JOSÉ MARTÍ: POESÍA Y REALIDAD
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Totalmente de acuerdo con esta lúcida exposición de Vitier, intentemos dar “otra vuelta de tuerca”. En los versos que nos ocupan de Martí no parece suceder esa encarnación del nombre común en la intuición de una realidad esencial, puesto que aquí no se trata de nombre alguno, sino de la simple comprobación de dos realidades manifestadas en el adjetivo: las realidades de una materia lodosa y un color amarillo. Vamos a detenernos, entonces, en esta adjetivación puesto que constituye, como tanto se ha señalado, una de las claves para la comprensión de determinadas regiones del lenguaje martiano, ya que la función del adjetivo en este lenguaje —como la que cumple la catacresis en la poesía según el trabajo de Vitier— es también esencial. Ahora bien, notemos que quizá el efecto más hondo del adjetivo en Martí sucede cuando conviene naturalmente al sustantivo; al menos en los casos en que alcanza, a mi juicio, un poder poético mayor, se trata de la simple constatación de realidades manifestadas en el verso sin más. Vemos de esta manera ir a unirse en la misma zona poética del río lodoso y la tierra amarilla a esta otra descripción de una realidad cuyo efecto sobrecogedor reside tan solo en el simple enunciado:
“el canario amarillo,—
Que tiene el ojo tan negro!”[22]
Me parece que en ambos casos estamos más que en ninguna otra cosa no ya en una verdad poética a la que pueden ir añadiéndosele sentidos, sino sencillamente en la verdad. No hay sentido que alcanzar, máscara que arrancar; si está presente esa “dicha inexplicable” que Vitier señala al hablar de la emoción que nos producen esas intuiciones líricas “imponderables e inasibles”, más extraña aún, puesto que, repito, no percibimos aquí ni “vislumbres” ni “sospechas”, sino la llana manifestación de lo real;[23] la dicha, el propio Martí nos la señala, puesto que esta percepción solo le es posible cuando se alegra “como un escolar sencillo”. No se trata tampoco de la nueva luz que pueden adquirir las cosas en las versiones a lo divino, ni podemos hacernos esas preguntas que Cintio Vitier se hace al tratar sobre las cuestiones más totales de la poesía en su trabajo “La zarza ardiendo”[24] al señalar el sentido alusivo que aparece en la poesía popular española (“De los álamos vengo, madre” y “Al alba venid, buen amigo”). (“¿Qué álamos, qué amigo?”) Aun esa última función de la poesía está ausente de los versos que comentamos. Se trata de una realidad absoluta a la cual no se le añade nada. Sin embargo, la poesía cumple aquí una función radical, absolutamente inexpresable en conceptos. Supongamos una conversación corriente en la cual alguien nos pregunta la impresión que nos causó un río; si respondemos: “es un río lodoso y la tierra es amarilla”, nuestra respuesta es sin duda alguna negativa; claro que después de conocer los versos de Martí nos cuesta mucho trabajo ver algo peyorativo en nuestra descripción, puesto que los dos adjetivos adquieren en el poema un valor sumo de verdad ignorado en nuestra respuesta; esta es negativa, puesto que los ríos deben ser “claros” y frescos” y los prados “verdes y amenos”. Al responder estamos contando con la realidad poética de los ríos; Martí no cuenta con esa realidad, no se verifica transformación de ninguna naturaleza en su visión del río; la realidad, mirada desde el amor, revela en sí misma las sustancias de bondad y hermosura que la poesía tendría que alcanzar habitualmente a través de su poder transfigurador. Los adjetivos lodoso y amarillo, además de ser la verdad, adquieren entonces una hermosura que en sí, desde luego, no poseen, pero sin rebasar su función actual; notemos, por el contrario, que las palabras del ejemplo de Vitier, tarde, álamo, etc., son hermosas en sí y como ya señalamos su simple enumeración constituye una pequeña secuencia poética. Llegaremos entonces a esta conclusión: en la imagen del río norteamericano se apela a nuestro amor provocando el estímulo de la belleza; en la descripción del río español se toca lo más hondo del sentir, la absoluta conmoción del alma que está amando la menesterosa realidad como tal. La poesía renuncia a todo su poder; sólo el amor testifica.
Quisiera dar una prueba más de la manifestación de esta verdad. He cantado en innumerables ocasiones los Versos sencillos; cierta vez me hicieron meditar estos comentarios de dos oyentes: al cantar:
“Tiene el conde su abolengo:
Tiene la aurora el mendigo”[25]
un amigo exclamó: ¿Qué magníficos versos! (y en verdad espléndidos, no solo en sí sino porque el poeta otorga en la justicia, al mendigo, la aurora). En ese comentario se percibió de inmediato la belleza del verso. Al cantar:
“Quiero a la tierra amarilla
Que baña el Ebro lodoso”[26]
otro amigo, este español y conocedor del paisaje aludido, dijo: “y es verdad que la tierra ahí es amarilla”. De los primeros versos se captó la belleza; de los segundos, la verdad, la belleza no se manifestó de inmediato en el juicio del oyente, sin embargo, el comentario fue justo; en esa verdad que fue percibida estaba humilde, pero entera, la belleza. Ahondemos algo más en esta verdad. He cantado el poema de que trato (Para Aragón, en España), con la tonada de la Guantanamera; claro que la fusión es enorme; sin embargo, un día percibí que algo faltaba, la música no acababa de identificarse con los versos; sí se producía ese extraño y gozoso coincidir que —al unir la tonada americana con lo remoto del verso— también ocurre si cantamos con la misma Guantanamera cualquier romance, Fontefrida, el Conde Arnaldos, etc.; de cualquier manera, algo estaba ausente. Canté entonces los versos con la melodía de una jota de Teruel: la fusión fue absoluta; resultan entonces estos versos el texto de la jota más total que conozco; la verdad regional de Aragón está tocada de una manera indescriptible. No se trata de que se aluda a Aragón, que se traten entrañables hechos históricos o realidades naturales de la región, sino que ahí está “todo Aragón”. Me asombré más (el asombro es algo que Martí produce en oleadas sin fin) al darme cuenta que en los versos que sí van, que no pueden ir con otra cosa que no sea la Guantanamera, el idioma, suave, permanece en lo americano; es una lengua insular, se va invadiendo de las eses que están en la pronunciación hispano-americana
“Si ves un monte de espumas,
Es mi verso lo que ves:
Mi verso es un monte, y es
Un abanico de plumas”.[27]
Por el contrario, en “Para Aragón, en España”, se nos enciman, gallardas, las honradas zetas peninsulares: Corazón, cazurro, Lanuza, calza, azuloso; de suerte que también la verdad fonética está presente. Hasta qué punto esta verdad permanece, en cuanto se trate de la inmersión en una realidad dada, seguí comprobándolo al cantar, esta vez con el punto Guacanayara, uno de los poemas de “Trópico”, de Eugenio Florit,[28] donde junto al cubanísimo nombre de Dulce María vuelven a aparecer las eses del habla hispanoamericana en nuestro gran poeta, mediador entre las dos orillas del idioma:
Dulce María a su misa
de domingo va cantando
y el sol la sigue besando
a la mitad con la brisa.
Ya desde lejos divisa
mal camino carretero; (etc.)
Tendremos que resumir diciendo que en los versos de Martí que nos ocupan, la palabra no se separa de la realidad; apenas la nombra, solo la testifica; entonces, ¿en qué zona de la expresión poética los situaríamos?
Cuando leemos en Rimbaud:[29] “A veces veo en el cielo playas sin fin cubiertas de blancas naciones jubilosas”, estamos ante el absoluto esplendor de una visión: la imagen convoca todas nuestras facultades fabuladoras y se acerca a lo numinoso. En una segunda mirada, sin embargo, vemos que la religiosidad, la sacralidad, que comenzamos percibiendo en la visión, de alguna manera van apartándose de ella; nos quedamos entonces tan solo con la deslumbrante aparición cuyo sentido último estará sujeto a como lo veamos; Bretón lo entenderá de una manera, Paul Claudel de otra. Comparemos el texto de Rimbaud con el fragmento de San Juan de la Cruz:
Mi amado, las montañas
los valles solitarios, nemorosos
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos, etc.
No hay duda que la secuencia poética no tiene la inmediata reverberación de la visión de Rimbaud; se trata tan solo de una humilde enumeración de cosas; sin embargo, cada una de ellas adquiere una nueva luz, el suave transcurrir nos va otorgando un hogar, una morada y apenas notándolo estamos de lleno en una experiencia radicalmente religiosa. Nos parece ver entonces un anhelo en la visión de Rimbaud, un ir hacia, mientras que en los versos de San Juan de la Cruz percibimos una detención, un cumplimiento, un venir de. Si tuviéramos que encontrar un nexo entre estos dos movimientos opuestos diríamos que ambos son alusivos, y, aunque más humildes, hay en los versos de San Juan una verificación de la hermosura, un misterio de las asociaciones: los valles son nemorosos; las ínsulas, extrañas; los ríos, sonorosos. En el poema de Martí, como antes señalamos, no encontramos ninguno de estos atributos, la poesía parece ausentarse; se describen dos realidades: el río lodoso y la tierra amarilla, sin embargo, esta menesterosidad nos invade produciéndonos simultáneamente los sentimientos de lo verdadero y lo bueno, tocando al tiempo las zonas de valor más altas, yendo en definitiva al bien por vías que no podemos considerar conceptuales ni imaginativas puesto que no hay aquí ninguna figuración en el lenguaje, ningún sobrepasamiento de lo real. ¿Cómo se produce, entonces, esta totalidad poética? Si tuviéramos que definirla conceptualmente me parece que no encontraríamos manera más adecuada de hacerlo que acudiendo a una aplicación libre del principio de identidad: la realidad real es igual a la realidad poética; la única verdad está presente en las dos aes realidad-verso; la mejor definición será entonces el propio enunciado del principio en Wolff:
Si A es, es también verdad que A es.[30]
El principio se manifestará siempre que aparezca la realidad como tal; estará por lo tanto presente en “las polvorientas encinas”[31] de Machado, en “el hombre con el pan al hombro”[32] de Vallejo y ocupará todo el poema “Mi padre era español” de Martí. Porque nos preguntamos: ¿es esto un poema?, ¿qué se nos dice? Volvemos a la comparación con el lenguaje corriente (esa realidad con la cual la madre de Martí identificaba la prosa, fenomenal intuición). Todos podemos sencillamente narrar la relación con nuestro padre de la misma manera que Martí; a todos nos puede ser común la llana descripción de un domingo en el que nuestro padre nos saca a pasear de la mano; no hay en ese poema un solo verso que sea otra cosa que la narración escueta de la realidad; esa nota común que percibimos entre el padre del poema y nuestros padres no se convierte, sin embargo, en un valor universal, no percibimos a ese padre como a un padre común a otras experiencias, no se constituye a través de ir añadiéndole cantidades y tiñéndolo de cualidad en un valor, el valor padre; ese padre sigue siendo don Mariano Martí, como el nuestro se nos aparecerá en la memoria desde su propio nombre. La poesía vuelve aquí a dejar en suspenso todas sus funciones y aparece desde esa detención absoluta en la verdad. Esta verdad es en este caso la realidad misma manifestándose en la memoria; ahora bien, el mismo rol mediador de la memoria —en cuanto puede constituir realidad o imagen en esencias— nos llevará a percibir también la realidad en poemas radicalmente alejados de lo que puede constituir una experiencia vivida. Quiero decir que la realidad aparece tanto en un poema inmediato como en un poema oscuro. Veamos por ejemplo la inmensidad de secuencias que la relación filial va estableciendo en todos los órdenes de la imaginación, la experiencia y la cultura en el enorme poema de Lezama que abre Aventuras sigilosas,[33] comenzando por el establecimiento del fundamento de la aventura que va hacia lo imprevisible de la imagen, del espacio gnóstico y teológico desde el primer verso, definición sobrecogedora de la dinámica del deseo, al propio tiempo que simple enunciado de un dato de experiencia común e inmediata: la separación o lejanía de la madre:
“Deseoso es aquel que huye de su madre”.[34]
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[22] “Yo pienso, cuando me alegro
Como un escolar sencillo,
En el canario amarillo,—
Que tiene el ojo tan negro!”
(JM: “XXV”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 330).
[23] “Ahora bien, la poesía se ocupa, por lo pronto, de dos clases o estratos de realidades: 1) cosas que evidentemente no tienen otro nombre que el poético; 2) cosas que parecen tener otro nombre, que la poesía esquiva y sustituye. Las primeras son esas vislumbres, sospechas o intuiciones líricas, imponderables e inasibles, que desaparecen cuando queremos traducirlas al lenguaje de la prosa. Su nombre es sólo irradiación y sugestión; su esencia, una dicha inexplicable. Son las cosas de la llamada poesía pura, cuyo misterio reside en la continuidad de sonido, sensación y sentido. Aquí la catacresis esencial tiene una función prístina e indiscutible.
Las segundas son las que más favorecen la falsa idea del lenguaje indirecto y figurado, pues sugieren una sustitución del nombre propio mediante la sinécdoque, la metonimia, la metáfora, o su realce estético mediante los demás adornos, figuras, procedimientos y recursos estudiados y por estudiar. Son las cosas (objetos, emociones, ideas) de la poesía discursiva, que desde luego se manifiestan mezcladas con las anteriores. Aquí la catacresis tiene una función que pudiéramos llamar de segundo grado, y las cosas a que se dirige pueden aparecer de dos modos: a) disfrazadas con un nombre común, b) disfrazadas con un aparente sustitutivo poético”. (Cintio Vitier: “Sobre el lenguaje figurado” (1956), ob. cit., p. 98).
[24] Cintio Vitier: “La zarza ardiendo”, Obras 1. Poética, ob. cit., pp. 107-121. [“La zarza ardiendo” se compone de dos ensayos: 1. “Poesía como fidelidad” (1956), pp. 107-115 y 2. “Símbolo y realidad” (1956), pp. 115-121].
[25] JM: “XLIV”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 349.
[26] JM: “VII”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 309.
[27] JM: “V”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 307.
[28] Eugenio Florit Sánchez de Fuentes (1903-1999).
[29] Arthur Rimbaud (1854-1895). Véase Cintio Vitier: “Imagen de Rimbaud” (Revista Lyceum, La Habana, febrero de 1952), ob. cit., pp. 47-59.
[30] Este uso del principio de identidad no contradice sino reafirma la tesis de Vitier. Cuando al final de su trabajo Vitier señala que “al principio de identidad el Cristianismo opone el principio de transfiguración”, nos indica la diferencia entre la idea griega de metamorfosis (comúnmente aplicada a la poesía por las retóricas habituales) y la noción cristiana de transfiguración en la que las cosas “no cambian de apariencia conservando el mismo ser” sino que son más lo que son “traspasando la figura”. Al intentar la comprensión de estos instantes poéticos de Martí por el principio de identidad —que debe ser entendido, desde luego, libre y poéticamente— quiero indicar cómo se alcanza un absoluto poético desde la permanencia en una verdad, desde la ausencia radical de toda figuración en el lenguaje, que ya no ilumina, sino acepta el ser de las cosas.
[31] Antonio Machado: “XI. Yo voy soñando caminos”, Soledades (1903),
[32] César Vallejo: “Un hombre pasa con un pan al hombro”, Poemas humanos (1939), Poesía completa, edición crítica y estudio introductorio de Raúl Hernández Novás, La Habana, Editorial Arte y Literatura / Casa de las Américas, 1989, p. 322.
[33] José Lezama Lima: Aventuras sigilosas, La Habana, Ediciones Orígenes, Úcar, García y Cía., 1945.
[34] José Lezama Lima: “Llamado del deseoso”, Aventuras sigilosas, ob. cit., p. 10.

