La Casa Vitier García Marruz tiene algo de relicario laico y de taller de trabajo. Es un espacio donde los libros se tocan, donde las partituras se doblan, donde el instrumento está afinado para la mano que lo conoce. Allí, la tarde del 11 de septiembre de 2026, José María Vitier ofreció un recital de piano solo en homenaje al aniversario 84 del natalicio de Eusebio Leal Spengler. Vitier se sentó al instrumento como quien vuelve a un idioma propio y habló con las teclas durante poco más de una hora.
La ejecución de Vitier no se mide con el baremo del virtuosismo clásico. No busca la nota impecable ni el alarde técnico. Su piano es otra cosa. Es la familiaridad con la melodía propia, el tempo personal de cada ritmo, la historia detrás de cada sonido. Cuando un pasaje se desvía ligeramente de la partitura escrita, no se siente como un error; evoca mejor una variación. El padre de la obra tiene derecho a reescribirla en el acto, y eso hizo. Hubo momentos en que las manos parecían recordar más que tocar, y donde el oído del compositor corregía sobre la marcha lo que la memoria del intérprete proponía. Eso es la verdad de un músico que ha dejado de ser intérprete de sí mismo para convertirse en testigo de su propia obra. Esa verdad, que en otro pianista sería defecto, en Vitier es firma.
Y esa firma conduce directamente a Leal. Porque Eusebio era más que un historiador en el sentido científico del término. Su relación con el pasado tenía más de Demóstenes que de Tucídides. Le importaba más la persuasión, la construcción de un relato que moviera a la acción, que la exactitud documental del dato. No desdeñaba la verdad, sería injusto decir que la subordinaba a la belleza, pero entendía que la verdad sin forma no convoca, no conmueve, no transforma. Su Habana era la ciudad que podía ser. Y en ese sentido, su obra es una utopía realizada a medias, un proyecto que avanzó más por la obstinación de sus manos que por el respaldo de los presupuestos. La ciudad que proyectó y la ciudad que hoy existe no coinciden. Esa grieta es su legado más honesto. La belleza se conquista a mano, todos los días, sin garantía de victoria. Como el piano de Vitier, que busca la verdad por encima de la perfección.
Con Cintio Vitier y Fina García Marruz compartió una visión poética de la nación, de Martí, de la historia. Una visión que entendía que la belleza y la verdad no se excluyen. Cintio pensaba a Cuba desde la poesía; Fina la pensaba desde la mística; Eusebio la pensaba desde la piedra. Los tres coincidían en que el pasado es una materia viva que hay que cuidar, restaurar, habitar.
Esa confluencia hizo de la Casa Vitier García Marruz un lugar natural para este homenaje. Un homenaje de familia. José María y Silvia, su esposa, fueron amigos de Leal durante décadas, compartieron tertulias, canciones, proyectos, admiración mutua. La música de Vitier y la obra de Leal se encuentran en algo fundamental, pues, ambas buscan la esencia, ambas desconfían del exceso, ambas saben que lo que perdura es lo que sostiene.
Volver a El tema del mar después de tantos años es comprobar que la música de Vitier no envejece porque no pertenece a su tiempo; pertenece a una idea del tiempo. El tema se compuso en 1993 como parte de la banda sonora de El siglo de las luces, la serie y el filme de Humberto Solás sobre la novela epónima de Carpentier. Conserva, sin embargo, la capacidad de sugerir el mar más que de describirlo, gracias a su neorromanticismo sin nostalgia y su lirismo sin efusión.
Esa economía expresiva es su sello, y es también la razón por la que su música se hermana con la obra de Leal. Ambos construyen con lo que queda después de haber quitado todo lo superfluo. En Deseos, compuesta sobre versos del mexicano Salvador Díaz Mirón pero ofrecida esta vez en versión instrumental, la melodía prescinde de la voz, no del aliento, y respira como un poema dicho en voz baja. Trasluce así la doble herencia que Vitier reivindica, la danza cervantina, la trova santiaguera.

En Raíces, el allegro es impulso, energía de lo que se sabe de dónde viene, contrapunteo de son y tonada campesina. Comparsas, versión libérrima de las danzas populares cubanas donde la sombra de Lecuona es más presencia que cita, trasluce una libertad de tratamiento que habita la tradición desde dentro, como Leal habitaba la ciudad desde sus piedras.
El recital duró lo que tenía que durar. No hubo solemnidad innecesaria, no hubo exceso de retórica. Al terminar, Vitier cerró el piano con la misma naturalidad con que lo había abierto. La Casa quedó en silencio, pero no vacía. Eusebio Leal encabezaba el programa, y no como pieza, como motivo. Estuvo también en todo lo demás.

