Un café

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“Siento, a veces, una nostalgia tirante, una nostalgia parecida a la que sólo dejan las cosas chiquitas y simples, los acontecimientos más ingenuos”, escribió Norah Lange en la página 74 de su libro Cuadernos de infancia (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1944). La subrayé y la copié en la primera página (como acostumbro a hacer con todas las frases de un libro con las que, de alguna manera, converso). Mi letra es cada vez más pequeña. Menos rotunda. Si alguien hiciera un examen grafológico quién sabe qué podría decir. Interpretar. O inventar. Mejor que no lo haga. Que se quede pensándolo en silencio mientras me mira sin atreverse a formular una definición en la cual no podría creer. O a lo mejor sí.

     Copié esta frase antes de abrir el paquete de café que me regaló Ángela Morales, la mamá de Susana Haug, hace unos días en La Habana. Nos habíamos citado para continuar hablando, “Navegando sin timón a donde la corriente quiera”. Ese descubrimiento nos ha acogido como una burbuja de luz “aunque traigas (lo dice ella, no yo), mágico-realistamente apagones siempre”. La luz de las historias, esa que ilumina lo que no se puede ver.

     Llegué puntual. A las once. Susana estaba demorada. Ángela (a pesar de haberme visto sólo una vez en su vida) me hizo seguir para esperarla. Y, como es obvio, nos lanzamos a conversar, como si nos conociéramos de toda la vida. La conversación vagó sin detenernos demasiado en la situación que todos estamos viviendo, “la cosa”, antes de llegar a esa propuesta hermosa que permite que el mundo se detenga un momento y podamos mirarnos a los ojos como dos iguales. Más allá de la geografía y el tiempo.

     -Vamos a colar café…

     Ese “acontecimiento ingenuo”, esas “cosas chiquitas y simples”, es/son las que hacen que todo recomience otra vez y la memoria se habite de algo muy parecido a la ternura. A la verdad.

     Cuando un cubano te invita un café no es porque sienta un compromiso sino porque quiere hacerlo. Porque quiere empezar/celebrar/acompañar el día contigo. Y ese acto tan simple de compartir un buchito de café (caliente, amargo, fuerte y escaso) es una invitación a hacerte parte de su vida para crear una nueva: la memoria habitada.

     Sacó de un escaparate, sin que me diera cuenta cuándo, un paquete de café y me lo extendió.

   -Para que te lo tomes en tu país cuando regreses.

  -Lo haré, le dije, asombrado y confundido.

   Un café que nunca había visto ni probado: “Isla Grande”. Lo colé, hice, hoy. Y con sólo probarlo volví a la isla. Y volvieron conmigo todos los míos, los que me habitan. Cada uno. Los que están y los que ya no. Los que te sonríen. Los que te dan la mano. Los que te dicen:

   -No nos olvides que nosotros no te olvidamos.

   Aquellos que saben que compartir un café es abrir un poco el alma para que la luz (que tanto nos hace falta) nos permita mirarnos con esperanza, habitantes de una “nostalgia tirante”. De un momento que nos permita ser nosotros. ¿Cierto?

     San Librario, Bogotá, 7 de abril de 2026.