En Ávila

I

Mira el valle que vuela
sacándote el alma de lo oscuro,
dibujando la paz con el temblor del chopo.
¿Qué muralla me impide poseer
el sitio en que estoy apareciendo
como un alba que nadie contempla?
O es que no sé quién me conduce
de la mano tenebrosa del azar, con la voz
cristalina del claustro que recorro
sin poder separarlo de mis pasos.
Sí, blanquísimo, hogareño,
aquel que me conduce me ha velado
entre la piedra románica y la luz
de la muralla que me impide. Mi futuro
es el tiempo que llevan esas nubes
redondas deshaciéndose en azul
de ceguedad y lucidez iguales.
Tu memoria es el alba que no llega,
que parece que va a romper en cada soplo,
en cada luz volada de la torre
que huye y nos devuelve. Mira
la sierra azul, las nubes cándidas, los niños
gritando en las murallas como pájaros.

II

Teresa de Ahumada firma
un papel tosco por dos fanegas de trigo.
Al firmar vemos el árbol de su vida
con toda su ramazón de tinta que se guarda.
El trigo era para hacer pan en el convento
guardándose en homo de blancura.
Teresa lo que hacía lo guardaba lanzándolo
como una piedra que no cae al río.
Ni al toser se le traspapelaba nada
y la gota de sangre se fundía en la luz
pero también con el libro y el pañuelo
que se exponen a los ojos de la muerte.
Viene la muerte para ver el convento
donde Teresa firmaba las gallinas,
para ver también un dedo, una clavícula,
el cilicio, el tambor.
El respeto de la muerte al asomarse con mi aliento
empañando la tiniebla me detiene.
Salimos entumidos de la cripta prenatal
a la luz donde Teresa se incorpora
y canturrea un poco, y luego firma
en el tosco papel eterno
con su robusta mano señalada.

III

Oigo un tiempo que rompe
sus redondos paraísos. Mira:
el polvo y la gloria
se están mirando en Ávila.
La vela de armas, la ronda
del castillo interior viene cerrando
el arco que abría el viento grande
bramando su pureza en las murallas.
El mediodía verde juega
con el dorado gris de Ávila
que ha sabido encontrar como en sus vísperas
la eternidad del tiempo en los celestes
extramuros de la imagen.
Estoy dentro y estoy fuera del castillo,
que “va mucho de estar a estar”, ya lo decía
la pluma rasgando teresiana
el blancor del papel, volado en nubes
de una caducidad transfigurada.
Levantan su varón las nubes.
El viento, sustancia de la imagen,
golpea la ronda de los vivos
junto a la vela de armas de los muertos
en el dulce mediodía silencioso
que da su sombra a la nada del castillo.

Cintio Vitier

Tomado de Conjeturas (1951), Vísperas (1938-1953), Obras 8. Poesía 1, compilación, prólogo y notas de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2007, pp. 283-285.

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