Sonetos del penitente

1

Con la voz de los niños que cantaban
“no soy digno, Señor”, es que quisiera
pedirte yo, pues que mi verdadera
indignidad ha hundido en mí su cara

y no osa levantarla a tu mirada
o como el centurión, pedir siquiera.
Mi silencio y su canto hacer pudieran
que me oyeses mejor. En la estrellada

noche dijera uno que el oído
a punto está de oír todo el misterio
y que la luz, de tensa, ya es sonido.

Pueda el lanzado pecho que has tocado
hacer brillar su llaga. El hueco cruento
queme, que si arde él, ya has escuchado.

2

Erré, sí, mas qué quieres, he vivido.
Esto no es juego, no, para quien entra
solo, inerme, con todas las potencias
del alma viva enteras. No he sabido

resguardarme. No supe de cautelas.
Con mis armas luché, confuso, en vilo.
Nada era claro. Cómo iban revueltas
dichas y males. Todavía me admiro

que tuvieras piedad, que me sacaras
de la húmeda cueva del Maligno
y al herido animal vieras la cara.

Viví, perdí. No pueda tu dominio
envanecerse. Escucha: que a mi guarda
alguien vela, sus pies entre el rocío.

3

Qué tengo en la memoria comparable
a ese instante en que alzando la cabeza
poco a poco hacia ti, los animales
ojos del rostro antiguo me tornaste

dibujando por vez primera en ellos
el rayo humano! Ay errar perdido,
qué habrá bajo los cielos o la tierra
semejante al primer tierno vagido

del alma del cordero palpitante
entre los brazos, del cordero hallado
queriendo aún zafarse, el sacro limo

de sus patas atadas que al abismo
no pueden irse ya, el humanado
vellón del ojo que tornaste amante!

1955

Fina García Marruz

Tomado de Ánima viva, Visitaciones (1970), Obra poética, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, 2 t., t. 1, pp. 319-320.

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