NOTAS DE REVERSO SOBRE JUAN CLEMENTE ZENEA
Su lugar, su tradición, su permanencia. —Zenea está en el puesto suyo, en el “lugar Zenea” de nuestra poesía. Hay una nota Zenea en la poesía cubana, y como fue él quien la trajo y alentó, no se le puede pasar por encima. Descubridor de una actitud no, intérprete y cristalizador primero de uno de esos elementos o cuerpos puros que entran a formar parte de la composición de un carácter nacional, y no hay quien los arroje del fondo del alma colectiva, si bien resisten máscaras y desfiguros. Zenea, colector de melancolía, seno de intimismo. Con él se aparece el revés, la zona mejor, de nuestro carácter. Porque como debajo de la risa llevamos una acumulación muy densa de llantos y gemidos —este es un pueblo que lanza el ¡ay! y luego lo esconde con una expresión fuerte—, era necesario, históricamente necesario, que a su hora la Poesía —luz de la historia— volcase plenamente la figura, la dimensión de tristeza. Zenea, hombre triste. De la tristeza de Zenea parte —aflora y deslumbra— uno de los meridianos constantes de nuestra existencia. Existe la denominable “tradición Zenea”, el zeneísmo de nuestra poesía. Comparezcan Casal, la Milanés (sin olvidar a esa gimiente de Luisa Pérez de Zambrana), todos los poetas del ¡ay! hasta resumirse en Eugenio Florit, que es como un Zenea que administrase sus lamentos entre coordenadas de cristal pudoroso. No, nunca se ha ido Zenea. En Poesía solo dicen adiós los que nunca fueron de veras.
Su flor, la nieve y un lago.o—Imaginemos a Zenea. Por la mañana, si esta era de mucho sol, “no estaba”. Cobraba corporeidad al crepúsculo. Para tener visible y palpable el cuerpo necesitaba que la Naturaleza elaborase un gris de nube pensativa. Necesitaba además que el azul plomizo del cielo se viese interminablemente atravesado por el vuelo de un ave muy blanca, sí, pero de reflejo sombrío; un ave emplumada de luto que remase en el aire como entre lágrimas. Y, además, alguna bella ventana que fuera de esas con celosía industriosa de lo áureo, porque toda la luz y todas las miradas saldrían de su través en pálidos rayos de un oro viejo. Para su realidad precisaba un caer de hojas amarillentas, un revolar de pajuelas oscuras, unos celajes solemnes; ¿además?, además un velador, un espejo de marco muy apagado, y una progresiva dominación de la sombra. Aquí, en este escenario, en este rincón, Zenea tiende una mano pálida, una mano de cera, fina, temblorosa, limpia, hacia su flor predilecta. Compañera de su soledad, es en su minúsculo cuerpo una elegía, un poco de nieve, un diálogo delicadísimo con la tristeza. Es la azucena. Esa flor que sabe ser al mismo tiempo flor y estrella, tan severa, tan digna, y luego tan resplandeciente. Contemplando esta azucena entre la penumbra de la tarde, parece que nieva. Toda la albura contenida en la flor, toda la nieve inmovilizada y geometrizada allí, comienza a desperezarse y a fluir. Una azucena puede transformar los espacios de un alma melancólica en infinitas alfombras de un mundo recubierto de nieve.
Aquí, en este gusto por el nevar, por vivir en lo opuesto de lo que se posee, entrecrúzase otro sesgo permanente de la poesía cubana. ¡Cuánta nieve hay en la poesía de este solarium despiadado que es la isla nuestra! ¿Por qué, qué significa esto? Uno escribió otra vez, en épocas de claro vagar y de ocio laborioso, unas páginas encabezadas: “Las estaciones en la poesía cubana”. No hay invierno aquí; los árboles resisten increíblemente; el verdor cansa por reiterante; la primavera es una metáfora que tomamos prestada; la filiación del otoño es materia de sutilezas de astrónomo: ¡sin embargo! nuestros poetas insisten en sentir y en presentir el paso de las estaciones diversas. Mirad a Zenea metido en su urna de nieve, nevándole el alma, y arropándose en manto de cristalinos copos. ¿Sabrá que existe el Sol? Dudemos. Porque cuando sale de su rinconcillo nebuloso, y echa a andar, lo que busca es la orilla de un lago. Ahora va con su flor nevada en la mano, con su cabello reluciente por el iris de los copos, moviéndose despaciosamente, lánguido, triste, dormido casi. ¡Oh sombras queridas! ¡Oh muertos! ¡Oh gimientes sauces! Y junto a él, nieve suprema en la espuma del lago, un Cisne.
El cisne, la luna, el viento.—Ya la tarde es moribundo cuerpo de doncella: avanza la noche, la misteriosa, la lunar, la poética noche. En el seno de esta ábrese el pecho, sin inquietud ni temor de miradas extrañas. La noche solicita el llanto abierto. ¿Cuántas horas pasa, de pie, con la mirada perdida entre las sombras, con el susurro del lago como único acompañante, y vagando en la música que irradia el cuerpo serenísimo del cisne? No hay tiempo, alma, que el tiempo se ausenta cuando el sentimiento vaga por la geometría sonora de la nieve. De pronto, ábrense lentamente los celajes, rómpese en silencio la oscuridad espesa, y el cisne pasa a relumbrar, a encender lo blanco sobre el lago. ¿Y esta congoja seguida de placidez, este deseo de llorar seguido de una sonrisa de consuelo? Una luz remota, pura como un tapiz de rocío, inunda la noche, inunda el alma. Ya no hay nieve, ni apenas tristeza, pero ensimismamiento gozoso. Comienza el alto dialogar. El Cielo ha abierto las puertas de la noche, y la Luna se presenta… “Del espacio señora, / con sus dardos de plata perseguía, / eterna viajadora, / la Diana cazadora, / nube tras nube en la región vacía”. (Paréntesis, lector, que hemos arribado a una de las estrofas más bellas que pueda cosechar nuestra Poesía). Ya está terminado el paisaje. ¿Qué resta? Resta soñar. “Vamos donde los sauces / gimiendo anuncian / que desde el golfo sube / la blanca Luna”. Sí, esto es la vida.
Contaba sus dolores
el ruiseñor a los favonios leves,
nos daban sus olores,
las tempranas flores,
y un fresco soplo las postreras nieves.
¿Comprende el lector? Ya la Naturaleza comienza a animarse. ¿Cómo? Agitándose al compás de airecillos tenues, de vientecillos que acarician las hojas, que aumentan el susurrar misterioso de la luz lunar: son “los favonios leves”. El airecillo, el aire niño, mantiénese así mientras la noche es niña también. A la luz suave e iluminadora de las primeras nubes, de la tarde moribunda, sigue una luna mayor, grave, comunicada con la muerte, con misterios indefinibles; y al airecillo aquel, que era como silbo de caramillo entre la fronda, sucede un crecimiento extraño de su música. El airecillo se vuelve aire, el aire vigorízase, grita, retuerce lo que antes acariciaba; es el viento, el poderoso viento, el que comba y estremece los cuerpos, aleja los cisnes, desmelena los lagos, desata la sinfonía terrible de la noche… “Y las magas errantes de la noche / estremecen las arpas de los vientos”. Ya navegamos en misterio abierto, en un mundo extraño: “Oigo el canto melodioso / de las damas del colegio, / y los acordes del piano / que se esparcen por el viento”. ¿Qué ocurre? Es la hora del ¡Dios mío!, de sentir el peso tremendo del mundo. Ya aquí no hay literatura, hay temor, santo temor de Dios, necesidad de Padre. ¡Qué solo, qué abandonado se encuentra!
¡Señor, Señor, el pájaro perdido
puede hallar en los bosques el sustento,
en cualquier árbol fabricar su nido,
y a cualquier hora atravesar el viento!
Y a mí, Señor, a mí no se me alcanza
en medio de la mar embravecida,
jugar con la ilusión y la esperanza
en esta triste noche de la vida!
Punto final.—La tormenta, nuncio de calma; la angustia, nuncio de paz… “En medio del silencio de los mares / pulsaba el arpa fiel de la esperanza”. Hagamos un poco de silencio. Silencio, azucenas, estrellas, nieve, lagos, aire, viento, asombro, consuelo. Un hombre medita, solloza muy calladamente, luego levanta los ojos hacia la luz. El cielo está pleno de estrellas. La paz penetra en su corazón. Arpas de oro, ensueño, hojas revolando en torno…
(Diario de la Marina, La Habana, 26 de agosto de 1945).
Tomado de Paginario disperso, introducción de Carlos Espinosa Domínguez, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2014, pp. 18-21.

