DIMENSIÓN FILOSÓFICA,
SOBRE TODO, EN SU SENTIDO DE LA VIDA
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Importa, en el texto, la juiciosa justificación del materialismo. Es un rasgo de madurez mental en Martí. Y se destaca su aguda observación sobre lo negado y lo que al cabo se descubre y explica en la cuestión del espíritu. El párrafo contiene tres juicios: el motivo inspirador del materialismo; su turno natural en la Historia de la Filosofía; su hallazgo final, que parece contradecir su negación inicial. Quien piensa con esa precisión, posee capacidad filosófica nada común.
Reconciliémonos con los términos filosóficos. ¿No usan los suyos las varias ciencias? Demos paso, pues, a mecanicismo y teleología. Se trata, ya se sabe, de dos modos de entender el proceso cósmico, y desde luego, la vida humana. Según lo primero, todo ocurre a virtud de la energía operante en el Universo. La materia se estima como energía regulada por causas físicas, químicas…, en un determinismo cerrado. Según esto, que entra en el naturalismo, no existe nada sobrenatural. Sobre todo, no se mueve el Universo, a tenor de fines previos que han de cumplirse. Recuérdense las llamadas “causas finales” de Aristóteles, que indican no fin, término, sino propósito, finalidad.[10] Todo esto lo desecha el mecanicismo.
La Teleología (Finalismo), en cambio, atribuye propósito al Universo y ve la vida humana bajo signo de finalidad. Por épocas, una cultura llega a configurarse regida por el finalismo. Es así en tiempos de credos religiosos vivos y de sistemas filosóficos de implicación espiritualista. La cultura contemporánea —y ya en los años finales de Martí se notaba— se desentiende mucho de los fines. El fenómeno se registra en buena parte de la filosofía, en la Teoría del Estado, en la Educación.[11] Para que estas negaciones del finalismo fuesen consistentes, habría que probar primero que la vida misma carece de fines; lo cual sería negarle sentido.
Martí enmarca sus credos en ámbito teleológico. Todo su ideario parte de ese supuesto. Cabría examinar los supuestos de las ideas filosóficas de Martí. El primero es ese: la creencia en un designio, no siempre claro ni concreto, pero perceptible en la economía general del ser, del individuo, de la conducta. Fuerzas ciegas no, sino fines ve Martí en todo. Hoy, un Kelsen, nada menos, llega a decir, como consecuencia de su teoría del “derecho puro”, que el Estado no tiene fines. Lo razona arguyendo que el derecho es “forma”, sin contenidos humanos, y como el Estado es una creación del Derecho, no incluye fines. Largo sería esto de puntualizar, y no cabe aquí el asunto.
Martí veía fines, primero en la vida, y consecuentemente, en el Estado, en la Educación, en la Literatura… De ahí que no se adhiriera a ninguna filosofía de las que se atienen más a los procesos que a los propósitos. Explicar, sí, pero señaladamente, querer, intentar, buscar.
En lo de “buscar”, iba más tras el Bien que a la pesquisa de la Verdad. En el Bien, en efecto (es intervención mía) no cabe error. Cabe, sí, cuando interpretamos el Sumo Bien de Platón y aún doctrinas de menos alcance. Pero no hay error posible en amar y ayudar al semejante. El Bien, en ese predio ceñido, ya no es esquivo, sino que se revela, como la forma más bella de la Verdad.
Creo que por ahí lo sintió Martí, que confió en la consistencia de la bondad, como conducta, más que en el Bien, en su abstracción impenetrable. De modo que el hecho, lo pragmático, le conducía, no a las limitaciones del Pragmatismo, sino precisamente a zonas metafísicas. Y es que no da un paso sin sentir la unidad de cuanto existe.
Martí no declara, en exposición ordenada, su actitud filosófica, ni creo que pretendía ser filósofo; pero su credo es de los más coherentes si lo seguimos en los pasajes donde desliza especies filosóficas. Sería difícil dar en ellas con una contradicción. Quizá sea la idea de Dios la única que aparece en distintas formas.
Cree que la Historia, sin excepción, se resuelve al cabo en la validez del deber. No vacila en lo tocante a la organización ética del hombre, aunque la perciba rudimentaria y hasta sofocada por instintos inferiores en la mayoría. De esa raíz espiritual deriva toda su creencia en la seriedad de la vida, sin que lo aturdan los altibajos ni los reveses de la virtud. Por ahí no lo confunden. Sabe a qué atenerse. Confía en la naturaleza humana. Eso sí, contando con el dolor. Sufrir es a su juicio lote indeclinable, aparte de que suele mejorar al hombre y hasta revelarle verdades superiores. En mucho, sus convicciones las derivó de su experiencia penosa.
Reiteradamente aparece el concepto de “naturaleza humana” en sus escritos. Meditó en ella y la conclusión fue de radiante seguridad en que nuestra hechura tiene un sentido en la economía general de lo existente. Que prevalezca la paloma o la serpiente, eso no invalida el substrato —o dígase capacidad— moral del ser humano. Como algunos poetas tienen fe profunda en la poesía, Shelley por caso, él la tenía en el designio grave de la vida. En ningún momento la ve como cosa de azar o de juego de los dioses o de hado maléfico. La ve solemne, a tono con el coro de sus grandiosas leyes. Vimos ya cómo dice a los negadores del espíritu que a la postre acaban por estudiar con ahínco las leyes de lo que niegan.
No podemos inferir mucho de las notas sueltas o fragmentarios apuntes que de sus clases de Filosofía se han conservado. Se componen de la mención de algunos filósofos; de proposiciones escuetas y de una parte más declarativa. Pero eso data de 1877, cuando el novel profesor en un centro de Guatemala iba por sus veinticuatro años. Hay allí una orientación, sin duda, pero no asoma todavía la madurez de pensamiento a que llegó más tarde.
En las menciones nota uno la extensión de sus lecturas. Por el modo de referirse a gran número de filósofos de todas las épocas, se infiere que había leído, ya a su edad, acerca de todas las figuras que cita y algo de los textos mismos.
En la parte declarativa de esos fragmentos hay cláusulas de gran interés, unas por la solidez de la observación, otras porque enteran de que sintió temprano su afinidad con Emerson. Alguna hay que nadie suscribiría hoy, como cuando pone a Krause por encima de Hegel. Eran años de krausismo español, y la onda se dilató hasta algún país de América. A él, además, pudo impresionarlo en España, sin que sea exacto tenerle por krausista.
Leemos allí:
¡Novedad el positivismo! ¡pues si lo ha habido en toda la Filosofía, aun en las más remotas, como sana reacción de la inteligencia libre del hombre contra las imposturas o soberbias sacerdotales! Es un método permanente en la historia del hombre. Lo único que varía, y le da aire dc novedad cada vez que aparece, es el mayor saber acumulado con el tiempo.—[12]
Esto sugiere que, si por lecturas y pensamiento propio derivó el juicio que enuncia, daba prueba de capacidad muy temprano. Si, por otra parte, adoptó ese criterio tomándolo de autoridades, ello indica que conocía las más altas. El párrafo necesita desenvolvimiento, ejemplificación, pero ya fija un hecho que en efecto se reitera, sin que falte en los sistemas hindúes.
En otra nota le ajusta un juicio a Schopenhauer: “‘El dolor es perenne’. Lo que es perenne es la causa del dolor”.[13]
En algún fragmento se descubre aptitud de investigador científico, que no cultivó después. Así escribe:
Lo que hay que ver es si espíritu y cuerpo se desarrollan al mismo tiempo; si por ejemplo, entre el amor maternal de la gallina y el de la mujer hay una diferencia correspondiente a la diferencia física entre la estructura corporal de la gallina y la de la mujer.[14]
No se empeña en hallarle fórmula filosófica a la felicidad. Del hedonismo, por supuesto, está lejos. La paz cristiana, si la sostienen dogmas, no le atrae. Definitivamente cree —y lo declara— que fuera de la generosidad, por la cual nos damos a los demás, es inútil buscar vida feliz. De modo que no mira a las tesis de las escuelas ni se pone a especular en preocupada pesquisa, sino que de un trazo maestro, vital, revela su verdad. Revelador, sí, porque la doctrina le brotó entera de la realidad del espíritu, según él la vivió y la sufrió. Y con eso está señalando, con ademán seguro, una ley del ser. Mientras más originalidad existe en estos hombres raros, más descubrimos su consonancia con leyes rectoras de la enorme peripecia humana en la tierra. Lo original no deserta, ni abjura, ni se rebela. Lo original coincide, humilde, con la profundidad, más o menos oculta, de todo ente y toda cosa. Lo original, término muy relativo que utilizamos, va a dar en “lo común” de Heráclito. ¿Unidad del espíritu humano? ¿Presencia del Logos?
De la vida nuestra en el mundo dijo que no es la total, sino etapa, no más. En el Poema del Niágara[15] lo asevera, y en veinte pasajes que acá y allá quieren consolar con tierna luz. Creyó en la supervivencia. Si a tal credo llegó por la meditación, o por intuición súbita, o por lectura de algún alto maestro, o por vía de dolor, yo no lo sé. Más de un método tal vez tuvo parte en esa su adhesión firme a tan viejo modo de entender, a medias, el sobresalto y la pena del mundo.
Pero también creía en la sustancia y la belleza de esta vida mortal, no obstante, sus enigmáticas pesadumbres. También miraba enamorado las tardes quietas, las noches de dulce majestad, las auroras, como acabadas de crear, y cuanto ser alienta y cuanta fuerza bulle; y la penumbra esquiva, y el opulento río. La Naturaleza lo atraía y le dio, a él tan adentrado en ella, símiles y metáforas, para amparar su predicación, esperanza de los hombres.
No formó su filosofía con negaciones de lo existente ni con desvío del vivir terreno. No fue un renunciador. Su sacrificio lo efectuó, consciente de que abandonaba un mundo donde se entremezclan lo puro y lo horrendo. Y como que él aprendió pronto a descubrir lo puro y le vio a la vida y a la Naturaleza sus encantos, renunció, no a modo de maldiciente sino de amador, que aún prendado de las armonías del mundo físico y de la escondida luz de las almas, se fue, prematuramente, de las realidades que pintó y bendijo en lengua imperante, toda llena de mensajes y de atisbos. Ya hacía más de diez años que había renunciado a los pocos goces que positivamente brinda la vida. Lo que disfrutó fue como cosa al margen.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[10] En un libro filosófico estaría de más la aclaración. Hay lectores que no tienen por qué estar al tanto de la especie.
[11] Ver mi reciente estudio “Fines de la educación”, en la revista Lyceum.
[12] JM: “[Apuntes y fragmentos sobre filosofía]”, [Guatemala, 1877-1878], OCEC, t. 5, p. 215.
[13] JM: “Schopenhauer”, “Cuaderno de apuntes no. 3” [anterior a 1878], OC, t. 21, p. 113.
[14] JM: “Cuaderno de apuntes no. 18” [1894], OC, t. 21, pp. 387-388.
[15] JM: “El poema del Niágara” (prólogo a El poema del Niágara, de Juan Antonio Pérez Bonalde, segunda edición, Nueva York, 1883), OCEC, t. 8, pp. 144-160.

