La torre que agujerea el cielo barcelonés

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     I.

Barcelona, 10 de junio de 2026. El papa León xiv, sucesor de Pedro en un tiempo de vértigos, alza sus manos ante la Torre de Jesucristo. El viento mediterráneo lame los cinco brazos de la cruz que la corona. Abajo, la ciudad respira. Arriba, a 172,5 metros, el hormigón y la piedra se disuelven en la luz. La basílica de la Sagrada Familia se convierte, desde este instante, en la iglesia más alta del mundo. Pero no es la altura lo que importa. Es el vértigo inverso. Dios descendiendo por una aguja que los hombres, durante más de un siglo, han estado erigiendo como un acto de fe terco y hermoso.

     Casualidad o providencia. La fecha del rito coincide con el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, aquel «arquitecto de Dios» que en 1926, atropellado por un tranvía, fue confundido con un vagabundo. La ironía no es menor. El hombre que concibió un bosque de piedra murió sin que nadie reconociera a su creador. La Sagrada Familia, como toda obra que aspira a la trascendencia, ha sobrevivido a su padre y lo ha desmentido.

     No obstante, antes de asomarnos a sus fachadas y torres, hay que nombrar con justeza. La Sagrada Familia no es una catedral. Una catedral es la sede del obispo, el centro jerárquico de una diócesis. Aquí no hay tal. Es, en rigor, una basílica menor (título otorgado por Benedicto xvi en 2010) y, sobre todo, un templo expiatorio. Esta última categoría es clave; un templo construido íntegramente con donativos, en concepto de reparación por los pecados del mundo.

     La expiación impregna cada piedra, cada torre, cada escena esculpida. No es un museo ni un monumento al genio; es un mecanismo litúrgico de penitencia. Quien lo juzgue solo como arte lo entenderá a medias. Quien lo juzgue solo como fe lo perdonará todo. Es de justicia hacer las dos cosas: admirar y dudar. Ahora sí, entremos a este universo en piedra.

     II.

     Otra parada obligatoria, es necesaria, antes de internarse en el bosque de columnas o de perderse por las fachadas abigarradas. Perdonen. La parada es Antoni Gaudí i Cornet. El vértice de una pirámide cultural que conocemos como modernismo catalán. Pero cuidado, llamarlo «modernismo» ya es un acto de traducción traicionera. En catalán, modernisme; en español, «modernismo» a secas, palabra que en otros contextos designa a Rubén Darío y los cisnes.

     No hay cisnes aquí. Hay fábricas, humo, hormigueros humanos, la burguesía industrial que amasó fortunas con el textil y el acero, y que necesitaba un arte a la altura de su poderío… y también de su culpa.

     El modernismo catalán es la versión local del Art Nouveau, el Jugendstil, el Sezession vienés. Sin embargo, mientras que en París o Bruselas la línea curva fue un ornamento, en Cataluña se convirtió en estructura. La naturaleza se analiza en su anatomía. Los arquitectos modernistas como Lluís Domènech i Montaner (el Palau de la Música Catalana) o Josep Puig i Cadafalch (la Casa de les Punxes) compartían con Gaudí la pasión por el ladrillo visto, el hierro forjado, la cerámica vidriada de colores intensos. Pero ninguno llegó tan lejos. Gaudí fue el radical del grupo, el que rompió el tablero.

     Para situar la Sagrada Familia en la obra de su padre, hay que entender tres etapas. La primera es la etapa orientalista del Capricho de Comillas, del Palacio Güell, donde las cúpulas recuerdan a la India y los arcos parabólicos anuncian futuras audacias. La segunda es la etapa gótica, la del Colegio de las Teresianas, de la cripta de la Colonia Güell, donde Gaudí estudia el gótico, pero lo deshace como un relojero que desmonta un mecanismo para mejorarlo. La tercera es la etapa orgánica o naturalista donde desarrolla sus obras más emblemáticas (Park Güell, la Casa Batlló, la Pedrera). En esta fase, la geometría se vuelve viviente. Las superficies se tuercen, se ondulan, respiran. En esta etapa nace la Sagrada Familia.

     III.

     Esta iglesia había sido iniciada en 1882 bajo la dirección de Francisco de Paula del Villar y un año después le fue encargada a Gaudí. Él aceptó pero, como era su costumbre, lo cambió todo. Del proyecto neogótico original apenas quedaron los cimientos. Gaudí concibió un templo con cinco naves, crucero de tres, ábside semicircular, dieciocho torres (doce apóstoles, cuatro evangelistas, la Virgen y Cristo, esta última la más alta) y tres fachadas.

      Esto sin dudas parecía un programa medieval; eso sí, se ejecuta con medios modernos. Gaudí era un místico que dominaba la técnica hasta hacerla invisible. Sus columnas inclinadas de la cripta de la Colonia Güell, ensayadas con cuerdas y arena, anticiparon los puentes de hormigón armado. Sus maquetas de alambre y yeso (destruidas en 1936 por los anarquistas durante la Guerra Civil) resolvían problemas que los ordenadores actuales apenas confirman.

     Así, entrar en la nave central es abandonar la geometría euclidiana. Las columnas arborecen. Basalto y granito se ramifican a los doce metros de altura como árboles que hubieran aprendido de los pinos del Montseny y los ficus del trópico. Gaudí, que estudiaba la naturaleza con lupa y compás, comprendió que la columna gótica era un hueso vertical mientras que el árbol es una estructura de fuerzas oblicuas. Así nace la columna helicoidal, la columna que se tuerce para distribuir tensiones como una médula vegetal.

      Las columnas interiores cambian de sección y color según el peso que soportan. Las más gruesas, cerca del crucero, son de pórfido rojizo, como troncos de secuoya. Las más esbeltas, hacia los extremos, de basalto gris. El capitel se disuelve en un nudo de ramas que se bifurcan hasta encontrar el nervio de la bóveda. Esa bóveda es un follaje de piedra. Los hiperboloides y paraboloides se entrelazan sin que el ojo pueda seguir la costura matemática. El efecto es orgánico. El espectador levanta la cabeza y ve un dosel, una copa invertida, un cielo petrificado donde la luz se cuela como entre hojas.

     Y aquí el milagro estético mayor. Los vitrales abstractos. Gaudí renunció a los santos de vidrio para apostar por una teología de la luz pura. Los colores se estratifican desde los tonos fríos en las naves laterales (azules, verdes, que sugieren el amanecer) hasta los cálidos en el altar (ámbar, bermellón, púrpura del ocaso). A las cinco de la tarde, la basílica es una caja de resonancia cromática. La luz talla. Arranca aristas, abrasa nervios, funde sombras en los rincones. San Juan de la Cruz escribió sobre «la noche oscura del alma». Gaudí construyó su reverso, la tarde clara del cuerpo, cuando la materia se desmaterializa en color.

     El vitral del ábside, diseñado por Joan Vila-Grau en 2014, fragmenta la luz en franjas que rotan con el sol. A mediodía, una columna dorada baja hasta el altar. Es pura poesía óptica, pero también teología. Es la luz como anamnesis del Verbo que «ilumina a todo hombre». El interior es un organismo donde cada elemento tiene su respiración.

     IV.

     Salir al exterior es cambiar de régimen estético. Si dentro reina la necesidad orgánica, fuera domina el exceso retórico. Las tres fachadas (Natividad, Pasión y Gloria) son como tres sermones escritos en piedra, pero con caligrafías distintas y a veces antagónicas.

     La fachada de la Natividad, la única terminada en vida de Gaudí, es un prodigio de minuciosidad gozosa. Allí el horror vacui es un acto de amor. Cada hueco se llena de hojas, pájaros, conchas, frutos, músicos invisibles, pastorcillos con zurrón. Es el modernismo catalán llevado a su paroxismo, pero con una diferencia, no hay simetría. Gaudí organiza el caos como un jardín. El ciprés que corona la fachada, esculpido por Jaume Busquets, parece un dedo verde que brota de entre los ángeles y las palmeras datileras. Es hermoso, sí, pero también agotador. El ojo pide un descanso que la piedra no concede.

     La fachada de la Pasión, ejecutada entre 1954 y 2004 bajo la dirección de los arquitectos Francesc de Paula Quintana, Isidre Puig y Jordi Bonet, con esculturas de Josep Maria Subirachs, es el otro polo. Subirachs (1927-2014) rompió deliberadamente con la estética gaudiniana. Sus figuras son angulosas, deshuesadas, casi cubistas. Cristo flagelado parece un rostro de Picasso después de una noche de tortura. La crítica tradicional los ha llamado «discordantes». Y lo son. Pero ¿no era acaso la Pasión discordante? ¿No era el sufrimiento una herida en la carne tersa del mundo? El problema no es estilístico sino de gramática arquitectónica. Las figuras de Subirachs son duras, geométricas, mientras que el entorno gaudiniano es ondulado, vegetal, continuo. El choque es equívoco más que trágico. Parece que hubieran traído esculturas de otra galaxia. El puente de la Pasión (ese grupo de doce planos inclinados que sostienen la fachada) es admirable por su audacia estructural, pero las figuras de Subirachs no brotan del muro sino que se incrustan.

     La fachada de la Gloria, aún en proyecto (se espera su culminación en 2034), intentará mediar entre ambos extremos. Sus escultores, entre los que destaca un japonés convertido al catolicismo llamado Etsuro Sotoo, han retornado a la plasticidad orgánica. Pero el resultado, de momento, es incierto. El proyecto original de Gaudí dejaba maquetas, pero no instrucciones precisas para cada relieve. Los arquitectos posteriores han tenido que «inventar» a partir de fragmentos. Esa invención es legítima pero no infalible.

     V.

     La Sagrada Familia no es una ruina romántica ni un monumento congelado. Es un organismo vivo que se sigue construyendo 144 años después de colocada la primera piedra. Los arquitectos posteriores han tenido que tomar decisiones que Gaudí no tomó. Y han errado, a veces, por exceso de fidelidad.

     El caso más flagrante es la Torre de la Virgen María (finalizada en 2021), coronada por una estrella de doce puntas iluminada con LED. La estrella es bella, mas el mecanismo de iluminación interior convierte la torre en una lámpara de salón de aeropuerto. El problema no es el LED en sí, sino la falta de moderación lumínica. La estrella debería ser un signo y a menudo se ve como un espectáculo.

     La sacristía y el museo subterráneo fueron también resueltos con una frialdad funcionalista que nada debe a las curvas gaudinianas. El visitante pasa de la cripta de columnas inclinadas (Gaudí puro) a un pasillo de hormigón visto que parece de aeropuerto de provincias. La discontinuidad es dolorosa.

     Hay también aciertos inmensos. El claustro (concebido como un claustro abierto, sin clausura, que envuelve la basílica como una hiedra) es obra de los arquitectos posteriores, y sin embargo respira Gaudí. Las campanas de la Torre de Jesucristo, fundidas en Alemania, tocan en do mayor y mi bemol, recreando los intervalos que Gaudí anotó en sus papeles. Allí la interpretación es fiel.

     VI.

     La nueva cruz de la Torre de Jesucristo tiene cinco brazos. No cuatro como es tradición. Gaudí la diseñó así para recordar las cinco llagas de Cristo y para que pudiera apreciarse como cruz desde los distintos ángulos. Los arquitectos actuales la han respetado. El papa León xiv la ha bendecido.

     La Sagrada Familia es, al fin, un problema insoluble. Un templo expiatorio que nunca acaba de expiar sus propias contradicciones, una basílica menor con pretensiones de catedral universal, un bosque de piedra donde a veces se pierde el sendero. Pero en la pérdida, justo en ese extravío, el peregrino encuentra algo que la perfección jamás daría. Evidencia de que Dios también se contradice. Y de sus contradicciones nace la belleza más extraña y más verdadera.