No recuerdo cuando empecé a subrayar los libros.
Mis primeras lecturas fueron, sobre todo, en libros prestados. Libros de la biblioteca del colegio donde estudié y libros de mis padres o amigos. Por razones más que obvias no podía hacerlo. En esa época lo que podía subrayar, párrafos o versos, lo copiaba, a mano, en cuadernos. En la letra diminuta que siempre me ha acompañado. En algún momento de mi vida los perdí. No tengo claro cuándo ni por qué.
Los primeros libros que vi subrayados fueron los de mi papá. Literalmente los hacía suyos y discutía con ellos. Copiaba, en la primera página, las frases que le habían llamado la atención.
Fue cuando empecé a comprar mis primeros libros, los que me interesan, aquellos que quería leer porque sí, por capricho, no por obligación, por necesidad. Fue en la calle 19, en esas casetas azules donde vendían libros y discos usados, cuando empezó a hacerse mi biblioteca.
Al principio sólo subrayaba los libros de poesía. No sé por qué hacía esta excepción. Si el poema completo me gustaba, subrayaba con una línea vertical desde el primer al último verso. A diferencia de otros, lo hacía con esfero y siempre con un separador que hacía las veces de regla. Intervenía en el libro intentando afectarlo lo menos posible. Cosa que, por supuesto, no es cierta. Subrayar afecta y transforma un libro.
Después comencé a subrayar los libros en prosa. Líneas, párrafos, páginas… A partir de este momento tres cosas se le agregaron a ese subrayar: anotar en la última hoja los números de las páginas donde había señalado algo y, aún más radical, copiar en la primera página las citas, frases, que más me habían gustado (también con letra diminuta, de alguna manera ilegible para los demás y, con seguridad, dentro de algunos años, también para mí). Y, para completar, comencé a corregir, complementar y a dialogar con su contenido. A escribir en ellos. De esta manera, literalmente, intervenía en los libros intentando de alguna manera hacerlos más míos. La paradoja es que por mi oficio de librero de libros usados (o de segunda mano, que es como los llamo) cuando me encuentro con libros así lo primero que hago es rechazarlos y enojarme con su anterior dueño: “Qué horror… ¡los masacró!”, como si el hacer esto los devaluara (y lo hace en muchas ocasiones, en mi negocio). El peor masacrador del que he encontrado libros es/era José Pubén, poeta y librero, del que aún siguen apareciendo sus libros por ahí. Literalmente reescribía sobre ellos con el primer esfero que se encontraba, rojo la mayoría de las veces. En mi caso lo hago con negro. Las consecuencias no dependen del color. Son siempre las mismas.

¿Por qué y para qué subrayar un libro? Para que el pasado (el momento y las circunstancias de hacerlo) sea siempre presente en el acto de leer. Lo que se escribe se hace presente cada vez que se lee. No importa cuándo haya sido hecho. Dejamos nuestras huellas, intervenimos en un libro, y nos hacemos uno más con él. El que fuimos se encuentra con el que somos. Al releerse nos transforma. Nos vemos como otro. Y, también, de una manera menos romántica y metafísica lo hacemos (o al menos lo pretendemos) nuestro para los lectores del futuro. Para que cuando ya no estemos y alguien se lo encuentre, y lo lea, lo lea también con nuestros ojos.
Y también, para qué negarlo, yo lo hago para devaluarlos. Sí, para que cuando mis libros en el momento en que parta y ya no esté, emprendan nuevos caminos y se tropiecen con nuevos lectores, les hagan decir:
-¡Qué horror! ¡Mire este Álvaro Castillo como masacró este libro!
Sería chévere poder verlo…
San Librario, Bogotá, 30 de mayo de 2026.

