“Un libro, para mí, es unas horas que me esperan de silencio”

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La primera vez que escuché el nombre de Darío Jaramillo Agudelo fue en 1987. Tenía diecisiete años. Era flaco y tenía pelo. Hacía trabajo popular, por ese entonces, en el barrio San Javier, con los jesuitas. Una muchacha un año mayor que yo, Sofía Margarita, llevó un libro de poemas suyo, de color verde: 77 poemas, publicado por la Universidad Nacional de Colombia. Leerlo fue una revelación para mí: estaba ante un poeta, un hombre que con las palabras era capaz de construir una realidad nueva, un mundo aparte, en el que podía encontrarme con el lenguaje despojado de cualquier hojarasca y convertido en esencia. En revelación. Tiempo después conseguí el libro. Desde entonces me ha acompañado.

     Fue, también, uno de los primeros poetas que conocí gracias a mi oficio de librero. Era muy amigo de Gloria Moreno, mi jefa, y de Germán Castro Caycedo. Iba a la librería con alguna frecuencia. No recuerdo en qué momento empezamos a conversar de libros. Me llamaba a encargarme títulos difíciles de conseguir. Desde entonces ésa ha sido una de mis pasiones. Recuerdo a un autor que me pedía con insistencia: David Leavitt. Gracias a él, por él, salí por primera vez en un periódico. En La Prensa, de Bogotá, el 14 de enero de 1991. Me encargaba, también, ejemplares de su novela La muerte de Alec (por ese entonces sólo existía la primera edición, la de Plaza y Janés). Le conseguí, cuando estaba escribiendo Cartas cruzadas, Los raros, de Rubén Darío. Salió de mi biblioteca para la suya la primera edición. Recuerdo, ahora, dos gestos de generosidad suyos. El primero, me fotocopió (sin que yo se lo pidiera) un libro de Borges que quería leer: Prólogos con un prólogo de prólogos. La segunda, me hizo una copia manuscrita del poema de amor número 13 (esa sí se la pedí). He seguido leyéndolo. Sus libros habitan mis estantes como una presencia a la cual no he dejado de agradecerle el haber creído en mí, a su manera, cuando empecé en este oficio.

     Gracias a la complicidad de Darío Rodríguez, el mayor conocedor de su obra, pude entrar en contacto con la señora Heidy (como él la llama), para proponerle esta conversación. Desde hacía demasiados años quería tenerla. Un día después de cumplir 57 años, casi 37 de haberlo conocido, nos encontramos una mañana en su apartamento. Nos sentamos en el sofá y comenzamos a conversar:

     “No estoy leyendo yo, está leyendo mi papá. Me leía muchos libros. Muchos cuentos. Era como un intermediario. Yo no sabía leer. Un juego mío era coger los libros y “leer” lo que yo creía que decían. Estaba dizque leyendo y era inventado aquí dice tal cosa.

     El primer libro que yo tuve fue uno que traía varios cuentos de Las mil y una noches, en versión para niños. Me lo regaló también mi padre. Este fue el primero que me regaló.

     En mi casa había libros, mi papá llevaba libros y la vida circulaba alrededor de ellos. Aparte de eso yo no tuve hermanos ni hermanas. Yo me tenía que inventar la manera de sobrevivir. Un niño solo, en una casa, en el centro de Medellín. Lo cual traducía que no me dejaban salir a la calle porque era muy peligroso, por el tráfico y por todo. Era una casa buena, grande y agradable, con dos patios. Estaba limitado. Uno salía era a pleno centro. Quedaba en un sitio que ya no existe. Se lo llevó la ampliación del centro cuando se hizo la avenida oriental. Entonces tenía que crearme realidades para mí mismo y ningún mundo más universal y más variado que el de los libros.

     Mi padre era un hombre muy generoso. Una de las cosas que hizo fue me autorizó a sacar libros de la Librería Aguirre. Ya me dejaban salir de la casa… Era una librería legendaria de Medellín que fundó Alberto Aguirre. Tenía una administradora-vendedora-gerenta que se llamaba Aura López. Yo era un niño de entre diez y catorce años que iba allá. Y como cualquier pelado inteligente o interesado en lo que está, yo me sabía esa librería de memoria. Muchas veces había que bajar un libro de allá arriba y Aura me ponía a mí a hacerlo. El punto es que Alberto me ponía tareas de libros. “Léase esto, léase esto”. Me iba dando cosas. Y me tomaba lecciones. No sí de lo leí o no lo leí, sino de cosas mucho más sutiles, encaminadas a pensar qué más me recomendaba que me siguiera interesando. Yo tuve un guía de lecturas excepcional. En mis primeras lecturas adolescentes me dio a leer, a parte de los Salgari y los Verne que se acostumbraban y que eran una maravilla, otros autores. Por ejemplo, El viejo y el mar. Era una novela que estaba de moda a finales de los cincuenta. No me acuerdo cuántos años tenía. Autores como Hemingway eran perfectos para un pelado que estaba leyendo historias. El me lo insinúo junto a otros que estaban de moda en esa época.

     Me vine a vivir a Bogotá a los dieciocho años. Soy abogado y soy economista. Yo lo que quería era irme de Medellín. El truco que hice fue buscar una carrera que no hubiera en Medellín. Descubrí que en La Javeriana, en Bogotá, se podía estudiar al tiempo derecho y economía. Eso no se podía estudiar en ninguna otra parte más. Esas dos carreras al tiempo. Lo hice para venirme a vivir a Bogotá.

     Ya había escrito versos. Mis publicaciones comienzan a partir de cuando conocí a Juan Gustavo Cobo Borda (estaba en segundo de carrera, creo). En ese momento estaba estudiando derecho en el Externado, donde su padre era profesor de derecho, además. Alguien de la Javeriana me dijo “Yo tengo un amigo que lee, más o menos, las mismas cosas que usted”. Nos presentó. Fue por él que yo publiqué. Como casi todos los poetas de mi generación. Él hacía unas muestras de poetas que publicaba en los periódicos. Jóvenes poetas en El Espectador, El Tiempo, El Siglo, El Colombiano, en los periódicos de la costa, del Valle…  Éramos muy amigos. Una de las cosas que pasó es que él se dio cuenta muy rápido de que no quería ser abogado. Eso le creó un conflicto muy grave con sus padres. Se fue de la casa, cuando se salió de la universidad, ¿y a dónde fue a dar? Al apartamento de estudiante donde yo vivía a que le diera posada. Estando ahí, que duró tres o cuatro días, Nicolás Suescún le dijo que se viniera de vendedor a la Buchholz, mientras buscaba qué hacer. Creo (de esto no estoy seguro), la memoria ya está muy gastada, que fue cuando decidió estudiar literatura en los Andes o en la Nacional. Fue ahí cuando él comenzó a trabajar también como vendedor en la librería, que la dirigía en ese momento Nicolás. Igual le ayudaba en Eco. Nicolás era el secretario de redacción. Cuando se retira de Buchholz, Juan Gustavo hereda ambos roles. La Buchholz era el paraíso. Eran seis pisos repletos de libros. A mí me encantaba ir allá. Iba a comprar libros y ahí conocí a mucha gente que después fueron amigos míos.

     Yo en verdad no tengo biblioteca. Es una cosa que he estado revaluando desde hace algún tiempo. Lo que he tenido siempre es un montón de libros. Pero, así como una cosa sistemática, nunca lo tuve. En parte porque me encantaba ver circular los libros. Me gustaba un libro y se lo ponía en las manos a otra persona para que lo leyera. Cuando uno es reseñista recibe una cantidad de libros. Le llueven. Entonces uno no tiene un criterio rector de selección. Uno es como el paradero de un montón de libros. Son libros que se han ido quedando por inercia.

     Reseñar me encanta. Eso empezó así: yo era estudiante y quería más libros de los que podía comprar. Cuando descubrí que, si yo reseñaba los libros, se los llevaba a El Tiempo a Rogelio Echavarría, me los regalaban. Comencé por eso. Era una manera de conseguir libros que a mí me interesaban. Con el tiempo, si yo repaso, lo que más he escrito en mi vida, en volumen, es reseñas. Lo sigo haciendo. He cambiado también mi forma de hacerlo, dos o tres veces. El cambio principal fue cuando llegué a Cambio (que fue María Mercedes la que me llevó). Me puse a pensar: reseñar un libro para decir que es malo es una pendejada. Porque no hacemos, más bien, un recetario de libros. Lo que he hecho, desde esa época, es reseñar sólo libros que me gustan. Ya no reseño para decir esto es malísimo. Hubo una época en que sí lo hice. Y estoy arrepentido. La labor del reseñista es decirle a alguien “Este se lo recomiendo”. Escribir para decir “Este no se lo recomiendo” no tiene sentido.

     Trabajé como abogado y economista. En oficinas. Fui secretario de la comisión revisora del código de comercio. Yo tuve muchos roles. Fui profesor de la facultad de derecho de la Javeriana. Mi tesis de grado fue sobre derecho comercial. Lo ejercí y lo trabajé muy bien. Fui buen estudiante siempre. Por eso fue que cuando terminé me ofrecieron dar clases.

     Lo que sí supe siempre es que yo no iba a ser nunca un abogado lo bueno que hubiera querido ser. Porque me faltaba pasión. Evidentemente yo no tenía vocación de abogado. A mí, en términos laborales, vino a salvarme (ya muy tarde, diez años o más, con respecto a la salida de la universidad) Belisario Betancur, que me ofreció ser subgerente cultural del Banco de la República. Ya tenía, entonces, un trabajo que era afín a las cosas que a mí me interesaban. Los años anteriores a eso siempre mis trabajos fueron en oficinas de abogados, llevando pleitos, dando clases de derecho. Lo que yo sentía era que era muy bueno que la gente con la que yo trabajaba cosas de derecho, no se enterara que yo escribía versos, porque a la gente que escribe versos no le creen nada. Era mi sentimiento.

     En el ejercicio de la poesía a mí lo que me interesaba, fundamentalmente, era el momento de estar yo escribiendo el poema y luchando con el poema y tratando de que saliera el poema. Inclusive, mi relación con él terminaba cuando yo lo daba por hecho. O lo abandonaba sin haberlo dado por hecho. Nunca fue una relación de alguien que escribe para publicar. Ni la poesía ni la prosa. Yo he escrito es porque me gusta escribir. He publicado porque me han publicado mucho. No me interesa mucho reeditar. Cuando me toca prefiero contratar a alguien para que corrija las pruebas porque no me quiero leer.

     Siendo lector uno lo que más lee es novela. He sido toda la vida lector de novelas y nunca había intentado escribir narrativa. La anécdota principal de La muerte de Alec fue algo que realmente pasó. Yo no sabía cómo escribirlo. Intenté muchas cosas y no podía, hasta que se me ocurrió que si lo que yo escribía en prosa eran básicamente cartas, pues escribir una carta era lo que se correspondía para poder contar esa historia. Así lo hice. Y pude contar esa historia que es muy extraña. Como una muerte que se va configurando antes de que aparezca el muerto. Y uno no entiende las anécdotas o las premoniciones sino hasta el final, cuando las interpreta a partir de la muerte. Están ocurriendo y uno no es capaz de percibirlas. Por ser una historia muy extraña era que la quería escribir. Y así lo hice. Como una carta. Después llegó la pregunta: ¿Y cómo hago para publicar esto? No lo va a publicar nadie. Fue Cobo el que me dijo que había un Premio Plaza y Janés. “Mande eso”. Yo no soy un autor como para un premio. Las cosas que ganan soy muy distintas a esto. Efectivamente el premio fue a un tipo que sí sabía ese oficio de escribir novelas a lo Plaza y Janés. Era mi colega, además: David Sánchez Juliao. De Lorica. La que ganó el concurso fue, Pero sigo siendo el rey.

     Mi trabajo no riñó con la escritura. Ser subgerente cultural es ser tendero. Yo soy escritor de fin de semana. Nunca fui escritor, escritor. Las novelas que escribía lo hacía los fines de semana. Y por la noche. No veía ninguna contradicción entre una cosa y otra. Simplemente yo escribía mis cosas porque me gustaba hacerlo. Si me gustara más el golf, me hubiera ido a jugar y no a escribir. Había también un componente de placer en eso. Ni en el fondo, tampoco, ninguna contradicción. Otra cosa que hice siempre, muy obsesivamente, pensando en cómo somos los colombianos, fue que, yo tenía un trabajo con una connotación de poder en el mundo cultural. No podía usar ese poder para el Darío poeta. Entonces yo nunca leí versos en una sede del banco, ni me publiqué, todo por aparte. Era muy deliberado. No quería que se creyera que yo estaba ahí para instrumentalizarlo, para construir una carrera o un prestigio de escritor, por ningún motivo.

     A María Mercedes Carranza yo le tenía un afecto enorme. Éramos muy amigos. Hablábamos mucho de cosas que no tenían nada que ver con la literatura, además. Si el teléfono de mi casa sonaba a las seis de la mañana es que era María Mercedes. Sus llamadas siempre eran a esa hora. Inclusive, esto lo sabe poca gente, yo llegué al banco por ella. Fue María Mercedes la que le dijo al presidente Betancur, “Darío es el hombre para ser subgerente”. Cuando a mí me ofrecieron la subgerencia cultural del banco yo estaba en Medellín, pensando en otra cosa. Apareció. Demoré varios años en saber que María Mercedes había sido.

      Son dos vicios aparte, el ir a una librería y el comprar libros, muy relacionados. Uno tiene la pasión de los libros para tenerlos y para leerlos. Pero no necesariamente uno lee todo lo que tiene. Inclusive hay una relación ahí: son menos los libros que uno lee que los que uno tiene. Y son muchos los libros, además, que se salen de esa categorización. Que uno lee, pero no tiene. A mí me encantaba ir a librerías. Recorría todas las librerías y, más o menos, me las sabía. No trabajé en ninguna ni fui librero. Me apasionaban.

     Ser librero es un oficio iniciático. No era trabajar en una librería. Había gente que trabajaba en una librería y nunca se contagiaba. Es una relación muy especial con los libros, de conocimiento. De por dentro de los libros. Eso es, tal vez, lo que hace al librero muy especial. Son gente que los conoce por fuera, para venderlos, pero también los conoce por dentro, para leerlos y para disfrutarlos.

      Leo más narrativa que poesía. Y releo mucho. Ahora estoy releyendo el Quijote.

      Un libro, para mí, es unas horas que me esperan de silencio”.

Chapinero, Bogotá, 22 de junio de 2026