, piensa, escribe, investiga y aporta en todos los campos del saber descubrimientos luminosos del alma nacional. A este respecto —también ya lo decíamos en otro viejo artículo al que pusimos por título “Las dos Cubas”— no solo hacen patria los que pelean por las conquistas materiales y por el logro de nuestro progreso social. También hacen patria los que le descubren a la nación sus raíces y le van descubriendo, poco a poco, el alma, en una labor de entrañable y amorosa investigación, como lo ha hecho de modo ejemplar y luminoso Cintio Vitier con su fecunda búsqueda de nuestras esencias nacionales en la poesía cubana.

     Resultado de un curso memorable,[1] el último que se diera en el Lyceum antes de que este recesara en su vida cultural durante el más trágico período de la tiranía, el libro Lo cubano en la poesía —legítimo orgullo de las fructíferas prensas de la Universidad Central de Las Villas—[2] es uno de los aportes más serios al conocimiento de nosotros mismos y la contribución más valiosa que cubano alguno haya hecho en lo que va de siglo, por los caminos de la literatura cubana, para ahondar en el estudio de nuestra peculiar sensibilidad isleña. El genuino poeta y responsable crítico se propuso, con su habitual modestia, “indicar la presencia, la evolución y las vicisitudes de lo específicamente cubano en nuestra poesía”.[3] Y con este programa de trabajo llegó a elaborar un libro de cuatrocientas noventa y cinco páginas que no son solo el rastreo de nuestra peculiar sensibilidad y de nuestra actitud ante la isla y el mundo, sino que constituyen el más fiel espejo de la integración de la patria en el siglo pasado y del drama de la República en el presente a través de la poesía, una contribución sobresaliente al estudio de nuestro “modo de ser” cubano. “La poesía va iluminando el país —dice Cintio Vitier—. Lo cubano se revela, por ella, en grados cada vez más distintos y luminosos. Primero fue la peculiaridad de la naturaleza de la isla. No olvidemos que el fondo natural es decisivo para entender la configuración del carácter, el sentimiento y el espíritu.[4] Muy pronto, junto a la naturaleza aparece el carácter: el sabor de lo vernáculo, las costumbres, el tipicismo con todos sus peligros. Más adentro comienzan a brotar el sentimiento y el espíritu, se empiezan a oír las voces del alma. Finalmente, en algunos momentos excepcionales, se llega a vislumbrar el reino del espíritu: del espíritu como sacrificio y como creación”.[5]

     —Ahondando el crítico, con lúcida visión de poeta siempre premonizor, en esa naturaleza, ese carácter, esa alma y ese espíritu cubanos, ¿qué otra cosa ha hecho sino descubrirnos la conciencia nacional?

     Y ahora dime, lector que has tenido la paciencia de seguirme, ¿no crees tú que esa es otra manera fecunda y viril, aunque no se haya empuñado ningún arma y no se ostenten barbas de hacer patria? ¿No tienes tú deseos, como son los míos más ardientes, que, sin menoscabo de la gloria de los héroes de la revolución que tendrán nuestra eterna gratitud, se vaya pensando también en rendir tributo, en un día no muy lejano, a esos otros héroes callados que, como Cintio Vitier son también altos patriotas en el más esclarecedor sentido de esta maltratada palabra? Confiamos en que cuando las pasiones se aquieten, cuando los creadores de reformas revolucionarias hayan encauzado el país, también haya sitio en esta amada isla para honrar a los poetas, creadores también de hondas revoluciones espirituales.

Anita Arroyo

Tomado del Diario de la Marina, La Habana, 6 de marzo de 1959.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] El Curso se desarrolló en el Lyceum de La Habana, del 9 de octubre al 13 de diciembre de 1957.

[2] Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, Universidad Central de Las Villas, 1958.

[3] Cintio Vitier: “Primera lección. Propósito del Curso. Desarrollo y estratos de lo cubano. Primeros acercamientos a la naturaleza insular”, Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, prólogo (Lo cubano en la poesía: relectura en los 90) de Abel E. Prieto, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998, p. 27. (El énfasis es de AA).

[4] A este propósito, son precisas las palabras de Juan Ramón Jiménez sobre Cuba y Martí: “Hasta Cuba, no me había dado cuenta exacta de José Martí. El campo, el fondo. Hombre sin fondo suyo o nuestro, pero con él, no es hombre real. Yo quiero siempre los fondos de hombre o cosa. El fondo me trae la cosa o el hombre en su ser y estar verdaderos. Si no tengo el fondo, hago el hombre transparente, la cosa transparente. // Y por esta Cuba verde, azul y gris, de sol, agua o ciclón, palmera en soledad abierta o en apretado oasis, arena clara, pobres pinillos, llano, viento, manigua, valle, colina, brisa, bahía o monte, tan llenos todos del Martí sucesivo, he encontrado al Martí de los libros suyos y de los libros sobre él”. [“José Martí” (1937), Boletín de la Academia Cubana de la Lengua (Homenaje a José Martí en el centenario de su nacimiento), La Habana, octubre-diciembre de 1952, p. 536].

[5] “Primera lección […]”, Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, ob. cit., p. 29. (El énfasis es de CV).