JOSÉ MARTÍ: POESÍA Y REALIDAD

...continuación 7

     No será necesario probar la atroz acción de este odio en las revoluciones y contrarrevoluciones históricas, es decir, en el animal estrictamente social; los testimonios son demasiado evidentes y vivos ahora mismo en la carne de cientos de miles que lo padecen día a día; en esa humanidad sufriente, destrozada por las conmociones de este siglo y para la que el amor positivista del humanismo ateo no ha tenido el menor movimiento de piedad.

     Junto a una idea trascendente de justicia llevan las revoluciones un peso de odio que aumentará a medida que los objetos intencionales se vayan alejando de las zonas de valor más altas, y por lo tanto, más inmediatas, hasta constituirse en valores extensos, en relaciones de cantidades.[67] Pero este conocimiento de la acción corrosiva del odio en cualquier proceso revolucionario lo tuvo Martí en mucho mayor grado que Scheler; de ahí el cuidado sumo, constante, ya obsesivo, en evitarlo, en negarlo, en arrasarlo de la única forma posible: imponiendo a lo implacable del odio, un amor implacable. Creo entonces que va siendo hora que verifiquemos lo que Kant llamaba su revolución copernicana y en vez de buscarle a Martí la manera de situarlo en una tipología revolucionaria, ver de qué manera se puede situar a los revolucionarios arquetípicos en la apertura, en la inauguración de la revolución de Martí.

     Después de seguir minuciosamente el examen scheleriano del amor y de ver la identificación de Martí con cada una de las condiciones en que el amor se manifiesta, percibimos que el más absoluto estar en el amor no es otra cosa que estar en la realidad; puesto que en esa larga indagación sobre la esencia y desde una disciplina al parecer tan abstracta como la fenomenología se nos da la posibilidad de distinguir las ideas del amor (manifestadas en el concepto del amor humanista) del asumir su realidad, no ya desde una interpretación trascendental de unión con el todo (formas típicas del amor romántico) ni desde una consideración de cantidades (formas de la filosofía y ciencia políticas), sino en un incomparable encuentro en el que lo ajeno se mantiene como tal, sustantivamente respetado. No es que Martí nos lleve hacia un valor bueno, sino que es el portador de ese valor y no cumplirá otra función sino la de entregarnos nuestra propia plenitud. Veamos cómo nos lo dice Fina García Marruz.

La radical diferencia entre Martí y los otros libertadores de pueblos, es la de haberse propuesto una doble redención, política y personal; no es la patria solo la que quiere redimir sino esto de preso que hay en cada hombre.[68] Para ello es preciso ponerle delante su posibilidad mejor, no en forma de ideal abstracto generalizador, sino como su “virtud”, en su sentido original de fuerza, propia, original, intransferible; para ello es preciso “creer” en esa virtud, ayudando así a crearla. Él se dirige siempre, al escribirles, a esa “entereza” perdida. De aquí que a veces nos preguntemos: pero, ¿quiénes eran estos hombres a que hablaba Martí, donde se vieron nunca dechados de virtud privada o pública semejantes? Llegamos a sospechar si serán creación de su generosidad y su caridad únicas, hasta que comprendemos que las dos cosas son ciertas, que eran hombres quizás corrientes, pero también que cualquier hombre corriente, sobrenaturalmente amado, puede llegar a dar de sí aquello que en él latía escondido como su principal secreto[69].[70]

     Esta acción que va a revelar el ser más alto de un valor solo puede provenir del reino autónomo del amor para cuya existencia no necesita de vínculo con ninguno de los reinos sociales e intelectuales, aunque puede (y es luego de su vida, en sí, su más radical función) dirigirse, en su efusión, hacia ellos.

     Observemos esta permanencia de lo ajeno respetado como tal, en la relación de Martí con la naturaleza. Más bien que a identificarse, Martí va a hermanarse con la naturaleza. En los Versos libres está presente, a veces, esa intención animista que percibimos, por ejemplo, en las imágenes antropomórficas de César Vallejo, en las que el cielo es “todo un hombrecito”;[71] la luna “lagrimea y es un ojo que apunta”;[72] el verano es un “obispo triste”,vii es decir, se trata de alzar la naturaleza a un plano humano de modo que el hombre sigue siendo considerado como superior y señor de ella. Pero esta relación con la naturaleza cambia en los Versos sencillos, aquí casi siempre se la deja ser; la relación es de hermandad, que en sus momentos más altos se limita a mostrarse gozosa de saberla y amarla. “Yo sé los nombres extraños de las yerbas y las flores”,[74] es el anuncio de un conocimiento venturoso que consiste en respetar esos nombres en su realidad, en la que ya alcanzan su esplendor mayor, puesto que se les reconoce como extraños, adjudicando al término su doble carácter de misterio y “ajenidad” (“solo se sabe lo extraño”, dice Ortega) y su manifestación consistirá tan solo en la aparición de estos nombres en el último Diario,[75] donde el misterio propuesto en los Versos sencillos se nos revela en la procesión de esos nombres sencillamente enumerados: “bagás”, “yaya de hoja fina”, “piña estrellada”,[76] “enredaderas de hojas lanceoladas”.[77] Esta hermandad con la naturaleza se junta con el amor a la persona, la cual, a través de él, se verá impulsada hacia su zona más alta de valor. Ambas manifestaciones parten, como antes se señaló, del reino autónomo del amor.

     Ver operar al amor en su relación con el hombre en Martí es sin duda algo que sobrecoge y ejerce sobre el que lo estudie, y en su medida lo sienta, una acción purificadora. Pero no vamos a verlo dirigido a los hombres grandes o humildes que admiró o amó y que de alguna manera lo merecían; ni en el perdón inaudito a sus verdugos después de la visita de su padre al presidio;[78] vamos a mirarlo yendo hacia un hombre que, al parecer, no lo merecía, en lo que llamaré el elogio de Masabó. Masabó es violador y ladrón; ha deshonrado al Ejército Libertador (piénsese en lo que la honra significa en Martí); no tiene salvación, está condenado a muerte, va a ser fusilado; Gómez, militar y revolucionario, tiene que mostrar ante la tropa formada la bajeza del reo; lo insulta: “Este hombre no es nuestro compañero: es un vil gusano”. Pero Martí está allí; un hombre no puede ser un “vil gusano”, de alguna manera hay que redimirlo, de alguna manera hay que restituirle la dignidad. Comienza por describirlo: “en pie queda Masabó; sin que se le caigan los ojos ni en la caja del cuerpo se vea miedo”; pero la descripción se va llenando de piedad: “los pantalones, anchos y ligeros, le vuelan sin cesar, como a un viento rápido”.[79] Y ya aquí, vemos la similitud del lenguaje con el que empleó en la descripción de un hombre que amó: David, de las Islas Turcas; “con sus calzones en tiras, los pies roídos, el levitón que le colgaba por sobre las carnes, el yarey con las alas al cielo”.[80] Ambos hombres están unidos en la incomparable piedad que los mira, a los dos, al que lo merece y al que no, les va como otorgando una justicia desde la realidad del lenguaje, al narrar llanamente la imagen única e indivisible de un hombre. Pero aún hay que darle más a Masabó; hay que hallarle su zona de valor más alta, y ¿qué otra podría ser para un hombre elemental que la valentía?; entonces ya la tiene, ya sabe qué decirle, ya lo acaba de dignificar, ya nos lo redime en una de esas afirmaciones breves tan suyas: “En la pelea era bravo[81] Jamás podremos ver a Masabó como un “vil gusano”, sino como un hombre valiente que erró; su memoria está salvada. ¿Cómo es esto posible? ¿Lo veremos como una idealización de todo?; de ninguna manera, ya vimos que Martí está mucho más en la realidad que cualquier otro hombre que se acerque a ella por vías aparentemente más inmediatas. Hay siempre en el hombre que ve a la realidad desde formas conceptuales una serie de esquemas previos; uno de ellos puede ser su maniqueísmo implícito o explícito; esto está ausente en Martí; sorprende en un hombre que sufrió la crueldad en la carne desde niño, que la vio en torno suyo mil veces, a pesar de las caídas en que se sentía aterrado al ver el daño, esa resistencia a otorgarle al mal carta de naturaleza, actitud tan cerca del cristianismo, de esa declaración del Ángel de la Guardia a doña Proeza en el Zapato de Raso de Claudel: “el mal es lo que no existe”.

     Asumir la realidad solo parece posible partiendo de la esencial y última realidad del amor; el valor bueno está portado por la palabra, en el simple adjetivo, tal como vimos en la realidad del Ebro y como lo real estaba ya en la palabra de Vallejo antes de encarnar en el tiempo histórico de la Guerra Civil española.

     De esta constante comunión con lo real me parece partir lo inaudito de la prédica y la vida de Martí. No será posible irle a buscar el origen tan solo en sus contactos con las filosofías que le fueron contemporáneas, aun contando con un gran eclecticismo y una enorme capacidad sintética. Examinemos su encuentro con estas filosofías (ensayos sobre Emerson[82] y Spencer,[83] notas para el curso de Guatemala,[84] artículo sobre la muerte de Marx,[85] etc.). Veremos siempre su mirada radiante de inteligencia, encontraremos preferencias más que vinculaciones (exceptuando a Emerson, a quien de veras amó). ¿Cuál era entonces su filosofía? Aunque ya se ha señalado, habrá sin embargo que repetir que en un sentido riguroso no la tuvo precisa, puesto que su pensamiento evadía y sobrepasaba lo sistemático,[86] de la misma manera que su verbo sobrepasó el Modernismo. Podríamos aplicarle las palabras que Scheler dice a propósito de San Francisco y afirmar que, si Martí hubiera intentado reducir a conceptos rigurosos su visión del hombre y de las cosas, lo que por suerte inmensa para nosotros no hizo, sino que se limitó a servir, amar y poner ese amor en obra y vida, nos parece que hubiera tenido poco que ver con las filosofías de las que le tocó ser contemporáneo. Me permito discrepar en esto de las tesis que ven a Martí centrado en conclusiones filosóficas o políticas propias de su época y, por otra parte, no alcanzando a entender la naturaleza del socialismo marxista. Creo que entendió y rebasó mucho más que eso, puesto que su persona era sustancialmente rebasadora. No vacilaría en sostener —claro que como hipótesis— que su visión, vuelta rigor conceptual, estaría más cerca de filosofías que tardaron aún bastante en promulgarse. Siempre hipotéticamente, desde luego, veamos si intuiciones filosóficas como “esencia”, “duración”, “valor”, “razón y vida”, no están mucho más cerca de la concepción martiana del mundo y del hombre que las que señoreaban en su momento. Por otra parte, ese momento, inundado de cientificismo, era pobre en metafísica; recordemos el testimonio de la ansiedad con la que unos jóvenes buscaban a fines de siglo, en la Universidad de París, inútilmente, algo que les acercara a una filosofía de veras creadora y cómo algunos de estos jóvenes (Maritain, Gilson) solo la hallaron al seguir, deslumbrados, los cursos de Bergson en el Colegio de Francia. Y al señalar las intuiciones filosóficas que citamos más arriba no pensamos en otra cosa que en lo que esos conceptos, aparentemente abstractos, tienen de valor vivo, real. Va a ser fácil que un hombre justifique y sienta una radical enemistad hacia otro si comienza por aceptar unos esquemas que señalan una separación; va a ser más difícil si, por el contrario, le percibe al prójimo su duración, le busca su esencia y le otorga su valor. Pero sin llegar a este análisis, siempre hipotético, ateniéndonos tan solo a los datos que poseemos sobre los encuentros de Martí con la filosofía, veremos que Spencer le interesó (notemos que de Spencer arranca la obra de Bergson); sabemos lo que pensaba sobre Marx (artículo sobre la muerte del filósofo); del Positivismo tuvo una intuición que, observándola bien, sobrepasa en mucho lo que parece decir: “Es un método en la historia del hombre” (no olvidemos que Husserl llamaba a su método “positivismo absoluto”). Pero sería vano tratar de hallarle una definición precisa en el pensar filosófico; no la tuvo porque todo lo sobrepasaba, como antes señalamos, el enorme caudal de vida que lo animó; de modo que su pensamiento se situaba de inmediato en el fragmento de realidad que le tocaba observar; de ahí la presunta ambigüedad que le ha sido percibida a veces, de ahí la imposibilidad de “citarlo” en referencia a algo, como nos hace notar Fina García Marruz, puesto que la única cita posible es su vida misma.

     Si tratáramos, sin embargo, no ya de definir su pensamiento, sino de hallarle un linaje, me parece posible establecerle esta genealogía: considerando los movimientos dirigidos hacia una síntesis manifestadora de una intuición plenaria del hombre, alguno de los cuales guarda relación con el franciscanismo (aunque ya como escisiones o fragmentos de una plenitud lograda en una vida de santidad única), y que Scheler señala: platonismo erótico-cristiano (Dante, Petrarca); emoción ante la naturaleza en la vida y formas de pensar renacentista —aun contando con cierto panteísmo—; acción indirecta sobre la nueva filosofía de la naturaleza; a los que pueden añadirse, por otra parte, los intentos de reconstrucción de una imagen organológica del mundo, las posibilidades dadas en una visión integral, natural y religiosa (movimientos románticos, Goethe, Novalis) y que en Norteamérica pueden representar Emerson y Whitman, se reafirma la función integradora que Vitier señala en Martí si vemos en su vida y en su obra el último, hasta ahora, de esos grandes intentos unificadores, suceso que en sus pocas apariciones en la vida y la cultura occidentales, ha producido siempre los instantes más altos de esa cultura y esa vida. Pero es la primera vez que el hombre americano alcanza —llevando a plenitud ese sincretismo que le es propio— tan absoluta universalidad.

     Es también la primera vez en la historia que desde esa situación se ejerce una acción concretamente política; solo entendiéndolo así nos será posible atender a las incesantes ramificaciones de la acción martiana. Partiendo de un núcleo que no es otro que el amor, concibe Martí una Revolución, única entre todas las revoluciones históricas, en la que la Justicia es, a la vez medio y fin, puesto que su iniciador tuvo la valentía sin par de estremecerse ante la palabra guerra y quererla por eso justa y corta, y que, al acudir a esa guerra, aseguró que no eran “inútiles la verdad y la ternura”.[87] Creo que solo desde esa Revolución será posible, al par que ir liberando pueblos, ir modificando la realidad “hormiguero” en las vías que ayuden a la “función esencial del universo, que es una máquina de hacer dioses”, según ese final de “Las Dos Fuentes de la Moral y de la Religión”, que siempre leemos atónitos, y más al comprobar su identidad con esta pregunta abismática de Martí: ¿sin la esperanza de llegar a ser Dios, consentiría yo en ser todavía hombre?”[88] Menos nos sorprenderá, sin embargo, comprendiendo que, si por el orgullo fuimos penados al querer hacernos dioses, por el Sacrificio se nos prometió que llegaríamos a serlo, según se dice en el Salmo: “Vosotros sois dioses e hijos todos del Altísimo”, y que esta deificación es la que anima toda la cristología paulina.

     Queda Martí, entonces, como el manifestador de una “revolución permanente”, en un sentido no previsto por Trotsky puesto que la esencia que la anima es inacabable; de ahí la futuridad que le señala Cintio Vitier.[89] Pero esa futuridad no me parece estarse cumpliendo en las revoluciones de contenido político establecido y preciso, triunfantes o en lucha, ni en los líderes revolucionarios fácilmente situables dentro de una tipología previa, sin mostrar esa “libertad original que cría el hombre en sí”[90] y que debe sernos incesantemente descubierta, como Martí nos la descubre, llevándonos a “echar del alma”[91] y poner a servir lo que hay en ella de mejor. Son las revoluciones de la moral cerrada. Pero una muchedumbre de adolescentes espera, cantando, a los tanques soviéticos en torno a la estatua de un santo en una plaza de Praga; miles de adolescentes claman por la paz y el amor en las ciudades de Estados Unidos y marchan, cantando, a los campos. Se trata tan solo de “signos”; no puede precisarse más. Pero un “scholar” tan serio como Harvey Cox dice en su reciente libro The Feast of Fools —citando a Camus— que “debemos aprender del pasado que la rebelión, cuando no incluye una ‘strange form of love’, fracasa”. Dice también que el nuevo líder revolucionario debe incluir en su persona algo del místico y del santo.

     Alegraría sin duda al ilustre profesor de Harvard saber que ese extraño amor y esa brisa mística encarnaron en José Martí.

     Creo que ese “extraño amor” es capaz de llevarnos a realidades que nos son hoy desconocidas (es imposible no ver a Martí como ese ser para la resurrección que Lezama opone al ser para la muerte de Heidegger) y que nos entregará posibilidades que hoy apenas vislumbramos. Quizá en esa nueva realidad se verifiquen misterios inefables, que pueden consistir en el encuentro indecible de los dos ciervos.

     Pero sin traspasar lo inmediato, permaneciendo en lo histórico, sigue la palabra de Martí viva, apareciendo misteriosa y radiante desde esa ausencia que todos le hemos sentido en cualquier situación de la República y que la copla popular, como siempre, percibe mejor que nadie en esa exclamación que parece inundar todo el ámbito de Hispanoamérica: ¡Aquí falta, señores, ¡ay!, una voz!

     Su revolución sigue ahí; en un sentido no acabará nunca de cumplirse, en otro fue detenida dos veces: primero, por la fatal intervención norteamericana (¡el “arado” convertido en “perro de presa”!);[92] después, por el sombrío juego político que la hizo entregarse a la dependencia política y económica de la Unión Soviética. Primero, una fuerza; después, otra; ahora, dos; siempre el “gros animal” totalitario impidiendo los débiles, pero eternos balidos del ciervo espiritual.

     Pero quizá nuestras desgracias se deban, sobre todo, a haber traicionado mil veces el pacto que José Martí hizo con nosotros, este también pacto de amor, al que juró ser fiel. Hay algo, sin embargo, que en medio de las mayores corrupciones de la República le fue respetado, paradójicamente, por no cumplir un mandato suyo. Ningún gobierno de la República ha colocado junto a la estrella de la bandera la fórmula del amor triunfante, como él expresamente pidió.[93] La razón es sencilla; nadie se ha atrevido a hacerlo, porque si se hace habrá que cumplirlo inexorablemente o la traición se consumará de forma atroz. Es la fórmula suma del amor, llevada al vivir social, es el ser mismo de Martí en cuanto revolucionario. Pero frente a “sus cubanos” no está solo como revolucionario sino también como Rey, vive ante su pueblo “como una metáfora” según la imagen de Lezama referida a los reyes medievales,[94] o como ese rey pastor que el propio Lezama invoca en las Eras Imaginarias, que nos entrega los signos “aparejados por el permiso del río”, del “consentimiento de la lluvia”,[95] que puede ser la lluvia cubana humilde y sagrada que lava su cuerpo en ese viaje hacia la tierra que ya no puede narrarse.

     Pero su pueblo vuelve a estar dividido; como hace cien años cientos de miles de cubanos vuelven a llenar Tampa, Cayo Hueso, Jacksonville, New York, México, Costa Rica, Venezuela, en la aciaga permanencia de un destino migratorio que parece estar en la entraña misma de nuestro ser. No buscaremos razones que nos llevarían a un maniqueísmo fatal; el testimonio más desgarrador, sea dado desde la prisión, desde el destierro, desde la muerte, desde la permanencia honesta en la actual vida política del país, lo da la horrenda división en sí misma. En medio de esta división debe estar, despedazado, como el cuerpo de Osiris, el cuerpo de José Martí.

     Solo creeremos en la revolución que le envuelva de nuevo y le haga “casa” a “todos sus cubanos”,[96] en la revolución que no implique necesariamente, en un juego dialéctico infernal, la contrarrevolución cargada con los mismos males de la revolución que divide y odia. Quizá así alcanzaríamos al fin la independencia política, a condición de sentirnos siempre dependientes del amor. Porque ni fuimos libres e independientes antes, ni lo somos ahora, ni lo seremos nunca, más que en la medida en que seamos fieles al pacto que José Martí estableció con nosotros y a través de nosotros —puesto que hasta nos otorgó el privilegio de ser mediadores— con la menesterosa criatura humana.

     Muchas son las obligaciones a que nos compromete ese pacto, pero pueden resumirse en dos, especialmente guardadas por los ángeles de su palabra: Mientras exista el presidio político sustentando un régimen de cualquier naturaleza, en cualquier parte; en nombre de no importa qué justicia; mientras ahora, en este momento, pueda existir un don Nicolás del Castillo, estará ahí el terrible testimonio de El presidio político en Cuba; mientras alguien padezca hambre, de cualquier especie, estarán ahí “La arruga, el callo, la joroba, la hosca y flaca palidez de los que sufren[97]

     No tendremos paz nunca; la apelación a nuestra conciencia es implacable; está hecha por alguien que se llamó a sí mismo conciencia,[98] alguien que empezó enseñando a “marchar bonito”[99] a un caballo y sigue enseñándonos a “marchar bonito” a todos; alguien que vivió todos los infiernos del padecimiento y la crueldad y terminó —como Aliosha Karamázov en medio de una turba de escolares— escribiendo cartas a niñas. Le fueron otorgados muchos nombres en la alabanza; ninguno más justo que el que, casi sin saberlo, le da la misma copla que clama por su voz: Maestro del Día.

[Exilio, Nueva York, invierno-primavera de 1971, no. 16-17].

Tomado de Julián Orbón: En la esencia de los estilos y otros ensayos, prólogo de Julio Estrada, España, Editorial Colibrí, 2000, pp. 107-147.


Notas:

Véase Abreviaturas y siglas

[67] No creo necesario señalar que la misma radical ausencia de amor está presente — manifestándose como indiferencia y odio— en la esencia misma de la sociedad capitalista definida por el propio Scheler lapidariamente como un “mundo de cantidades en movimiento”; sin embargo hay en ella un progreso tecnológico y material como lo hay, por otra parte, en las sociedades modificadas por el socialismo, lo que nos lleva a pensar, estremeciéndonos, en la idea de Scheler de que “será posible vivir en un mundo perfectamente civilizado y al par lleno de odio, es decir, un mundo demoníaco”.

[68]“Cuando vemos que a una figura tan eminentemente ‘literaria’ como la de Rubén Darío, en tantas cosas hijo suyo, se le empieza a descubrir la dimensión trascendental y profética, no podemos aceptar que se archive a Martí como un ilustre caso estilístico ni como un político que, si va más allá de su época, es solo unos pocos años, en la fácil ‘profecía’ del imperialismo. El laboreo de esta ‘mina sin acabamiento’ que dijo Gabriela Mistral, está empezando, y lo primero que tenemos que hacer, como un deber sagrado de cubanos y de americanos, es empaparnos de las esencias enérgicas, agónicas y cordiales de su palabra, que no nos llega como letra sino como verbo transfigurador, que no nos trae la estructura fija de una ideología sino los caminos sufrientes y jubilosos de una salvación individual y colectiva. Porque en Martí no hay una filosofía sino una sabiduría, y lo que él busca, en medio de las tareas inmediatas, es regenerar y liberar al hombre, no solo de las trabas económicas y políticas sino también de las morales y psicológicas, obra que siempre será necesaria, y el hombre al que habla y del que habla es un hombre nuevo, futuro, ecuménico, armonioso por el equilibrio de los contrarios, afincando en la tierra y en el hambre de eternidad”. [Cintio Vitier: “Martí futuro” (1964), Temas martianos. Primera serie (1969), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, p. 155].

[69]“Sin la voz de los profetas hebreos y sin la palabra encarnada de Jesús, no es posible entender cabalmente a Martí, quien situó entre sus ‘verdades esenciales’, esta: ‘Jesús no murió en Palestina, sino que está vivo en cada hombre’”. [Cintio Vitier: “Sobre el humanismo de José Martí”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2005, no. 26, p. 22.

[70]Fina García Marruz: “Las cartas de Martí” (1968), Temas martianos. Primera serie (1969), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, p. 406.

[71]César Vallejo: “II. Batallas”, España, aparta de mí ese cáliz (1939), Poesía completa, ob. cit., p. 359.

[72]César Vallejo: “Unidad”, Los heraldos negros (1919), Poesía completa, ob. cit., p. 67.

[73]César Vallejo: “Verano”, Los heraldos negros (1919), Poesía completa, ob. cit., p. 21.

[74] “Yo sé los nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores”.
(JM: “I”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 299).

[75] JM: “De Cabo Haitiano a Dos Ríos” (9 de abril-17 de mayo de 1895), Diarios de campaña. Edición anotada, investigación y apéndices de Mayra Beatriz Martínez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2014, pp. 65-109.

[76] “A la cintura cruzamos el río, y recruzamos por él: bagás altos a la orilla. Luego, a zapato nuevo, bien cargado, la altísima loma, de yaya de hoja fina, majagua de Cuba, y cupey, de piña estrellada”. (Ibíd., p. 68).

[77] “A lo alto, de mata a mata colgaba, como cortinaje, tupido, una enredadera fina; de hoja menuda y lanceolada”. (Ibíd., p. 71).

[78] “Detalle repugnante, detalle que yo también sufrí, sobre el que yo, sin embargo, caminé, sobre el que mi padre desconsolado lloró. ¡Y qué día tan amargo aquel en que logró verme, y yo procuraba ocultarle las grietas de mi cuerpo, y él colocarme unas almohadillas de mi madre para evitar el roce de los grillos, y vio al fin, un día después de haberme visto paseando en los salones de la cárcel, aquellas aberturas purulentas, aquellos miembros estrujados, aquella mezcla de sangre y polvo, de materia y fango, sobre que me hacían apoyar el cuerpo, y correr, y correr! ¡Día amarguísimo aquel! Prendido a aquella masa informe, me miraba con espanto, envolvía a hurtadillas el vendaje, me volvía a mirar, y al fin, estrechando febrilmente la pierna triturada rompió a llorar! Sus lágrimas caían sobre mis llagas; yo luchaba por secar su llanto; sollozos desgarradores anudaban su voz, y en esto sonó la hora del trabajo, y un brazo rudo me arrancó de allí, y él quedó de rodillas en la tierra mojada con mi sangre, y a mí me empujaba el palo hacia el montón de cajones que nos esperaba ya para seis horas. ¡Día amarguísimo aquel! Y yo todavía no sé odiar”. (JM: El presidio político en Cuba, Madrid, 1871, OCEC, t. 1, p. 77).

Ezequiel Martínez Estrada consideraba que “el homenaje más emocionante que Martí ha dejado a la memoria respetable de su padre, está en las páginas de su panfleto El presidio político en Cuba. Por primera vez en la historia del idioma castellano se escribe con sangre y no con tinta. Sin olvidar a Larra. Cualesquiera sean las deficiencias estilísticas, de construcción, de expresión y de vocabulario de El presidio, es una acusación, vibrante de apasionado amor a la justicia, de repudio al despotismo, de compasión por los desdichados y de condena de la crueldad. En esa obrita primeriza permanecen en la misma incandescencia con que se las escribió algunas páginas que no han recogido las antologías, pero que son de las más hermosas y patéticas de las letras hispano-americanas. Por ejemplo: la escena en que el padre, arrodillado ante el mártir inocente, le cura la pierna lacerada y mezcla sus lágrimas con la sangre. No hay en la literatura universal, puedo aseverarlo con entera convicción, ni siquiera en la Hécuba, de Eurípides sino una escena que pueda comparársele: la del rey Lear arrodillado ante Cordelia, pidiéndole perdón en su extravío. ¿Se puede leer esta media página sin sentir estrangulada y encendida de indignación el alma?”. (Martí revolucionario, La Habana, Casa de las Américas, 1974, p. 31).

[79] JM: “[Masabó]”, Diarios de campaña. Edición anotada, investigación y apéndices de Mayra Beatriz Martínez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2019, p. 87.

[80] JM: “[David, de las islas Turcas]”, ibíd., p. 57.

[81] “[Masabó]”, ob. cit., p. 87.

[82] Véase JM: “Muerte de Emerson”, La Opinión Nacional, Caracas, 19 de mayo de 1882, OCEC, t. 9, pp. 308-339.

[83] Véase JM: “[…] Herbert Spencer ‘La futura esclavitud’. Análisis del socialismo”, La América, Nueva York, abril de 1884, OCEC, t. 19, pp. 144-153.

[84] JM: “[Apuntes y fragmentos sobre filosofía]”, [Guatemala, 1877-1878], OCEC, t. 5, pp. 202-215.

[85] JM: “Honores a Karl Marx, que ha muerto” (fragmento correspondiente a la crónica “Suma de sucesos”), La Nación, Buenos Aires, 13 de mayo de 1883, OCEC, t. 17, pp. 64-66.

[86] Véase Manuel Pedro González: “Prontuario de temas martianos que reclaman dilucidación”, Anuario Martiano, La Habana, Sala Martí de la Biblioteca Nacional, 1969, no. 1, pp. 103-115.

[87] “Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Vd. pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca”. (JM: “Carta a doña Leonor Pérez Cabrera”, [Montecristi] 25 de marzo de 1895, TEC, p. 15).

[88] JM: “Variedades. De París”, Revista Universal, México, 9 de marzo de 1875, OCEC, t. 3, p. 20.

[89] “La futuridad de Martí no la hallamos solo en sus ideas y visiones, sino también en su ser mismo. Realícense o no las síntesis históricas, filosóficas y religiosas anunciadas por él, hay siempre en su figura un dinamismo intrínseco que pertenece a la dimensión de la esperanza, una irrupción ontológica de futuro que está en la calidad misma de su temperamento y su palabra. No es ya el causalismo evolucionista o dialéctico del siglo xix, la huella difusa que pudieron dejar Krause, Darwin o Spencer en su pensamiento, las conclusiones electivas que él extrajo de sus críticas armonizadoras o superadoras; es algo más profundo, que está en el sentido de su vida y en la textura de su palabra, fenómenos en él inseparables”. (Cintio Vitier: “Martí futuro” (1964), Temas martianos. Primera serie (1969), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, p. 169).

[90] “Muy mal conoce nuestra patria, la conoce muy mal, quien no sepa que hay en ella, como alma de lo presente y garantía de lo futuro, una enérgica suma de aquella libertad original que cría el hombre en sí, del jugo de la tierra y de las penas que ve, y de su idea propia y de su naturaleza altiva. Con esta libertad real y pujante, que solo puede pecar por la falta de la cultura que es fácil poner en ella, han de contar más los políticos de carne y hueso que con esa libertad de aficionados que aprenden en los catecismos de Francia o de Inglaterra, los políticos de papel. Hombres somos, y no vamos a querer gobiernos de tijeras y de figurines, sino trabajo de nuestras cabezas, sacado del molde de nuestro país”. (JM: “Con todos, y para el bien de todos”, discurso en el Liceo Cubano, Tampa, 26 de noviembre de 1891, OC, t. 4, p. 275).

[91] “Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma”.
(JM: “I”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 299).

[92] “[…] Del arado nació la América del Norte, y la Española, del perro de presa […]”. (JM: “Madre América”, discurso en la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York, 19 de diciembre de 1889, OC, t. 6, p. 136).

[93] “¡Basta de meras palabras! De las entrañas desgarradas levantemos un amor inextinguible por la patria sin la que ningún hombre vive feliz, ni el bueno ni el malo. Allí está, de allí nos llama, se la oye gemir, nos la violan y nos la befan y nos la gangrenan a nuestros ojos, nos corrompen y nos despedazan a la madre de nuestro corazón! ¡Pues alcémonos de una vez, de una arremetida última de los corazones, alcémonos de manera que no corra peligro la libertad en el triunfo, por el desorden o por la torpeza o por la impaciencia en prepararla; alcémonos, para la república verdadera, los que por nuestra pasión por el derecho y por nuestro hábito del trabajo sabremos mantenerla; alcémonos para darles tumba a los héroes cuyo espíritu vaga por el mundo avergonzado y solitario; alcémonos para que algún día tengan tumba nuestros hijos! Y pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: ‘Con todos, y para el bien de todos’”. (“Con todos, y para el bien de todos”, ob. cit., p. 279).

[94] “Luis xi vivía frente al pueblo como una metáfora, y la imagen, favorable a los reyes medioevales, formaba la sustancia donde el pueblo vela su jerarquía interpretada. La metáfora y la imagen permanecen fuertes en el desciframiento directo y las pausas, las suspensiones, que entreabren tienen tal fuerza de desarrollo no causal que constituyen el reino de la absoluta libertad y donde la persona encarna la metáfora. El hombre y los pueblos pueden alcanzar su vivir de metáfora y la imagen, mantenida por la vivencia oblicua, puede trazar el encantamiento que reviste la unanimidad”. (José Lezama Lima: “Las imágenes posibles”, Orígenes. Revista de Arte y Literatura, La Habana, primavera de 1948, año V, no. 17, pp. 7-8; Analecta del reloj. Ensayos, Ediciones Orígenes, Úcar, García y Cía., s.a., 1953, pp. 157-158; La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014, pp. 199-200).

[95] “[…] El afán de pintar un camello en la línea del horizonte y un buey durmiendo cerca de la casa, apuntalaban la extensión de la fascinación para penetrar y del resguardo para asegurar el sueño y la promesa de las estaciones.

Son los signos aparejados por el permiso del río. Dieciséis signos forman la casa del primitivo, del rey pastor, del consentimiento de la lluvia”. (José Lezama Lima: “Preludio a las eras imaginarias” (1958), La cantidad hechizada (1970), La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014, p. 26).

[96]                 […]
     En la patria de mi amor
Quisiera yo ver nacer
El pueblo que puede ser,
Sin odios y sin color.

      Quisiera, en el juego franco
Del pensamiento sin tasa,
Ver fabricando la casa
Rico y pobre, negro y blanco.

                 […]

     Si es uno el honor, los modos
Varios se habrán de juntar:
¡Con todos se ha de fundar,
Para el bienestar de todos!

(JM: “[A Néstor Ponce de León]”, Nueva York, 21 de octubre de 1889, Cartas rimadas, OCEC, t. 15, pp. 273-274).

[97]                                                      “yo respeto
La arruga, el callo, la joroba, la hosca
Y flaca palidez de los q. sufren.
(JM: “[Bien: yo respeto]” [A], Versos libres, OCEC, t. 14, p. 256).

[98] “Yo me llamo conciencia”.  (JM: “Carta al mayor general Antonio Maceo”, Nueva York, 7 de julio de 1894, EJM, t. IV, p. 217).

[99] “Ya todo mi cuidado se pone en cuidar mucho mi caballo y engordarlo como un puerco cebón, ahora lo estoy enseñando a caminar enfrenado para que marche bonito, todas las tardes lo monto y paseo en él, cada día cría más bríos”. (JM: “Carta a Doña Leonor Pérez Cabrera”, Hanábana, 23 de octubre de 1862, OCEC, t. 1, p. 15).