ILUMINACIONES 2:

CINTIO Y FINA, SOBRE MEDARDO VITIER

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Fina García Marruz: Francés, mecanografía, taquigrafía, pintura…

Cintio Vitier: Se estudiaba mecanografía y taquigrafía, como si fuera una carrera. Eso me permitió, a partir de los doce años, ser el mecanógrafo de mi padre.

Fina García Marruz: De toda la obra de él.

Cintio Vitier: Toda su obra periodística y literaria, todos sus libros y todos sus artículos, yo los copié. Ahí me enteré de lo que decían aquellos textos por dentro. Cuando uno copia una obra la siente más cercana, la incorporas mucho mejor… Mi padre quería presidir aquel homenaje a Vasconcelos con una bandera mexicana. Salí corriendo para que mi maestro de pintura me ayudara…

Fina García Marruz: El pintor Tarascó, en Matanzas.

Cintio Vitier: Alberto Tarascó se tomaba tan en serio su oficio, su vocación, que pintaba con una boina de pintor y una bata, todo el tiempo. Tenía una esposa muy linda, mexicana, que él pintaba mucho y era su musa. Sabiendo que él estaba casado con una mexicana, mi mamá me mandó con él y me dio un paño, y yo salí corriendo por Matanzas con aquello en la mano… Una hora después, Tarascó había pintado la bandera…

Fina García Marruz: La puso sobre un mimbre.

Cintio Vitier: La puso sobre un sillón de mimbre y allí pintó al águila que aparece en la bandera mexicana. Las pinceladas sobre el mimbre daban la sensación de las plumas del águila. Salió impecable: las alas con sus plumitas perfectas. Yo regresé corriendo con aquella bandera desplegada, como una insignia, por todas las calles. Recuerdo que ya había un montón de gente en el patio de mi casa, que era la poesía misma.

     Yo vivía entonces al lado de una familia, las Febles, unas muchachas. Una de ellas era pianista y era visitada por un extraordinario violinista, un viudo. Nunca he conocido una persona tan solemne y tan funeral en toda mi vida. “Todo de negro hasta los pies vestido”, como Felipe ii, según algún verso de Antonio Machado.

Fina García Marruz: Pantaleón de la Concha se llamaba.

Cintio Vitier: Pantaleón de la Concha… ¡Qué nombre!

Fina García Marruz: Con su vestimenta.

Fina García Marruz: “¡Qué atmósfera la del Horeb!”

Fina García Marruz: Pantaleón de la Concha.

Cintio Vitier: Era una extraordinaria persona y escuchándolo a él, me enamoré del violín. Yo le ofrecí a Lolina Febles, que era la pianista, y a Pantaleón, mi ayuda para pasar las páginas de las partituras, que era lo único que sabía hacer entonces, porque estaba estudiando solfeo.

Fina García Marruz: Ellos tocaban la Sonata Primavera, de Beethoven.

Cintio Vitier: Y yo pasaba las páginas.

Fina García Marruz: Cintio llegó a tocar también esa sonata.

Cintio Vitier: Aceptablemente. Me enamoré del violín gracias a Pantaleón de la Concha. A los mexicanos les conmovió este recuerdo infantil, asociado a la figura de Vasconcelos, un escritorazo. No sé si ustedes han leído las memorias de Vasconcelos.

Nancy Morejón: Uno de los primeros títulos que vi de Medardo Vitier fue publicado por Samuel Feijóo, en aquella colección tan hermosa de la Universidad de Las Villas. Me interesaba saber qué relación tuvieron ambos. Medardo murió en el año 60, cuando la colección de la revista Islas, que Feijóo dirigía, comenzaba a publicarse.

Cintio Vitier: Ellos se conocieron en mi casa. Samuel venía mucho a La Habana.

Fina García Marruz: Él paraba en casa cuando venía.

Cintio Vitier: Paraba, dormía y vivía en mi casa. Era una persona maravillosa, realmente inolvidable.[9] No olviden que yo fui a trabajar a la Biblioteca Nacional, después del triunfo de la Revolución. Samuel decía que yo ganaba más que el Che, porque, además, daba clases entonces en la Escuela Normal de La Habana, en la sesión nocturna, con Lino Novás Calvo. Después me invitaron a dar clases de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Las Villas, cuando estaba empezando, después de liberada Santa Clara por el Che. Precisamente por eso era la broma de Samuel.

Sergio Vitier: Todos nosotros tuvimos una relación muy estrecha con él hasta su muerte. Tú sabes que los últimos tiempos de Samuel fueron muy tristes, porque padeció del mal de Alzheimer y perdió la noción de las cosas. Fue un gran amigo nuestro y papá se divertía mucho con él. Samuel era tremendo, un genio de la conversación.

Cintio Vitier: Sí, los cuentos que él hacía… Sergio, ¿recuerdas?

Sergio Vitier: El Elefante galante, El barbero Agustín, El Comandante Padilla…

Fina García Marruz: Él se iba con Sergio a las montañas de Guamuhaya y era la única persona a la que yo le confiaba a Sergio.

Cintio Vitier: No se sabe por qué, porque más loco que Samuel no lo había…

Fina García Marruz: Sí, pero cuidaba a los niños maravillosamente, y ambos me mandaban cartas preciosas.

Cintio Vitier: Cuando llegué a la Universidad de Las Villas, ya lo conocía y se fortaleció mucho nuestra amistad y también con Núñez Jiménez, que había sido capitán de la tropa del Che. Y allí conocí a… ¿cómo se llamaba el italiano?

Fina García Marruz: Fávole…

Cintio Vitier: Y también al rector de la Universidad de Las Villas, Mariano Rodríguez Solveira, que despidió el duelo de mi padre…[10] Muy agradable, muy inteligente, muy buena persona.

Fina García Marruz: Samuel publicó como ochenta libros cuando dirigió la Dirección de Publicaciones de la Universidad Central de Las Villas. Libros de Cintio, de Fernando Ortiz, de Roa…

Julio Domínguez García: A mí nunca se me olvida una de las conferencias que Samuel impartió en la Biblioteca Nacional, en la que se apareció con un tibor en la cabeza, rematado con una vela encendida.

Fina García Marruz: Las “samueladas”[11] … Ya él había publicado Sobre los movimientos por una poesía cubana hasta 1856, que es un libro clásico porque nadie había estudiado ese período tanto como él. Era un especialista del siglo xix. Nosotros teníamos una competencia fraternal en torno a quién sabía más del siglo xix cubano, que era su locura. María Teresa Freyre lo invitó a dar una conferencia, y yo estaba temblando por las “samueladas”, las travesuras que hacía. Él era como un niño. Y, efectivamente, se apareció con el tibor y un poema dedicado a “su oreja infantil debajo de la cama”.

     No, no, pero lo grande fue que aquella gente, todos aquellos grandes investigadores como la doctora Freyre, que era una mujer muy elegante, se reían a todo dar. Se convirtieron en niños, como si tuvieran cinco o seis años.

Julio Domínguez García: Recuerdo que cuando terminó la conferencia, se quitó el tibor y apagó la vela.

Cintio Vitier: Apaga y vamos.

Fina García Marruz: Esa fue una de las travesuras que nos hacía para ponernos nerviosos. A Cleva Solís la conocía por correspondencia y se admiraban mucho. Él decía que tenía cinco lectores: su mujer, Cintio, Cleva, el linotipista y yo. Cleva era muy seria y muy impresionable. El día que fue a conocer personalmente a Cleva, le dijo: “Te tengo que confesar que yo soy un drogadicto”. Cleva se asustó: “¡un drogadicto!” Y él le dijo: “Sí, sí, y además estoy escondido de la policía porque…” y después se echó a reír. Esas eran las “samueladas” que nos hacía.

Sergio Vitier: No tomaba ni fumaba, nada.

Fina García Marruz: No tomaba nada. Él renunció a un cargo que le consiguió Cleva para anunciar bebidas, en un momento en que él estaba pasando mucha necesidad. Era un gran fotógrafo. Recuerdo un álbum con sus fotografías en los que aparecían cascadas de la Isla que ni siquiera eran conocidas por Núñez Jiménez. En Bohemia también aparecieron sus reportajes sobre los desalojos. Cleva le consiguió un trabajo de fotógrafo para promocionar una bebida norteamericana, un whisky, creo, y él no lo aceptó. Le dijo al hombre: “No, yo no voy a ganar un peso anunciando eso; he visto muchas familias destruidas por la bebida”. Y así fue. Renunció a un trabajo que estaba muy bien pagado.

     Así y todo, se presentó un día en la casa de Julián Orbón, que lo quería conocer porque lo admiraba muchísimo, y se apareció con una “samuelada”. Y Julián, que lo admiraba tanto, me decía: “¿Escribe hipnotizado, no? Porque lo que escribe es una maravilla”.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[9] “Y es, quizás, que este poeta libre, andariego, amigo incansable y real de los humildes, amador solitario de nuestras aguas, bosques, cielos y costas, enamorado fiel de las montañas, hombre ya maduro que gastó su juventud conociendo y amando los pueblos, las soledades, las cosas y gentes de la Cuba de adentro, de la brasa roja en el monte y los nácares de los cayos al atardecer, buscando caracoles, hojas y rostros —no pertenece ni siquiera a una generación, a una revista, a un grupo. No se deja clasificar, apenas se deja ver en los medios literarios; y cuando aparece, lo hace encubierto con disfraces que le sirven, justamente, para no contaminarse con una gota de falsía, para resguardar su libertad, su risa y su tristeza. Nadie sabe nunca dónde está, de dónde viene, cómo se formó, qué pretende, o, según dice la frase popular tremenda, ‘cuál es su cuadro’. Pero Feijóo no tiene cuadro, no lo pueden enmarcar, se escapa a sus guajiros que lo quieren, a sus caminatas por lo virgen, a sus amadísimos azares. Imprevisible, abrumador, muerto de risa, serio, llega y desaparece por un camino distinto cada vez. Y luego (¡ah, no desdeñemos estas cosas!), no se presenta encorbatado, no dice: ‘qué interesante es la cultura’, no da conferencias, no es doctor, no tiene un puesto definido en la ‘sociedad’”. (Cintio Vitier: “Orgullo por Samuel Feijóo”, El Mundo, La Habana, 21 de octubre de 1958).

[10] Mariano Rodríguez Solveira escribió, además, la “Nota preliminar” a las Valoraciones (I y II) de Medardo Vitier, publicadas por la Universidad Central de Las Villas, La Habana, Impresores Úcar, García, sa, 1960-61, pp. VII-XI.

[11] “Feijóo se decide por parecer arbitrario y hasta zafio. Es una zafiedad de puro linaje candoroso. A veces, oyéndolo, he pensado que todos tenemos momentos de independencia en que quisiéramos reaccionar así, con desnudez interior, con diafanidad delatora de lo profundo, con irreverencia ante el ídolo de la norma petrificada.

Tal es Feijóo, y su persona exterior da la idea del extravertido. Sin embargo, en sus palabras y actos espejea una luz interior que él se guarda para iluminación de sus soledades. Que el ruido no ofusque al observador. En lo oculto duermen silencios de finísima condición”. (Medardo Vitier: “Samuel Feijóo: estética”, Valoraciones, Universidad Central de Las Villas, 1960, t. I, p. 450).