MARTÍ, ADMIRADOR DE GOYA

La educación estética de José Martí hubo de completarse y madurarse en sus estancias españolas de Madrid y de Zaragoza en 1871-1874, y en la de 1879.

     Los museos de Madrid habían de ser una revelación formidable. Nosotros, acostumbrados a la cotidiana presencia de un pasado artístico, no medimos muchas veces el impacto que nuestros grandes tesoros de belleza producen en quienes proceden de los pueblos jóvenes. Velázquez, Murillo o Goya son, para un madrileño, una suerte de genios familiares; como Poussin o Géricault son seres inmediatos a la formación estética de un parisién. Para quienes no tienen la fortuna de esta proximidad, la tradición pictórica ha sido un elemento remoto, casi inexistente, de su formación estética, mucho más cuando los procedimientos de reproducción de las obras artísticas no podían dar la prodigiosa verdad con que hoy se multiplican —por medios mecánicos— los matices más delicados del color y de la forma.

     Martí debió absorber ávidamente la inmensa hermosura de nuestras grandes pinacotecas. Temperamento sensual, pudo captar bien su prolija multiplicidad de escuelas y de actitudes. Basta leer, por otra parte, unas cuantas páginas de José Martí, para entender cómo importa lo descriptivo en él; y dentro de lo descriptivo —acabarnos de estudiarlo— lo visual.

     De la pintura española que pudo conocer Martí durante su estancia en España, es evidente que fue Goya quien de una manera más viva hubo de impresionarle. Son bien conocidas las páginas que le dedicó y es famoso el ímpetu con que las inicia refiriéndose a La Maja vestida.

Nunca negros ojos de mujer, ni encendida mejilla, ni morisca ceja, ni breve, afilada y roja boca,—ni lánguida pereza, ni cuanto de bello y deleitoso el pecaminoso pensamiento del amor andaluz, sin nada que pretenda revelarlo exteriormente, ni lo afee,—halló expresión más rica que en La maja. No piensa en un hombre; sueña. ¿Quiso acaso Goya, vencedor de toda dificultad,—vestir a Venus, darle matiz andaluz, realce humano, existencia femenil, palpable, cierta? Helo ahí.[1]

     Copiamos estas líneas de un libro de apuntes de 1879, es decir, durante la segunda estancia de José Martí en España. Los textos de esta época son de un gran interés. Si no una mayor madurez mental —todo en Martí es asombrosamente maduro—, sí hallamos ahora más abierto el círculo de su curiosidad. De este viaje, nos han quedado textos muy interesantes que nos permitirían, ordenándolos, precisar lo que pudo ser la estética de Martí en relación con el arte plástico. Sabemos que muchas veces recogía, en apresurados cuadernos, las impresiones directas que le surgían de la contemplación de los cuadros de los grandes maestros. (“Notas sin orden tomadas sobre las rodillas, al pie de los cuadros”,[2] leemos en uno de sus cuadernos).

     Sabemos más. Sabemos que durante sus años de Zaragoza, asistía a las clases de pintura que profesaba el maestro Gonzalvo,[3] el padre de Blanca,[4] la criatura dulce y soñadora que supo hablar tanto a su corazón.

     Sería, pues, de interés estudiar este aspecto de la estética de Martí —que no se ha acometido— y relacionarla con su estética general.

     Veamos la posición de José Martí ante Francisco de Goya. El recuerdo de La Maja — vestida— abre las páginas del cuaderno que recoge sus impresiones. La Maja es, para Martí, un curioso ejemplo de osada verdad —que rompe con lo convencional— y de extraña lejanía. La Maja ¿a quién mira? “Piélago son de distraído amor sus ojos. No se cansa uno de buscarse en ellos. En esto estuvo la delicadeza del pintor; voluptuosidad sin erotismo”.[5] Así dice la última de sus anotaciones.

     Martí comprende, bien, desde las primeras líneas basta qué punto el tema goyesco es tremendo y absurdo y complejo y contradictorio. No es, naturalmente, un pintor al uso. Conoce fórmulas extrañas y, con parquedad de color, da policromías; mientras se entrega a paletas frías —“gris, pardo, castaño, negro, humo”.[6]

     A la belleza se va, claro está, por caminos distintos. Y en El entierro de la sardina señala con sagacidad lapidaria, que “lo feo llega a lo hermoso”. Análogamente en La Casa de Locos advierte que “más que la forma sorprende el atrevimiento de haberla desdeñado”, y destacando que “el genio embellece las incorrecciones en que incurre, sobre todo cuando voluntariamente, y para mayor grandeza del propósito, incurre en ellas”.[7] La visión es igualmente certera ante uno de los temas taurinos: “Prendado de la importancia de la idea, pasa airado por encima de lo que tal vez juzga, y para él lo son, devaneos innecesarios del color”.[8] Y en otro lugar —y como resumiendo su actitud— exclama: “A vosotros, los relamidos,—he aquí el triunfo de la expresión, potente y útil sobre el triunfo vago del color”.[9]

     “Expresión potente y útil” por encima de todo. He aquí ciertamente la frase en la que podrían quedar condensados los textos que acabamos de aducir. Energética del gesto para hacerlo eficaz; para que nos llegue a conmover. “Expresión potente”, frente a cualquier alambicado esteticismo. Arte directo.

     Y arte útil. Lo que enamora a Martí, en Goya, es lo que el pintor le ofrece, de documento sociológico. El Carnaval, El Manicomio, La Corrida son tres observatorios para entender muchedumbres. Por eso le interesan tanto, también, los grabados de temas inquisitoriales. Como siempre, lo que diríamos equivocado es intencional; tiene un sentido. “Cada aparente error de dibujo y color de Goya, cada monstruosidad, cada deforme cuerpo, cada extravagante tinta, cada línea desviada, es una áspera tremenda crítica. He ahí un gran filósofo, ese pintor, un gran vindicador, un gran demoledor de todo lo infame y lo terrible. Yo no conozco —resume Martí— obra más completa en la sátira humana”.[10]

     Lo que nuestro escritor descubre en Goya es el valor de una libertad que, adrede, es capaz de supeditar la perfección a la energía. “Al amor de la forma, opuso el desprecio de la forma”[11] —escribe comentando el retrato de La Tirana.[12] “El culto del color, con marcada irreverencia del asunto, le hizo desdeñar el color tal como lo usaban sus amaneradores, y ocuparse del asunto especialmente”. El mérito existe en la medida que el pintor al decidirse, renuncia al tesoro cierto de su sabiduría artesana. “Hubiera podido ser un gran pintor miniaturista, él, que fue un gran pintor revolucionario”.

     Otra valoración certera es la de la extraña sensualidad goyesca, ya anotada al hablar de La Maja. De La Tirana, dice: “También esta quema, pero así también amenaza cuando mira. Con todo el cuerpo reta. Se dará al amor, pero nada más que al amor. Y despedirá, sin apelación cuando se canse”.[13]

Guillermo Díaz-Plaja

Tomado de Martí desde España, La Habana, Editorial Selecta, 1956, pp. 107-112; Miscelánea de Estudios dedicados a Fernando Ortiz, La Habana, 1955, v. 1, pp. 489-494.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[1] JM: “Goya”, [Madrid, Museo del Prado, 6 de diciembre de 1879], OC, t. 15, p. 131.

[2] JM: “Notas sin orden tomadas sobre las rodillas, al pie de los cuadros.—Rapidísima visita al Salón de ‘Autores Contemporáneos’.—Museo de Madrid”, [Madrid, Museo del Prado, 6 de diciembre de 1879], OC, t. 15, pp. 136-144. (Estas notas están en el mismo libro de apuntes que contienen las anteriores sobre los cuadros de Goya).

[3] Pablo Gonzalvo Pérez (1828-1896). En 1942, Félix Lizaso (1891-1967), publicó “Martí crítico de arte”, donde afirmaba —de acuerdo con el testimonio de Fermín Valdés-Domínguez—, que el taller de Gonzalvo estaba en Zaragoza. Manuel García Guatas en su libro La Zaragoza de José Martí (Zaragoza, Institución “Fernando el Católico”, 2004, pp. 27-36), rectificó ese error. El pintor Gonzalvo residía en Madrid desde 1858, aunque solía viajar con cierta frecuencia a Zaragoza. Desde 1863 trabajaba como profesor de Perspectiva y Paisaje en la Escuela de la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

[4] Todo parece indicar que, Pablo Gonzalvo no era el padre de Blanca, cuyo apellido Montalvo es antecedido por la preposición “de”. Además, en la última carta de Blanca que se conserva dirigida a Martí, ella le comunica que su padre de crianza murió el 20 de junio de 1875 de la misma enfermedad que había fallecido antes su “verdadero papá”. (DJM, p. 40). El pintor Gonzalvo falleció en 1896.

[5] “Goya”, ob. cit., p. 131.

[6] Ídem.

[7] Ibíd., p. 132.

[8] Ibíd., p. 133.

[9] Ibíd., p. 132.

[10] Ibíd., p. 136.

[11] Ibíd., p. 133.

[12] María del Rosario Fernández, La Tirana.

[13] Ibíd., pp. 133-134.