EL JUICIO DE MARTÍ SOBRE ZENEA
...continuación 3
Este juicio fue estampado en la última etapa de la acción revolucionaria de Martí, enfrascado ya en los preparativos del Plan de Fernandina, el mismo día que redactó el Plan de Alzamiento[22] dirigido a Juan Gualberto Gómez para el inicio de la nueva guerra. No estaba Martí entonces (ni lo estuvo nunca) para benevolencias gratuitas en materia de patriotismo, ni para exculpar públicamente a un traidor, con argumentos “sentimentales”. Nada lo obligaba a escribir ese comentario que, de resultarle por cualquier motivo embarazoso, podía sencillamente omitir; y menos, las palabras subrayadas por nosotros. Leyéndolas cuidadosamente, por el contrario, la boda de la hija de Zenea parece más bien un pretexto para formular su opinión definitiva sobre la conducta del poeta de Diario de un mártir. Demasiado bien sabía Martí lo que eran los procesos españoles para darle un crédito ciego a esos documentos elaborados por el enemigo, interesado siempre, no solo en eliminar, sino además en infamar a los que condenaba, como sucedió evidentemente en el caso de Plácido y en el de los estudiantes de Medicina. De no tomar esto en cuenta, tendríamos que hacer la historia de Cuba durante el período colonial con las versiones de los gobernantes, jueces, policías, funcionarios y voceros de la Metrópoli. Lo que Martí aporta —conociendo todo, y probablemente más de lo que nosotros sabemos—, es su interpretación clarividente y lógica, no el acatamiento servil y seudocientífico —pues “el sentimiento”, dijo, “es también un elemento de la ciencia”[23]— a lo que dicen los legajos españoles, tan españoles como las balas que mataron a Zenea. Y su interpretación, la única coherente con la persona de que se trata, se estructura objetiva y subjetivamente del siguiente modo: 1) Zenea se involucró, por su cuenta y riesgo, como separatista impaciente y exasperado por un cúmulo de circunstancias negativas, en una “misión de España”, la cual “lo usó a mansalva” y acabó dándole “muerte alevosa” (es decir, muerte de doble traidor, desactivado ya para la causa de Cuba). 2) Zenea cometió ese error porque, en típica coincidentia oppositorum con Azcárate, y anticipándose a sucesos que aún no habían madurado en el devenir histórico, sentía impetuosamente “el deseo de sacar con decoro de la derrota a la patria que creía vencida”. 3) Error no equivale a traición, ni implica una abyección moral que resulta radicalmente incompatible —o la poesía no significa, en realidad, nada— con la “augusta serenidad” de los versos escritos ante la muerte. Porque en esos versos —afirma quien “sabe de almas” y de poesía tanto como de infamias y traiciones en su ya madura experiencia de luchador revolucionario genial— no se percibe “una sola voz de confusión o remordimiento”. Solo esta versión de los hechos integralmente concebidos, tiene verosimilitud y coherencia. Según ella, Zenea no fue en absoluto un traidor (palabra que ni por asomo roza nunca Martí), sino la víctima de una trampa construida en parte por sus propias manos y que resultó superior a sus fuerzas, situación que explica a la vez —si tomamos al pie de la letra lo escrito en el proceso— sus contradicciones, sus denodados esfuerzos por salvarse (único medio de justificar ante los cubanos su conducta), así como la tranquilidad de su conciencia, transparentada como única prueba verdaderamente irrefutable en sus últimos versos, y la dignidad con que supo enfrentar la muerte.
Para precisar lo que Martí quería decir exactamente al usar la palabra “decoro” en el juicio que estamos comentando, nos remitimos al relato escrito por José Antonio Echevarría de las diversas reuniones tenidas por Mestre y él con Azcárate durante el mes de noviembre de 1870. Estamos seguros de que esta versión de las proposiciones de Azcárate a los miembros de la Junta Revolucionaria en New York, es fiel trasunto de lo que el propio Don Nicolás debió referirle a Martí. Veamos, pues, el pasaje esencial de dicha relación, correspondiente a la entrevista del 9 de noviembre:
Manifestó [Azcárate] que si él había aceptado lo que le ha dado el Gobierno español, había sido con el espíritu de un cubano, que desea la felicidad de su patria, y con la esperanza de proporcionar un desenlace honroso a la revolución. —Que como sabíamos, había venido de España en el concepto de que la revolución carecía de la fuerza y elementos necesarios para alcanzar su objeto ni que en ese estado había creído él que podía ofrecérsele sin ofensa, y aceptar ella sin desdoro de inconsecuencia, una transacción que, abstracción hecha de la idea de separarse de la Metrópoli, le permitiese realizar sus principales aspiraciones, antes que esperar un vencimiento con todas sus consecuencias. —Que las noticias adquiridas en este país respecto al estado de la revolución, al paso que sus conversaciones con diversos cubanos, lo inducían a pensar que no rechazan la idea de transacción, si bien ninguno de ellos ha llegado a formular una aquiescencia definida [por lo tanto, como ya se ha visto, tampoco, Zenea]. —(…) Que hasta ahora había hablado confidencialmente al amigo, pero que autorizado ya competentemente por Moret, Ministro de Ultramar, y por Prim, de acuerdo con todo el Gabinete, hablaba al Comisionado de Cuba, y le pedía que reuniendo a los cubanos más notables, les diese cuenta de su misión, y del arreglo que proponía, y les pidiese su parecer acerca de sus proposiciones. —Que estas como ya sabía Mestre, eran: —Indulto General; —a los pocos días, amnistía general sin distinción de delitos de incendio con facilidades para que temporalmente salgan de la Isla los Jefes insurrectos cuya presencia pueda comprometer el éxito del arreglo; —desarme de todos los voluntarios de grado o por fuerza; —elección libre de diputados, y establecimiento de un sistema de gobierno que garantice los derechos naturales y políticos de los cubanos, y en que los asuntos locales se resuelvan por las corporaciones del país, de acuerdo con el Gobierno superior. —Respecto de la esclavitud dijo el Sr. Azcárate que aunque en sus primitivas instrucciones no se había mencionado este punto, habiendo escrito al Ministro, por indicación de Mestre, sobre la necesidad de fijar un plazo breve de tres o cinco años para extinguirla, le había contestado Moret, que siendo él el primer abolicionista práctico de España, no admitía condiciones sobre este particular, y no en cinco años, ni en tres, sino en uno o inmediatamente quería quedar en libertad de realizar la abolición.[24]
Salvo en lo referente a la esclavitud —punto en el que se demuestra que Mestre, a nombre de la Junta, colaboró en la formulación definitiva de las proposiciones de Moret-Azcárate, si bien quedó por debajo de las promesas del Ministro español—, estos mismos ofrecimientos, a cambio de la capitulación, habían sido comunicados por Mestre al Gobierno de Cuba en armas desde el 6 de septiembre de 1870 (ver Anexo I), mediante pliego enviado a Manuel Izaguirre en Nassau el día 8 y recibido el 19 de manos de este por J. Espinal, quien lo llevó a Cuba. Según vimos, fue Zenea el encargado de llevar la respuesta negativa a dichas proposiciones, respuesta que se reiteró en la carta del 16 de febrero de 1871. Tales proposiciones, bastante más amplias que los acuerdos firmados en el Pacto del Zanjón, eran tan decorosas en sí mismas como irrealizables por el Gobierno español e inadmisibles en aquella fecha por el cubano. De todos modos, la convicción a que llegaron desde opuestas perspectivas, Azcárate y Zenea, de que la guerra estaba perdida, y la impaciencia de este por conocer exactamente la situación de los insurrectos y porque estos conocieran el estado real de la emigración, determinó el viaje secreto e “individual” de Zenea. No era él, en efecto, el emisario oficial que, según propuso también Azcárate cuando ya su amigo había secretario de la Legación de España en Washington, a negociar de hecho la capitulación con los jefes insurrectos.[25] Era el patriota, el “osado peregrino” que voluntariamente se ofrecía, según un plan concebido mucho antes —seguramente a raíz de la intercepción de su carta y memorándum a Céspedes por las tropas españolas y quizás desde que, un año atrás, gestionó la compra de una lancha de vapor de poco calado con fines de infiltración— para servir a la Revolución exponiéndole a Céspedes sus ideas y las de Azcárate, y palpar sobre el terreno la situación exacta de la guerra. Por eso no hay contradicción —ni mucho menos traición a Mestre y Aldama, que por su propia cuenta, y con manejos más astutos y reaccionarios, estaban ya en tratos con López Roberts y Azcárate— en que, a la vez que estuviera de acuerdo con este para apoyar, si era posible, una salida con “decoro”, se ofreciera, como le dijo a Mestre, y él lo recogió en su carta de recomendación a Céspedes, para “dar un viaje al territorio de la República Cubana, con el objeto de estudiar por sí mismo la situación de las cosas y traer al exterior las noticias que más útiles puedan ser al servicio de nuestra causa”,[26] que fue en sustancia lo mismo que “la noche víspera de su partida” le comunicó a Piñeyro: que su viaje tenía “el carácter de mera exploración o esfuerzo para dilucidar lo cierto en una situación excepcionalmente oscura, averiguar lo que en realidad había detrás de los partes españoles que trazaban sin cesar como desesperada para los cubanos la marca de la guerra, y ofrecer al presidente Céspedes y a su gobierno el medio seguro de hablar a sus correligionarios sin riesgo de declararlo al mismo tiempo al adversario”.[27] Ambas misiones, la semioficial de Azcárate (que justificaba el salvoconducto) y a individual debida a su patriotismo, valor e impulsividad de siempre, las llevó a cabo sin daño para nadie, salvo para sí mismo. Lo que no sabremos nunca es cuál fue la opinión que pudo formarse Zenea, después de atravesar el campo insurrecto y entrevistarse con Céspedes, del verdadero estado de la guerra. ¿Volvía optimista o pesimista? De acuerdo con la opinión de Ana de Quesada, volvía pesimista y desalentado, pero ya vimos el crédito que, en justicia, puede darse a aquellos relatos, no por falsos, sino por hechos e interpretados desde una patente y sistemática animadversión. En todo caso, “el hombre sincero —también lo dijo Martí— tiene derecho al error”.[28] Y el error previo de Zenea —que no sabemos si en conciencia fue superado no por él—, coincidió con el de Azcárate, en el único punto en el que ambos coincidieron, en no comprender, como observa Martí del segundo, que la nacionalidad cubana tuvo que ser “en los comienzos fea y revuelta, como las entrañas y las raíces”, y que si “cayó en barbecho la revolución”, fue solo “por causas transitorias y de resultas sanas, que la crítica ligera pudo tener por definitivas y mortales”.[29] Pero Martí sabía —y por eso no le hizo directamente estos reproches a Zenea sino a Azcárate— que el poeta condenado a garrote vil en 1853 y fusilado en 1871 por el odio indespistable de los Voluntarios españoles, no fue nunca “el cubano indeciso” que fue Azcárate, a quien, sin embargo, en honor a su honradez, “pasión por la libertad” y “alma de pobre”, no le niega “la rosa de oro que la patria debe ponerse sobre su sepultura” ¿Cuál no sería, entonces, para Martí, el tributo digno en la tumba de Zenea?
Y por Azcárate también pudo conocer Martí el proceso, mucho antes de llegar a New York, ya que al final del mismo se dispone su envío al Secretario de la guerra en España, donde el agente de Moret era sin duda la persona más interesada y con más derecho a conocerlo. Valverde supone que este conocimiento fue la causa de su silencio[30] después de publicar el articulo ya comentado, “Una exigencia de honor”, cuyo examen el propio Valverde, como vimos, omite en su libro. Por las causas de ese silencio, que pudieron ser muchas, y por el proceso mismo, le preguntaría sin duda Martí en México o en la Habana. Ignoramos sus respuestas. Solo sabemos que al final de la semblanza de Azcárate, habla Martí de “su equivocado silencio y luctuosa intervención en la época sagrada de la patria”,[31] refiriéndose sin duda a la guerra del 68. Finalmente, consideramos que, si hasta Céspedes aislado en la manigua insurrecta llegó al maligno resplandor del famoso “puñado de oro” (que ya vimos a que se redujo en realidad), no es posible pensar que no llegara a Martí durante los años que vivió en New York en trato íntimo y diario con los emigrados cubanos, muchos de los cuales databan, ellos o sus familias, de la época en que Ana de Quesada hizo llegar a Céspedes la funesta noticia. Que no lo fue para Martí se evidencia en su absoluto silencio sobre este punto, silencio que no puede atribuirse a ninguna razón espuria y menos al deseo de tender un velo piadoso en torno a la memoria de un comprobado traidor. A sus propias conclusiones había llegado Martí, conocedor impar de todos los hilos de la trama cubana, antes de estampar el juicio transcrito, en días tan cercanos al comienzo de la nueva guerra, que no podía empezar amparando a traidores. Desde su adolescencia, desde la carta a Carlos de Castro[32] que le valió padecer en el presidio político, fue implacable Martí con los apóstatas. Pero él sabía, por haber manejado todos los datos, por su oído poético y porque “sabía de almas”, que Juan Clemente Zenea no podía confundirse con un personajillo de los que trabajaron a sueldo de López Roberts o de la Agencia Pinkerton; que no podía confundirse con los intereses clasistas de Aldama y de Mestre, a los que ni siquiera nombra en sus escritos sobre la Guerra Grande; que no podía confundirse, incluso, con Azcárate, cuya trayectoria vital fue totalmente opuesta a la del poeta del Diario de un mártir.
Una vez más —como en sus defensas implícitas o explícitas de Heredia, José de la Luz y el propio Céspedes, contra tendencias cainitas que fueron el fruto venenoso de una sociedad deforme y en trance de parto histórico— Martí tenía razón. Nuestro trabajo ha consistido en desbrozar el enmarañado camino para volver a esa razón como sentencia insuperable. Para hacerlo hemos tenido que cortar mucha cizaña, deshacer mucho equívoco, combatir mucha mentira, demostrar mucha incongruencia, desmontar mucho falso argumento. Ninguna de las acusaciones de traición que se han hecho a Zenea, ni siquiera las que él mismo se hizo o le fueron atribuidas en el proceso, resiste el análisis riguroso. Ni una sola de las supuestas pruebas contra su inocencia, se mantiene en pie. Zenea erró, pero fue inocente; y de tal modo pagó su error, dañino solo para él, con tal cuota de soledad y sufrimiento lo pagó, que no ya no tenemos por qué reprochárselo.[33] Rescatar la total validez del juicio de Martí sobre Zenea, es rescatar para la memoria de la patria la imagen del poeta que, sí mereció tener “hospedaje en su corazón”, debe tenerlo en el de todos los cubanos.
“En un pañuelo, agujereado por medio de un alfiler, sirviendo de tinta el humo dejado por una lámpara de aceite en la pared del calabozo”[34] escribió Zenea sus últimos versos, unas cuartetas dirigidas al Mayor de Plaza para que le diera el permiso de recibir libros. Allí leemos:
Lo mucho que aquí he sufrido
No lo quiero referir,
Pues usted lo habrá sabido
O lo puede presumir.
Baste saber que pedí
Un médico en un dolor,
Y dijeron que un mambí
No necesita doctor.
Así, con el humilde estilo de uno más entre los “poetas de la guerra”,[35] deshechas ya sus pobres armas contra el frío hierro español, sereno y aún risueño ante la muerte, recobró de boca del enemigo su verdadero nombre, y nos dijo lo que siempre quiso ser, lo que Valmaseda y Martí supieron que fue siempre: un mambí.
Mayo de 1986.
Tomado de Rescate de Zenea (1987), Obras 11. Estudios y ensayos, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014, pp. 123-139.
Notas:
Véase Abreviaturas y siglas
[22] JM: “Plan de Alzamiento”, Nueva York, 8 de diciembre [de 1894], EJM, t. IV, pp. 362-364.
[23] JM: “Discurso en conmemoración del 10 de Octubre de 1868”, Hardman Hall, Nueva York, 10 de octubre de 1890, OC, t. 4, p. 250.
[24] Como si a través de sus palabras el Gobierno español respondiera a la posibilidad que entrevió Céspedes de aprovechar estas gestiones como signo de reconocimiento de la beligerancia de los insurrectos (véase la p. 97 de este libro) Azcárate “dijo también” —según la versión de Echevarría— “que el Gobierno de España no hace proposiciones formales, ni menos está dispuesto a celebrar un tratado, porque eso sería reconocer a los insurrectos como beligerantes, siendo así que sigue considerándolos rebeldes, que por lo tanto debían estos fiarse en la buena fe de España, pero que tanto Moret como Prim empeñan su palabra más solemne de honor de que se cumplirán con la mayor lealtad las promesas expuestas en cambio de la sumisión de los distritos insurreccionados, y que lo más que podían hacer sin comprometer el éxito del arreglo proyectado, sería obtener de las Cortes un voto anticipado de aprobación a la conducta del Gobierno”. Lo que sigue también es de mayor interés: “En cuanto a la intervención de los E. Unidos, como salvaguardia de los cubanos, el Gobierno Español la rechaza terminantemente”. (Relato escrito por J. A. Echevarría durante varios días en cuaderno independiente, en Archivo Nacional, Fondo Donativos y Remisiones, Caja: Fuera de Caja, Número 36 Libro. Este relato incluye las reuniones con Azcárate desde el 8 hasta el 11 de noviembre de 1870. Nos fue facilitado por el investigador Dionisio Poey Baró).
[25] Así consta en el documento consignado en la nota anterior.
[26] Véase la carta de recomendación de Mestre en el Anexo III.
[27] Enrique Piñeyro: Vida y escritos de Juan Clemente Zenea, París, Garnier Hermanos, 1901, pp. 147-148.
[28] JM: “Federico Proaño, periodista”, Patria, Nueva York, 8 de septiembre de 1894, no. 128, p. 2; OC, t. 8, p. 257.
[29] “Azcárate”, ob. cit., pp. 1 y 2. (OC, t. 4, pp. 473 y 476, respectivamente).
[30] Antonio L. Valverde: Juan Clemente Zenea; su proceso de 1871, La Habana, Imprenta El Siglo XX, 1927, pp. 77-78.
[31] “Azcárate”, ob. cit., p. 2. (OC, t. 4, p. 476).
[32] JM: “Carta a Carlos de Castro y de Castro”, La Habana, 4 de octubre de 1869, OCEC, t. 1, pp. 38 y 39.
[33] “Ahora podemos asegurar que no hay absolutamente ninguna prueba de que Zenea haya actuado, ni por dinero ni por convicción, al servicio de la causa de España, que tanto odió toda su vida, ni que haya intentado engañar nada más que a dos personas, que eran dos enemigos: el periodista español Enrique Tabares y el Embajador de España en Washington, Mauricio López Roberts. El Conde de Valmaseda, su verdugo, lo comprendió con entera claridad. En el polo opuesto, José Martí sentenció que su error, nunca su traición, fue ocasionado por ‘el deseo de sacar con decoro de la derrota a la patria que creía vencida’. La única víctima de ese error fue él mismo”. (Cintio Vitier: “Zenea y el romanticismo cubano”, Lecciones cubanas (1990), Obras 11. Estudios y ensayos, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014, p. 378).
[34] Vida y escritos de Juan Clemente Zenea, ob. cit., p. 287.
[35] JM: “Los poetas de la guerra”, Patria, Nueva York, 10 de octubre de 1893, no. 81, pp. 2-3; OC, t. 5, pp. 229-235.

